que vuelvan a importar los blogs

  • Diario del coronavirus (34): Cumpleaños en cautividad

    Diario del coronavirus (34): Cumpleaños en cautividad

    Aquí va una opinión impopular: los cumpleaños en el confinamiento molan más. Primero: no hace falta limpiar y decorar toda la casa antes de que lleguen los invitados; tan solo el rincón en el que vas a colocar la cámara. Segundo: puedes invitar a más gente de la que cabe en tu casa y, si tienes varios grupos de amigos o grupos familiares, en lugar de una videollamada haces varias y así soplas más veces las velas. Tercero: en el reparto de la tarta, tocas a más. Cuarto: luego no hay que limpiar la casa. Y quinto: ¡¡luego no hay que limpiar la casa!!

    Y, esta vez, mis informaciones no me llegan por chats o balcones. En esta ocasión se trata de pura experiencia en primera persona de periodismo gonzo, hoy ha sido mi cumpleaños y aquí estoy, contándolo, antes de que den las doce de la noche. El gran objetivo del día era realizar una tarta a tiempo para las siete de la tarde, hora a la que había convocado a toda mi familia para una videollamada de celebración. Bajé al supermercado a hacer la compra de la semana y hacerme con los ingredientes necesarios. Fue difícil decidir qué tarta hacer. Una vez más, recurrí a la magia de Twitter y recibí mucha sugerencias, la mayoría de ellas de carrot cake, lo cual me ha llevado a preocuparme por si se está formando una burbuja del bizcocho de la zanahoria, quizá es el nuevo cupcake o el nuevo macaron y no me había dado cuenta. He agradecido las recetas y me las he guardado pero sabía que hoy no iba a ser el día: si hago una tarta de cumpleaños sin chocolate, Eleonor me vuelve a encerrar en el balcón. No obstante, compré un kilo de zanahorias… por si acaso. Recibí sugerencias sofisticadas y otras el tipo “la podría hacer tu hija”. Incluso Ramón J. Soria Breña, escritor y antropólogo de hábitos culinarios, a quien conozco de nuestras viejas andanzas por las radios libres, se atrevió a sugerirme una tarta tatin de manzana. Yo le dije que, a ver, solo quería hacer una tarta de cumpleaños, no un TFG.

    Por darme algún capricho, me alisé el pelo, me maquillé (delineador, rimmel, colorete, pintalabios) y arrojé sobre mí un par de soplos de perfume para visitar el supermercado en el día de mi cumpleaños. Al ponerme la mascarilla sobre la boca comprendí la estupidez que había hecho pintándome los labios. Para los que siguen habitualmente este diario, quiero informaros de que el charcutero ha salido del hospital y ya está en casa, pasando la  cuarentena; y que el carnicero ha superado el coronavirus y se ha reincorporado a su trabajo, estaba contento de estar de vuelta y de que el bicho no le hubiera afectado demasiado.

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  • Diario del coronavirus (33): Salvoconducto para ratones

    Diario del coronavirus (33): Salvoconducto para ratones

    Pareciera que me hubiera instalado en esta rutina intramuros como si siempre hubiera sido así y así sea para siempre. Una vez vi un reportaje televisivo terrible en el que la periodista encajaba un micrófono entre los barrotes del ventanuco de la puerta de un convento de clausura. “¿Saben ustedes quién es el presidente del Gobierno?”, les preguntó. “Aquí dentro tenemos televisión, tan aisladas no estamos”, le contestó la monja. La pregunta era ridícula, obviamente, porque estar a un lado o al otro del muro no cambia tu relación con el presidente del Gobierno. Era inevitable que en estos días, entre la repostería y el recogimiento, me viniera este recuerdo a la cabeza. También otro más personal: en mi adolescencia, viví una etapa en la que tenía tantas ganas de que el mundo me dejara en paz, que se olvidara de mí, que dibujé un rótulo con la palabra “clausura” y lo pegué en la puerta de mi habitación, prometiendo pasar el mayor tiempo posible dentro de ella, cortando casi todos los puentes con el exterior. Eso me hacía sentir bien y también mal. Lo que yo deseaba, si no recuerdo mal, es que el mundo cambiara para encajar en mí, pues todo me hacía daño. Cuando decidí abandonar la clausura, probé de nuevo y las piezas encajaban mejor, pero no había conseguido doblegar al mundo sino que fue la habitación la que me cambió a mí.

