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  • El guionista Antonio Onetti, elegido nuevo presidente de la SGAE

    Son mandatos pensados para cuatro años pero Antonio Onetti es el cuarto presidente de la SGAE en 18 meses. La elección se ha producido en una Junta Directiva extraordinaria convocada en la mañana de este jueves 30 de abril, después de quince días de presidencia interina de Fermín Cabal, por ser el miembro de mayor edad. Los estatutos le daban a Cabal un mes para que la junta eligiera un presidente, tras la moción de censura que expulsó a Pilar Jurado del sillón principal, pero no ha agotado el tiempo. Onetti ha recibido 21 votos a favor, seis en contra y ocho abstenciones.

    El mecanismo de destitución contra Pilar Jurado fue urdido por 22 personas descontentas con los quince meses de gestión de la soprano, en los que no consiguió recuperar la confianza del Ministerio de Cultura, que amenaza con retirar a la SGAE la licencia para operar, ni de la confederación internacional de sociedades de gestión de derechos, la Cisac, que mantiene a la entidad en cuarenta con una expulsión de un año que se puede prolongar.La elección de Onetti se ha producido entre los miembros de la Junta Directiva, la cual ha sufrido una única variación durante los quince días de Fermín Cabal, con la destitución como vicepresidenta del colegio de pequeño derecho, el que representa a los músicos, de Inma Serrano, aunque esta sigue manteniendo su asiento en la mesa de 35 miembros. Serrano ha puesto su cese en manos del despacho del abogado Cándido Conde-Pumpido, el cual está estudiando acciones legales. El órgano de Gobierno que sí ha sido más profundamente intervenido es el Consejo de Dirección, formado por 14 miembros de la Junta más su presidente. En él, se ha renovado la práctica totalidad, a excepción de uno, de los miembros del colegio de los músicos. Según fuentes internas de la entidad, esta renovación era necesaria para sacar a las personas con conflictos de intereses, los partidarios de la llamada rueda de las televisiones, del gobierno de la institución. Miguel Ángel Chastang, Pablo Pinilla, Inma Serrano e Iván Sevillano salieron del Consejo de Dirección y fueron sustituidos por José de Eusebio, Teo Cardalda, Juan Parrilla y Pablo Salinas, este último, además, ocupó la vicepresidencia por parte del colegio de músicos. También ha desaparecido del equipo directivo el polémico nombramiento de Clifton J. Williams como subdirector general, no autorizado por el Ministerio de Cultura al tratarse de un cambio en el organigrama con la creación de un puesto que antes no existía.

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  • Diario del coronavirus (44): ¿Cuándo abrirán los escape rooms?

    Diario del coronavirus (44): ¿Cuándo abrirán los escape rooms?

    Decíamos ayer que el barrio en el que vivo, Prosperidad, en Madrid, tiene unas fuertes raíces populares, un nervio activista y algún ramalazo gentrificador que el resto del árbol combate como puede. Uno de los indicios que nos hicieron saltar las alarmas fue la aparición de un escape room, una extravagancia incomprensible que los vecinos más rancios miramos con la misma incredulidad que hace tres años la tienda de cupcakes. Hoy he pasado por delante de él de camino al supermercado y me he quedado mirándolo asombrada, pues siempre olvido que existe, con su decoración egipcia y su misteriosa parquedad informativa.

    Como todos sabéis, las fases de la desescalada son tan complicadas de desentrañar que, después de haberlas estudiado largo rato, he sido incapaz de utilizar esta información para dar a mi hija Eleonor respuestas a toda sus preguntas: ¿cuándo puedo ir a ver a los abuelos?, ¿cuándo podemos ir a la piscina?, ¿cuándo iremos a La Coruña?, ¿a cuánta gente puedo invitar en mi cumpleaños? Mi respuesta final ha sido “ya lo iremos viendo”, que es exactamente lo mismo que le decía antes de que se dieran los detalles del desentumecimiento social. Y ahora yo sola, delante de ese enterramiento faraónico de barrio, me preguntaba ¿cuándo abrirán los escape rooms? Ni idea. Pero la pregunta interesante es: ¿no hemos tenido suficiente experiencia escape room después de dos meses sin poder escapar de casa, a veces incluso sin poder salir de una habitación?

