Viaje lisérgico al lugar en el que todo sigue igual (aunque Franco ya no esté)

Estoy contenta con mi crónica de ayer. (Igual mañana la releo y digo: vaya caca. Hoy no, hoy creo que la escribí bien). Pasé la mañana en otro mundo. Un mundo al que entré y por el que salí metiéndome en un coche de alquiler. Conduciendo ese coche ajeno por la nacional VI se me vinieron dos imágenes a la cabeza. En la primera, Doraemon y Nobita van montados en esa balsa psicodélica con la que viajan en el tiempo. En la segunda, Juan José Millás entra y sale a La Calle, a su mundo, por la ventana del sótano de su amigo el Vitaminas. En realidad a la ida no pensaba en eso, fue más bien a la vuelta.

A la ida pensaba en otras cosas: en mis memorias asociadas a esa carretera, en la información que mi cabeza almacena relativa al Valle de los Caídos, procurando distinguir los recuerdos de las informaciones ajenas. En realidad no son tanto recuerdos como impregnaciones. Por ejemplo: el momento en el que, yendo hacia Coruña (con La Coruña como destino final), aparecía la cruz, de manera siniestra, a mano izquierda del camino.

Mi otro gran referente para la interpretación que hace mi cabeza del Valle de los Caídos, y que ayer no podía dejar de tener presente, es la serie pintada por Costus. La descubrí en 1992, en su exposición «Clausura» en la Casa de América. Estuve allí el día de la inauguración y volví a ella en múltiples ocasiones antes de que la retiraran. Yo tenía 17 años. Me quedé atrapada en los cuadros, en especial con esta serie. Me prometí que algún día, como ellos, tomaría lsd y visitaría el Valle de los Caídos. Nunca lo he hecho, aunque ayer pensaba que todo es tan psicodélico que, igual, no hace ni falta.

En especial, me fascinaban los arcángeles.

Mi visión arquitectónica del Valle está pues totalmente contaminada por Juan Carrero y Enrique Naya. Así que cuando veo esto:

Estoy viendo también esto:

Y cuando camino por el túnel abovedado de la basílica…

Y en el cristo de Juan de Ávalos veo siempre a Juan Carrero.

Y, en fin, siempre hay algo o alguien que me falta.

Al abandonar la A-6 por la M-600 hacia El Escorial, la carreterilla nos lleva hacia la calle de Los Camareros (extraño nombre; para Google se sigue llamando también calle Arriba España, igual que ha hecho con la calle y la plaza del mismo nombre en Chamartín) que es la entrada al recinto del Valle, rodeado de pinares. Es extraño que haya que pagar ya desde abajo. Aún más extraño es que no me hagan pagar. Venía preparada para intentar pasar evitarlo, con el carné de periodista en la mano. Y, por si no hubiera manera, traía los 9 euros preparados. Y al final resultó que, si vas a misa, la entrada es gratis. Eso no lo pone en la web de Patrimonio Nacional.

Coches arrimados al arcén, haciendo cola para entrar.

Pasé 20 minutos parada o avanzando lentamente a un costado de la carretera. Eso me inquietó, primero porque no quería llegar tarde a la misa de once (no me creo que esté diciendo esto) y segundo porque, durante 20 minutos, pensé que lo estaban petando. Una vez dentro, entendí que se trataba de una de esas colas absurdas que forman los porteros de las discotecas para aparentar que el sitio mola tanto que hay más gente que quiere entrar de la que cabe.

No era el caso.

Aparco sin ninguna dificultad y me dirijo a la basílica, donde hay otra cola para entrar a ella. Mientras espero, además de las imágenes de las Costus, me viene a la cabeza la última vez que estuve allí. Vine a una boda. Sí, una boda. Ya me pareció incomprensible en su momento, pero ahora, aún más. Los novios no eran franquistas, pero les gustaba el sitio, les parecía bonito. Quizás, el vaciado político es más aterrador que cuando se rellena con ideología.

