que vuelvan a importar los blogs

  • Diario del coronavirus (15): La amenaza fantasma

    Diario del coronavirus (15): La amenaza fantasma

    Faenas domésticas que no quieres que te pasen durante la cuarentena: caries en las muelas, que se rompan las gafas, una infestación de chinches en casa, una gotera, que tu hija tenga deberes de flauta, que se te caiga el móvil al váter, que se desconfigure el router, que se rompa la lavadora. ¿Qué llevarías peor? A mi amiga M. le ha pasado al menos una de estas cosas, si no dos.

    M. está en cuarenta preventiva junto a su marido y sus dos hijas pequeñas debido a que un compañero de trabajo dio positivo. Eso quiere decir que no pueden ni bajar a por el pan. De todas formas, están perfectamente, no tienen síntomas y no parecen enfermos. Por si su vida no fuera lo suficientemente complicada, M. trabaja en la televisión y es una de esas titanas que está montando programas con todo el equipo desde sus casas. Que luego lo vemos y decimos “mira, qué gracioso, cada uno en su casa” (de hecho, mi hija Eleonor dice “me encanta la cuarentena porque así puedo ver dónde vive la gente de la tele”) pero sacar un programa así, y que quede bonito, no debe ser fácil.A M. se le ha roto la lavadora… con la ropa dentro. ¿Verdad que habíais sentido un escalofrío cuando lo leísteis en el primer párrafo? En estos tiempos de desinfección brutal, millones de lavadoras en todo el mundo giran y giran enérgicamente varias horas al día. El día que su lavadora decidió cometer alta traición, M. se había acostado a las cuatro de la mañana preparando el programa que tenían que grabar. No sé si esto es una cosa solo mía, pero lo voy a confesar y así lo vemos: a mí los electrodomésticos siempre me han dado miedo. En algún curso de la EGB tuve un libro de lecturas en el que había un cuento que se titulaba La rebelión de los electrodomésticos. Un cuento de terror. La nevera se comía lo que tenía dentro. La lavadora desgarraba la ropa. La batidora arrancaba dedos. Bueno, quizás no era tan así pero se quedó enganchado a mis pesadillas de esa manera. Posteriormente, la canción homónima de Alaska y los Pegamoides siempre me ha dado mal rollo.

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  • Diario del coronavirus (14): Medicina contra el ‘terribilismo’

    Diario del coronavirus (14): Medicina contra el ‘terribilismo’

    Recordarán mis sufridos lectores que con el coronavirus ya encima pero antes de que se decretara el estado de alarma, no me quedó más remedio que acudir a mi médico de cabecera por una crisis de irritación intestinal. Tengo todo el repertorio de enfermedades somáticas que se me pueden ocurrir: dermatitis atópica, caída del pelo, ansiedad y síndrome del colon irritable. Aunque seguro que hay alguna más que todavía no he catado y que ahí está, agazapada, esperándome. Probablemente no soy la persona más relajada del mundo. Tampoco es que sea nerviosa. Digamos que me atormento más de la cuenta.

    Por otro lado, ¿cómo no somatizar enfermedades con estos escenarios catastróficos en los que vivimos? Desde la autoexigencia como madre y periodista en equilibrio precario hasta la vida en el estado de alerta, pasando por el sufrimiento animal, las relaciones familiares, las apariencias sociales, la necesidad de estar permanente informada, los residuos que se nos van de las manos, el capitalismo que aprieta, el envejecimiento, el miedo a la muerte y todos los libros que no me da tiempo a leer. Por resumir un poco. Supongo que a muchos y a muchas os es familiar.