    Hoy he ido a un súper grande con la esperanza de encontrar harina (gran éxito) y canela en rama (estrepitoso fracaso). Con su habitual capacidad de reacción inmediata hacia la caprichosa demanda del mercado, habían creado un rincón “especial repostería” con sacos de harina de cinco kilos y cuatro tipos diferentes de levadura. Estos supermercados venden alguna otra cosa además de la alimentación y la droguería, como por ejemplo algo de papelería, textil, plantas, sartenes y maquillaje. En algunos pasillos, por tanto, habían colocado unos carteles que indicaban que según real decreto no se podían vender los productos de esa zona. El problema es que las señales están puestas, aquí y allá, sin ninguna otra delimitación, por lo que es bastante imposible saber si las gomas para el pelo o los ambientadores de coche se pueden o no echar al carro. En un mismo pasillo había una zona prohibida, una permitida y de nuevo otra prohibida. De hecho, nada impide coger esos productos, pero al llegar a la caja no te los cobran y los tienes que dejar ahí mismo. No tiene mucho sentido y provoca que algunos clientes con los nervios a flor de piel se enfaden y discutan con los dependientes, como he visto hoy, cuando una señora indignada porque quería comprarle unas zapatilla de estar en casa a su hijo recibió informaciones contradictorias de dos empleados sobre si podía o no comprarlas. La verdad es que en un estado de alarma en el que te pasas el día en casa, quizás el niño había destrozado las pantuflas. Y este follón sucedía delante del propio niño y de un panel de pantuflas de todo tipo, tallas y colores, al alcance de la mano. La mujer alargó la mano y en ese momento me pareció que iba a agarrar las primeras zapatillas que pillara, pero realmente lo que hizo fue coger la mano del niño, darse la vuelta con cierto aire dramático e irse de allí pegando zancadas, exclamando: “¡siempre que vengo aquí acabo enfadada!”.

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  • Diario del coronavirus (43): Virus de barrio

    Diario del coronavirus (43): Virus de barrio

    Mi barrio es un vecindario bullicioso, el más popular del distrito más agresivo de Madrid en términos inmobiliarios y de desigualdad de renta. En los mapas de color electoral, Prosperidad una isla roja alrededor de cientos de manzanas azules en Chamartín. Parece que hay ganas de gentrificarlo, se nota por el aumento de coworkings, bajos que eran bares y ahora son oficinas acristaladas donde ves trabajar a la gente en su interior cuando bajas a por el pan y alquileres en alza que empiezan a ahuyentar a los vecinos y vecinas de toda la vida. Pero La Prospe resiste, como gritaron el otro día mis jóvenes vecinas por el balcón, con el megáfono a toda tralla, aunando el grito de guerra contra el coronavirus con un viejo lema de mi barrio, en alusión a la lucha por el local que ocupaba la Escuela Popular de Prosperidad, todo un referente de activismo vecinal, ayuda mutua y otras pedagogías.

    Después de una consulta telefónica, mi médico me dijo que fuera a verle, así que hoy he pateado nuestras calles vacías para ir al centro de salud. Hacía tiempo que no me alejaba tanto de casa, aunque no han sido más 650 metros, pero me ha servido para tener una perspectiva más amplia de este largo domingo de agosto, con las chapas bajadas en los bares y los comercios cerrados con carteles indefinidos, en lugar de las despedidas con certeza de las vacaciones. Me dediqué a hacer fotografías de algunos de los carteles porque es curioso como, detrás de su redacción, hay más de lo que aparentan decir. Los contrariados avisan de que volverán cuando les dejen; los resignados dicen que lo harán cuando se pueda; los más pesimistas dicen que indefinidamente y los que en el fondo están cabreados pero intentan que no se les note, dicen que “hasta nueva orden”.

