que vuelvan a importar los blogs

  • Diario del coronavirus (50): La otra guerra era más emocionante

    Diario del coronavirus (50): La otra guerra era más emocionante

    Lo que de verdad piensan los niños y las niñas sobre la pandemia y sus consecuencias sigue siendo un misterio para mí. Y no será porque no tenga un sujeto de estudio cerca. Por supuesto, le hago multitud de preguntas para intentar ver esta situación excepcional a través de sus ojos, pero mi hija tiene un potente escudo que vino de serie, no sé de dónde lo sacó, forjado en las invulnerables minas del sentido del humor.

    No me queda más remedio que acudir a otras fuentes. Mi amiga M. me cuenta que su hija pensaba que otras veces en nuestra vida nos habíamos tenido que confinar. Quizá cuando era pequeña, y no lo recuerda, o antes de nacer: esa existencia mitológica que tanto nos cuesta comprender. De igual manera, la hija de R. preguntó por cuántas cuarentenas habíamos hecho, hasta ahora, contando esta.

    Sin haber recibido ninguna información al respecto ni haber formulado pregunta alguna, los niños dan por seguro lo que les parece lógico. Me parece que si no les anticipas, con grandes dosis de misterio y expectación, la primera vez de algo, sino les preparas con tiempo, dan por sentado que algo es recurrente, por muy excepcional que resulte. R. me puso sobre la pista de la traductora Blanca Bandarrita, que contó en Twitter cómo su hija se deshizo en pedacitos porque no aguantaba más en casa y quería salir al parque: “es mi primera cuarentena”, le dijo a la madre, a modo de excusa por no ser capaz de mantener el tipo.

    https://twitter.com/bandarrita/status/1246772742466220032

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  • Diario del coronavirus (49): Las mascarillas son sexys

    Diario del coronavirus (49): Las mascarillas son sexys

    Cuando habíamos aprendido a decir “gel hidroalcohólico” con la misma naturalidad que “barra de pan”, el Gobierno nos hace dos favores: fija un precio máximo de venta al público y, de paso, nos indica que el nombre correcto es “antiséptico de piel sana con función virucida”. Por curiosidad malsana, he calculado cuánto me habría costado hoy el antiséptico de piel sana que compramos en pleno apogeo virucida: 5,17 euros. Pero en aquel momento lo pagamos a precio de marisco: 15 euros costó el frasco de 225 ml.

    Las mascarillas higiénicas, que también tienen un precio máximo de venta, se encuentran fácilmente en las farmacias, aunque las de los supermercados, un poco más baratas, suelen estar agotadas. No obstante, he visto por la calle que cada día hay más mascarillas cosidas en casa, con retales de cortinas o vestidos rotos. También me asaltan los anuncios, en este mismo periódico, por ejemplo, de tiendas online que venden mascarillas de tela reutilizables con bonitos estampados que van del estilo lolailo al primaveral; se hace difícil elegir. Después de ver a Dave Gahan, uno de nuestros ídolos musicales, con mascarilla negra, Alberto encargó una en una tienda online. Nos llegó hace unos días y descubrimos con decepción que tenía menos protección de la necesaria para lijar una estantería y no toser mucho. La estamos reservando para algún concierto —nosotros somos muy de uniforme negro— pero me da la risa amarga mientras lo digo. ¿Se celebrarán los conciertos y festivales para los que tenemos entrada a partir de septiembre? Si ni siquiera podrán ir los niños todos juntos a clase, cómo vamos a ir los mayores a apiñarnos, a sudar, a cantar a voz en grito, a aplaudir sin ser las ocho de la tarde delante de, por poner un ejemplo recurrente desde el primer día de este diario, The Sisters of Mercy? No le preguntéis al ministro de Cultura, que no tiene ni idea.