    El caso es que, en estos días, el dolor ha estado yendo y viniendo. La verdad es que aquella copa de vino que me tomé tras la involuntaria sugerencia del charcutero, no ha ayudado. Decía una amiga en Twitter, y otra la secundaba, que extrañamente a lo que habría imaginado, durante el confinamiento no le apetece beber. Que se imagina más tomando unas cañas en una terraza. A mí me pasa lo mismo, pero me imaginé saboreando ese oloroso Ribera del Duero junto a mi queso favorito y no pude evitar zambullirme en la fantasía. Y luego, como todas mis ensoñaciones, cuando se convierten en realidad pierden toda la magia. Si al vino le sumamos los cafés (descafeinados) con leche y azúcar que me estuve desayunando durante toda la semana, así como los yogures y el queso mencionado, me acabé convirtiendo en la peor enemiga de mi intestino. Resultado: vuelvo a estar fatal.

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  • Diario del coronavirus (13): La mujer enmascarada

    Diario del coronavirus (13): La mujer enmascarada

    Poco antes de que se declarara este escenario extremo en el que vivimos, la editorial La Felguera publicó un libro premonitorio: Algunas cosas oscuras y peligrosas. El libro de la máscara y los enmascarados. Me habría encantado leerlo en estos días, pero no me dio tiempo a comprarlo. A pesar de ello, pienso mucho en este ensayo del carismático Servando Rocha, quien dice sobre la máscara lo siguiente: “hemos sentido una y otra vez su presencia, en ocasiones amenazante pero siempre fascinante”. Tras la máscara se esconde la anarquía, el terror, la magia o la superheroicidad. Pues bien, yo, hoy, he salido a la calle más enmascarada que nunca.

    Con una de las seis mascarillas que nos quedan. Con mi único par de guantes de nitrilo. Con el abrigo cerrado. Con el moño apretado. Con mi carro medio roto. Con mis bolsas de basura acumulada desde hace tres días. Con mi miedo. Con mi protocolo. Con mi curiosidad. Con mi móvil.

    Mi móvil. Ese lugar que habitualmente ya alberga 30 veces más bacterias que la taza del váter, guarda también la lista de la compra. ¿Habéis probado a manejar un móvil con guantes de nitrilo? No es fácil. Al entrar en el supermercado, una vigilante me detuvo en la puerta para echarme gel hidroalcohólico en las manos. Le mostré mis guantes azul brillante para que viera que no hacía falta y me dijo “sí, sí, por encima”. Obedecí y me froté un guante contra otro, mientras el gel se escurría en goterones hacia el suelo. Fui en busca de unas verduras y en ese momento la megafonía recordó que era obligatorio el uso de guantes de plástico en la sección de frutería. Me miré mis extremidades y pensé que si me habían puesto alcohol sobre los guantes, debería también ponerme guantes de plástico sobre mis guantes de nitrilo. Y así lo hice. Y entonces… ¿habéis probado a manejar un móvil con guantes de plástico encima de guantes de nitrilo? La pantalla ni se desbloquea. Empecé a acariciar la idea de renunciar a mi lista y comprar a lo loco.

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  • Diario del coronavirus (12): En peligro de contagio de ERTE

    Diario del coronavirus (12): En peligro de contagio de ERTE

    Hay palabras que se vuelven tenebrosas, secas y oscuras. “Coronavirus” sería una de ellas, si no fuera porque se está combatiendo el miedo con unión y con humor. En mi memoria infantil, “colza” es una palabra que jamás fue contrarrestada, que sencillamente producía escalofrío y muerte. “ERTE” ha adquirido, de golpe y tan rápido como se esparce un virus, esa misma tonalidad, ese mismo aliento gélido de algo terrible que está por suceder. Al igual que hemos tenido personas contagiadas cada vez más cerca, la amenaza del ERTE también se ha ido aproximando, cabalgando con rapidez hacia nosotros. Cuando la hemos visto aparecer en nuestros grupos laborales, nos ha pillado sin mascarilla.

