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  • Diario del coronavirus (51): Fábulas de Iriarte

    Diario del coronavirus (51): Fábulas de Iriarte

    Cuando salí a caminar sin rumbo el otro día, dejándome llevar por las bocacalles, huyendo de los ruidos, los coches y los malos olores, dejé que la nostalgia me llevara hasta la calle en la que viví, en el barrio madrileño de Guindalera. Me introduje en ella por la frontera con el barrio de Salamanca: la calle Francisco Silvela, conocida por los mayores como parte de “las rondas”, una consecución de vías que disfrutaban de un ancho bulevar por el que pasear y comprar melones en puestos cuando llegaba la temporada. Hace poco, en una conversación familiar, hablábamos sobre ese Madrid de los paseos, que ya no existe. Con la intensa reducción del tráfico, soñamos más que nunca que otro Madrid podría ser posible. Lo digo pensando en mi ciudad, pero seguro que vale para todas.

    La calle Béjar ha cambiado bastante desde que yo la habitaba. Se han rebajado los aceras, se han eliminado las plazas de aparcamiento y, con los deportistas conquistando la calzada, se parece bastante al corredor peatonal que demandan los vecinos desde hace años. No respondía a mis recuerdos oscuros y sucios de hace una década. Me paré en mi antiguo portal y me alegré de no estar pasando el confinamiento en el piso interior en el que vivía. Seguí adelante, caminando calle arriba, fijándome en qué comercios habían cerrado y en cuáles nuevos habían abierto. Al llegar casi al final de su desembocadura, me detuve en el cruce con la calle Iriarte. Me llamó la atención ver, a lo lejos, lo que parecían cordones de banderines de colores colgando de balcón a balcón. Faltaba poco para que dieran las diez de la mañana y adentrarme en ella suponía dar un rodeo por Guindalera Vieja que me alejaba de casa. Miré el reloj y pensé que era mejor hacer caso al impulso, aunque luego tuviera que apretar el paso. Lo que ví, lo conté el 5 de mayo en este diario. Fue una escena fugaz que atravesé como un personaje secundario, quizás invisible para sus protagonistas, dos mujeres jóvenes que conversaban al coincidir delante de sus portales, después de haber salido a correr, un kilómetro alrededor de la calle Iriarte. Rememoro las únicas palabras que les escuché decir, mientras pasaba a su lado, embriagada por los aromas y colores de la calle:

    —¡Luego nos vemos! —dice una.

    —¡Bueno, más bien luego nos oímos!

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  • Las últimas escenas de la ‘vida normal’, ese tiempo en el que convivimos con el coronavirus sin saberlo

    La historia oficial del coronavirus en España comienza en las últimas horas del mes de enero. El Centro Nacional de Microbiología había recibido cinco muestras procedentes de La Gomera que pertenecían a personas de nacionalidad alemana que habían estado en contacto con un enfermo de coronavirus en ese país. El sistema sanitario canario las tenía aisladas en un hospital. Una de esas cinco se convertiría en el primer positivo español. Nos enteramos tarde, pasadas las diez de la noche de aquel viernes. El Instituto Carlos III informó de que no eran las únicas que había analizado hasta el momento y que ya había comprobado otras doce muestras, todas ellas resultaron negativas. Algunos de los casos sospechosos eran personas que provenían de Wuhan, una ciudad a 10.000 kilómetros de distancia de Madrid que las noticias diarias nos la acercaban como parte de nuestra geografía, pero no lo suficiente como para pensar que aquel virus que la devastaba pudiera llegar aquí en cualquier momento.

    Fue el 3 de enero cuando el primer medio fuera de China, la BBC, informó sobre un “virus misterioso” que había afectado a 44 personas, 11 de ellas gravemente. La oficina de la OMS en China tuvo conocimiento apenas unos días antes, en Nochevieja, pero, según se supo después, el primer contagio había sucedido semanas atrás. La sanidad china considera que el paciente uno es un hombre de 55 años contagiado en la provincia de Wuhan, Hubei, en torno al 17 de noviembre. Estudios posteriores determinaron que al menos 266 personas se habían infectado en el país asiático antes de que acabara el año 2019. La expansión rápida y silenciosa del coronavirus pudo empezar en cualquier momento, pues Wuhan acoge un aeropuerto internacional por cuyas terminales transitan 25 millones de pasajeros al año.

    La precomprensión de una cosa emerge cuando se la nombra y eso sucedió al día siguiente de Reyes de este año, cuando los científicos chinos aislaron el virus en un laboratorio y lo bautizaron como SARS-CoV-2. Hasta ese momento, no había evidencias de transmisión entre humanos y la mayoría de los pacientes eran comerciantes del mercado mayorista de mariscos del sur de China en Wuhan, según las autoridades de ese país. El 11 de enero, China lamentó su primera víctima mortal.