    Estoy en ese punto de la curva, tan distante del comienzo como de la conclusión, que no me imagino la vida en el exterior. No puedo visualizar el futuro. Como en mi adolescencia, me he prometido no salir de aquí hasta que el mundo cambie y no me haga más daño pero temo, basándome en mi experiencia, que cuando salga por esa puerta seré una persona mayor que ha perdido una batalla, que se ha rendido un poco más.

    Al igual que aquella monja, contemplo el mundo a través del televisor pero sé que es una realidad editada, así que no me la acabo de creer. Alberto, que sale a trabajar, es mis ojos al mundo. Me cuenta cómo está la calle, qué pasa en su trabajo, qué dicen sus compañeros y otras personas con las que habla. A veces, me trae historias terribles. Ha estado hablando con un hombre que tiene un negocio, cerrado durante el estado de alarma, cuya madre, de edad avanzada, tenía la salud delicada. Debido a la falta de camas en los hospitales, la mujer estaba en su casa, donde falleció. Habían pasado cinco días y ni los servicios sanitarios ni los hospitalarios habían podido pasar por la casa para recoger el cuerpo.

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  • Diario del coronavirus (32): El peso que no pesa

    Diario del coronavirus (32): El peso que no pesa

    Creía que el humor de reducción al absurdo de mi hija había tocado fondo pero cuando esta mañana la escuché cantar Agapimú cambiando la letra por cosas del coronavirus, pensé: no hay límite.

    La vida de Eleonor en las últimas semanas está tan marcada por la telecomunicación que, cuando vio el video de Ojete Calor con Ana Belén lo pilló superrápido: “ah, claro, están haciendo una videollamada”. Pues sí, le dije ellos TAMBIÉN. A veces se nos amontonan y le llegan a Eleonor solicitudes tanto al móvil de su padre como al mío, a la vez y quizá mientras está jugando a Minecraft online con sus primos. No puede con tanta vida social.

    Ha tenido cuatro semanas de entrenamiento en la comunicación virtual, por lo que espero que se le den bien las expectativas para el nuevo trimestre escolar, el cual ha empezado con grandes bríos y nuevas herramientas de trabajo a distancia. Algunas madres y padres estuvimos a punto de mandar un escrito a la directora antes de las vacaciones de Semana Santa, francamente desesperados por nuestra falta de habilidades, y por supuesto de tiempo, como profesores sustitutos en casa. Mandarles ejercicios de los libros les estaba desmotivando. La carta no se llegó a enviar, ya que la directora del colegio supo de nuestras intenciones y rápidamente se adelantó a ellas para explicarnos que estaban preparando en mejorar las cosas. Viendo cómo ha comenzado de fuerte el tercer trimestre, me temo que nuestras y nuestros profes no han tenido unas vacaciones como las de su alumnado.

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  • Diario del coronavirus (31): El ángulo doméstico

    Diario del coronavirus (31): El ángulo doméstico

    Una visita al pequeño supermercado del barrio trae malas noticias. La ausencia prolongada del carnicero se debía al coronavirus, el cual ha contagiado también a su familia y a su compañero tras el mostrador, el charcutero que me recomendó una pata de jamón y un buen vino para la cuarentena. Por desgracia, al charcutero le ha pillado fuerte y está en el hospital. Por ahora, el resto de empleados están bien, aunque se escuchan algunas toses al fondo. Siendo más cómodo ir a un lugar más grande, me tira más hacer la compra en esta tienda, a la que llamar supermercado le hace, quizá, sonrojarse. “Supermercadito” le encajaría mejor. Me ha gustado leer en este artículo de Analía Plaza que no soy la única: estamos comprando más en los súpers regionales que en las grandes cadenas. 

