que vuelvan a importar los blogs

  • Diario del coronavirus (65): Vis-à-vis en la residencia

    Con la llegada de la fase 2 a gran parte de territorios, mis primos han podido ir a visitar a sus padres, que son mis tíos, a la residencia en la que viven en A Coruña. Mi prima Y. nos enviaba por un chat familiar la fotografía de la sala en la que había podido ver a su padre. Si no te advierten que es una residencia de ancianos, da la sensación de que ha sido tomada en una cárcel. Podríamos decir que es una prisión de alta seguridad no para evitar evasiones sino para impedir lo contrario: incursiones del virus. “Es como un vis-à-vis”, dijo Y. La imagen impresiona y es la que abre esta entrada del diario. Me provoca una gran sensación de soledad, incluso aunque no hay nadie en ella. De hecho, es un sentimiento similar al que experimento cuando visito la residencia. Cuando voy, me desarmo, no tengo callo ni coraje para afrontar la vejez como es debido, para acompañar como necesitan. Ya puedo ir espabilando, me dijo a mí misma. En cambio, la entereza y la energía de mi prima M., que acude con frecuencia no solo a ver a su madre, sino a sus tíos, que son también míos, a la resi, como dicen cariñosamente, tiene toda mi admiración y agradecimiento. La manera en que M. consigue empujar la tristeza para que no tenga cabida en esos momentos, para seguir adelante en los días más duros, es mi gran ejemplo.

    Las medidas de seguridad en la residencia son duras pero necesarias. No creo que nadie las cuestione. Hemos visto en Lleida un repunte de casos, algunos en una residencia geriátrica, y nadie se quiere arriesgar. En la de mis tíos no ha habido un solo caso; no es cuestión ahora, con todo lo que sabemos, de ir hacia atrás. Antes de entrar, hay que pisar en unas cubetas para desinfectar los zapatos. Ya en el locutorio que se ha establecido, las visitas ven a los internos a través de un cristal y se hablan mediante un micrófono, para amplificar la voz. Intento imaginar qué pensarán mis tíos, cómo será su extrañeza, ante estos protocolos que, estoy segura, no llegan a comprender.

    Al otro extremo de la vida, en la misma línea genética, la niña Eleonor, todavía en fase 1 de la desescalada, asimila con rapidez los cambios pero tampoco creo que acabe de comprenderlos en profundidad. Me ha preguntado, una vez más, porqué no puede venir a dormir a casa su amiga. Acata, pero no acaba de ver qué pasa porque, finalmente, la amenaza ha sido invisible. Lo comentaba hoy con mi vecina M. de balcón a balcón, tras unos desaboríos aplausos en los que faltaban las vecinas más animada y acusábamos las manos que van causando baja; parece que el gesto en defensa de la sanidad pública se va diluyendo poco a poco, quizás justo cuando más respaldo necesitan. M. me decía que no acababa de acostumbrarse al enemigo invisible: el relato de lo que nos ha pasado sigue siendo asombroso. Si pudiera ir a la residencia e quisiera contárselo desde cero a uno de mis tíos, aquejados de alzheimer, pensaría que le estoy metiendo una trola.

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  • Diario del coronavirus (64): Fase abuelos

    Eleonor estaba tan nerviosa por ver a sus abuelos que no ha sido capaz de resolver un problema en toda la mañana. En lugar de eso, los ha creado: tenía a su padre mosqueado porque era incapaz de concentrarse. Los abuelos de mi hija han aprovechado una visita al dentista para pasar por nuestra casa y ver a su nieta en carne y hueso por primera vez en más de dos meses.

    Llevábamos días debatiendo sobre los protocolos que íbamos a establecer. La cosa había acabado en llanto en alguna de las sesiones de preparación. Nosotros, el partido en el Gobierno (de esta casa) propusimos que no hubiera contacto físico, que se mantuviera la distancia que permitieran los muebles del salón y que todos lleváramos mascarillas. La lideresa de la Oposición (Eleonor) esgrimió un argumento incontestable: “¿¿pero cómo no voy a abrazar a mis abuelos si son mis abuelos??”. El resto de grupos de la Oposición (los abuelos), con los que este Gobierno intentó entablar un pacto de coalición para sacar adelante este proyecto de visita, prefirieron abstenerse. En realidad, querían votar en contra de nuestra ley, pero se encontraban divididos entre el amor a la nieta y su responsabilidad como población de riesgo.

