que vuelvan a importar los blogs

  • Diario del coronavirus (57): No hay que hacer caso a las mareas negras

    Noto que los aplausos son más débiles cada día, sobre todo los de lluvia, y de esos ha habido unos cuantos en la última semana. A veces da pereza, yo eso lo entiendo, sobre todo si te pilla haciendo algo que reconforta tu interior: como ver una película, acurrucada en el sofá, debajo de una manta. Por ejemplo, a Eleonor todos los días, casi sin excepción, la hora de los aplausos le pilla jugando a Minecraft online con su primo, que tiene su misma edad, es hijo único y vive a las afueras de Madrid. En un par de ocasiones, su primo le dijo, realmente emocionado, que jugar a Minecraft con ella por la tarde era muy importante para él, que se pasaba el día esperándolo. A Eleonor no se le olvida que, el fin de semana que se decretó el estado de alarma, habían quedado en que ella pasaría la noche en su casa, tras la celebración de un cumpleaños familiar. Se imaginaban un fin de semana entero jugando juntos a Minecraft codo con codo. Nada de eso sucedió y ahora he perdido la cuenta de cuántos cumpleaños tendremos que celebrar de golpe, incluido el mío; son tantos que no nos sirve la fase 1 porque nos juntaremos más de diez personas, eso seguro.

    Dan las ocho y nos llega el ruido de las palmadas desde la calle, como si fuera la tormenta arreciando. Eleonor no se entera porque tiene los cascos puestos. Somos nosotros los que le pedimos que se los quite y nos acompañe al balcón. Algunas veces se levanta de mala gana y sale sin quitarse los cascos, da tres o cuatro palmadas mientras le cuenta alguna cosa al primo, que sigue dentro de la partida, picando una mina. Otras veces sí se los quita y participa con ganas, aunque nunca se queda hasta que el aplauso muere. Cuando ve que ha cumplido, sale escopetada y vuelve a meterse en el mundo que sea que estén construyendo ese día.

    Mi hija me confesó que se aburría de aplaudir. Le contesté que lo entendía pero que, por otro lado, era importante: un solo minuto, una vez al día, tampoco era tanto pedir. Dijo que vale. Mientras hacemos ruido con las manos, me voy fijando en los vecinos de mi pasaje peatonal y me doy cuenta de que solo quedamos algunos, los más obcecados. Hay una vecina en un bajo que solo puede asomar las manos pero cada vez que la veo salir de su casa, para pasear un perro, la saludo desde el balcón. Hay una familia de tres más al fondo que, entiendo que para hacer bulto, sale cada uno por una ventana: les gusta Kiko Veneno y se lo han pedido más de una vez a nuestras djs. En mi bloque, hay una pareja en el cuarto, a los que no puedo ver pero oigo; el otro día hicieron descender una bolsa atada a una cuerda para pasárselo a las vecinas: eran unas pilas para el altavoz, que siempre se les queda sin batería a mitad de la fiesta. En el bajo, todas las tardes se abre la ventana de mi vecina más longeva, a la que arropan con una manta para que no le pille la corriente; hace años que no sale de casa. En la terraza grande del pasaje contiguo hay una niña que cuando se despide con un “adiós”, me da la sensación de que lo dice con pena, como si hubiera esperado mucho más de lo que le ha dado el día. En el portal de al lado, están las dj. Sin ellas, esto habría decaído hace mucho tiempo. No solo ponen música y responden a las peticiones de los pasajes, sino que jalean, aullan, silban y nos cuentan cosas. A veces hasta nos cantan cosas. Una de ellas, Eva, los sábados agarra el megáfono y canta. Su voz revive los aplausos y nos recuerda que no solo reconocemos con ellos el papel de la sanidad pública, sino que también reconocemos y alentamos en ellos lo que nos une como comunidad.

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  • Diario del coronavirus (56): Mascarillas para siempre

    Diario del coronavirus (56): Mascarillas para siempre

    Estábamos a punto de quedarnos sin mascarillas. Nos hemos ido apañando con las seis o siete del tipo quirúrgico que teníamos en casa desde el principio del confinamiento, además de la de tela de Eleonor (tipo kawaii, comprada en una Japan Weekend hace años y que jamás podríamos haber imaginado que le daríamos un uso real) y de la que le habían dado a Alberto en su trabajo. Por otro lado, habíamos comprado online una de color negro, que cuando llegó por correo resultó ser una full, así que solo la hemos usado para posar con ella.