Delante de mí, en la fila, estaba el que en Madrid es conocido como «chino facha» (obviamente en mi artículo no uso ese apelativo) y le acompañan algunas personas del patronato de la Fundación Francisco Franco. Chen Xiangwei (esto sí lo cuento) goza de cierta popularidad tanto en este ambiente como en otros más bizarros. Desde luego, no deja de ser extraño que una persona que no ha nacido en España tenga unos vínculos franquistas tan potentes. Él lo justifica por su anticomunismo. En la crónica relato la conversación que tuvo lugar delante de mí, pero aquí la voy a reproducir en un estilo directo.

Un señor: ¿Chen, en tu bar pones comida española?
Chen: Sí.
Otro señor acompañante de Chen: Por supuesto, y hace una oreja que está buenísima, de las mejores.
El señor: Ah, bueno. ¿Y dónde está?
Chen: En la plaza de Usera pero me voy a ir a otro sitio que he comprado.
El señor: ¿Y eso por qué?
Chen: El dueño no me renueva el alquiler, el muy cabrón.
El señor: ¿Y cuándo te vas?
Chen: El 1 de abril. [Chen sonríe ampliamente].
El señor: ¡Hombre, el día de la victoria!
Chen: Claro. Sí, por eso. Y pregúntame cómo se va a llamar el bar. ¡Una, grande y libre!

Por supuesto, hay risas de satisfacción. He de decir que no tengo claro si dijo «Uno, grande y libre», lo cual tendría cierta gracia al tratarse de un bar, en masculino, o la «una» va por España. Decidí ponerlo en femenino porque me pareció que era mi oído, y el acento de Chen, lo que me hizo creer en un primer momento que sería «uno». Si me equivoco (lo veremos el 1 de abril), pido disculpas anticipadas.

Viví la misa con incomodidad, recordando todas las misas de mi infancia y mi juventud, dándome cuenta, con tristeza, cuántas partes me sabía de memoria. Levantándome y sentándome por no llamar la atención en las partes que la liturgia lo pide. A pesar de mi formación católica (colegio de monjas, catequesis, comunión, confirmación), afortunadamente hoy soy atea sin fisuras. Tardé en darme cuenta de que la religión es una ilusión, una mentira colectiva. Ahora ya lo sé y me da pena el tiempo perdido, pero también reconozco que me sirve para saber cómo es y para armarme de argumentos.

Reviví que siempre me incomodó el momento en el que el cura decía «daos fraternalmente la paz». Vivía la llegada de ese punto con ansiedad y respiraba cuando ya había pasado. Nunca me ha gustado besa a desconocidos. De mayor, me explicaron que podía dar la mano. Eso era mejor. Ayer no tenía ninguna intención de dar la mano a nadie porque no quería participar de una simbología que no comparto, a la que no pertenezco. Decidí, con una ansiedad creciente (igualito que de niña), según transcurría la misa, que cuando llegara el momento, me quedaría quieta y que, por el bien de mi crónica, si me pedían la mano, la daría. Si no, permanecería quieta. «Daos fraternalmente la paz», dijo el sacerdote. La pareja que tenía delante se besó en las mejillas. Los dos señores que tenía a la derecha se dieron mutuamente la paz («que la paz esté contigo»). Fugazmente, pensé en La Fuerza. Sentí un golpe en mi brazo izquierdo. Pensé: «Elena, haz lo que tienes que hacer». Me giré, para darme cuenta de que un joven (entre 28 y 38) me estaba pidiendo que me apartara para darle paso y que pudiera tender y apretar efusivamente la mano al señor de mi derecha. Me dio las gracias y volvió a su sitio. Eso fue todo.

