Telarañas en la recámara

Me siento como el fantasma de la canción de Depeche Mode, como la mancha en la cama o el agujero en el corazón. Parcialmente inhabilitada. Agotando existencias. Cuando más tiempo tengo para mí, para menos me sirve. Parece tiempo inútil, condenado a no servir para nada salvo para torturarme.

Miro una semilla que tengo junto al ordenador y pienso en David Beriain, cuya estancia, esta vez, en Afganistán con Sergio Caro es menos parecida a un viaje espacial incomunicado, como era antes. En otros viajes había que esperar las crónicas, las noticias que llegaban por otros de ciertas llamadas a media noche. Esta vez, gracias a su Twitter, sabemos lo que van haciendo día a día, hora a hora. Y aunque me tranquiliza más por ellos, me intranquiliza aún máspor mí. Más inútil me siento.

Vale, compararse con un reportero de guerra y sentirse inútil es el colmo de la autocompasión, pero me venía a mano. No se necesita una guerra para escribir, pero vengo pensando que es la evidencia lo que me mueve a escribir. Así que todos esas ideas vagas que me andan por la cabeza sobre lo que molaría o no molaría escribir, son chorradas.

Hace un tiempo escribí sobre lo que tenía que escribir: la muerte y enfermedad de mis padres, los suicidios y el asesinato de Cocó. Lo reboté. Y ya. Ya no tengo nada más en la recámara que necesite ser estallado. Tenía un apunte sobre mujeres terroristas. Luego otra cosa sobre el terror a la pérdida de la juventud. Un hombre en la línea circular. La ausencia de camaradas. El extraño olor y la vejez eterna de El hombre de la pipa que colecciona minerales. La rebelión escondida detrás de la puerta de una sala de reuniones. Un mundo donde a nadie le interesa saber qué pasa. Y unas conversaciones imaginarias con mi hijo. Más o menos, los temas de siempre, aburridos e inútiles, inservibles, vacíos, incluso cansados. Me cansan de sólo pensarlos.

Disfruto más con la urgencia del post, la necesidad de corresponder a una carta, la deriva de un link que te lleva a otro. Y todo eso, lo sé, marchita mi sueño y aja la etiqueta de eterna promesa, que es una contradicción porque eterna no puede ser, que todo el mundo se cansa de esperar un día. Y en esto gasto el crepúsculo, en quejarme de lo mío, a ver si algún día me dices cómo hiciste para lo tuyo.

Más Portugal recobrado (regenerado o degenerado, no sé)

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