    Por eso, empecé a buscar qué tipo de mascarilla, y dónde, debíamos comprar. Una de mis grandes preocupaciones relativas a este asunto es el aumento en un 300% de los residuos sanitarios, que supongo que llevará parejo también más residuos en los hogares. En Madrid, los vertederos y las incineradoras están desbordados. Han tenido que habilitar Valdemingómez para quemar 50 toneladas diarias de residuos que habían estado en contacto con el COVID-19. Cada vez que echaba al cubo de basura una mascarilla de un solo uso, agarrándola con cuidado por una de las cintas y dejándola caer a la bolsa del resto, como si cogiera una lagartijilla por la cola, me ponía nerviosa, mirando los desechos con culpabilidad. El Laboratorio de Ideas sobre Residuos ha lanzado un proyecto para que personas voluntarias pesen en sus casas, antes de tirarlas, las bolsas de los residuos generados durante el confinamiento, del 5 de de mayo al 5 de junio. Me apuesto a que los resultados van a ser espeluznantes. El plástico ha resurgido durante el coronavirus, vemos mascarillas y guantes tirados por las calles y el campo y, el colmo fue verlas llegar al mar, en  la foto de las mascarillas pescadas por un activista de OceansAsia.

    Siguiendo la Guía para la compra de mascarillas del Ministerio de Consumo, me quedó claro que en casa necesitamos mascarillas higiénicas, no quirúrgicas ni con efes ni con pes. De hecho, en cuanto pase por la farmacia a recoger la FFP2 que nos regala la Comunidad de Madrid, la donaré en mi centro de salud. Las dimensiones de la pandemia (por usar una frase hecha que me encanta) merecen pasar al siguiente nivel, que no significa una mascarilla de mejor calidad, sino una que no tenga que tirar a la basura. Si fuera una señora adinerada y despreocupada, compraría por 40 euros unas máscaras de seda maravillosas que hace Susie Cave, la esposa de Nick Cave, en su marca The Vampire’s Wife, donando el cien por cien de lo que gana con ellas a la OMS. Se agotaron en un día, casi como las quirúrgicas en el peor momento de la pandemia en Madrid. Las marcas de moda están haciendo mascarillas con el mismo tejido que vestidos y bañadores, para pasar un verano chic, a unos precios de escándalo. No hay revista de moda o femenina que no haya hecho ya su reportaje sobre eso.

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  • Cómo está afectando el coronavirus al sector audiovisual

    Cómo está afectando el coronavirus al sector audiovisual

    Los guionistas y directores de cine y televisión prevén una pérdida de la mitad (52%) de sus ingresos este año, según una encuesta realizada por la entidad de gestión de derechos audiovisuales DAMA y que adelanta eldiario.es. El estado de alarma, consecuencia del impacto de la pandemia generada por el coronavirus, ha provocado la paralización de la actividad en este sector, que se caracteriza por su intermitencia y, por tanto, acarrea ingresos esporádicos. «Vivimos en condiciones precarias porque después de terminar una producción, te puedes tirar un años o dos sin hacer otra serie o película, vas tirando de los ahorros pero se vive al día y, cuando llega algo de esta magnitud, te quedas en blanco», explica Julia Altares, guionista de Amar es para siempre y anteriormente, de otras series como El súper.

    La encuesta, realizada mediante cuestionario online a 200 profesionales del sector entre los días 24 y 28 de abril por los sociólogos José Antonio Gómez Yáñez (Universidad Carlos III) y Javier Carrillo Bernal (Universidad Rey Juan Carlos), se realizó poco más de un mes después de que comenzaran las medidas de confinamiento, pero en ese momento los daños ya eran graves: el 62,4% de los encuestados admite haberse quedado sin actividad laboral debido a los efectos de la pandemia y el 49,2% estima que puede perder más del 50% de sus ingresos. En esas fechas, el Ministerio de Cultura todavía no había anunciado las esperadas ayudas al sector cultural.

    Se trata de un sector complejo en el que, según los mismos datos aportados por la encuesta, el 51,3% son autónomos y casi la mitad (43%) necesitan de otro trabajo para vivir, que en general suele ser la docencia. En una estimación de la cuantía de las pérdidas, entre quienes asumen la producción de sus obras, la media de pérdidas se sitúa en 30.850 euros. Y, entre los que tienen ingresos alternativos como docentes del audiovisual, la media está en 20.425 euros. Los que tiene contratos de obra y servicio, calculan que perderán unos 33.800 euros de media.