    Por ahora, todo son especulaciones, pero es así como se aproxima este bicho: alguien lo deja caer. Y te vas haciendo a la idea de que te puede tocar. Sé que ERTE lleva una T de temporal, pero ya os digo que, ahora mismo, veo borroso hacia el futuro. “Huele a ERTE”, decimos estos días, y es un olor a pantuflas, a caldo recalentado, a café recolado. Hacemos cuentas para saber cómo quedaría un 70% de los sueldos y no hace falta la calculadora para saber que me va a quedar más justo que el vestido que me compré hace 20 años y que aún me empeño en ponerme en las bodas. También nos decimos otra cosa: no podemos agobiarnos por lo que todavía no ha llegado. En la cuarentena del coronavirus vivimos día a día. Abro mi agenda y veo que había apuntado, en la página del próximo miércoles 25 de marzo: “vuelta al cole”. Lo veo y me da la llantorrisa. A Eleonor todavía no le he dicho que el Gobierno ha prolongado 15 días más el estado de alarma pero he preferido pasar por encima de ese tema porque, a fin de cuentas, ella ya se ha instalado en un tiempo indefinido, en un día a día en el que no hacemos planes para mañana ni apuntamos nada en la agenda. El blog del colegio ha dejado de mandar tareas diarias y las programa semanalmente, creo que eso sirve bien de ejemplo para redimensionar la escala de esta emergencia.

    Parece que el cambio en la frecuencia de la comunicación sucedió gracias a que un padre de la clase de mi hija escribió un email a las profesoras admitiendo que estaban “totalmente desbordados”. Supongo que no queríamos admitirlo, al menos, yo. Me quejé en los chats, me quejé en este diario, me quejé hasta a la vecina del balcón de al lado, profesora de Primaria, al finalizar unos aplausos. Pero no me quejé al colegio porque no quería admitir que estamos, de verdad, totalmente desbordados. Supongo que depende de las circunstancias, que las personas que no están trabajando ni teletrabajando, con ERTE o de baja, pero sanos, pueden dedicarse a disfrutar de sus hijos, a educarlos y a jugar mucho. No es nuestro caso. Además, algunos días el cansancio y el desánimo hacen mella y no hay galletas que lo levanten. Hoy tenía mucho que hacer delante del ordenador y ha sido mi hija la que ha venido a darme un ultimátum: “tienes hasta las siete y media para escribir tu entrada en eldiario, ni un minuto más”. 

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  • Élites ocultas urden un complot (en una novela) para resucitar a Franco

    Élites ocultas urden un complot (en una novela) para resucitar a Franco

    Aitor Marín es un periodista que ha pasado por medios tan importantes para el imaginario de varias generaciones como la revista Interviú y Noticias del Mundo. Las potentes investigaciones de la cabecera de Grupo Zeta reciben un homenaje en las páginas de su novela Conspiración vermú (Suma de Letras, 2020) pero el reportaje que intenta llevar a cabo Dolores Ambigú podría haberse publicado, más bien, en el chaladísimo Noticias del Mundo, del que Marín tiene a gala ser miembro fundador.

    La obra sigue el día a día de un alcohólico cincuentón en paro llamado Víctor Vaporús que, por los motivos equivocados, acaba metido en una causa que no es la suya: ni la del periodismo, ni la de los franquistas que pretenden exhumar la momia de Francisco Franco y hace que cobre vida mediante la magia negra del cabalista Corintio Hazá. Este es un nombre al que las publicaciones del mundo del misterio, con el mismo rigor periodístico que Noticias del Mundo pero con mucha menos gracia, llevan años sacándole partido, como presunto judío sefardita que predijo que Francisco se convertiría en Generalísimo.

    Marín lo tenía todo para armar una novela: poderes en la sombra, ocultismo, un dictador resurrectando, una periodista intrépida y un excomercial atornillado a la barra de su bar de confianza. Lo único que necesitaba era escribir rápido antes de que la realidad superara a la ficción.