    Había mucho que leer en mi paseo, pero era necesario estar atenta a los carteles nuevos, ocultos entre viejas publicidades y, en su gran mayoría, descoloridos por las últimas lluvias. Una chica llamada Marta había pegado con cinta americana a algunas farolas, unas cuartillas escritas a mano. Dice donde vive y cuál es su teléfono. Ofrece “ayuda gratis”. En uno de los carteles, alguien le ha contestado un “gracias a ti”. Cerca de la Escuela de La Prospe encuentro varios carteles de la red de ayuda mutua del barrio que, como en otras zonas de la ciudad, según leí en este reportaje de El Salto, se han organizado rápido y bien, con un banco de alimentos y capacidad y recursos para ayudar en lo que sea. Otras hojas pequeñas, escritas a mano a boli azul, correspondían a una mujer costurera que vendía mascarillas hechas por ella en su tienda de arreglo de ropa; bajo su número de teléfono, había añadido un “estamos juntos”. En una tienda de chuches y bocadillos, un cartel más elaborado informa de que las botellas de agua mineral son gratis para personal de limpieza, policía, bomberos, carteros, conductores de ambulancia y otras profesiones al servicio de la ciudadanía. Pero en mi paseo, cuando bajaba la vista al suelo, a menudo encontraba mascarillas y guantes tirados en la acera. Somos capaces de lo mejor y lo peor, en el mismo metro cuadrado.

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  • Diario del coronavirus (42): La cárcel más grande de todas las cárceles

    Diario del coronavirus (42): La cárcel más grande de todas las cárceles

    Otra negra nube viene a arrancarme el corazón. No lo digo yo, pues quedaría muy pretencioso, lo dice Javier Corcobado en una canción que me acompaña mientras escribo esta página de mi diario. Citar también es pretencioso, pero un poco menos. Pide este poeta, descarnado y furioso, un cielo donde pueda arañar la libertad porque —y ese es el descubrimiento que justifica esta canción— la libertad es la cárcel más grande de todas las cárceles. Puede ser. Qué intensa se siente la vida cuando te falta y qué placer arañar un poco de lo que te han quitado. Como diría Corcobado, qué brillantes son las calles cuando el latido se va.

    Hoy no era un lunes como otros lunes del confinamiento, en el que Eleonor saca con resignación los cuadernos y los libros de la mochila después del fin de semana. Los sigue guardando ahí dentro cada tarde, como si tuviera que estar preparada para volver al colegio mañana mismo. Cuesta decirlo en alto, pero muchas madres y padres sospechamos que, al igual que ya hemos sacado la ropa de verano, podríamos ir guardando la mochila en el maletero. Una familia del colegio de Eleonor fue el domingo a colgar en la puerta del centro una enorme pancarta de colores que decía que querían “volver” y que “¡fuera virus!”. Su intención era dejarla allí y que otros niños y niñas, aprovechando las salidas, la firmaran. La idea era bonita, pero unas horas después fue desarticulada debido a que las autoridades decidieron que podría suponer un foco de infección. Por otro lado, yo pensé, no estoy segura de que me hija firmara lo de las ganas de volver pronto al cole. Si guardamos la mochila, creo que se pondría contenta.

    Decía que este lunes no es como otros porque ayer Eleonor salió a la calle y, después de catar los aires de libertad del exterior, de recordar que ella era una niña que bajaba corriendo por la calle hasta su colegio y que jugaba en un parque que, al fin, comprobó con sus propios ojos que estaba clausurado con un plástico policial. En ese momento, Corcobado hubiera dicho: “ya no quiero más mentiras con postizos de ilusión” pero Eleonor, que es menos intensa, dijo “quiero bajar a la calle, otra vez”. No había completado las tareas del día y mi primera reacción fue decirle que no. Soy la típica madre aguafiestas. Pero antes de abrir la boca, lo pensé dos veces y me dije a mí misma que porqué no. “Pues vale, vamos”. Me levanté de la silla. Eleonor me miró asombrada. “Venga, vamos a la calle, porqué no”.

