Si de verdad quiere desinstalar la aplicación TWITTER dele a ACEPTAR

Móvil en la basura

Una de las manifestaciones de mi ansiedad interna toma forma en mi bulímica necesidad de estar informada. Permanentemente. Rápidamente.

Sufro si presiento que algo se me escapa. Me avergüenza reconocer que desconozco algo que ha sucedido a mis espaldas. Me enfado, me enfado de verdad, cuando alguien a mi alrededor tiene una información que no me comparte. (Yo estoy constantemente contando cosas. Parezco una máquina de expulsar teletipos. Por eso me molesta, en especial, cuando no soy correspondida).

Esta cosa mía podría justificarse en el hecho de que soy periodista, pero solo en parte. (En realidad, no dirijo un medio, no hago información de última hora, ¿qué necesidad tengo de estar enterada de todo, lo antes posible?). Un análisis más honesto me ha llevado a entender que tiene más que ver con lo que he dicho en la primera frase de este post, que esta es una de las múltiples manifestaciones de la ansiedad con la que convivo desde hace unos años.

(Podría ser peor: podría emborracharme cada día, podría comer y vomitar, podría inyectarme heroína).

Un artilugio como Twitter es, por tanto, muy peligroso para mí. Es más: me estaba haciendo mucho daño. Era la aplicación que más veces consultaba en el día. También era la primera que habría en la mañana y la última que cerraba por la noche.

Empeora mi adicción la parte del feedback: la obsesión por volver a superar los 10.000 followers (perdidos un par de miles entre las cribas de Twitter y mis unfollowers ganados a pulso a base de unpopular opinions o, sencillamente, tuits sobre temas que me interesan más a mí que al grupo) y la atención constante a las notificaciones. He sufrido al ver que por mucho que tuiteara y retuiteara un artículo en el que había trabajado dos semanas, no tenía la más mínima repercusión (se veía 300 veces, 2 me gusta, 1 clic en el enlace, ningún RT). En cambio, un chiste sobre una camiseta vista en internet tenía 11.000 mil impresiones.

No era una sorpresa. Yo ya sabía que Twitter funciona así: gusta más el chascarrillo que el contenido. De hecho, hago chascarrillos para darle algún tipo de oportunidad a los contenidos. En teoría (antes era así), cuando ganabas followers por tus tonterías y gracietas, conseguías una audiencia que luego podías llevar a otros sitios: contarles cosas, proponerles artículos. Eso también ha cambiado.

Mayo, un mes en el que mis 167 tuits consiguieron 166.000 impresiones, trajo a mi cuenta 4 nuevos seguidores.

Es obvio que parte de culpa de todo esto lo tiene el algoritmo que selecciona los tuits que se muestran en el feed de inicio, a no ser que se tenga configurada la opción de ver lo más reciente primero. Yo he probado ambas cosas y ninguna de las dos me han gustado. Cuando volvía a la manera antigua de mostrar los tuits, por orden cronológico, perdía muchísimo tiempo en arrastrarme por el feed de inicio hasta encontrar algo que justificara mi presencia ahí. (¿Quizá es que sigo a demasiada gente? 3.803 a día de hoy). Con el orden cronológico Twitter no me satisfacía porque seguía sin enterarme de las cosas que pasaban, no cumplía su función. Así que de nuevo volví a la configuración del mundo que hace la empresa en base a mis seguidores, la popularidad de los tuits y mil cosas más secretas. De esa manera sí me enteraba de cosas que pasaban en Twitter: un flame, un hilo potente, un meme genial, el artículo que había que leer.

No obstante, he notado un cambio en las últimas semanas. Ni siquiera leyendo mi twitterizado feed me enteraba de otras cosas que pasaban en Twitter, otras cosas que pasaban en el mundo. De los 3.803 seguidores, el feed se estrechó a una representación de prácticamente los mismos, con ideas y temas muy muy similares a los míos. Ya era así antes, pero ahora lo era más. Twitter no paraba de contarme cosas que yo ya sabía.

Cada vez más aburrida. Cada vez más enganchada.

Hasta que hace una semana, en el contexto de la escritura de este artículo, me harté. No me vi capaz de borrar mi cuenta pero hice algo así como tirar las botellas de vino por el desagüe: quité la aplicación del móvil.

Hay momentos en los que lo he pasado mal. Por ejemplo: las ganas de rellenar un rato cualquiera mirando los mensajes. La inercia me ha hecho coger el móvil, mirar las aplicaciones y darme cuenta, con una punzada de dolor, de que no había ahí nada que me fuera a dar una satisfacción rápida y ligera.

Pero, después de eso, ha pasado algo maravilloso. He apagado la pantalla, he vuelto dejar el móvil donde estuviera, y he rellenado ese rato cualquiera con:

  • nada
  • pensar
  • abrir un libro

Por supuesto, sigo enganchada a la información. Abro los periódicos varias veces al día y soy una obediente y eficiente abridora de enlaces de los push de las apps de los medios. Veo entre dos y cuatro informativos televisivos (me encantan los telediarios) y debo escuchar unas dos o tres horas de radio al día.

Pero he decidido seguir con mis adicciones informativas fuera de Twitter, no solo por estos motivos sino también por otros objetivos más complejos que abordaré otro día.

Tengo también la frustración de no poder compartir convulsivamente cosas. Leo un artículo en el móvil y lo primero que me salta es la inercia de compartirlo. Hago una foto y lo mismo. Se me ocurre una chorrada y lo mismo. Eso ya no lo puedo hacer y me da rabia, pero forma parte de la desintoxicación.

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