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  • Diario del coronavirus (55): Sexo en confinamiento: ¿fenomenal o fatal?

    Diario del coronavirus (55): Sexo en confinamiento: ¿fenomenal o fatal?

    La autora del diario ha pasado un par de días preguntando cómo van las cosas del placer en tiempos del coronavirus. La respuesta más concluyente es que hay ganas de contar historias, algo que ya sabía el Marqués de Sade

    En mi grupo de WhatsApp “Acción Mojitos” se me lanzó un guante a la cara: no has hablado del sexo en tiempos de confinamiento. Es probable que me lo dijeran de una manera más bruta, pero, aquí, seré elegante.

    Como este es un diario personal con cierta vocación colectiva, o al menos de estar a la escucha, cuando no pongo la oreja, hago preguntas. Por expandir mis fuentes más allá de este estrujadísimo grupo, así como evitar poner en un aprieto a mis amigas, que en algunos casos han sido ya reconocidas por algunos lectores avispados, me he ido a recolectar a campo abierto, a lo salvaje, a amigos y desconocidos, a los que pasaban por mi Twitter y a los que miran mi estado del WhatsApp. Quiero creer que todos estos relatos son veraces pero no me extrañaría si se colara algo de ficción pues la exageración forma parte del sexo. La conclusión, me temo, es la misma a la que llegó Javier Gallego en su programa Carne Cruda sobre este mismo tema: no hay término medio. Los que viven estos días con lógica tristeza, impactados directamente, entregados al trabajo o, incluso, afectados psicológicamente, y también económicamente, por esta situación tan extrema, no quieren ni oír hablar del sexo. En estos días, murió la hermana de una persona que me ha escrito: “¿cómo me reencuentro con mi cuerpo si solo estoy triste? Es imposible pasar el duelo en esta situación tan atípica”. Había perdido el deseo.

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  • Diario del coronavirus (54): Una idea loca: nuestra resistencia es limitada

    Diario del coronavirus (54): Una idea loca: nuestra resistencia es limitada

    “¿Alguien me ha preguntado si yo quería desescalarme?”. Se lo he leído a un chico en Twitter. La respuesta era, obviamente, que no y que, además, no quería, no le daba la gana, no así, no ahora. En esta situación nuestra opinión cuenta poco. Por mucho que expresemos nuestras opiniones sobre cómo nos gustaría que fuera el mundo al que regresemos cuando todo esto haya acabado, tengo la sensación de que nadie nos escucha. 

    Es el momento de hacernos preguntas que parecen absurdas, podríamos escuchar a los niños y las niñas, que son expertos en ellas. Yo tengo una muy cerca. Eleonor, que está disfrutando de este tiempo de confinamiento con bastante alegría y, hasta diría, placer, me dijo: “¿por qué no vamos al colegio y tú trabajas durante el fin de semana y nos divertimos el resto?”. Buenísima idea, le dije. De hecho, hay empresas que tienen semanas laborales de cuatro días, le explicó. Pareció conformarse, al menos, para empezar por ahí. La posibilidad de que en septiembre fuera el colegio un día sí y otro no, para hacer más pequeños los grupos. le parece un planazo. Sus plegarias han sido escuchadas.

    La empresa para la que trabajo por cuenta ajena, nos comunicó a los empleados que nos “deserteaban” desde este pasado lunes. Sé que el verbo suena raro, pero si hemos usado “ertear” para cuando te cae un ERTE encima, pues podemos también inventarnos el palabro contrario. Me llama la atención que el verbo que se suele utilizar es “sacar del ERTE”, que me hace recordar a las máquinas acristaladas que funcionan echando una moneda y accionando un gancho para agarrar un peluche de los orejas. A los empleados nos han sacado del ERTE “parcialmente”, lo cual hay que explicarlo siempre, porque no quiere decir que a unos sí y otros no, sino que solo estamos en el ERTE la mitad del día. Por la mañana curramos y por la tarde, “erteamos”. Esto sería la desescalada laboral para ir desperezando poco a poco y entre todos la maquinaria de la producción. Otras empresas periodísticas, que habían aguantado “metiendo” en el ERTE a partes pequeñas de la plantilla, en estos días siguen ampliándolo, aplicando reducciones de jornada. “Emosido ERTEADOS”, nos dijo una amiga periodista por WhatsApp; no fue una sorpresa.