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  • Diario del coronavirus (41): Las tres normas del club de la calle

    Diario del coronavirus (41): Las tres normas del club de la calle

    Estoy segura de que estaba yo más nerviosa que ella. De hecho, se lo pregunté como diez veces: “¿no estás emocionada?” y siempre me decía que no, pero yo creo que lo hacía por hacerme de rabiar. ¿Cómo no iba a estar mi hija ilusionada de salir a la calle después de 44 días encerrada en casa? “¿No te sientes rara?”, le insisto. “¡Que no es para tanto!”, me responde Eleonor, haciéndose la dura. No paro de hacerle fotos y videos. Ahora ponte allí, ahora ponte allá, ahora ven patinando hacia mí. “Ya basta, me dice, sé que todo esto lo haces por tu diario”, me contesta. Le devuelvo una mirada ofendidita.

    De todos los juguetes que podría haber elegido (el patinete, una pelota, la comba o una Nancy para que viera mundo), ella escogió los patines. Hice un rápido cálculo mental con los factores de ejercicio físico y diversión y dí mi aprobación. Nunca quiere ponerse las protecciones pero hoy le convencí diciendo que así iría más “protegida”, poniéndole muchas comillas a la palabra. Coló. También el hecho de que en el último momento descubrí que se había puesto unas mallas con un tomate en la rodilla. “Venga, que así lo tapas”. Otra historia fue la mascarilla: podía ponerse una, con gomitas, que le había regalado su dentista; una de las nuestras con lazos o su mascarilla kawaii comprada en una Japan Weekend. Ninguna de ellas le impediría contagiarse pero cumple tres funciones importantes: que ella no contagie, que no se toque la cara con las manos y que recuerde todo el rato que las circunstancias son excepcionales. Se las probó todas y dijo que no podía respirar con ellas. “Es verdad que son un poco incómodas, pero cuando te caigas al suelo y pongas las manazas por ahí y luego te lleves las manos a la cara, estarás más protegida”, le digo en tono didáctico. “No me voy a caer”, me contesta. Ya. “No voy a poner las manazas por ahí”, dice, poniendo retintín en el “por ahí”. Ya. ¿Qué hizo? Bajó las escaleras agarrándose al pasamanos y diez minutos después ya se había caído en un giro demasiado rápido. Me encantó poner cara de “te lo dije”. Yo qué sé, cosas de madres.

    Finalmente había elegido su mascarilla otaku y, además del primer sofoco, tuvo que vencer la vergüenza, que lo mismo era eso lo que le producía el sofoco. Misteriosamente, después de cruzarnos con cuatro o cinco niños enmascarillados, dejó de quejarse. Nos llamó la atención ver tan pocos menores en la calle. Antes de salir de casa, le hice un briefing final, para recordarle todas las tres normas del club de la calle: primera norma, no te toques la mascarilla; segunda norma, dos zancadas de distancia con cualquier persona excepto conmigo; tercera norma, la norma segunda también vale para los amigos.

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  • Diario del coronavirus (40): La puerta de Mr Hyde

    Diario del coronavirus (40): La puerta de Mr Hyde

    Es imposible que haya habido en el mundo una puerta más vigilada que esta, ese portón grande, gris y metálico del que tengo una buena perspectiva desde las tres ventanas exteriores de mi casa. Como he dicho en varias ocasiones en este diario, se trata de la puerta de atrás de un hospital privado y es, por tanto, su reverso. Mientras el frontal presenta una entrada clara, de mármoles silenciosos en tonos grises y blancos, cristales y reflejos metálicos, la trasera se ha quedado tirada en alguna década del siglo XX: ladrillo, chirridos de hierro y una vieja señal que advierte de que no se puede aparcar porque eso es un paso de carruajes.

    La entrada delantera, la que no puedo ver desde mi casa pero todavía recuerdo, engulle hacia su interior a pacientes y también a médicos. Por la trasera, sale de las tripa de este hospital personal sanitario, envuelto en batas verdes, azules y blancas, gorros y mascarillas y, a los pocos minutos, entra de nuevo, como si tan solo hubiera sido regurgitado por la bestia durante unos instantes. A veces, es el tiempo de un pitillo. Otras, lo que tardan en sacar los veinte cubos de basura. Es decir, por la parte delantera del hospital entra el doctor Jekyll y, por la trasera se asoma, brevemente y entre las sombras, el señor Hyde.

