Yepa, aquí, uno de esos post que tanto os y nos gustan. Uno de esos que debería archivar en la Primary Category (que no he creado, ya tardo) Venganza del Pasado. Allá voy. Regreso ahora mismo de un día largo que comenzó remoloneando en la cama, no llegando al pase de prensa de Sky Captain, comiendo excelentemente con mis compañeros y jefes de la oficina del FIB, comprando crema para alisar el flequillo en una droguería-perfumería y realizando mi sesión de pinchadiscos de una hora en el Hotel Campomanes, dentro de Standart Club, una iniciativa del Festival Edición Madrid y Standart. He disfrutado como hacía años que no, desde los tiempos del mondismo. He puesto canciones de Edison Woods, Julee Cruise, Coloma, Hope Sandoval, Piano Magic, Scoa, The Cure, Depeche Mode, Arab Strap, Hydroplane, Lost Balance, Entre Ríos, Babasónicos, Colorfactory y Silvania. En la maleta se quedaron Paddy McAloon, Tindersticks, Broadcast, Coastal, So, At Swims Two Birds, Revolution 9 y muchos otros discos. Las posibilidades de muchas otras sesiones que podrían haber existido y no fueron. Fue Silvia quien reparó en ello, quien alcanzó la suficiente perspectiva histórica -¡de mi propia vida!- para, recordando la anécdota, hacerme caer en ello, con todo el peso del pasado, irónico y vengativo, sobre mí. Gracias, SlyT. Mis amigos conocen bien esta historia, que habré contado más de diez veces. Ocurrió -y es por eso quizá más significativo- la primera vez que una canción de Depeche Mode estrujó y destruyó algo dentro de mí; la primera vez que fui, de verdad, consciente de que había un mundo al que yo pertenecía y que no era aquel en el que me encontraba. Y el lugar en el que estaba era la discoteca de mi barrio, Kea, que posteriormente fue renombrada Avec Moi para retomar su nombre original años después, y hasta ahora. Hace 14 años yo tenía 15 y, en mis manos, un díptico-invitación para un concierto de Tam Tam Go!, grupo del que era fan (éramos fans, ¿verdad Gemma?), esa misma noche en Kea. Para poder ir, tuve que rogarle a mi hermano que me acompañara, que me llevase, aunque la discoteca estaba a poco más de cinco minutos de mi casa, cruzando el puente sobre la N-II. Lo hizo, no recuerdo si arregañadientes o no, junto a su novia. Yo estaba muy nerviosa por ese concierto. Programado pronto, quizás a las nueve, pasaba el tiempo y allí no tocaba nadie. De hecho, no recuerdo que hubiera ni escenario montado. No lo sé. Tampoco había fans. La gente estaba allí, tomando copas, ajenos al nerviosismo con el que yo releía esa invitación una y otra vez, despacio, comprobando que el día era correcto, y la hora también, y el sitio sobre todo. ¿Habría una realidad paralela en la que un grupo y su público cantan Espaldas mojadas y a mí, ¡a mí precisamente!, se me había dejado atrás? Mosqueada, me atrevo a preguntar a un camarero por el concierto. El chico me explica, como si yo fuera la última persona en el mundo por enterarse, que el grupo habia tenido un accidente de coche y que el concierto se había cancelado. Yo, en mi inocencia, me alarmé grandemente: -Ay, pero, ay, pero ¿están bien? ¿Les ha pasado algo? Ay, pero ¿cóomo están? Ay, ay. Y el camarero, preocupado por mi reacción, me dijo que no era nada, que el grupo estaba bien pero que los instrumentos no y por ello no podían actuar. Volví donde mi hermano a transmitirles la información que habóa averiguado y él, con un ataque de risa que yo no entendía, elevaba el volumen de su voz sobre la música para decirme «tam tam go! tan tan gao!, tam tam go! tan tan gao!». Nunca pude confirmar que el grupo tuviera ese accidente y ahora que vivo de este otro lado de las cosas, estoy segura al 90% que aquella historia no era más que una excusa para cancelar un bolo con, es verdad, una pinta muy muy chunga. Nacho Campillo me dejó tirada, he de decir. ¿Y qué más pasó esa noche de la primavera de 1990? Que el dj de Kea pinchó Personal Jesus o The World In My Eyes (no puedo recordarlo) y a mí se me estruj´ aquello, y la novia de mi hermano se puso muy contenta y yo cada vez con el estruje ese más grande y el flyer de Tam Tam Go! ya papel mojado y a ella que le pregunto ¿esto que es? y ella con su cerveza en la mano y yo con mi pippermint con vainilla en la mía que le escucho que contesta «esto es Depeche Mode». Y en fin, algo cambio. Por supuesto. Cómo no. Esta noche, en mitad de mi sesión, ha entrado en la sala Nacho Campillo y hemos cruzado una mirada de dos segundos de duración. Yo he pensado «tú». Él, imagino, algo así como «una dj». Y ya está. Él no vino a su concierto pero ha venido a mi sesión. Catorce años después. No importa: la venganza es un plato que se sirve frío. Tan sólo unos minutos antes yo había puesto The Sweetest Condition.