    Las negociaciones se prolongaron hasta muy entrada la noche (en verdad, durante el confinamiento, siempre ha habido alguna excusa para que lo que sea se prolongue hasta muy entrada la noche) y los equipos negociadores se fueron a la cama habiendo hecho concesiones por ambas partes: llevaríamos mascarillas, mantendríamos las distancias y evitaríamos los abrazos. En los corrillos del pasillo, la lideresa de la Oposición dejó caer a los periodistas congregados (yo) que una cosa es a lo que se hubiera comprometido y otra muy diferente lo que fuera capaz de evitar. La pareja de Gobierno dejó clara su postura: ellos no abrazarían, y en concreto sin duda no lo haría la que el día anterior había estado tomando un mosto en la terraza del bar del barrio, dejándose besar por imprudentes jóvenes sin mascarilla. Dejaron en manos de la geometría variable que la responsabilidad del grupo abuelo de la Oposición impusiera su mayoría y se respetaran las medidas de seguridad.

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  • Diario del coronavirus (63): No me beses, por favor

    Diario del coronavirus (63): No me beses, por favor

    Aunque se me pasó por la cabeza (un par de veces, tres a lo sumo) no tenía ninguna intención de bajar a la terraza del bar el primer día de la fase 1. En casa habíamos llegado ya al consenso de que arrojarse con los brazos abiertos a la socialización hostelera en el primer día permitido era temerario, a parte de poco elegante: podríamos parecer desesperados.

    De manera que estaba manteniendo el tipo bastante bien durante la hora del desayuno, la del vermú y la del café, hasta que vinieron dos niños a casa a llamarnos a gritos por el balcón  la hora de las cervezas. Aunque parece cosa de pueblo, que sepáis que estas maravillas siguen pasando en algunos barrios en Madrid. Me asomé. Les dije que Eleonor no estaba en casa. “Que dice nuestra madre que bajes a la terraza del bar”, me gritaron, igualmente. Quién le dice que no a un niño. 

    Me calcé las sandalias, cogí la mascarilla, las llaves, el móvil, un billete y bajé a la calle, acompañando de vuelta a los amigos de mi hija hasta la mesa en la que se había hecho fuerte su madre. A. me esperaba con una Estrella en la mano, dispuesta a brindar. El bar está situado en una plaza peatonal, en realidad un sitio de paso entre una calle y un pasaje. A pesar de que estaba concurrido, aún había algún sitio libre. Los dueños habían colocado menos mesas de lo habitual y se habían expandido hacia la calle. Ya he contado por aquí que lo llamamos la terraza sindical por su proximidad a la sede de la UGT. Es el centro de vida y reunión de estas calles. Si vas sola, es muy probable que encuentres a algún vecino conocido con el que tomarte algo y, si no, siempre estás a gusto allí dejando pasar la vida un rato. Los niños y las niñas juegan alrededor, se persiguen o corretean con patinetes entre las mesas. El lugar tiene sus típicos parroquianos, fieles y carismáticos, como todo bar de barrio. El verano pasado, su dueño durante años, un gallego de Baiona que hacía las mejores tortillas estilo Betanzos de Madrid, se jubiló y aún no nos hemos acostumbrado al cambio. Esta tarde, él y su esposa ocupaban la mesa junto a la que se había instalado A. Les pregunté si es que echaban de menos esto y el paisano no me acabó de decir si sí o si no, o no me acabé de enterar, pero me pareció que su presencia en el día de la inauguración lo decía todo. Pese al confinamiento y los achaques, José Luis tenía un gesto de relax maravilloso, del hombre trabajado que se sienta, como cliente, en la terraza del bar que fue suyo, a que le sirvan.