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  • Diario del coronavirus (53): Un final abierto

    Diario del coronavirus (53): Un final abierto

    Estos días hay una importante reflexión sobre el control, frente a una idea de la responsabilidad. Aunque también nos asalta la duda de si lo que creemos que es responsabilidad no será una forma de control inducida. Todo hay que pensarlo.

    Yo era una modélica ciudadana hasta aquella mañana en la que mi hija Eleonor salió por primera vez a la calle desde que empezó el confinamiento y, paradas en la acera, me preguntó por qué estábamos esperando a que se pusiera en verde el semáforo si no había pasado un solo coche en todo este rato. Era cierto: el tráfico se había evaporado y las personas, andando o en bici, reconquistaban la calzada. Hasta ese momento y durante los ochos años de vida de Eleonor, yo había sido obstinadamente pesada con los semáforos, pues uno de mis miedos atávicos son los niños atropellados. No venía nada y decidí saltarme la regla de oro, aunque la figura del peatón pasó de rojo a verde cuando estábamos a mitad de la calle, así que lo sentí como una transgresión solo a medias. Casi como si nos dieran la razón. Ahora la calle es nuestra, o algo parecido, me dijo Eleonor, y eso me hizo sentir que el escenario vial se había convertido en un campo de batalla y que la conquista legitimaba la infracción.

    En otra ocasión, salí con todo tipo de bolsas de basura y las fui repartiendo en sus contenedores respectivos, recorriendo mi calle. Ya he contado aquí que soy una policía del reciclaje y me enfado con los desastres que me encuentro en el cubo del compost. Tenía una última bolsa en la mano, un hatillo de residuos textiles, y caminé hasta el contenedor más cercano, que está a cinco minutos de mi casa. Cuando llegué a él, encontré un precinto roto y un papel pegado en la tapa, que indicaba que durante el estado de alarma se suspendía la recogida de ese tipo de residuos. Rogaban que no se depositaran bolsas con ropa en el suelo. En el suelo, había depositada una bolsa de ropa medio abierta. Contrariada por tener que volver a casa sin cumplir la misión, miré a ambos lados, por si alguien me estuviera observando y probé a abrir, agarrando la barra con la manga de la chaqueta, a ver si por casualidad podía dejar la bolsa igualmente. El contenedor estaba a rebosar. Con fastidio, me volví a casa. Puede que lo del semáforo hubiera iniciado mi vida como desobediente civil, pero lo de dejar bolsas en el suelo es una degradación postapocalíptica, tipo Mad Max, para la que todavía no estaba preparada. 

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  • Vigilando la Sgae de cerca

    Vigilando la Sgae de cerca

    En los cuatro últimos meses he escrito varias piezas sobre la Sgae, la turbulenta casa que gestiona los derechos de autor y que no acaba de reparar sus problemas internos, arrastrados desde hace años, para recuperar la confianza que la sociedad ha perdido en ella.

    Comencé con un repaso a los grandes vicios de la Sgae, propiciados por sus propias normativa, que comienzan con los desmanes de Teddy Bautista y acaban con la investigación judicial sobre la rueda: La gran rueda del hundimiento de la Sgae.

    La presidenta Pilar Jurado, que había conseguido la aprobación de unos estatutos imprescindibles para hacer las reformas necesarias que les exige el Ministerio de Cultura y la confederación internacional de la que forman parte, Cisac, es expulsada con una moción de censura. 22 miembros de la Junta Directiva creen que su equipo no será capaz de dar respuesta a las exigencias, entre otras cosas, porque la gente de la rueda sigue dentro de los órganos de dirección: Una moción de censura hace caer a la presidenta de la Sgae.

    A no ser que tengas muchísimas fuentes, de todo tipo, y muy enraizadas en las entrañas de la casa, informar sobre la Sgae es pegarte contra el muro de la opacidad. Los que tienen algo que decir no quieren hablar y, los que hablan, es porque están interesados en defender lo suyo. La primera decisión de la Junta fue censar a la vicepresidenta por parte del colegio de pequeño derecho, el de los músicos. Nadie explica a las claras porqué, ya que el caso de la rueda está bajo instrucción en la Audiencia Nacional: La Sgae destituye a una de sus presidentas sin contar con la opinión del colegio al que pertenece.