    Estos días he hecho muchas entrevistas para escribir un reportaje sobre el que no quiero (ni puedo) hacer spoiler. Eleonor, que le interesa cualquier cosa mucho más que sus tareas escolares, se queda mirándome mientras yo hago entrevistas telefónicas. Ni me doy cuenta de que ha abandonado sus deberes. Si puede, intenta meter pezuña en la conversación. En este tiempo, he tenido la oportunidad de saludar a los hijos de varios encargados de gabinetes de prensa: estamos todos igual. En realidad, me gusta que sucedan estas cosas, como los videos de conexiones en directo en la televisión en el que irrumpen hijos por la puerta, porque me recuerdan que tenemos una vida detrás que habitualmente el trabajo hace invisible. No es barato hacerla invisible.

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  • Diario del coronavirus (48): La fase 0 huele a tinte para el pelo

    Diario del coronavirus (48): La fase 0 huele a tinte para el pelo

    Hemos parado de ver capítulos de Clone Wars, las guerras clon que se desarrollan entre el episodio II y el II de las películas de Star Wars, porque no hacíamos otra cosa. Un capítulo tras otro, temporada tras temporada, empezaba a confundir la Coronavirus War con la lucha de los Separatistas para destruir la República, cosa que por mucho que parezca la vida real, en realidad ocurre dentro de la ficción galáctica creada por George Lucas.

    Necesitada de aire, he salido a dar mi primer paseo de andar rápido. Al contrario que un enfermo de coronavirus, mi sentido del olfato está hipersensible, imagino que es un fenómeno propio de quien permanece mucho tiempo en un hogar que genera sus propios olores de manera uniforme. Como los perfumes con los que me rocío, quizá en exceso, porque a los cinco segundos ya no los huelo.

    Al alejarme tres o cuatro manzanas de mi casa y llegar a una calle ancha, me golpeó un intenso olor a alquitrán que emanaba de un camión que asfaltaba un concurrido cruce entre avenidas. Las obras provocaban una aglomeración impaciente de coches, cuyos conductores nerviosos parecía que habían olvidado el adiestramiento especial para conducir por Madrid, con el que más que una licencia deberían darnos un doctorado. El otro gran olor era el del diésel quemado. Alquitrán y gasoil, el olor del progreso, era el aroma de esta ciudad antes de que el coronavirus llegara a ella, como un pistolero forastero que vacía el bar del pueblo con su sola presencia.

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  • Diario del coronavirus (47): 52 días de viaje submarino

    Diario del coronavirus (47): 52 días de viaje submarino

    He comprobado que las floristerías son uno de esos negocios que han funcionado bien en el confinamiento. Cuando mis amigas me mandaron un ramo en el día de mi cumpleaños, lo trajo un empleado del negocio junto con una nota que explicaba las medidas de higiene que se habían tomado para realizarlo y que, además, agradecía que se estuvieran utilizando sus servicios de envío a domicilio, porque esos pedidos les permitían salir adelante. No eran las flores más frescas del mundo, pero eran preciosas y me emocionaron mucho. Este domingo, por el día de la madre, Alberto intentó mandarle un ramo a la suya y no le fue posible, tuvo que anticipar el regalo un día para que le aceptaran el encargo.

    Tengo la sensación de que, en estos dos o tres días, la vida se apresura y los acontecimientos se agolpan. De repente, hace buen tiempo y ya no nos ponemos la chaqueta en casa. Las ventanas están abiertas todo el día y puedo sentarme a leer en el balcón sin arroparme con una manta. Ayer, cuando dieron las ocho, tuve la impresión de que se habían abierto unas compuertas y nuestro pasaje peatonal alcanzó, en cuestión de minutos, un nivel de bullicio que no ha tenido nunca. Mis vecinos de arriba habían mandado a las dj toda una lista de peticiones de canciones pop de los ochenta y la mayoría de paseantes de andares rápidos (o corredores de lentitud) las celebraban al pasar. Percibo que hay ganas de que todo se acelere.

    Del otro lado de mi casa, por las ventanas que dan a la calle, vemos a pocos metros de distancia un edificio en obras del que he hablado aquí en más de una ocasión. A estas alturas de los trabajos de reforma ya no queda prácticamente nada que extraer de él. A través de lo que fueron ventanas y ahora no son más que vanos, veo el interior arrasado, sin tabiques ni escombros. Tan solo los pilares esenciales quedan en pie. Ha dado todo lo que tenía de sí y yo me siento un poco igual: no tengo nada más para sacar. Estoy eviscerada. No sucede nada nuevo. La historia pide salir de casa y mirar a lo lejos. Dicen los oftalmólogos que somos más miopes en las ciudades porque no tenemos horizonte que enfocar y advierten de que los niños, durante el confinamiento, pueden ganar dioptrías.