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  • Diario del coronavirus (11): En la casa se exacerban los sentimientos

    Diario del coronavirus (11): En la casa se exacerban los sentimientos

    La semana pasada, cuando se puso el foco en las compras desquiciadas y el desabastecimiento de los supermercados, escuché en la radio una entrevista a una persona que representaba algún tipo de coalición del comercio. La locutora le preguntó acerca de los artículos que se agotaban con mayor rapidez, además del papel higiénico, a lo que el entrevistado respondió “no tiene ningún sentido, pero otro producto que escasea es la harina, como si nos dedicáramos a hornear panes en casa, como antiguamente, cuando en realidad ya no sabemos hacer pan”. Lo escribo de memoria pero sus palabras fueron más o menos estas, a las que añadió una explicación de cómo la compra masiva de papel higiénico y de harina respondían en realidad a impulsos psicológicos y no a verdaderas necesidades. Me gustaría contestar a este señor que, respecto al papel higiénico, tiene razón, pero de la extrema importancia de la harina durante el estado de alarma lo sabe cualquiera que tiene hijos e hijas pequeñas: “¿hacemos galletas?” son las dos palabras más poderosas para despegar a los pequeños de la televisión. Tengo fotos de galletas, bizcochos y tartas recién horneadas en prácticamente todos mis chats.

    Hoy Eleonor tenía un humor de perros, se enfadó varias veces conmigo por tonterías, más por ganas de cabrearse y sacar la rabia por algún lado que por otra cosa. O eso me pareció. Solo quería ver series y películas, cosa que hizo durante algunas horas. Cuando dijo que no había ninguna otra cosa en la vida que quisiera hacer, dije las palabras mágicas, y quince minutos después estábamos en la cocina amasando la harina con el huevo. 

    En el confinamiento, los detalles se magnifican, como ya sabíamos por Gran Hermano. En casa de mi amiga M. pasó algo imprevisible, desconcertante, inquietante, bárbaro, prodigioso, sobrenatural: Steven se presentó en su casa. No estaba claro si lo hizo por propia voluntad —un plan previamente trazado por Steven— o fue algo azaroso. M. se disponía a hacer una ensalada, para la que sacó una lechuga de la nevera, que había comprado hacía varios días. Al ponerla sobre la encimera, Steven, contento, decidió dar un paso adelante y asomó los cuernos lentamente entre las hojas, estirando el cuello. El grito de M. podría haberlo oído yo desde mi casa si hubiera estado atenta. Su hija acudió a la cocina alarmada. “¡Es un caracol!”, dijo M. “Lo adoptaremos y le llamaremos Steven”, dijo la niña. A M. le daba asco Steven pero, a estas alturas, ¿quién le niega nada a una niña de 8 años metida en un piso durante diez días? Esa misma noche, el padre aprovechó cuando la pequeña se había quedado dormida para sacar a Steven del tupper en el que ahora vivía y hacerle una foto, con la idea de perpetrar un meme (el cual incorporo a este diario). Durante la sesión fotográfica, Steven se escapó. El padre, desesperado, fue a buscar a M. para explicarle que Steven había huído. Con un clásico “a que voy yo y lo encuentro” (esto no sé si lo dijo, pero no me imagino que sucediera de otra manera), M. se levantó de la cama y empezaron a llamarlo a gritos por toda la cocina, hasta que apareció, lejísimos. “Si no lo llegamos a encontrar, mañana habría habido lágrimas”, dice M. Por no hablar de que a su marido se le habría caído el pelo. M. y su familia fantasean con que sacan a Steven a pasear a la calle. Hoy le he preguntado como sigue. me cuenta que bien, que está en su tupper, que le limpian las cacas, que le ponen comida, que no le sacan al sol porque está nublado. “Sentimientos exacerbados”, que decían en aquel programa de televisión.

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  • Diario del coronavirus (10): La teniente Ripley no tendría miedo

    Diario del coronavirus (10): La teniente Ripley no tendría miedo

    Para saber cuándo fue el último (y único) día que había salido de casa durante el estado de alarma, he tenido que buscarlo en las entradas de este diario. Cuando quise contarle al charcutero que llevaba no sé cuántos días sin salir, me di cuenta de que era literal: no sabía cuántos eran. En el confinamiento, todos los días parecen iguales.