    Ese último titular merece matizaciones, pues responde a la visión que tienen del asunto una parte del colegio de pequeño derecho, la mayoritaria, pero no todos. El relevo en la Sgae llegará de aquellos pocos que se unen a los colegios audiovisual y gran derecho para convertir a Antonio Onetti en presidente, después de 15 días de presidencia interina de Fermín Cabal: El guionista Antonio Onetti, elegido nuevo presidente de la Sgae.

    Antes de concentrarnos en contar estos últimos movimientos, vimos que había muchos desconocimiento sobre las editoriales musicales: qué son y qué papel desempeñan en la Sgae: La trastienda de las editoriales musicales, las grandes desconocidas de la industria que engullen la mitad del pastel.

    En esos días complicados, varias fuentes nos explicaron que la situación financiera de la Sgae era «cercana a la bancarrota». No podíamos usar esa palabra porque la bancarrota técnicamente no es posible, dado que tienen mecanismos para evitarla, a costa de lo que reciben los autores. Lo dimos al día siguiente de la elección de Onetti: La Sgae, al borde de la ruina.

    Por último (hasta ahora, ojalá que haya más), era de recibo entrevistar al nuevo presidente, el cual me había advertido, antes de la entrevista, que mi último reportaje merecía muchas matizaciones. Esta fue su oportunidad de hacerlas: Antonio Onetti: «Era necesario un equipo diferente con credibilidad para retomar las relaciones con el Ministerio de Cultura»

    Una de las cosas que debería cambiar en la Sgae es su transparencia. Deberían perder el miedo a contar la verdad y hablar con los periodistas, a cara descubierta, sin agencias de relaciones públicas de por medio, sin engaños. Quizás eso ayudara a cambiar la pésima imagen que la sociedad tiene de ella. Los comentarios en Twitter cada vez que comento algo sobre Sgae son de un nivel de desprecio que asusta, pero quizá se lo ha ganado a pulso.

  • Diario del coronavirus (52): Bronca policial

    Diario del coronavirus (52): Bronca policial

    En el parque, los niños juegan en pandilla, la mayoría con mascarillas. Parecía un día normal de un año normal. Los que estaban estresados eran los adultos

    Tan solo diez minutos antes, K. nos preguntaba si nos había regañado alguna vez la policía, si nos habían pedido explicaciones sobre qué hacíamos en la calle o querían saber dónde estaba nuestra casa. A mí, nunca, le dije. P. le contestó que a ella tampoco, pero le contamos que al marido de una amiga le habían parado dos veces en el coche, cuando llevaba o devolvía a su hijo de su otra casa, pues tienen una custodia compartida. El policía le advirtió que debería llevar la sentencia o el acuerdo que lo justifique siempre encima. No hubo multa.Y esa es la aventura policial más importante que teníamos para contar. Hasta hoy.

    Estábamos en el Parque de Berlín, la zona verde más grande de nuestro barrio. Nos habíamos encontrado allí por casualidad. Digo por casualidad pero la verdad es que nos imaginábamos que coincidiríamos por allí, lo cual no es raro, pues suma al domingo por la mañana, el buen tiempo y los parques recién abiertos a unos niños y niñas con energía reprimida, y puede que no haya un mejor sitio al que acudir. Lo cierto es que me encontré con muchísimas personas conocidas, casi todos padres y madres con los que compartimos colegio. Daba alegría verse, como cuando comienza el curso en septiembre y notas cierto alivio porque regresa el orden del otoño, el cual se echa un poco de menos después del desenfreno del verano. En lugar de qué tal las vacaciones, nos preguntábamos, alzando la voz para salvar la distancia, qué tal el confinamiento. Nadie decía fatal, qué horror, insoportable. Supongo que un poco de sol y arboleda te hace olvidar lo malo y te quita la ganas de quejarte. O quizá es que lo han pasado bomba. No lo sé y tampoco es el momento de preguntar más allá. Creo que hay cosas que solo se pueden confesar con voz bajita y eso, en estas condiciones, es imposible.