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  • Antonio Onetti: «Era necesario un equipo diferente con credibilidad para retomar las relaciones con el Ministerio de Cultura»

    La historia de la SGAE en la ficción, en manos de un guionista como Antonio Onetti, no habría sido tan impredecidible, enrevesada y compleja como lo ha sido en la vida real. El dramaturgo sevillano asume la presidencia de la principal sociedad de autores española, siendo el 44 de su linaje, arremangándose la camisa y pidiendo perdón por los errores cometidos.

    La cultura es uno de los sectores descalabrados por el golpe seco del estado de alarma y la desescalada plantea una recuperación a largo plazo. La entidad que preside desde el pasado 30 de abril tiene la potestad de recaudar y repartir pero la avaricia, el poder y la revancha de los que la han manejado, la han corroído en sus entrañas. Onetti formó parte de la moción de censura a la presidenta Pilar Jurado y, a diferencia de lo que hicieron anteriores presidentes que tocaron poder de igual manera, él anuncia elecciones en otoño. Son un requisito indispensable para reingresar en la Cisac, la confederación internacional de sociedades que ha expulsado temporalmente a la SGAE. Mientras tanto, además de reestablecer las maltrechas relaciones tanto con esa organización como con el Ministerio de Cultura, Antonio Onetti debe hacer funcionar un plan de ahorro de cinco millones y medio de euros, que comienza bajándose un tercio del sueldo, para parar la caída en picado hacia el precipicio, no solo por el impacto del coronavirus, sino por el paulatino descenso en la recaudación y la mala gestión anterior. SGAE prometió a principios de abril añadir 7 millones de euros extra a los 8 destinados en ayudas a los autores afectados. Onetti pide “disculpas” porque ese dinero “no se corresponde a la situación real”, en la que solo pueden destinarse 2 millones de euros a la situación de emergencia.

    Su espada serán los nuevos estatutos, aprobados en enero pero todavía no vigentes, a falta del visto bueno del Ministerio. Con ellos en la mano, el presidente de la SGAE dejará de ser lo que siempre hemos entendido por ser presidente de la SGAE: prácticamente el dueño, el terrateniente de la riqueza generada por los socios. A partir de ahora, la potestad ejecutiva pasará al director general, cargo que ocupa desde el mes de febrero el colombiano Adrián Restrepo, y la presidencia se limitará a la representación institucional y legal.

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  • Diario del coronavirus (46): Mi plan bajo demanda

    Diario del coronavirus (46): Mi plan bajo demanda

    Quizá nos hemos acostumbrado muy rápidamente a que todo sea bajo demanda: de las películas y los programas de televisión a la lactancia, de las compras online a la hora, o incluso el día, en que nos ponemos a leer los mensajes que nos han enviado. Esa es la explicación que se me ocurre para la dificultad de cumplimiento de los horarios de salida que tenemos, desde este sábado dos de mayo, en las grandes ciudades.

    Desde hoy, las personas entre 14 y 70 años podemos salir a pasear o correr entre las 6 y las 10 de la mañana. Hubiera sido bonito, pero eran las 10:15 y yo seguía en la cama. Se me pasó por la cabeza, sin duda todavía dormida, cuando quizás quedaban quince minutos para las diez pero recuerdo que pensé claramente que preferiría no hacerlo. Quitando todas las carreras que me echado en mi vida para llegar a la primera fila de los conciertos, habré corrido en la calle, en plan correr sin llegar tarde a ningún sitio, dos veces en total. Y me parece mucho para mi poderoso sentido del ridículo. Dice mi familia que no sé correr, que hago una cosa rara con las piernas. Es muy probable y eso explicaría por qué no he llegado más que a segunda o tercera fila en los conciertos del Palacio de los Deportes de Madrid. Hoy, y que no sirva de precedente, he estado de acuerdo con el policía del coche patrulla que ha grabado el reportero de El País Manuel Viejo. El agente se pasó la mañana reutilizando el comentario que tan ingenioso le había parecido, imagino que para que lo escuchara más gente: “¡ahora parece que todo el mundo hace deporte!”.