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  • Diario del coronavirus (62): En la víspera de la fase 1

    En Madrid, epicentro de la catástrofe (a muchos niveles), en la víspera de pasar a fase 1, no se habla de otra cosa. Hasta el punto de ser uno de los temas principales en las videollamadas de los niños. Impresiona ver a los micos mantener las mismas conversaciones que los mayores, o al menos muy similares:

    — ¡El lunes pasamos a fase 1!
    — ¿Cuándo vienes a dormir a mi casa?

    No sé otros niños, pero el objetivo principal de mi hija, para la fase 1 y para la vida en general, es mezclarse mucho con la gente. Le pirra la fiesta más que una bolsa de pipas. Y también las casas de los demás. Su idea de la felicidad es pasar la noche fuera de casa de manera espontánea, como yo con 20 años pero ella a los 8. Ha preguntado en varias ocasiones exactamente a qué hora del lunes comienza la fase 1.

    Eleonor está muy informada de todo lo que le interesa. Consume telediarios con un vicio que es posible que yo le haya contagiado. Si un día estoy saturada de noticias y cojo el mando para apagar la tele cuando termina uno, ella me lo arrebata de la mano y me mira como si estuviera haciendo una locura: “¡que ahora empieza el de la otra cadena!”. Durante el telediario pregunta cosas como “¿qué son anticuerpos?” o “¿quién es el malo?”. Pregunta por el malo en el telediario igual que lo hace en las películas. Lo que es el argumento (de la pandemia) yo diría que lo ha pillado bien, así como los arcos de sus personajes principales y la evolución de la trama. Puede ser que hasta le haya puesto un título: cuando ve un lugar donde no se están guardando las distancias de seguridad dice: “mira, mamá, fiesta del coronavirus”. He dicho que era una película pero no he aclarado de qué género. Tratándose de Eleonor, siempre es una comedia.

    Desde que Pedro Sánchez nos ha dicho a los españoles que podemos ir planificando nuestras vacaciones, la vida se ha vuelto más complicada. Yo, de verdad, vivía más a gusto al día, sin tener que planificar nada. Me hablaba el otro día un amigo, que ha pasado por la COVID-19, que lo de pasar una temporada en la cama le ha parecido tentador. Inevitablemente nos acordamos de un vecino de mi barrio, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, en cuya cama con vistas a la Avenida de América yació (y escribió) durante años. A mí ahora ahora mismo me tienta la opción de permanecer en estado de alarma permanente, como canta Bunbury en su último disco, y quitarme de la ansiedad de la planificación. He disfrutado del rigor horario del confinamiento y también de las medidas de alivio de la fase 0. Por eso estoy por plantarme, mostrar mis cartas y terminar aquí la partida.

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  • Diario del coronavirus (61): «Mamá, despiértame a tu hora»

    Estamos agotadas. Nunca había necesitado un verano en primavera pero este año sí. Al igual que tantos eventos se han aplazado en 2020, propongo que al menos haya uno que se anticipe: las vacaciones. Ya sé que no es plan venir con estas en mayo, que lo que piden los agentes externos es volverse superproductivos de nuevo, que justo ahora nos estamos desescalando con ganas (y hasta cortándonos el pelo y haciéndonos la cera) y que todavía queda mucho por hacer antes de tumbarse en la hamaca, pero de verdad, por una vez, al menos, que acabe el curso escolar ya.