    Para los que han vuelto al trabajo y para los que nunca lo han abandonado, mi mayor preocupación es comprobar con qué medidas de protección personal lo están haciendo. No todos en el supermercadito llevaban mascarilla, pero sí todos usaban guantes. La obra que hay enfrente de mi casa se ha reanudado, tras un lunes de desconcierto en el que, quizá, ni ellos mismos sabían sí podían o no acudir. Hoy, en cambio, nos han dado mucho qué mirar. Eleonor y yo hemos vuelto a nuestro puesto habitual de vigilancia y nos hemos llamado mutuamente cuando sucedía algo nuevo: una maquinaria extraña era introducida en la finca, una grúa traía un nuevo contenedor, una conversación entre técnicos, aunque parecía que se producía en susurros, llenaba toda la calle. La grúa dejó el enorme cajetón de hierro para los escombros demasiado lejos de la acera, por lo que un capataz llamó a cuatro obreros más y, juntos, lo levantaron a pulso. Eso me permitió fijarme en que su equipo de protección personal era inexistente: ni guantes, ni mascarilla y una distancia interpersonal más cercana a la del tango que a la del twist. No sé qué hacer cuando veo esto. No quiero ser la policía de riesgos laborales del balcón, pero me quedo preocupada.

    Cuando las personas que tengo cerca me explican de primera mano cómo se siente el coronavirus en el cuerpo, más que preocuparme, me aterro. Me siento como una refugiada. No puedo evitar pensar que todas estas tonterías que nos pasan en casa, o mejor dicho, todo aquello con lo que llenamos el hueco de las cosas que no nos pasan, están fuera de lugar. Cuando recordemos cómo fueron estas semanas terribles, muchos tendrán historias de las trincheras, pero la gran mayoría guardarán memorias de la retaguardia. Como este diario. Y cuando le pongo humor o le saco punta, sobre todo cuando observo los días a través de la mirada de mi hija, pienso si alguien se sentirá herido. Pero el pasado lunes, quizá como muchos de vosotros y vosotras, estuve viendo a mi director, Ignacio Escolar, conversar con Andreu Buenafuente. El humorista reflexionó sobre esto mismo y dijo que, si quizá no era el momento de abordar lo que nos está pasando con comedia, al menos sí con “el ángulo doméstico”. Podríamos haber llamado así a este diario pero, el primer día, la verdad, no me lo pensé mucho, no tenía la perspectiva que tengo hoy y contar lo que sucedía de puertas para adentro se me hacía tan imprescindible como abrir las ventanas cada día para ventilar.

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  • Una moción de censura hace caer a la presidenta de la Sgae

    Con la respiración ahogada, el sector cultural se encamina directamente a la UCI, como un enfermo más de coronavirus. Los artistas temen entrar en cuidados intensivos sin nadie que les cuide: un ministro que les ha defraudado unánimemente, una inquietante incertidumbre al respecto de cuándo podrán volver a celebrarse los espectáculos en directo y, como guinda del pastel, una moción de censura en la Sgae para derrocar a su presidenta.

    22 cartas de miembros de la Junta Directiva forzaron una convocatoria extraordinaria de esta, celebrada este miércoles 15 de abril con el objetivo de plantear una moción de censura contra la presidenta, Pilar Jurado. Por la tarde se produjo la reunión telemática que resultó en el cese de la soprano como máxima responsable de la entidad de gestión de derechos de autor, con 22 votos a favor de su cese y 13 en contra. 

    La Junta Directiva está compuesta de 39 miembros según los estatutos, tras la renuncia a candidatura de algunos editores, actualmente la forman 35. Por tanto, bastaban 18 votos contra la presidenta para que quedara formalmente cesada. Esta decisión no necesita ser refrendada por los socios en Asamblea y, de inmediato, convierte al vicepresidente de mayor edad, Fermín Cabal, en presidente en funciones. La Junta Directiva tiene hasta el 15 de mayo para escoger, entre sus miembros, un nuevo presidente, o presidenta, de la Sgae, aunque tanto la confederación internacional a la que pertenece, así como muchos socios, lo que solicitan son unas nuevas elecciones.