    Intuyo que la ciudad se ha llenado de fake runners, de esos que no tienen ni la ropa reglamentaria. Medio Madrid con flato a mediodía. Me asomo a la ventana a las doce y veo una mujer con auriculares en los oídos, ropa de lycra ajustada tanto al cuerpo como a los estándares deportivos, paso trotón y modélica inspiración por la nariz y espiración por la boca en forma de u. El problema es que deben faltarle unos 50 años para alcanzar la edad permitida para salir a esta hora del día. Así no hay quien organice un país.

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  • Diario del coronavirus (45): Postcataclismo

    Diario del coronavirus (45): Postcataclismo

    Escribo el cuaderno de bitácora de nuestra casa después de los aplausos y durante la sesión de las dj en el pasaje peatonal en el que vivimos, que hoy incluye Mecano, Radio Futura, Pimpinela y Rafaela Carrá. Vemos desde nuestros balcones a un caminante que carga dos voluminosas bolsas de la compra justo en el preciso momento en el que Santiago Auserón canta “vas por ahí sin prestar atención y cae sobre ti una maldición” en el temazo Escuela de calor. Las vecinas le enchufan el megáfono dirigido hacia su cabeza de una manera evidente, pero el chico no mira para arriba. “No le ha hecho ninguna gracia” dice una de ellas, con una magnífica voz de arengadora de manifestaciones que ha ido puliendo con el paso de los días en confinamiento. A él no le ha hecho ninguna gracia, pero yo lo he celebrado grandemente.

    Leo por ahí que hay gente que no soporta a los dj de balcón. Yo, que tengo mucha tontería con la música que me gusta pero especialmente con la que no, me encanta que mis vecinas pongan canciones, incluso cuando pinchan Paquito el chocolatero, que ya es decir. Es una de las cosas que no quiero que se acaben. Ya que estamos definiendo la “nueva normalidad”, podríamos acordar que poner música para la vecindad, hablarnos a gritos, pedirnos canciones y desearnos las buenas noches y hasta mañana podría formar parte de ella.

    Yo quiero seguir viviendo en el presente pero parece que hay que empezar a planificar cómo será el día de mañana. Existe en Twitter un bot que tuitea cada vez que el New York Times publica una palabra que no haya usado jamás en su periódico. Hoy lo ha hecho con la palabra “postcataclysm”, que la traduzco así como suena: postcataclismo. Resuena más acristalada, metálica y clara que postapocalipsis pero podrían ser sinónimos y además tiene unas sonoridades semejantes a “desescalada”, que también es un palabro curioso. Me sorprendió que el New York Times, que como todo el mundo sabe es un periódico muy serio, se estuviera permitiendo un derrape peliculero. Y la verdad es que sí, pero literalmente. En un juego periodístico apasionante, el mismo programador del famoso bot (Max Bittker, 25 años) creó otra cuenta que contesta a la primera con el contexto en el que se ha utilizado la palabra. Para mi desilusión, el artículo no era sobre el coronavirus ni sobre el capitalismo, sino acerca de qué tipo de películas se hacían en 2002, medio año después del 11-S, cuando el cine estadounidense comenzaba a sacar historias postcataclísmicas (sigo inventando traducciones) con las que ir trabajando la reparación colectiva.