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  • Diario del coronavirus (51): Fábulas de Iriarte

    Diario del coronavirus (51): Fábulas de Iriarte

    Cuando salí a caminar sin rumbo el otro día, dejándome llevar por las bocacalles, huyendo de los ruidos, los coches y los malos olores, dejé que la nostalgia me llevara hasta la calle en la que viví, en el barrio madrileño de Guindalera. Me introduje en ella por la frontera con el barrio de Salamanca: la calle Francisco Silvela, conocida por los mayores como parte de “las rondas”, una consecución de vías que disfrutaban de un ancho bulevar por el que pasear y comprar melones en puestos cuando llegaba la temporada. Hace poco, en una conversación familiar, hablábamos sobre ese Madrid de los paseos, que ya no existe. Con la intensa reducción del tráfico, soñamos más que nunca que otro Madrid podría ser posible. Lo digo pensando en mi ciudad, pero seguro que vale para todas.

    La calle Béjar ha cambiado bastante desde que yo la habitaba. Se han rebajado los aceras, se han eliminado las plazas de aparcamiento y, con los deportistas conquistando la calzada, se parece bastante al corredor peatonal que demandan los vecinos desde hace años. No respondía a mis recuerdos oscuros y sucios de hace una década. Me paré en mi antiguo portal y me alegré de no estar pasando el confinamiento en el piso interior en el que vivía. Seguí adelante, caminando calle arriba, fijándome en qué comercios habían cerrado y en cuáles nuevos habían abierto. Al llegar casi al final de su desembocadura, me detuve en el cruce con la calle Iriarte. Me llamó la atención ver, a lo lejos, lo que parecían cordones de banderines de colores colgando de balcón a balcón. Faltaba poco para que dieran las diez de la mañana y adentrarme en ella suponía dar un rodeo por Guindalera Vieja que me alejaba de casa. Miré el reloj y pensé que era mejor hacer caso al impulso, aunque luego tuviera que apretar el paso. Lo que ví, lo conté el 5 de mayo en este diario. Fue una escena fugaz que atravesé como un personaje secundario, quizás invisible para sus protagonistas, dos mujeres jóvenes que conversaban al coincidir delante de sus portales, después de haber salido a correr, un kilómetro alrededor de la calle Iriarte. Rememoro las únicas palabras que les escuché decir, mientras pasaba a su lado, embriagada por los aromas y colores de la calle:

    —¡Luego nos vemos! —dice una.

    —¡Bueno, más bien luego nos oímos!

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  • Las últimas escenas de la ‘vida normal’, ese tiempo en el que convivimos con el coronavirus sin saberlo

    La historia oficial del coronavirus en España comienza en las últimas horas del mes de enero. El Centro Nacional de Microbiología había recibido cinco muestras procedentes de La Gomera que pertenecían a personas de nacionalidad alemana que habían estado en contacto con un enfermo de coronavirus en ese país. El sistema sanitario canario las tenía aisladas en un hospital. Una de esas cinco se convertiría en el primer positivo español. Nos enteramos tarde, pasadas las diez de la noche de aquel viernes. El Instituto Carlos III informó de que no eran las únicas que había analizado hasta el momento y que ya había comprobado otras doce muestras, todas ellas resultaron negativas. Algunos de los casos sospechosos eran personas que provenían de Wuhan, una ciudad a 10.000 kilómetros de distancia de Madrid que las noticias diarias nos la acercaban como parte de nuestra geografía, pero no lo suficiente como para pensar que aquel virus que la devastaba pudiera llegar aquí en cualquier momento.

    Fue el 3 de enero cuando el primer medio fuera de China, la BBC, informó sobre un “virus misterioso” que había afectado a 44 personas, 11 de ellas gravemente. La oficina de la OMS en China tuvo conocimiento apenas unos días antes, en Nochevieja, pero, según se supo después, el primer contagio había sucedido semanas atrás. La sanidad china considera que el paciente uno es un hombre de 55 años contagiado en la provincia de Wuhan, Hubei, en torno al 17 de noviembre. Estudios posteriores determinaron que al menos 266 personas se habían infectado en el país asiático antes de que acabara el año 2019. La expansión rápida y silenciosa del coronavirus pudo empezar en cualquier momento, pues Wuhan acoge un aeropuerto internacional por cuyas terminales transitan 25 millones de pasajeros al año.

    La precomprensión de una cosa emerge cuando se la nombra y eso sucedió al día siguiente de Reyes de este año, cuando los científicos chinos aislaron el virus en un laboratorio y lo bautizaron como SARS-CoV-2. Hasta ese momento, no había evidencias de transmisión entre humanos y la mayoría de los pacientes eran comerciantes del mercado mayorista de mariscos del sur de China en Wuhan, según las autoridades de ese país. El 11 de enero, China lamentó su primera víctima mortal.

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