    La puerta que, de tanto observarla, podríamos decir ya que es mía, mi puerta, más que una puerta es una membrana. Nadie sale o entra definitivamente por ella sino que más bien se expande para que los de dentro saquen del interior lo que no pueden tener allí; y, a su vez, el mundo exterior introduce por esa membrana todo lo que el hospital necesita para seguir funcionando: cajas con material sanitario, aparatos, suministros. Llega una furgoneta (un carruaje) se detiene en la puerta, una persona carga una carretilla, toca un timbre, la puerta de hierro se abre lentamente, la oscuridad se lo traga y, unos minutos después, reaparece la carretilla vacía y la persona…, no sabría decir si la persona es diferente, o hay algo diferente en ella, de cuando entró. Imagino el hospital como un reino, tal y como lo describió Lars Von Trier en su serie de 1994. Un reino con sus jerarquías, sus secretos y sus enfermedades, no me refiero a las de sus pacientes, sino a las enfermedades del propio hospital.

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  • Diario del coronavirus (39): Cuentos por teléfono

    Diario del coronavirus (39): Cuentos por teléfono

    No madrugamos nada. La mañana se ha instalado en la pereza más absoluta. Eleonor y yo estamos en la cocina, decidiendo si desayunamos cereales, tostadas o galletas a las once de la mañana. Mientras hierve la pava del agua para una hacerme una infusión, cojo uno de los libros de cocina que tenemos en la estantería. No sé qué vamos a hacer de comer. Eleonor mi imita y coge otro. Las dos pasamos páginas, en pijama, con el pelo revuelto. Ella lee los títulos de las recetas del suyo. No le hago mucho caso porque estoy concentrada en el mío, hasta que dice algo que me llama la atención: “pato confinado” y pasa a la siguiente. “¿Pato qué?”. Vuelve la página: “pato confinado”. “¿Estás segura? Lee otra vez”. “¡Pato confitado!”, dice, en mitad de un ataque de risa tan grande que se cae de la escalera en la que está sentada. “¡Somos patos confinados!”, se pasará diciendo el resto de la mañana, sin parar de reír.

    Una hora después vuelvo a la cocina con la secreta intención de picar algo pero, en lugar de meter mano en la caja de galletas y saciar la ansiedad, agarro uno de los dos frascos de cristal que nos trajimos de la última clase de yoga en familia a la que fuimos Eleonor y yo antes de convertirnos en patos confinados. En ella, hicimos dos botes de la tranquilidad, con purpurina de colores y colorante alimentario. A esta hora, entra el único rayo de sol que atraviesa mi cocina en la mañana, cae oblicuo sobre la estancia. Dejo que me de en la espalda y que se deslice por la encimera. Me doy cuenta de que la luz termina en los frascos de la tranquilidad: el mío es azul y el que ella hizo es morado, casi negro. Lo muevo y observo con mucha atención cómo se agitan las pequeñas gotas metalizadas. Hago rodar el frasco por la encimera y todo sucede en una calma exquisita. 

    Desaparezco de la escena y la cocina no vuelve a verme hasta la hora de preparar la comida. La radio, mi viejo radiocassette, está encendido. Estoy allí pero no hago nada, tampoco tenía ninguna idea, tan solo escucho la radio. Es Alberto quien se decide a preparar una crema para comer. No hablamos, estamos dentro de la radio. Se interrumpe el flujo de noticias y llegan los anuncios. Es raro, porque la publicidad se ha contagiado de coronavirus. Ya no es el mundo paralelo e irreal que intenta construir. Ahora es un mundo paralelo que intenta parecer real. “Ahora parece que en todos los anuncios trabajan para nosotros”, dice Alberto, mientras le da a la batidora. Es verdad, todas las publicidades parecen de oenegé, cuando en realidad nos están intentando vender lo mismo de siempre. “Parece que si te compras un BMW es por el bien de todos”, añade. No hay un anuncio que no haga referencia al coronavirus, que no haya conseguido encajar su producto o servicio dentro de esta crisis. Sea aquel el que sea. Imagino que no hacerlo se consideraría de mal gusto. En Carne Cruda, un programa de radio en el que no se anuncian BMW, hubo una conversación maravillosa entre filósofos el otro día. Una de las rajas por las que hace aguas el sistema con esta crisis, es que nos deja el hueco para pensar qué es lo esencial. De hecho, puedes hacerlo perfectamente mientras agitas uno de esos frascos de la tranquilidad. Intervenía Santiago Alba Rico para decir que “los objetos de lujo no son un lujo para el sistema, sino una necesidad íntima” del propio sistema. Ahora que las ciudades están momentáneamente menos contaminadas, comprar un coche de gama alta es algo que puedes hacer por el bien de todos, para que sigamos respirando aire puro. Imagino que a los publicistas no les falta el trabajo estos días. Lo que pasa es que tenemos tiempo suficiente para verles las costuras.

