que vuelvan a importar los blogs

  • 9. Soy una de esas

    9. Soy una de esas

    Están los bares en los que se tiran las servilletas de papel al suelo: haces una pelota, intentas encestar en la papelera y, si fallas, no pasa nada. En Madrid están los del serrín y las cabezas de gambas, que no sé si siguen existiendo o ya se convirtió en un mito para asustar a los de fuera o, quizá, alguien montó una recreación vintage con muebles descoloridos y el serrín delimitado en cajones de madera. Están los bancos de la calle que los imaginas aún calientes porque se les ve rodeados de un manto de cáscaras de pipas. Están las proximidades de las iglesias llenas de palomas metiendo el pico en las estrechas ranuras del empedrado para extraer los restos de una batalla de arroz. Están las puertas de los hospitales con el suelo cubierto por una colcha de colillas, unas aplastadas, otras intactas y consumidas, otras manchadas de carmín. 

    También están las aceras grises moteadas de círculos más oscuros, que en realidad son bolas de chicles aplastados, que tardan cinco años en desaparecer. Hasta que reformaron la madrileña plaza de Callao hubo una mancha grande y oscura en una esquina junto al cine Capitol que provoqué yo el día que se me estalló contra el suelo una botella de litro de salsa de soja. Y en el suelo de piedra porosa y beis del descansillo del segundo piso de un portal que no diré cuál es, hay un extraño dibujo en el suelo, imborrable, de forma indeterminada, provocado por mí hace 25 años, cuando no pude llegar a casa a tiempo y me meé encima. Eran secretos hasta hoy.

    A todas estas asquerosidades hemos tenido que sumar los guantes y mascarillas que ruedan por el suelo desde que llegó a España la pandemia del coronavirus. Como son livianos, van de un sitio a otro, como ruedas de paja en el desierto, sin que nadie los detenga. Ni siquiera cuando se quedan enredados en nuestros tacones. Nos los sacudimos de encima con aprensión, imaginándolos a tope de carga vírica, contagiando solo por mirarlos. Nos parecen tan íntimos como los pelos caídos de otros, las uñas cortadas de otros, la cera de las orejas de los otros. Cosas que preferimos ignorar.

    Esto es solo el principio. Sigue leyendo haciendo clic en este enlace. Este artículo pertenece a la serie El verano del coronavirus, publicada en eldiario.es
    Todas las ilustraciones de la serie han sido realizadas por Isa Ibaibarriaga.
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  • 8. El miedo de la gente

    8. El miedo de la gente

    Siempre me ha resultado difícil dosificar el grado de afectividad física de los reencuentros. ¿Un abrazo será sobreactuado? ¿Se besa antes o después de abrazar? ¿Dos besos expresan lo suficiente? ¿Uno solo es más cariñoso o menos? ¿Sabré poner la mano sobre su hombro de manera natural? ¿Queda pervertido acariciar la mejilla? ¿Agarrar la barbilla es de viejas? ¿Se entenderá el cariño si le toco la punta de la nariz con el dedo índice? Lo mejor del coronavirus es que todas estas preocupaciones dejan de generar angustia: no tienes que hacer nada, te quedas a un metro de distancia y dices «¡hola!». Sonríes, claro, lo cual es una idiotez porque la mascarilla te tapa la boca, pero se te achican los ojos en un pozo de arrugas y confías en que eso cuente como un grado de afectividad bastante superior.