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  • La SGAE, al borde de la ruina

    La SGAE, al borde de la ruina

    Corrupción, malversación, luchas intestinas, juicios abiertos, un encadenamiento de presidencias que duran un respiro, megalómanas inversiones fracasadas, el papel del malo de la película y, por si todo fuera poco, el profundo impacto de la crisis del coronavirus en los autores. “A esta entidad le quedan meses de vida, la situación es límite”, expresan fuentes internas. La SGAE y en particular su nuevo presidente, Antonio Onetti, no va a poder afrontar su continuidad sin adoptar medidas drásticas, debido a la radical bajada de ingresos consecuencia del confinamiento que se suma a la situación que acarrea. Estas medidas están siendo estudiadas en estos días por la Junta Directiva y pretenden evitar lo que desde dentro han denominado como “cercano a la bancarrota”:

    Técnicamente, la bancarrota no es posible en la SGAE pues existe un mecanismo legal para evitarla: reducir el reparto a los socios, aumentando la parte de la recaudación que se queda la casa; este es el conocido como descuento de la administración, que actualmente está en un 15%. Este porcentaje puede variarse en cualquier momento si la situación financiera lo requiere y, de esa manera, retener el reparto y recapitalizar la sociedad. ¿Cuál es la consecuencia? Que esta medida obviamente no gusta a los socios y la SGAE cuenta con el riesgo de abandono de los músicos que más dinero generan, los cuáles podrían irse a entidades extranjeras, como ya hicieron Julio Iglesias o José Luis Perales.

    El guionista Antonio Onetti, hasta ahora vicepresidente del colegio audiovisual, ha sido elegido presidente por la Junta Directiva este 30 de abril, después de quince días de interinidad de Fermín Cabal, en quien recayó el puesto por ser la persona de más edad de la junta, tras la moción de censura interpuesta por 22 personas contra Pilar Jurado. En estas dos semanas, se han producido cambios en la composición de la junta y, sobre todo, del Consejo de Gobierno, retirando de los asientos de poder a personas presuntamente favorecedoras de los mecanismos de “la rueda”, según explican diversas fuentes conocedoras de la casa autoral. A pesar de ello, Onetti se enfrenta a una de las presidencias más complicadas ya que debe cumplir con los requisitos de saneamiento ético y financiero, transparencia y equidad que le exige el Ministerio de Cultura para no retirarle la licencia y la confederación internacional Cisac para readmitirla en su organización. Y tendrá que hacerlo con un presupuesto desgarrado.

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  • El guionista Antonio Onetti, elegido nuevo presidente de la SGAE

    Son mandatos pensados para cuatro años pero Antonio Onetti es el cuarto presidente de la SGAE en 18 meses. La elección se ha producido en una Junta Directiva extraordinaria convocada en la mañana de este jueves 30 de abril, después de quince días de presidencia interina de Fermín Cabal, por ser el miembro de mayor edad. Los estatutos le daban a Cabal un mes para que la junta eligiera un presidente, tras la moción de censura que expulsó a Pilar Jurado del sillón principal, pero no ha agotado el tiempo. Onetti ha recibido 21 votos a favor, seis en contra y ocho abstenciones.

    El mecanismo de destitución contra Pilar Jurado fue urdido por 22 personas descontentas con los quince meses de gestión de la soprano, en los que no consiguió recuperar la confianza del Ministerio de Cultura, que amenaza con retirar a la SGAE la licencia para operar, ni de la confederación internacional de sociedades de gestión de derechos, la Cisac, que mantiene a la entidad en cuarenta con una expulsión de un año que se puede prolongar.La elección de Onetti se ha producido entre los miembros de la Junta Directiva, la cual ha sufrido una única variación durante los quince días de Fermín Cabal, con la destitución como vicepresidenta del colegio de pequeño derecho, el que representa a los músicos, de Inma Serrano, aunque esta sigue manteniendo su asiento en la mesa de 35 miembros. Serrano ha puesto su cese en manos del despacho del abogado Cándido Conde-Pumpido, el cual está estudiando acciones legales. El órgano de Gobierno que sí ha sido más profundamente intervenido es el Consejo de Dirección, formado por 14 miembros de la Junta más su presidente. En él, se ha renovado la práctica totalidad, a excepción de uno, de los miembros del colegio de los músicos. Según fuentes internas de la entidad, esta renovación era necesaria para sacar a las personas con conflictos de intereses, los partidarios de la llamada rueda de las televisiones, del gobierno de la institución. Miguel Ángel Chastang, Pablo Pinilla, Inma Serrano e Iván Sevillano salieron del Consejo de Dirección y fueron sustituidos por José de Eusebio, Teo Cardalda, Juan Parrilla y Pablo Salinas, este último, además, ocupó la vicepresidencia por parte del colegio de músicos. También ha desaparecido del equipo directivo el polémico nombramiento de Clifton J. Williams como subdirector general, no autorizado por el Ministerio de Cultura al tratarse de un cambio en el organigrama con la creación de un puesto que antes no existía.