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  • Diario del coronavirus (38): Fast-forward al verano

    Diario del coronavirus (38): Fast-forward al verano

    No quería decirlo, pero la habitación de Eleonor es el Wuhan de la ropa de verano. Lo que ahora llega a vuestras casas, sucedió aquí hace un mes. Fijaos en nosotras y no cometáis los mismos errores.

    ¿Quién le niega un entretenimiento a una niña que lleva 41 días sin pisar la calle? La he dejado hacer volteretas en cualquier parte de la casa (lo cual incluye mi cuerpo acurrucado en el sofá a las nueve de la noche mientras vemos una película). Ha hecho pompas de jabón en el parqué (yo corriendo detrás con la fregona). Ha montado una ciudad de playmobil en una mesa auxiliar que teníamos plegada para que no estorbase (Eleonor ha prohibido los desahucios, las figuras tienen que quedarse donde están y esa mesa abierta me impide abrir la puerta de un armario). Disfrutando de la novedad, se cambia de ropa dos y a veces hasta tres veces al día (qué puedo decir, se le da genial conjuntarse).

    Contra tanto libertinaje infantil, lo único que le pido es que, por favor, cuando esté en el ordenador escribiendo mis artículos, que no venga a hablarme, a preguntarme o a enseñarme cosas. ¿Cumple su parte del trato? Por supuesto que no, pero he de admitir que está refinando sus técnicas de interrupción. La de hoy ha sido tan ingeniosa que os he grabado un video para compartirlo. Se trata de una tecnología a medio camino entre la piedra con mensaje arrojada a la ventana y el email.

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  • La SGAE destituye a una de sus vicepresidentas sin contar con la opinión del colegio al que pertenece

    La primera medida de la nueva Junta Directiva de la Sgae, presidida por Fermín Cabal tras la moción de censura contra Pilar Jurado, ha sido la destitución de la vicepresidenta Inma Serrano. La sociedad de autores contempla cuatro vicepresidencias, una por colegio, y Serrano representaba al de pequeño derecho, el que agrupa a los músicos.

    La decisión se tomó el pasado viernes 17 de abril, en la primera reunión de la Junta. Así como la designación de Pablo Salinas como nuevo vicepresidente por parte del colegio de pequeño derecho y la entrada del miembro de la junta Teo Cardalda en el otro órgano de gobierno de la Sgae, el Consejo de Dirección.

    Los miembros de cada colegio son los encargados, mediante unas elecciones parciales, de elegir quién lo preside y, por tanto, a qué personas sitúa en las vicepresidencias y en los asientos correspondientes de la Junta Directiva. La destitución de Inma Serrano ha sido llamativa al romper la autonomía de cada colegio para elegir quién los representa; esta destitución se ha producido con los votos de los miembros de otros colegios de la Junta Directiva. De igual manera, la elección del músico y productor Pedro Salinas se ha realizado con votos de miembros de otros colegios profesionales, en contra de la postura mayoritaria del colegio al que pertenece, el de los músicos. Esta es una circunstancia que ha cogido por sorpresa a los músicos, pues nunca antes había ocurrido. Ya se ha producido el traspaso de responsabilidades de Serrano a Salinas, el cual ha recibido información sobre las inquietudes del colegio, de los socios y de los problemas de atención más inmediata, como son las ayudas económicas a los socios afectados por Covid-19, que todavía están pendientes de ser gestionadas. Salinas ha sustituido a Serrano, también, en el Consejo de Dirección de la Sgae.