    Mi hija, que está cerca de cumplir los 9 años, cada día se acuesta más tarde y se levanta cuando se lo pide el cuerpo. Todos los días me propongo despertarla pronto pero esas dos horas que le llevo de ventaja en la mañana son las dos únicas que puedo trabajar con plena concentración. No le caben en el día todas las tareas que tiene pendientes, no porque sean muchas (aunque se han acumulado de tal manera que empiezan a parecer un inabarcable trabajo de fin de carrera) sino porque hace tiempo que su cabeza se ha ido de vacaciones, en clase preferente. Me pide: “mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo”, pero es imposible, cuanto más se expande el día, más crece el poliespán de los ratos muertos, los intervalos que ocupan más tiempo que los actos en sí: por ejemplo, cinco o seis veces más de tiempo ocupan los gestos anteriores y posteriores al vestirse que el momento de ponerse las prendas encima. O lavarse los dientes: veinte segundos rodeados de diez minutos de poses frente al espejo, de un cuarto de hora probándose diademas e inventando coletas, media para hacerle una cuna al muñeco en el bidé con las toallas, contarle un cuento a su bebé y ponerle una canción en el móvil, que al final se convierte en otra media hora más porque buscando la canción de cuna acabó viendo un vídeo de Los Polinesios, no se sabe cómo. De repente, es la hora de acostarse, el cuarto de baño está hecho unos zorros y hoy tampoco se ha bañado. “Mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo”, me dice de nuevo.Uno de esos últimos días de lluvia que tuvimos, pasamos una mañana machadiana haciendo cada una nuestros deberes, en nuestras respectivas habitaciones, con los spotifies sonando bajito, mientras la melancolía mojaba los cristales. De vez en cuando iba a echarla un ojo. Ella estaba enfrascada en su ordenador, haciendo juegos matemáticos en una de las plataformas que sus profesoras están usando para avanzar materia. Me pregunto dónde estaban estas plataformas antes, cuando también las necesitábamos. Esa mañana sí que me cundió lo mío. Miré el reloj y era casi la una; me extrañó que llevara tanto tiempo sin llamarme o venir a curiosear lo que hago. Me dirigí a su habitación en cuclillas y, bueno, la pillada fue monumental, más o menos como la intensidad de mi enfado. Hacía largo rato que la pestaña de Matific del navegador estaba criando telarañas. En cambio, los videos de sus youtubers mexicanos de cabecera estaban en puro prime time. “¡Apaga el ordenador!”, grité, sonando exactamente igual a mi madre en 1988.

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  • El edificio Huarte, «lugar de culto» para la campaña de la extrema derecha contra el Gobierno de Pedro Sánchez

    El edificio Huarte, «lugar de culto» para la campaña de la extrema derecha contra el Gobierno de Pedro Sánchez

    En la tarde del pasado sábado 16 de mayo, llovieron pasquines con la cara de Pedro Sánchez en una esquina muy concreta de Madrid: allí donde el Paseo de la Habana muere en el de Castellana, a los pies del edificio Huarte; el apellido de una familia de constructores y empresarios fuertemente unida al franquismo. Acompañaba la imagen del Presidente las palabras “confía en tu gobierno, encerrados sois libres”. Alzando la vista hacia los pisos superiores, desde donde se arrojaban los papeles, un Sánchez de dimensiones gigantescas impreso en tela ondeaba a lo largo de seis plantas del inmueble.

    Su rostro, en blanco y negro, aparecía recortado sobre fondo rojo y colocado sobre una frase de sátira autoritaria (“un buen gobierno [escrito simulando espray encima de la palabra ‘ciudadano’] obedece”), en evidente inspiración en los carteles sobre el acechante gran hermano de la primera adaptación cinematográfica de la novela de George Orwell, 1984. La fotografía del presidente del Gobierno proviene de un retrato robado al fotógrafo de El País Carlos Spottorno, tal y como él mismo denunció en redes sociales ya quince días antes, cuando esa misma gráfica apareció en algunas marquesinas de autobuses de Madrid el día 2 de mayo. En esta ocasión, la habían modificado añadiéndola una pintada negra de espray sobre los ojos. A pesar de la amenaza del fotoperiodista por emprender acciones legales, la imagen no ha parado de usarse, incluso para hacer merchandising a la venta en una web con camisetas a 10 euros y lonas de balcón a 20. Tras las denuncias de Facua, la tienda está temporalmente inactiva.

    Estas acciones forman parte de una campaña contra el Gobierno iniciada el 8 de abril a partir de una “manifestación online”. En el vídeo del directo de YouTube que servía como canalizador, su impulsor, Alvise Pérez, afirmaba que la realizaba “sin políticos, partidos ni recursos”. La gran lona desplegada sobre la fachada del edificio de la Castellana es la misma que apareció este 21 de mayo en la plaza de San Francisco de Sevilla, otra intervención política realizada también por el exasesor de Ciudadanos Alvise Pérez, quien se trasladó personalmente a la capital andaluza y participó de su emplazamiento, como pudo observarse en sus redes sociales.