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  • Diario del coronavirus (44): ¿Cuándo abrirán los escape rooms?

    Diario del coronavirus (44): ¿Cuándo abrirán los escape rooms?

    Decíamos ayer que el barrio en el que vivo, Prosperidad, en Madrid, tiene unas fuertes raíces populares, un nervio activista y algún ramalazo gentrificador que el resto del árbol combate como puede. Uno de los indicios que nos hicieron saltar las alarmas fue la aparición de un escape room, una extravagancia incomprensible que los vecinos más rancios miramos con la misma incredulidad que hace tres años la tienda de cupcakes. Hoy he pasado por delante de él de camino al supermercado y me he quedado mirándolo asombrada, pues siempre olvido que existe, con su decoración egipcia y su misteriosa parquedad informativa.

    Como todos sabéis, las fases de la desescalada son tan complicadas de desentrañar que, después de haberlas estudiado largo rato, he sido incapaz de utilizar esta información para dar a mi hija Eleonor respuestas a toda sus preguntas: ¿cuándo puedo ir a ver a los abuelos?, ¿cuándo podemos ir a la piscina?, ¿cuándo iremos a La Coruña?, ¿a cuánta gente puedo invitar en mi cumpleaños? Mi respuesta final ha sido “ya lo iremos viendo”, que es exactamente lo mismo que le decía antes de que se dieran los detalles del desentumecimiento social. Y ahora yo sola, delante de ese enterramiento faraónico de barrio, me preguntaba ¿cuándo abrirán los escape rooms? Ni idea. Pero la pregunta interesante es: ¿no hemos tenido suficiente experiencia escape room después de dos meses sin poder escapar de casa, a veces incluso sin poder salir de una habitación?

    Hoy he ido a un súper grande con la esperanza de encontrar harina (gran éxito) y canela en rama (estrepitoso fracaso). Con su habitual capacidad de reacción inmediata hacia la caprichosa demanda del mercado, habían creado un rincón “especial repostería” con sacos de harina de cinco kilos y cuatro tipos diferentes de levadura. Estos supermercados venden alguna otra cosa además de la alimentación y la droguería, como por ejemplo algo de papelería, textil, plantas, sartenes y maquillaje. En algunos pasillos, por tanto, habían colocado unos carteles que indicaban que según real decreto no se podían vender los productos de esa zona. El problema es que las señales están puestas, aquí y allá, sin ninguna otra delimitación, por lo que es bastante imposible saber si las gomas para el pelo o los ambientadores de coche se pueden o no echar al carro. En un mismo pasillo había una zona prohibida, una permitida y de nuevo otra prohibida. De hecho, nada impide coger esos productos, pero al llegar a la caja no te los cobran y los tienes que dejar ahí mismo. No tiene mucho sentido y provoca que algunos clientes con los nervios a flor de piel se enfaden y discutan con los dependientes, como he visto hoy, cuando una señora indignada porque quería comprarle unas zapatilla de estar en casa a su hijo recibió informaciones contradictorias de dos empleados sobre si podía o no comprarlas. La verdad es que en un estado de alarma en el que te pasas el día en casa, quizás el niño había destrozado las pantuflas. Y este follón sucedía delante del propio niño y de un panel de pantuflas de todo tipo, tallas y colores, al alcance de la mano. La mujer alargó la mano y en ese momento me pareció que iba a agarrar las primeras zapatillas que pillara, pero realmente lo que hizo fue coger la mano del niño, darse la vuelta con cierto aire dramático e irse de allí pegando zancadas, exclamando: “¡siempre que vengo aquí acabo enfadada!”.

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