    Cuando vuelves por vacaciones a tu pueblo, a tu ciudad de origen o a tu epicentro familiar, cuna de tus leyendas y fantasmas, hay muchos reencuentros con los que cumplir. De los abuelos a los panaderos, todos tienen algo que decirte: si has engordado o no, si has aprobado todo, si te han hecho fija en tu trabajo, si no es verdad que aquí se está mejor que en el sitio en el que vives, que no te vuelvas en septiembre, mujer. La novedad de este año es que, en la comparativa, rápidamente se introduce el factor qué lugar es mejor para confinarse. «Ay, nena, para quedarse en casa todo el día mejor aquí en el norte que estamos fresquitos», por ejemplo. Este argumento es demoledor. Pero luego viene la pregunta inevitable: ¿Y Madrid…?. No se atreven a decir más palabras, hay un ligero temblor en la frase y un miedo que recorre los puntos suspensivos. Sabes qué es lo que quieren saber, lo que buscan atestiguar. En la distancia han construido un relato terrible del paso de la COVID-19 por la capital. Tanto que pronuncian el nombre como si lo cogieran con guantes, para no contagiarse. Por tanto, les doy lo que piden. Les cuento el impacto de ver pasar por tu calle una tanqueta del Ejército con altavoces a todo trapo pidiendo (o más bien ordenando) que nos quedáramos en casa. De los coches fúnebres de aquí para allá. Les hablo de la policía en todas partes, de los controles, las ambulancias y los helicópteros, todos esos sonidos de la emergencia que en las ciudades pequeñas solo escuchas de manera excepcional pero que en Madrid forman parte natural del paisaje sonoro; una música incidental que ha dejado de ser inquietante, inserta en el resto del elevado ruido de la ciudad, hasta el día en el que se pararon las obras, el tráfico, los aviones, la cháchara de las terrazas y el griterío de los parques, y solo quedó el sonido de la emergencia.

    Llego a la conclusión de que hay más miedo en la distancia que en el fragor de la batalla contra el virus. Repaso las conversaciones de mis reencuentros de verano y me doy cuenta de que lo he hecho fatal. He echado más leña a su miedo y no les he hablado de todo lo demás: de lo bonito y lo cursi. De las fiestas entre balcones, de las calles decoradas, de las tartas y los tápers que nos pasábamos, de las conversaciones por las ventanas, de los amigos de aplausos, de las despensas solidarias y el reparto de alimentos por el barrio, de la pequeña librería que siguió llevando pedidos a domicilio en bicicleta, de los que bajaban la basura o hacían recados a los vecinos que no podían o no querían salir. Sé que esas cosas les parecen raras y arriesgadas, que no encajan en el relato apocalíptico que han construido desde fuera.

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  • 7. La cara oculta de la playa

    7. La cara oculta de la playa

    Da pereza levantarse pronto un domingo después de un sábado salvaje. Da pereza quitarse las lentillas, cambiarse el tampón en mitad de una siesta, empezar una serie de 9 temporadas, estudiar el primer día de curso y leerse el reglamento antes de jugar. Pero nada da más pereza en la vida que levantar el campamento tras un día de playa. Odio desclavar la sombrilla. Odio sacudir la toalla. Odio arrastrar mis piernas sucias de arena y sal hacia la salida. Odio esperar la cola de la ducha, intentando evitar los ríos de barro. Odio mancharme los pies de nuevo después de haberlos limpiado. Odio el picor del cuerpo y saber que no me podré dar un baño con jabón hasta quién sabe cuándo, porque también habrá que esperar la cola de la ducha de casa.

    A las gentes de secano no deja de fascinarnos ese tipo o tipa particular que es el solitario de playa. Para los de fuera, vacaciones y playa son dos conceptos que van de la mano. Pero los autóctonos integran de manera natural el mar en su rutina diaria, al igual que toman el café en el bar, toman el sol en la arena a la salida del trabajo. Los ves venir bien vestidos, cargados con una pequeña mochila. Se quitan la ropa de calle y debajo aparece la llamativa licra del bañador, preparados para la acción, como Supermán. Doblan con cuidado sus prendas y las meten en la mochila. Si tienen zapatitos, los dejan al lado, con un arte refinado para evitar que les entre arena que los demás no adquiriremos jamás. Extienden una toalla fina y nueva (ni la de Benidorm, ni la de Snoopy, ni la del Xacobeo 93) y pasan allí un par de horas deliciosas hasta su próximo compromiso.

    Y luego, estamos los demás. Los que llevamos a la playa solo lo imprescindible: la sombrilla, el cacharro para clavarla en la arena, la silla, la esterilla, la toalla, la nevera, la bolsa con los cubos, las palas, los rastrillos, los moldes para hacer tortugas de arena, las raquetas, la pelota, la comida, la bebida (una de agua, dos refrescos, dos cervezas), los hielos para enfriar la bebida, un bote de crema, un segundo bote de crema (por si acaso), una crema para la cara, toallitas para limpiarse, gel hidroalcohólico, espray hidratante para el cabello, un cepillo y unas gomas, unas pinzas depilatorias, tres juegos (el Palabrea, el Jungle Speed y el Virus, este último es muy importante), un libro, otro libro (por si acaso), un sombrero, un bañador de repuesto, la mascarilla, el móvil, los cascos, un cargador solar para el móvil, un billete de cinco euros (para los helados) ¡y una libreta y un boli para apuntar las cosas que suceden en la playa para luego escribir un artículo sobre ello! Y seguro que me dejo algo.