    Escrito con Analía Plaza. Sigue leyendo en eldiario.es

  • Diario del coronavirus (60): La tecnología que no salva la distancia

    La última vez que murió un amigo cercano, hace ya más de diez años, los que nos quedábamos aquí sin él nos juntamos en la desalmada sala del tanatorio para darnos calor. En ella había dibujos, fotos y música, así que entre esa ayuda, los recuerdos compartidos, los abrazos de consuelo y la tristeza común, pudimos enfrentar mejor el día siguiente. Si la muerte de mi viejo amigo Ernesto no hubiera sucedido ayer, durante este excepcional estado de alarma que nos mantiene alejados los unos de los otros, hoy podríamos habernos reunido, imagino, en una sala similar a aquella, a la que seguro que también alguien habría traído un altavoz, habrían sonado canciones de los Byrds y habríamos echado las horas recordando unos las anécdotas que otros hubieran olvidado. Hay un lugar para las grandes palabras, que son necesarias y colocan la memoria de las personas en un lugar de importancia, pero las palabras pequeñitas reconfortan más en los momentos de tristeza grande; chorradas sin importancia que no sabes ni cómo se te han quedado impregnadas en la memoria a largo plazo.

    Al no tener ese lugar de reunión y consuelo, algunos amigos hemos volcado esas pequeñas historias en Twitter, a pesar de la impudicia y la desprotección que ello supone. Tampoco era nada secreto, quizás más bien recuerdos tontos, de los que te hacen sonreír y echar de menos. No son cosas que puedas incorporar a un artículo —Ernesto era un músico esencial en la escena musical independiente— pero son con las que ríes y lloras en tanatorios y cementerios. Hemos leído mucho en estos días sobre el dolor de las familias que han perdido a sus queridos en golpes mortales de la COVID-19 y está claro que la anulación de los ritos de duelo nos va a pasar factura en el futuro. Todos los días encontraba, sin buscarla, una despedida en Twitter que no pudo realizarse de otra manera. Leía palabras cargadas de dolor de personas que no conocía de nada, a las que ni siquiera seguía, hablando de una abuelo, de una madre o un amigo. Supongo que se hacíamos literal la frase de acompañarles en el sentimiento. Aunque fuera un ratito, ese día.

    Yo ayer habría necesitado destapar una cerveza tostada bien fría, verterla en un vaso y brindar con sus amigos por los grandes momentos que compartimos. En lugar de eso, sola y aislada, abrí cajas y carpetas donde sabía que podía encontrar su rastro en el pasado, me puse sus canciones y me prometí, en silencio, que él no sería olvidado. En el día de hoy, me mandaron un enlace para participar en una reunión virtual, un pequeño remedo digital de ese encuentro que el coronavirus nos está escamoteando. Pero la frustración era aún más grande porque no me funcionaba, quizás había demasiadas conexiones, quizá mi combinación de navegador y sistema operativo no encajaba con ese sistema. No es tan fácil decir que la tecnología nos ayuda a salvar distancias cuando falla todo el rato sin saber porqué. Algo parecido le pasó estos días a mi pareja, que se ha estado dando de bruces con el sistema de registro del Ayuntamiento de Madrid, tras decenas de horas tiradas a la basura, en múltiples combinaciones tecnológicas de todo tipo, para hacerlo funcionar. Finalmente sin éxito.

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  • Fallece el músico Ernesto González, de Grupo Salvaje y The Pribata Idaho

    Amigos cercanos al músico madrileño Ernesto González han informado en la tarde del martes 19 de mayo de su fallecimiento, a consecuencia de una larga enfermedad, a los 55 años. González lideró los grupos The Pribata Idaho, avanzadilla de la escena de pop independiente de los 90 y, posteriormente, Grupo Salvaje.