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  • Diario del coronavirus (30): El regreso a la normalidad anormal

    Diario del coronavirus (30): El regreso a la normalidad anormal

    A veces se hace necesario mentir a los niños, pero no sé si por su bien o por el de sus padres y madres. Me pareció importante retomar, de una manera laica, el tema de la resurrección e imponer este Lunes de Pascua como día oficial de regreso a la normalidad anormal. “¿Habría habido colegio el lunes?”, preguntó mi hija, alzando una ceja en señal de sospecha. “Por supuesto que sí”, le contesté, sin que me temblara la voz.

    La videollamada familiar en grupo del domingo por la noche me puso de los nervios. Con cara de resignación, Eleonor les dijo: “¡y mañana, cole!”, lo cual recibió una avalancha de voces, por suerte convertidas en un ininteligible barullo, que contradecían esa información. Que si mañana es no lectivo, que si patatín y que si patatán. Tuve que usar todas mis dotes de gesticulación, e incluso imponer mi voz autoritaria sobre todas las demás, para que no me desmontaran la resurrección del lunes: mañana se vuelve a las tareas y no se hable más. Y, efectivamente, hoy hemos vuelto a la rutina mañanera, empezando por completar lo que se quedó a medias antes de las vacaciones. Se trataba de hacer una redacción en inglés sobre cómo era nuestra vida hace 30 años. Como parte de la investigación, Eleonor debía hacerme preguntas sobre aquel entonces. “Es que en 1990 era todo más o menos como ahora”, le dije, sintiendo que se me habían pasado tres décadas en un suspiro. Había muchos coches y contaminación, emitíamos gases que provocaban efecto invernadero, las teles ocupaban mucho espacio, no había internet y los que tenían teléfono móvil lo llevaban en el coche. Además, no existía Madrid Central. Sin necesidad de pensarlo mucho, Eleonor se declaró gran fan de su momento: “2020 mola más”. Y eso que estamos sufriendo una pandemia terrible y lleva un mes sin salir a la calle. “Te acordarás de estos días para siempre, se te quedarán grabados”, le dijo Alberto al mediodía. Ella nos miró como diciendo “no es para tanto”. “Lo recordarás mejor de lo que yo recuerdo los años 90”, pensé. Vivir el confinamiento con un niño en casa es duro, pero creo que en el fondo es más llevadero: lo desdramatizan todo.

    Repasando las tareas pendientes, encontré un correo de una de sus profesoras con el enlace a un juego educativo con retos para hacer durante el confinamiento. Se llama The COVID19’s Battle y cada semana se va ampliando con nuevas misiones. Lo han realizado profesores de seis colegios de la Comunidad de Madrid y me parece impresionante. El tiempo y esfuerzo que habrán invertido en ello ha debido de ser importante. Si pudiéramos reunir en un solo lugar todo este tipo de cosas que se está inventando  el profesorado sobre la marcha, en toda España, nos quedaríamos en shock. Así que iniciar la primera misión del juego, que sucede en Wuhan, ha sido una buena idea para este primer día de desentumecimiento intelectual.

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  • Diario del coronavirus (29): Poca harina para tanta España

    Diario del coronavirus (29): Poca harina para tanta España

    Sospechas que has dejado a tu hija ver durante demasiado tiempo videos de Los Polinesios cuando se pasa el día hablando con acento mexicano. “Hablas con acento mexicano”, le digo a Eleonor. “No, eso no es cieeerto, mamita”, me contesta. “¿Qué me has llamado?”, le pregunto. “Mamita, mamita linda”.

    Estoy deseando que acaben las vacaciones de Semana Santa para volver al colegio virtual (por llamarlo de alguna manera) y darnos (a todos) una segunda oportunidad para conseguir una rutina de estudio, la cual en estos días ha saltado por los aires. Ha venido bien para desestresarse, disfrutar del no hacer nada, entregarse a la flojera, acostarse a las tantas viendo una película y levantarse muy tarde, cuando en el cuerpo no quepa más sueño. Pero ahora temo que mis argumentos no convenzan a Eleonor y decida quedarse a vivir en los videos de Los Polinesios para siempre.