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  • 6. De la tortura como una de las bellas artes

    6. De la tortura como una de las bellas artes

    Una playista profesional, en el verano del coronavirus, miraría la app de ocupación de playas antes de salir de casa. Yo, que no soy más que una amateur, paso de hacerlo. Por tanto, de nada sirve lamentarse ante el semáforo rojo que impide la entrada por abarrotamiento.

    Cada ayuntamiento ha inventado para sus playas un método diferente. Hay quien ha preferido parcelarlas, como si fueran campings, contratando personal para ejercer de acomodadores: llegan las familias y, según lo numerosas que sean y la edad media de sus componentes, te llevan a un sitio o a otro. Leí que en algunas playas a punto estuvieron de instalar un sistema de cita previa, como ya existe para visitar la espectacular Praia das Catedrais, a la que habría que acudir con un código QR. (Es curioso como el QR, al cual habíamos dado por muerto tanto como el láser disc o la pulsera rayma, se ha convertido en el personaje antagonista del coronavirus). No puede haber algo más desalentador, anticlimático y cortarrollos que pedir cita previa para ir a la playa. En otros sitios la playa es un valor seguro pero, en el norte, uno mira al cielo y dice: «venga, vamos», y tienes que bajar ya porque lo mismo en dos horas se nubla o arremete un viento atlántico que lo hace desapacible, o te llega el nordés y te lo llena todo de niebla.

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  • 5. Topless con mascarilla

    5. Topless con mascarilla

    No era mi intención ponerme a contar cuántas mujeres había en la playa haciendo topless, pero al final me vi obligada a hacerlo. Una, dos, tres, cuatro… lo hacía señalando sutilmente con el dedo o con la barbilla, hasta que mi hija me rogó que parase.

    La verdad es que, en una estadística a ojo, éramos menos del 48% que afirmó un informe del Ifop, una empresa francesa de estudios de opinión, que lo hacíamos en España el año pasado. Según las encuestas realizadas a las españolas, solo un uno por ciento ha decidido volver a abrocharse la parte de arriba, respecto al mismo cuestionario realizado en 2016. En cambio, en el resto de países europeos sondeados, el descenso de señoras en topless está entre los cinco y los siete puntos. Cuando preguntaron a las mujeres francesas por qué habían dejado de hacerlo, la respuesta variaba según la edad. Las mayores, principalmente, por el riesgo de exposición de la piel al sol. Teniendo en cuenta que los bikinis son la prenda más cara que existe en relación a los centímetros cuadrados que cubre, no deja de ser chocante. En cambio, para las jóvenes menores de 25, la razón principal ha sido las miradas de los hombres. La segunda, el miedo a ser objeto de una agresión sexual, física o verbal. La tercera, el temor a recibir críticas negativas sobre su propio cuerpo. Al ir a mirar cuál es el segundo motivo para la mujeres mayores de 25, nos volvemos a tropezar con el miedo a las miradas de los hombres. Es decir, que al final no es que ellas no quisieran quitarse la parte de arriba, sino que tenían miedo de hacerlo.

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  • 4. Madrileños por el mundo

    4. Madrileños por el mundo

    No hay momento más apropiado que un verano, y además no hay otro verano más acertado que este, para leer Una guía sobre el arte de perderse de Rebecca Solnit. Yo misma lo estoy haciendo y sé que no soy la única. En la portada aparece una chica adentrándose en lo que aparenta ser un trozo de papel rasgado. Está claro que esa grieta no lleva a ningún sitio pero aún así se mete dentro de ella para desaparecer por un rato. He ahí la esencia misma del veraneo.