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  • Diario del coronavirus (50): La otra guerra era más emocionante

    Diario del coronavirus (50): La otra guerra era más emocionante

    Lo que de verdad piensan los niños y las niñas sobre la pandemia y sus consecuencias sigue siendo un misterio para mí. Y no será porque no tenga un sujeto de estudio cerca. Por supuesto, le hago multitud de preguntas para intentar ver esta situación excepcional a través de sus ojos, pero mi hija tiene un potente escudo que vino de serie, no sé de dónde lo sacó, forjado en las invulnerables minas del sentido del humor.

    No me queda más remedio que acudir a otras fuentes. Mi amiga M. me cuenta que su hija pensaba que otras veces en nuestra vida nos habíamos tenido que confinar. Quizá cuando era pequeña, y no lo recuerda, o antes de nacer: esa existencia mitológica que tanto nos cuesta comprender. De igual manera, la hija de R. preguntó por cuántas cuarentenas habíamos hecho, hasta ahora, contando esta.

    Sin haber recibido ninguna información al respecto ni haber formulado pregunta alguna, los niños dan por seguro lo que les parece lógico. Me parece que si no les anticipas, con grandes dosis de misterio y expectación, la primera vez de algo, sino les preparas con tiempo, dan por sentado que algo es recurrente, por muy excepcional que resulte. R. me puso sobre la pista de la traductora Blanca Bandarrita, que contó en Twitter cómo su hija se deshizo en pedacitos porque no aguantaba más en casa y quería salir al parque: “es mi primera cuarentena”, le dijo a la madre, a modo de excusa por no ser capaz de mantener el tipo.

    https://twitter.com/bandarrita/status/1246772742466220032

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  • Diario del coronavirus (49): Las mascarillas son sexys

    Diario del coronavirus (49): Las mascarillas son sexys

    Cuando habíamos aprendido a decir “gel hidroalcohólico” con la misma naturalidad que “barra de pan”, el Gobierno nos hace dos favores: fija un precio máximo de venta al público y, de paso, nos indica que el nombre correcto es “antiséptico de piel sana con función virucida”. Por curiosidad malsana, he calculado cuánto me habría costado hoy el antiséptico de piel sana que compramos en pleno apogeo virucida: 5,17 euros. Pero en aquel momento lo pagamos a precio de marisco: 15 euros costó el frasco de 225 ml.

    Las mascarillas higiénicas, que también tienen un precio máximo de venta, se encuentran fácilmente en las farmacias, aunque las de los supermercados, un poco más baratas, suelen estar agotadas. No obstante, he visto por la calle que cada día hay más mascarillas cosidas en casa, con retales de cortinas o vestidos rotos. También me asaltan los anuncios, en este mismo periódico, por ejemplo, de tiendas online que venden mascarillas de tela reutilizables con bonitos estampados que van del estilo lolailo al primaveral; se hace difícil elegir. Después de ver a Dave Gahan, uno de nuestros ídolos musicales, con mascarilla negra, Alberto encargó una en una tienda online. Nos llegó hace unos días y descubrimos con decepción que tenía menos protección de la necesaria para lijar una estantería y no toser mucho. La estamos reservando para algún concierto —nosotros somos muy de uniforme negro— pero me da la risa amarga mientras lo digo. ¿Se celebrarán los conciertos y festivales para los que tenemos entrada a partir de septiembre? Si ni siquiera podrán ir los niños todos juntos a clase, cómo vamos a ir los mayores a apiñarnos, a sudar, a cantar a voz en grito, a aplaudir sin ser las ocho de la tarde delante de, por poner un ejemplo recurrente desde el primer día de este diario, The Sisters of Mercy? No le preguntéis al ministro de Cultura, que no tiene ni idea.

    Estos días he hecho muchas entrevistas para escribir un reportaje sobre el que no quiero (ni puedo) hacer spoiler. Eleonor, que le interesa cualquier cosa mucho más que sus tareas escolares, se queda mirándome mientras yo hago entrevistas telefónicas. Ni me doy cuenta de que ha abandonado sus deberes. Si puede, intenta meter pezuña en la conversación. En este tiempo, he tenido la oportunidad de saludar a los hijos de varios encargados de gabinetes de prensa: estamos todos igual. En realidad, me gusta que sucedan estas cosas, como los videos de conexiones en directo en la televisión en el que irrumpen hijos por la puerta, porque me recuerdan que tenemos una vida detrás que habitualmente el trabajo hace invisible. No es barato hacerla invisible.