Llegó la lectura del testamento. Alguna vez he tenido que leer. Pocas, la verdad, para lo que me gusta hablar en público. La verdad es que tampoco me presentaba nunca voluntaria. En este caso, la lectura la hizo uno de los cinco sacerdotes (¡cinco!) que oficiaban la misa. Me pareció llamativo que escogiera la parábola de las vírgenes sabias y las vírgenes necias. (Bueno, en realidad me pareció un poco insultante, no tanto la elección (que también) como la parábola en si misma). Esta historia, que cuenta el evangelista Mateo, va de una noche de bodas polígama (diez esposas, nada menos) para la que cinco de ellas fueron previsoras llevaron aceite de sobra para sus candiles. Se supone que estas son las sabias pero, como veremos, son también las egoístas, pues cuando las otras cinco, las llamadas necias, les piden que compartan su aceite, estas les dicen que tururú. Que se vayan a la tienda a por el combustible para sus lámparas. Ellas lo hacen y sucede que, cuando están comprando, llega el marido, cierra él portón y ellas se quedan sin noche de boda. No solo eso, sino que además, cuando gritan: «¡señor, señor, ábrenos!», él les contesta: «les aseguro que no las conozco». La conclusión, dice la escritura, es que hay que mantenerse siempre alerta, siempre en vela, porque «no se saben ni el día ni la hora» en que ocurrirá lo que se espera.

Dicho esto, ¿qué mensaje querían transmitir, con esta lectura, los sacerdotes a los acólitos en la misa de homenaje a «José Antonio, Francisco y los caídos»? ¿Que el esposo (¿Franco?, ¿la dictadura?) puede regresar cuando menos te lo esperes y ojo que no te pille sin aceite en el candil? No veo otra interpretación.

Cuando terminó la misa, me dirigí hacia al altar, donde está la tumba de José Antonio Primo de Rivera y, al otro lado, donde estaba la de Franco. Me puse junto a la del primero y procedí a contar las veces que alguien hacía el saludo fascista. Conté quince, pero me perdí alguna, antes y después, que vi de lejos. La lápida estaba cubierta por flores. Sobre las losas negras en las que antes se encontraba la Franco, había solo dos ramos. Daba igual: también allí se creaba un círculo de personas, se besaba el suelo y se alzaba el brazo. Las fotos no estaban permitidas, pero el vigilante del lado franquista era más permisivo que el del lado falangista, por eso yo pude hacer estas:

Hubo un sonoro «¡viva Franco!», que fue coreado con cierta unanimidad entre los presentes. ¿Y cuántos eran? Durante la misa, estuve contando y de la parte que veía, serían 250. Le sumo 50 más por los que no veía y los que tenía detrás. Ayer me han preguntado ¿había mucha gente? Y claro, no. 200 o 300 personas no es mucha gente. También es cierto que ayer me dijeron que este 20N ha estado bastante más concurrido que otros de años atrás. ¿Estamos, los medios, prestando más atención de la que le corresponde? De esto también se habló ayer y se habla hoy. Dejo una línea en mi artículo que conduce a una reflexión en esa línea: «los franquistas están de enhorabuena» porque están recuperando «un espacio público», una atención, que habían perdido. Por otro lado, he constatado que, aunque los que van al Valle a levantar el brazo son la foto folclórica, minoritaria y trasnochada, el franquismo y la extrema derecha está mucho más extendida. Está infiltrada. La encuentras e los votos de Vox y en los del PP, en las instituciones, en las fuerzas armadas, en las cabezas de los españoles. Esto es así. Y no es así porque yo vaya a cubrir el 20N al Valle de los Caídos o mis compañeros a Mingorrubio. Es así porque nunca ha dejado de ser de otra manera.

Antes de salir de la basílica hay una tienda de regalos (exit through de gift shop, que diría Banksy). Entre niñosjesuses y chocolates de los palacios regales, hay merchandising del Valle de los Caídos: imanes, camisetas, gorras, tazas, cajas de caramelos. Volví a acordarme de alguien. De Nicolás Sánchez-Albornoz, en cuya casa viví , de periodista ocupa, la mañana de la exhumación de Franco. Este lugar se construyó con mano de obra de presos políticos. Nicolás fue uno de ellos. Escapó de aquí y no va a volver nunca más. Con eso en la cabeza, ver como algunos se probaban la camisetas, para ver cuál les sentaba mejor, me pareció obsceno, desagradable, repulsivo.

Lee Franco no está, pero el franquismo sigue vivo en el Valle de los Caídos.

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