    Probé un número al azar: “siete u ocho”, dije. Y qué va, estaba exagerando. Eran seis, ahora que los cuento. Como Alberto sale todos los días para ir a trabajar, es él el que hace una parada rápida en el supermercado cuando lo necesitamos. Pero en su día de libranza, dije que yo me encargaría. “Es bueno que salgas, así ves por ti misma cómo están las cosas”, me dijo Alberto, aunque en esas palabras yo creí escuchar un “a ver si cuentas en tu diario algo que hayas visto por ti misma en lugar de rajar lo que te cuentan tus amigas por los chats”. Alberto me había mandado un pdf con los protocolos de salida y entrada de casa, que me estudié el día antes de acometer mi misión. Cosas importantes que dice el protocolo en cuestión de vestuario: chaqueta de manga larga (ok), no llevar aretes ni pulseras (jamás), ni anillos (vale) y recogerse el pelo (en el dibujo sale una señora con moño, así que yo hago lo mismo). Luego está el asunto de la mascarilla. No dejo de recibir informaciones contradictorias. Seguimos teniendo seis mascarillas quirúrgicas en casa pero ya me han dicho en varias ocasiones que no evitan el contagio. El protocolo añade también llevar “paños desechables para cubrir los dedos al tocar superficies”. Me cuesta hacerme a la idea de qué es exactamente un “paño desechable”…, quizá podría haber llevado un paquete de pañuelos de papel…, pero me olvidé. Lo ideal habría sido tener guantes, pero no es el caso. Era tan vergonzosa la cantidad de cientos de guantes de latex y nitrilo que he usado y he desechado en mi vida, debido a mil piel atópica, que desde hace dos años intento apañarme con otro tipo más duradero. Ahora que los guantes están agotados en las farmacias, cuánto he lamentado no tener una caja. Lo que me lleva a pensar en las toneladas de residuos que debe estar generando esta crisis.

    Cuando estoy preparada, con el moño y la chaqueta de manga larga, me doy cuenta de que me da miedo salir. De que no quiero salir.

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  • Diario del coronavirus (9): Esta noche, vemos ‘Pandemic’

    Diario del coronavirus (9): Esta noche, vemos ‘Pandemic’

    Una amiga me ha dejado una clave de Netflix (te queremos mucho, I.) y casi nos da algo al abrirlo por primera vez y ver que el contenido más popular en la plataforma es una docuserie titulada Pandemic. “¡Cómo es la gente!”, ha gritado entre risas mi hija de ocho años, “¡para qué quieren ver en Netflix lo que tienen en la calle!”. Ya, ya, cómo es la gente, le he contestado, mientras la risa se evaporaba y yo aprovechaba la distracción para añadirlo a favoritos y desear que esta noche no se acueste muy tarde, a ver si me la pongo.

    Eleonor está muy contenta con Netflix y ha empezado a ver con su padre un anime de voleibol. Yo he visto dos capítulos de El Vecino y da gracias, porque la verdad es que me sigue sin sobrar el tiempo: necesito traducir 20 páginas diarias de un libro y siempre intento terminar antes de los aplausos, pero no siempre lo consigo. La veo navegar alegremente por los menús de series y películas y yo la miro de lejos, como una diabética que apoya la frente en el cristal de una pastelería. Los aplausos de las ocho en el balcón siguen siendo emocionantes, no me canso. La vida empieza a organizarse alrededor de ellos: el baño, antes; la cena, después. Ayer salimos dos veces, puesto que participamos también en la cacerolada contra el Rey durante su discurso televisado a las nueve de la noche. Y luego un poco más, porque nuestras vecinas del bloque de al lado nos hicieron cantar a todos el cumpleaños feliz a su amiga Sandra, que estaba sola en casa.