    Apasionado por la música anglosajona de los 60, gran admirador de los Byrds, descubridor incansable de grupos olvidados, sus influencias calaron fuertemente en sus canciones, rodeándolas de una gran riqueza melódica, intensidad, guitarras fronterizas — con especial gusto por la Rickenbacker de 12 cuerdas— y su peculiar voz, con la que cantaba en inglés. The Pribata Idaho se formó en 1988, aunque no apareció su primer disco, Cactus Juice, hasta 1992, seguido de Sueroine (1994) con unas icónicas portadas dibujadas por Mauro Entrialgo. Fue un grupo epigonal entre dos generaciones musicales y, por ello, quizás siempre difícil de encasillar, algo que le sucedió durante toda su carrera y de lo que hacía gala.

    En una entrevista en el año 2013 para la revista Mondosonoro, con motivo de la aparición del tercer y último disco de Grupo Salvaje, titulado III, el músico dijo: “a lo mejor es una percepción mía de estar al margen de todo, como flotando en un limbo, y dando también una sensación que no es real. No nos queremos esconder, ni tener tan poca actividad como aparentemente tenemos, pero es verdad que por alguna razón andamos en una nebulosa, un tanto desubicados. Encontrar el sitio al que pertenecemos no es fácil”.

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  • Diario del coronavirus (59): Librería encapuchada

    Diario del coronavirus (59): Librería encapuchada

    Dice Pedro, de El Buscón, la veterana librería del barrio madrileño de Prosperidad, que una librería donde no puedes tocar los libros no es exactamente una librería. No quiero yo contradecir a un librero en sus propios asuntos pero una librería también es otra cosa: un hogar a resguardo para el corazón de una comunidad que entiende la cultura como intercambio. No hace falta, aunque da gustito, entrar y hojear los libros, sobarlos con las manos e incluso hundir la nariz entre sus páginas para sentirse parte de una librería. Para mí es importante saber que están allí: los libreros y los libros. Recordar que, cuando el mundo tiembla, ellos siguen en pie.

    Por eso se les marchita algo a los amantes de los libros cuando una librería anuncia su cierre. No es un cambio de un modelo cultural sino un fracaso de modelo de comunidad que cambia sus apoyos colectivos por unos referentes más individuales, internos o privados. El intercambio del que hablaba antes no es una transacción mercantil, sino un intercambio de saberes, un pacto de apoyo mutuo (y más en El Buscón, que se asienta sobre una cooperativa) y un consenso común sobre que aquello que cuentan los libros es importante para todos y todas.Total, que escribí un WhatsApp a El Buscón para encargarles un par de libros que se habían quedado suspendidos a medio camino entre las lecturas deseadas y las capturadas. Hace unos meses le pedí a Twitter que me recomendara libros para Eleonor, en especial poesía, que contuvieran buenas dosis de humor, porque Eleonor es una niña que no sabe vivir sin comedia. Me salió una lista estupenda con Cuentos en verso para niños perversos, de Roald Dahl, en la primera posición. El otro libro encargado era un autoregalo de cumpleaños evidente, el libro inevitable que me ha acompañado, sin tenerlo, durante este confinamiento y por tanto este diario: Algunas cosas oscuras y peligrosas. El libro de la máscara y los enmascarados, de Servando Rocha. Otra cosa que me contó el librero fue que, cuando vio que lo pedía, pensó que era una lectura fabulosa para estos tiempos enmascarados —Pedro se señaló la mascarilla, con un gesto de hartazgo— por lo que pidió un ejemplar de más, que situó en un lugar de honor en el escaparate. Así que, vecinos y vecinas que en estos tiempos difíciles queráis saber más sobre las fantasías tras los enmascarados, el enmascaramiento como acto mágico, el fuego carnavalesco, los superhéroes, los obreros con pasamontañas, el terror, el surrealismo, la revolución y la fantasía oscura, podéis acudir a El Buscón, que ya están abiertos sin cita previa, para reclamar este ensayo apasionante publicado por una pequeña editorial, con tintes de sociedad secreta, llamada La Felguera.