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  • 3. Ancha es Castilla

    3. Ancha es Castilla

    Tenían acentos andaluces diferentes. Yo, que me considero una genia en la localización por el habla, aposté a que la mujer era de Cádiz y la niña, de Sevilla. Me habían dado asiento en contra del sentido de la marcha, lo cual me proporcionaba una visión privilegiada de las caras de mis compañeros de vagón, en lugar de sus cogotes. Para los amantes de las conversaciones ajenas, esta situación facilita las cosas. Cuando la mujer y la niña se dijeron la una a la otra de dónde venían, hacía un buen rato que habíamos dejado Madrid atrás y la ciudad empezaba a ser un recuerdo pesado del que huir, a pesar de que yo viajara hacia el noroeste de espaldas, viendo pasar por la ventanilla el mundo al revés.

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  • 2. El verano de las películas no existe

    2. El verano de las películas no existe

    Dos películas recogen mis dos visiones más idílicas del verano. No es que yo tuviera esas ideas en mi cabeza y acabara encontrándolas en el cine, sino más bien lo contrario, la ficción ha insertado en mí una memoria inventada y una proyección inalcanzable. Una de ellas pertenece al verano de quedarse y, la otra, al de irse. Hace tiempo, TVE había entrado en uno de sus clásicos bucles reponiendo cada año por estas fechas Bajarse al moro, la película de Fernando Colomo en la que aparece un Madrid en el que los grupos de música ensayaban ruidosamente en las terrazas y las chicas que sabían mucho de la vida, bebían té y fumaban porros, pintaban dibujos en las paredes de sus casas. Yo, arrastrada por mi familia a destinos de veraneo, estaba segura de que el agosto madrileño que se me ocultaba era una ciudad tórrida siempre al borde de la aventura.

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  • 1. Lo que necesita la gente son respuestas

    1. Lo que necesita la gente son respuestas

    En las tierras del interior, el sinónimo más perfecto de la palabra verano es piscina. Es posible que la pregunta «¿cuándo abren las piscinas?» sea una de las búsquedas más populares de internet en el mes de junio, incluso quizás en el de mayo. Yo, como oficina dispensadora de información que soy, es una de las que más me hacen. A la gente le gusta preguntarme cosas y, a mí, responderlas. A veces, no sé ni lo que digo. Hace años, vagando de noche por Malasaña con unos amigos, un coche se detuvo a nuestro lado y nos preguntó cómo se iba a Badajoz. Nos miramos y uno de mis colegas se acercó y, con ademanes resueltos, más propios de los adultos que no éramos del todo entonces, apoyó las muñecas sobre el filo del cristal de la ventanilla del copiloto y comenzó a dar indicaciones. El conductor se alejó dando las gracias con la mano. Le preguntamos a nuestro amigo cómo es que él sabía ir desde allí a Badajoz. «No, si yo no sé ir —contestó muy serio— pero la gente necesita respuestas». Esta actitud me ha guiado toda mi vida pero no la recomiendo en absoluto.

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    riaga.

  • Y ahora qué

    Y ahora qué

    Se ha terminado el acuerdo que hicimos entre la narración, eldiario.es y yo para mantener abierta todos los días una ventana con vistas a mi casa. El sábado por la noche corrí la cortina y recuperamos el secreto de nuestra intimidad cotidiana. Lo interesante de mi ventaba no era solo que pudierais vernos desde fuera sino que nosotros también os veíamos desde dentro.

    Nunca fue una venta del todo transparente, como os podéis imaginar. El lugar en el que se publicaban las 82 crónicas del Diario del coronavirus me hacía mantener una tensión constante con la autocensura, en cada párrafo me preguntaba si debía encender o no la luz. A veces escribí cosas que borré y, otras veces, no escribí cosas de las que me arrepiento.

    Me gustaba mucho escribir cada día de manera libre y sin las ataduras del periodismo. Pero algunas entradas las sufrí, bloqueada frente a la pantalla, avanzando sobre cada frase como si pretendiera cruzar el desierto. Lo echo de menos pero también me siento liberada, pues durante tres meses he dedicado al menos dos horas cada tarde. Si a ese tiempo le sumas el resto de obligaciones laborales: mi trabajo en Gen X Games y los otros artículos para eldiario.es, además de los cuidados, acabé agotada.

    Me gustaría convertirlo en un libro. ¿Sería publicable? ¿Alguna sugerencia de editorial? Si no lo quiere nadie, haría como mis vecinos: lo imprimiría yo misma y haría un ejemplar para Eleonor quien, a fin de cuentas, es la verdadera protagonista. Yo solo soy su Jonathan Harker.