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  • Diario del coronavirus (48): La fase 0 huele a tinte para el pelo

    Diario del coronavirus (48): La fase 0 huele a tinte para el pelo

    Hemos parado de ver capítulos de Clone Wars, las guerras clon que se desarrollan entre el episodio II y el II de las películas de Star Wars, porque no hacíamos otra cosa. Un capítulo tras otro, temporada tras temporada, empezaba a confundir la Coronavirus War con la lucha de los Separatistas para destruir la República, cosa que por mucho que parezca la vida real, en realidad ocurre dentro de la ficción galáctica creada por George Lucas.

    Necesitada de aire, he salido a dar mi primer paseo de andar rápido. Al contrario que un enfermo de coronavirus, mi sentido del olfato está hipersensible, imagino que es un fenómeno propio de quien permanece mucho tiempo en un hogar que genera sus propios olores de manera uniforme. Como los perfumes con los que me rocío, quizá en exceso, porque a los cinco segundos ya no los huelo.

    Al alejarme tres o cuatro manzanas de mi casa y llegar a una calle ancha, me golpeó un intenso olor a alquitrán que emanaba de un camión que asfaltaba un concurrido cruce entre avenidas. Las obras provocaban una aglomeración impaciente de coches, cuyos conductores nerviosos parecía que habían olvidado el adiestramiento especial para conducir por Madrid, con el que más que una licencia deberían darnos un doctorado. El otro gran olor era el del diésel quemado. Alquitrán y gasoil, el olor del progreso, era el aroma de esta ciudad antes de que el coronavirus llegara a ella, como un pistolero forastero que vacía el bar del pueblo con su sola presencia.

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  • Diario del coronavirus (47): 52 días de viaje submarino

    Diario del coronavirus (47): 52 días de viaje submarino

    He comprobado que las floristerías son uno de esos negocios que han funcionado bien en el confinamiento. Cuando mis amigas me mandaron un ramo en el día de mi cumpleaños, lo trajo un empleado del negocio junto con una nota que explicaba las medidas de higiene que se habían tomado para realizarlo y que, además, agradecía que se estuvieran utilizando sus servicios de envío a domicilio, porque esos pedidos les permitían salir adelante. No eran las flores más frescas del mundo, pero eran preciosas y me emocionaron mucho. Este domingo, por el día de la madre, Alberto intentó mandarle un ramo a la suya y no le fue posible, tuvo que anticipar el regalo un día para que le aceptaran el encargo.

    Tengo la sensación de que, en estos dos o tres días, la vida se apresura y los acontecimientos se agolpan. De repente, hace buen tiempo y ya no nos ponemos la chaqueta en casa. Las ventanas están abiertas todo el día y puedo sentarme a leer en el balcón sin arroparme con una manta. Ayer, cuando dieron las ocho, tuve la impresión de que se habían abierto unas compuertas y nuestro pasaje peatonal alcanzó, en cuestión de minutos, un nivel de bullicio que no ha tenido nunca. Mis vecinos de arriba habían mandado a las dj toda una lista de peticiones de canciones pop de los ochenta y la mayoría de paseantes de andares rápidos (o corredores de lentitud) las celebraban al pasar. Percibo que hay ganas de que todo se acelere.

    Del otro lado de mi casa, por las ventanas que dan a la calle, vemos a pocos metros de distancia un edificio en obras del que he hablado aquí en más de una ocasión. A estas alturas de los trabajos de reforma ya no queda prácticamente nada que extraer de él. A través de lo que fueron ventanas y ahora no son más que vanos, veo el interior arrasado, sin tabiques ni escombros. Tan solo los pilares esenciales quedan en pie. Ha dado todo lo que tenía de sí y yo me siento un poco igual: no tengo nada más para sacar. Estoy eviscerada. No sucede nada nuevo. La historia pide salir de casa y mirar a lo lejos. Dicen los oftalmólogos que somos más miopes en las ciudades porque no tenemos horizonte que enfocar y advierten de que los niños, durante el confinamiento, pueden ganar dioptrías.

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  • Antonio Onetti: «Era necesario un equipo diferente con credibilidad para retomar las relaciones con el Ministerio de Cultura»

    La historia de la SGAE en la ficción, en manos de un guionista como Antonio Onetti, no habría sido tan impredecidible, enrevesada y compleja como lo ha sido en la vida real. El dramaturgo sevillano asume la presidencia de la principal sociedad de autores española, siendo el 44 de su linaje, arremangándose la camisa y pidiendo perdón por los errores cometidos.