    Este fin de semana no funcionó, ni siquiera, la repostería. “¿Hacemos galletas?”, le digo, invocando las palabras mágicas. “Hazlas tú que yo me las como”, me dice, con acento fresa del DF. La miré con cara de perro. “Mamita linda”, añadió.

    Os voy a decir una cosa que muchos ya sabréis: lo de los panes y los bollos se ha vuelto imposible. Dos veces ha regresado Alberto del supermercado sin harina de fuerza. “La sección repostería estaba arrasada, tendrías que haberla visto”, me dice. En mi barrio, los sobres de levadura es el nuevo patrón oro. Mi amiga A., que hace unos bizcochos impresionantes, se quedó sin ella y tuvo que bajar a la calle en una operación limpia y rápida. Como si fuéramos la CIA siguiendo su escaramuza desde la situation room, recibimos una visual muy clara de la cola de espera para entrar en el supermercado. A. dijo que no quería comprometer la misión exponiéndose al fuego enemigo durante tanto rato, por lo que abortó el plan inicial y se fue a buscar otra tienda abierta. Encontró una, extrañamente vacía, se dirigió a la estantería adecuada con la rapidez que solo un agente entrenado puede tener y se llevó los dos últimos sobres de levadura. Probablemente esos eran los dos últimos sobres de levadura del barrio, quizás incluso del distrito. Hemos sabido que en el piso vacío de una amiga común hay más levadura e incluso un paquete de harina de fuerza. Estamos evaluando las posibilidad de éxito si hacemos una incursión en helicóptero.

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  • Diario del coronavirus (28): Si rompemos los eslabones, todo se desmorona

    Cada día miro mi cuenta bancaria. ¿A qué se parece? ¿Os acordáis cuando íbamos a una fiesta en una casa y el anfitrión os pedía que, por el camino, comprásemos una bolsa de hielo? Llegábamos al sitio y los hielos se quedaban dentro de la bolsa, mientras los alegres invitados meten la mano con despreocupación para llenar sus copas. Al principio no lo sabíamos, porque los cubitos estaban congelados, pero poco a poco se va creando un charco sobre la mesa, ya que en realidad la bolsa tenía un pequeño agujero. La fiesta se prolonga hasta la madrugada y, de nuestra estupenda bolsa de hielos pesados y contundentes, apenas quedan unas babosas frescas y un reguero de agua fría.

    Incluso si nunca os han pedido subir una bolsa de hielo, estoy segura de que muchos sabéis de qué os hablo. El último dinero de la media nómina de marzo se agota y me pregunto cuándo llegará mi prestación por desempleo debido al ERTE por fuerza mayor. Busco en la página del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y encuentro un PDF que advierte que el Registro de la Administración General del Estado y el propio SEPE están saturados. Mientra se acerca peligrosamente la fecha de cobro de la hipoteca me pregunto si le puedo enviar al señor banquero ese PDF como justificante de impago. Le imagino tirándome cubitos de hielo desde su montículo de oro: “¡quédese en casa, señora Cabrera y cumpla con sus obligaciones!”.

    Hoy se me ha ocurrido meterme en la sede electrónica del SEPE y he comprobado que no hay ninguna solicitud de prestación pendiente a mi nombre. Pinta mal la cosa. Por seguir con lo de la fiesta, es como si algún gracioso hubiera cogido la bolsa con el agua derretida y me la hubiera hecho caer por la espalda. Si el confinamiento va para largo, me temo que la llegada de la prestación, también.

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  • Diario del coronavirus (27): El matrimonio más cool del mundo

    Sabes que tu chico te quiere cuando sale a la calle y vuelve con un bote de gel hidroalcohólico por 15 euros. Una de las cosas bonitas de la pandemia es que hemos aprendido a resumir las palabras “desinfectante para no tener que lavarse las manos” en una sola. Y, además, sabemos dónde va la tilde.

    Me acuerdo mucho del día, apenas quince días antes de que estallaran las infecciones en España, en el que mi hija Eleonor intentó colarme un bote de gel hidroalcóholico olor frambuesa, por tres euros, en la cola del supermercado. “¡Dónde vas con eso, que es muy caro!”, dijo la madre tacaña. Ahora recuerdo ese momento, una y otra vez, como un flashback en una película mala. Moraleja: hay que hacer más caso a las niñas.