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  • Diario del coronavirus (37): Atrapada en el tiempo

    Diario del coronavirus (37): Atrapada en el tiempo

    Voy a la cocina, donde Alberto está fregando los platos, y me pongo a su lado, a mirarle con descaro mientras lo hace. En realidad estoy ahí para sonsacarle información sobre el mundo más allá de los límites de esta casa. Le observo pasar diligentemente el estropajo por la vajilla. Me fijo en cómo escurre el agua de los vasos mientras me habla y me doy cuenta que aprecio estar ahí, fijándome en los detalles, como si fueran de vital importancia y pudieran ocuparnos todo el día. Podría darle al pause y quedarme allí mucho rato. No tengo prisa. Le leí a Íñigo Domínguez, que hace un diario como este en El País (no debería haber dicho esto porque, en fin, lo mismo me dejáis por él), que de la vida en el confinamiento solo tenemos certezas parciales, escenas inconexas de un relato discontinuo. Tiene razón: por más que leo, hablo, chateo y miro por mis ventanas, no acabo de entender qué es lo que está pasando ahí afuera. Es más, cuanto más me informo, cuanto más me esfuerzo, más se me escapa.

    Me cuenta Alberto que “ahí afuera”, lo que pasa es que el mundo se está deteniendo, o al menos desacelerando, debido a una alteración en la línea de avance temporal que va del pasado al futuro. Me digo que eso podría explicar, en parte, por qué no entiendo la realidad: porque pasan cosas raras. Además, estoy leyendo una novela de Philip K. Dick, así que estoy dispuesta a creérmelo todo. Dice Alberto que hay mucha gente mirando al pasado, rescatando viejas memorias, escaneando fotografías que nunca salieron de las páginas plastificadas del álbum formato archivador de tapa dura. Su padre, por ejemplo, es un autónomo que se resistía a jubilarse pero esta cuarentena le ha hecho ver que le gusta más estar en casa volcando viejas cintas betacam que saliendo a trabajar cada mañana. El confinamiento, para los que estamos bien de salud y en condiciones económicas suficientes, se parece a un simulacro de prejubilación. Hacemos esas cosas que dicen los mayores con ordenador que harán cuando se jubilen: digitalizar el pasado. 

    Alberto ha pedido en Instagram que le manden fotos del festival que organizó hace 20 años. En estos días, la gente necesita misiones y gusta de ir al rescate, ofrecer respuestas, tender la mano. Yo ya me había dado cuenta de esto en Twitter. Su petición está aflorando imágenes que nunca había visto, rejuveneciendo de manera instantánea a esas personas, algunos son amigos, otros son absolutos desconocidos. El problema sucede cuando publicas esas fotos en la línea temporal paralela a tu vida que es el perfil de una red social. La persona que eres hoy, encerrada en tu casa en chándal o pijama, es expulsada del presente por tu yo veinteañero, más delgado y más sonriente, con más pelo que tú, más en la calle que tú, más sin pandemia ni crisis global (ni imaginarte el futuro podías, o solo, quizás, si ya leías a Philip K. Dick). No puedes publicar esta foto en tu Instagram sin pedir disculpas, sin avisar, a pesar de que es evidente por el grano (bien podría ser un filtro vintage, en verdad), por la ropa, incluso por la manera de posar, que esa imagen no es actual, que no estás en un concierto pasándotelo bien. Lo llenas todo de hashtags nostálgicos para que nadie se equivoque. Como en un pequeño reportaje que he visto hoy en la tele, inserto dentro de otra programa, cuya periodista visitaba una pastelería para que le explicaran cómo hacer palmeras de chocolate, que tenía todo el sentido en este contexto de gran redescubrimiento de la repostería en los hogares, pero que no podías más que gritar por favor qué hace esa periodista en la calle y sin mascarilla. Así que en la pantalla avanzaba un rótulo enorme de colores llamativos que advertía que el video había sido grabado antes del estado de alarma. Es lo que tienen la imágenes de archivo, que nunca han estado tan claramente expulsadas del presente como ahora.

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