    La cultura es uno de los sectores descalabrados por el golpe seco del estado de alarma y la desescalada plantea una recuperación a largo plazo. La entidad que preside desde el pasado 30 de abril tiene la potestad de recaudar y repartir pero la avaricia, el poder y la revancha de los que la han manejado, la han corroído en sus entrañas. Onetti formó parte de la moción de censura a la presidenta Pilar Jurado y, a diferencia de lo que hicieron anteriores presidentes que tocaron poder de igual manera, él anuncia elecciones en otoño. Son un requisito indispensable para reingresar en la Cisac, la confederación internacional de sociedades que ha expulsado temporalmente a la SGAE. Mientras tanto, además de reestablecer las maltrechas relaciones tanto con esa organización como con el Ministerio de Cultura, Antonio Onetti debe hacer funcionar un plan de ahorro de cinco millones y medio de euros, que comienza bajándose un tercio del sueldo, para parar la caída en picado hacia el precipicio, no solo por el impacto del coronavirus, sino por el paulatino descenso en la recaudación y la mala gestión anterior. SGAE prometió a principios de abril añadir 7 millones de euros extra a los 8 destinados en ayudas a los autores afectados. Onetti pide “disculpas” porque ese dinero “no se corresponde a la situación real”, en la que solo pueden destinarse 2 millones de euros a la situación de emergencia.

    Su espada serán los nuevos estatutos, aprobados en enero pero todavía no vigentes, a falta del visto bueno del Ministerio. Con ellos en la mano, el presidente de la SGAE dejará de ser lo que siempre hemos entendido por ser presidente de la SGAE: prácticamente el dueño, el terrateniente de la riqueza generada por los socios. A partir de ahora, la potestad ejecutiva pasará al director general, cargo que ocupa desde el mes de febrero el colombiano Adrián Restrepo, y la presidencia se limitará a la representación institucional y legal.

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  • Diario del coronavirus (46): Mi plan bajo demanda

    Diario del coronavirus (46): Mi plan bajo demanda

    Quizá nos hemos acostumbrado muy rápidamente a que todo sea bajo demanda: de las películas y los programas de televisión a la lactancia, de las compras online a la hora, o incluso el día, en que nos ponemos a leer los mensajes que nos han enviado. Esa es la explicación que se me ocurre para la dificultad de cumplimiento de los horarios de salida que tenemos, desde este sábado dos de mayo, en las grandes ciudades.

    Desde hoy, las personas entre 14 y 70 años podemos salir a pasear o correr entre las 6 y las 10 de la mañana. Hubiera sido bonito, pero eran las 10:15 y yo seguía en la cama. Se me pasó por la cabeza, sin duda todavía dormida, cuando quizás quedaban quince minutos para las diez pero recuerdo que pensé claramente que preferiría no hacerlo. Quitando todas las carreras que me echado en mi vida para llegar a la primera fila de los conciertos, habré corrido en la calle, en plan correr sin llegar tarde a ningún sitio, dos veces en total. Y me parece mucho para mi poderoso sentido del ridículo. Dice mi familia que no sé correr, que hago una cosa rara con las piernas. Es muy probable y eso explicaría por qué no he llegado más que a segunda o tercera fila en los conciertos del Palacio de los Deportes de Madrid. Hoy, y que no sirva de precedente, he estado de acuerdo con el policía del coche patrulla que ha grabado el reportero de El País Manuel Viejo. El agente se pasó la mañana reutilizando el comentario que tan ingenioso le había parecido, imagino que para que lo escuchara más gente: “¡ahora parece que todo el mundo hace deporte!”.

    Intuyo que la ciudad se ha llenado de fake runners, de esos que no tienen ni la ropa reglamentaria. Medio Madrid con flato a mediodía. Me asomo a la ventana a las doce y veo una mujer con auriculares en los oídos, ropa de lycra ajustada tanto al cuerpo como a los estándares deportivos, paso trotón y modélica inspiración por la nariz y espiración por la boca en forma de u. El problema es que deben faltarle unos 50 años para alcanzar la edad permitida para salir a esta hora del día. Así no hay quien organice un país.

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  • Diario del coronavirus (45): Postcataclismo

    Diario del coronavirus (45): Postcataclismo

    Escribo el cuaderno de bitácora de nuestra casa después de los aplausos y durante la sesión de las dj en el pasaje peatonal en el que vivimos, que hoy incluye Mecano, Radio Futura, Pimpinela y Rafaela Carrá. Vemos desde nuestros balcones a un caminante que carga dos voluminosas bolsas de la compra justo en el preciso momento en el que Santiago Auserón canta “vas por ahí sin prestar atención y cae sobre ti una maldición” en el temazo Escuela de calor. Las vecinas le enchufan el megáfono dirigido hacia su cabeza de una manera evidente, pero el chico no mira para arriba. “No le ha hecho ninguna gracia” dice una de ellas, con una magnífica voz de arengadora de manifestaciones que ha ido puliendo con el paso de los días en confinamiento. A él no le ha hecho ninguna gracia, pero yo lo he celebrado grandemente.