    Porque lo que es yo, salir a la calle, no salgo mucho, la verdad. Y eso que nos queda solo un huevo, la leche está a punto de terminarse y necesito pan para las prometidas torrijas, una repostería que cada día aplazo al siguiente, sabiendo que esta Semana Santa, como las de mi infancia, dura eternamente. La verdad es que no he hecho torrijas en mi vida pero necesidad obliga, y este año mi suegra no vendrá a casa cargando un doble táper: unas cuantas sin canela para mí, y el resto para su hijo. Hacer torrijas es algo muy de suegra, pero he sabido que en estos días hay vecinas que se prestan como madres postizas. Así le ha pasado a mi amiga M. (la del caracol Steven) cuya vecina ha llamado a su puerta con sendas bandejas de este opulento pan frito. Como suele suceder en estos casos, creo que el marido de M. musitó un “me gustan más las de mi madre”.

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  • Diario del coronavirus (26): Tren con destinación a ninguna parte

    No sé si os habéis dado cuenta, pero estamos de vacaciones de Semana Santa. Me pregunto si los niños y las niñas que tengáis alrededor son tan inflexibles con esa circunstancia como mi hija. Si le pido que se acueste pronto, que haga deberes o que se quite el pijama me contesta que la deje en paz, que está de vacaciones. “¿Pero me quieres decir qué diferencia hay entre esta semana y la anterior?”, le pregunto. “No me hagas tantas preguntas, que estoy de vacaciones”, es todo lo que me contesta, mientras gira de nuevo su cabeza hacia el televisor. Por no pelearme con ella, me peleo conmigo misma: ¿le contesto lo que creo que una madre responsable debe decirle a su hija o la dejo en paz, que es exactamente lo que yo querría que hicieran conmigo? En medio de este debate, me acordé de algo que dijo mi viejo compañero Antonio Martínez Ron en una entrevista antigua pero que leí ayer: “les digo a mis hijos que coman fruta de postre y me como un helado a escondidas”. Esa confesión resume muy bien esta sensación de no acabar de ser la madre a la que le dan el título homologado para ejercer. No sé los hijos de Antonio, pero la mía me pillaría comiendo el helado y exigiría dos para ella: el primero, por justicia y el segundo, por castigo por comer a escondidas.

    Mi máxima aspiración es que Eleonor dedique algo de tiempo a la lectura. ¿Recordáis eso que dicen de que los niños imitan lo que ven en casa? Pues no es cierto. Hoy me ha dicho: “mamá, te vas a poner enferma de tanto leer”. Ese es el momento en el que la madre diplomada aplasta la cabeza de la otra Elena con un puñetazo sangriento y manda a la niña, con voz severa y un amago de extorsión, a buscar un libro a su habitación. Vuelve con un cómic de Hora de aventuras y me digo: vale, admitamos el punto medio.Además de ver anime, películas, Jackass y videos en YouTube, estos días Eleonor hace stop motion con los playmobil, se graba a sí misma haciendo un fanfiction de Paquita Salas, peina a las Nancys, hace volteretas en el sofá y pinta un dibujo. Un único dibujo. Me lo ha regalado. Es un dibujo de un AVE de Renfe. Al principio no lo entendía. Después, entre las brumas de una vida pasada, me llegaron los recuerdos de aquellos días en los que a las ocho de la tarde intentábamos, sin éxito alguno, comprar billetes baratos para Barcelona, precisamente para irnos de viaje esta semana. Cada día, Eleonor vivía con emoción el momento en el que nos poníamos delante del ordenador y le dábamos a recargar la página. Tras el fracaso de los primeros días dejé de hacerlo, convencida de que era imposible, pero ella, cada noche, todavía me preguntaba si lo había conseguido. Pensé que, como a mí, aquella vieja ilusión de viajar en Semana Santa se había evaporado. Hasta que he visto este dibujo. Como en un juego de transparencia, por la parte de atrás de la hoja se veía el interior del tren. Una conductora llevaba a una alegre niña a algún destino emocionante. Mi hija se había ido de viaje esta Semana Santa.

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