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  • Diario del coronavirus (58): Los dos extremos de la misma calle

    Diario del coronavirus (58): Los dos extremos de la misma calle

    El 8 de marzo me encontré en la manifestación con una amiga a quien le expliqué mis achaques. De inmediato, me recomendó a un buen fisioterapeuta y osteópata. Le llamé al día siguiente y diversos asuntos impidieron concertar una cita esa semana. Cuando lo intentamos para la siguiente, nos llovió encima el chaparrón del estado de alarma y dejaron de ser nuestros obstáculos individuales cotidianos lo que nos frenaba, para convertirse en algo tocho y colectivo que no hacía falta explicar. Han pasado dos meses y diez días y hoy por fin se ha producido esa primera cita, así que siento que no solo mis músculos, sino también la vida, se despereza.

    Para llegar a su consulta, en el barrio madrileño de Lavapiés, he tenido que cruzar la ciudad en moto a las siete de la tarde. Hacía más de dos meses que no circulaba de esa manera por las calles, ni tampoco me alejaba tanto de mi casa, ni veía tantos rostros y voces diferentes a los habituales. El color y el olor de Lavapiés es excepcional. Me dieron las ocho dentro de la consulta y los aplausos estallaron en la calle central del barrio. Los oíamos bien desde allí. Tumbada en la camilla, dí tres simbólicas palmadas. El fisio me explicó que allí los aplausos no aflojan y que nadie sale a golpear cacerolas. No en Lavapiés. Cuando salí, poco después, las calles bullían de paseantes, clientes salían y entraban en las tiendas de alimentación y también estaban las típicas gentes de Lavapiés que son como gallegos, que ni van ni vienen. Pasé por delante de una farmacia sobre la que había oído hablar: una en la que recogen las mascarillas FFP2 que nos regala la Comunidad de Madrid para repartirlas entre las personas que no tienen tarjeta sanitaria. Entré, recogí la mía y la dejé en una caja. La farmacéutica me echó una sonrisa que era puro paracetamol desde su lado de la mampara de protección. Yo se la devolví con afecto, hasta que me di cuenta, ya fuera de la farmacia, que llevaba puesta la mascarilla sobre la boca.Regresé a casa recorriendo la Ronda de Valencia, que desemboca en Atocha, y continúa hacia el norte por el gran eje que organiza la capital de sur a norte: el paseo del Prado, Recoletos y Castellana. El sol brillaba, la temperatura era agradable, los árboles del paseo desprendían un olor embriagador y yo misma salía de Embajadores reconfortada. Frente a la estación de tren, donde comienza el Jardín Botánico, me rodeó un enjambre de ciclistas. Como si la bicicrítica, esa masa crítica que circula por Madrid el último jueves de cada mes, se hubiera hecho felizmente gigantesca. Ocupaban dos y hasta tres carriles con bicis veloces, artefactos renqueantes o las eléctricas de BiciMad. Había parejas que se decían cosas bonitas mientras pedaleaban, como solo he visto hacer en Holanda. Y todos ellos se movían acompañados de patinadores y corredores que tomaban la calzada. Algunos de estos en dirección contraria a la marcha de los coches, como hacemos por la carretera en los pueblos, para que se nos vea bien. Yo avanzaba a su mismo ritmo, un poco avergonzada por ir en moto, quemando gasolina a 20 km/h, a veces incluso a 15. No me importaba la lentitud, pocas veces he visto en Madrid una invasión tan bella y quería disfrutarlo. Antes de llegar a Nuevos Ministerios, un grupo de cuatro patinadores se situaron delante de mí mientras circulaba por el carril bus taxi y, durante varios kilómetros avancé a su misma velocidad pero cinco metros por detrás, mientras hacían acrobacias, acompañados por la música de un altavoz que portaban. Parecía la secuela de Xanadú. La Castellana estaba tan vacía de coches que llegué a asustarme por si acaso me había pasado algún control de peatonalización. Fue uno de esos momentos cursis en los que adoras tu ciudad y quieres mucho a la gente. Me emocionó tanto que quería pararme, sacar el móvil y pedirle a todo el que conozco y sepa montar en bici que, cuando den mañana las ocho, salgan a dar una vuelta por la ciudad, porque ha sido conquistada por los ciclistas y es maravilloso.

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