    Leo por ahí que hay gente que no soporta a los dj de balcón. Yo, que tengo mucha tontería con la música que me gusta pero especialmente con la que no, me encanta que mis vecinas pongan canciones, incluso cuando pinchan Paquito el chocolatero, que ya es decir. Es una de las cosas que no quiero que se acaben. Ya que estamos definiendo la “nueva normalidad”, podríamos acordar que poner música para la vecindad, hablarnos a gritos, pedirnos canciones y desearnos las buenas noches y hasta mañana podría formar parte de ella.

    Yo quiero seguir viviendo en el presente pero parece que hay que empezar a planificar cómo será el día de mañana. Existe en Twitter un bot que tuitea cada vez que el New York Times publica una palabra que no haya usado jamás en su periódico. Hoy lo ha hecho con la palabra “postcataclysm”, que la traduzco así como suena: postcataclismo. Resuena más acristalada, metálica y clara que postapocalipsis pero podrían ser sinónimos y además tiene unas sonoridades semejantes a “desescalada”, que también es un palabro curioso. Me sorprendió que el New York Times, que como todo el mundo sabe es un periódico muy serio, se estuviera permitiendo un derrape peliculero. Y la verdad es que sí, pero literalmente. En un juego periodístico apasionante, el mismo programador del famoso bot (Max Bittker, 25 años) creó otra cuenta que contesta a la primera con el contexto en el que se ha utilizado la palabra. Para mi desilusión, el artículo no era sobre el coronavirus ni sobre el capitalismo, sino acerca de qué tipo de películas se hacían en 2002, medio año después del 11-S, cuando el cine estadounidense comenzaba a sacar historias postcataclísmicas (sigo inventando traducciones) con las que ir trabajando la reparación colectiva.

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  • La SGAE, al borde de la ruina

    La SGAE, al borde de la ruina

    Corrupción, malversación, luchas intestinas, juicios abiertos, un encadenamiento de presidencias que duran un respiro, megalómanas inversiones fracasadas, el papel del malo de la película y, por si todo fuera poco, el profundo impacto de la crisis del coronavirus en los autores. “A esta entidad le quedan meses de vida, la situación es límite”, expresan fuentes internas. La SGAE y en particular su nuevo presidente, Antonio Onetti, no va a poder afrontar su continuidad sin adoptar medidas drásticas, debido a la radical bajada de ingresos consecuencia del confinamiento que se suma a la situación que acarrea. Estas medidas están siendo estudiadas en estos días por la Junta Directiva y pretenden evitar lo que desde dentro han denominado como “cercano a la bancarrota”:

    Técnicamente, la bancarrota no es posible en la SGAE pues existe un mecanismo legal para evitarla: reducir el reparto a los socios, aumentando la parte de la recaudación que se queda la casa; este es el conocido como descuento de la administración, que actualmente está en un 15%. Este porcentaje puede variarse en cualquier momento si la situación financiera lo requiere y, de esa manera, retener el reparto y recapitalizar la sociedad. ¿Cuál es la consecuencia? Que esta medida obviamente no gusta a los socios y la SGAE cuenta con el riesgo de abandono de los músicos que más dinero generan, los cuáles podrían irse a entidades extranjeras, como ya hicieron Julio Iglesias o José Luis Perales.

    El guionista Antonio Onetti, hasta ahora vicepresidente del colegio audiovisual, ha sido elegido presidente por la Junta Directiva este 30 de abril, después de quince días de interinidad de Fermín Cabal, en quien recayó el puesto por ser la persona de más edad de la junta, tras la moción de censura interpuesta por 22 personas contra Pilar Jurado. En estas dos semanas, se han producido cambios en la composición de la junta y, sobre todo, del Consejo de Gobierno, retirando de los asientos de poder a personas presuntamente favorecedoras de los mecanismos de “la rueda”, según explican diversas fuentes conocedoras de la casa autoral. A pesar de ello, Onetti se enfrenta a una de las presidencias más complicadas ya que debe cumplir con los requisitos de saneamiento ético y financiero, transparencia y equidad que le exige el Ministerio de Cultura para no retirarle la licencia y la confederación internacional Cisac para readmitirla en su organización. Y tendrá que hacerlo con un presupuesto desgarrado.

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