    Lo mejor de este jueves (octavo día de confinamiento) ha sido que ha salido el sol y hemos recuperado el balcón. Eleonor se ha instalado en él para hacer los deberes, vestida con su capa de Harry Potter y, junto al estuche, la varita de Ginny, por si tiene que lanzar algún hechizo por si ve algún paseante sin compra ni perro. Lo más reseñable que ha ocurrido ha sido que se le ha caído el lápiz a la calle. Lloró porque quería bajar a por él. Le dije que bajar a por un lápiz caído no era causa de primera necesidad, mientras tuviera otros. Y que si se encontraba con un policía, ¿qué le diría? (Me paro un momento y me parece delirante que esté teniendo esta conversación). Una hora después, regresó del supermercado el vecino del primero y nos habló desde abajo. “¡Se os ha caído un lápiz!”. “Pues sí”, le asentimos desde el balcón. “Os lo dejo en la escalera”. Al final son otros vecinos los que nos acaban haciendo recados a nosotros. Y esa ha sido nuestra gran aventura del día.

  • Diario del coronavirus (8): Se fastidió el plan de la azotea

    Diario del coronavirus (8): Se fastidió el plan de la azotea

    Después de escuchar las empáticas declaraciones institucionales del presidente Sánchez, me he dado cuenta de que he fracasado como presidenta de mi comunidad de vecinos. Me temo que les he abandonado en estos duros momentos. Tomando nota de su tono firme pero esperanzador, propositivo pero agradecido, emocionado pero contenido, he decidido hacer una declaración institucional y pincharla en el tablero del portal.

    Me enfrenté al folio en blanco con la misma inquietud con que lo hago en este diario: ¿qué debería decirles, que sirva para algo? Alberto me ayudó en eso. Me dijo que sería bueno que nos ofreciéramos a hacer recados a los que no se atrevieran a bajar a la calle. Me he dado cuenta de que en eso llevamos una semana de retraso con otras comunidades y que, de haber alguien en esa situación, debía de llevar días comiéndose las cortinas a palo seco. Pero no estaba de más. Junto al piso y letra de mi casa, dejé un espacio en blanco para que otros vecinos solidarios apuntaran sus pisos. Por otro lado, quizá sería bueno saber, dije con tacto y educación, si hubiera algún positivo en la finca, para redoblar la limpieza y desinfección de las zonas comunes.

    Dudé si firmar el escrito con un “¡unidas podemos!” pero temí que me lo interpretaran de manera partidista y a fin de cuentas yo estaba ahí por turno y no por designación popular. Finalmente, me decidí por un escueto “¡mucho ánimo!”, muy lejos de las grandes consignas épicas con las que riega el presidente sus últimos discursos. Cuando bajé a tirar la basura, dicté mi bando publicándolo en el tablón con una chincheta verde. Un rato después, Alberto me preguntó: “pero una cosa, ¿queda alguien en el edificio?”. La verdad es que hemos sufrido muchas bajas desde que empezó el confinamiento. Bastantes vecinos han desaparecido con bomba de humo o permanecen muy silenciosos, arrinconados y quietos. De todas formas, he cumplido con mi deber y puntualmente seguiré informando a mi comunidad (me lean o no) de las novedades en materia de infraestructura, sanidad y cuidados que nos atañen.

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  • Diario del coronavirus (7): “¡Viva el coronavirus!”

    Diario del coronavirus (7): “¡Viva el coronavirus!”

    Hoy me he pintado los labios. Ha sido emocionante. “¿Adónde vas?”, me pregunta Eleonor. “¿Yo? A ningún lado”, le contesto encogiéndome de hombros. Habrá pensado que su madre está loca por pintarse los labios para no salir de casa o que está más loca aún por salir a la calle a saltarse el toque de queda. Mientras me mira silenciosa en el reflejo del espejo del baño, y yo decido añadirle a mi cara macilenta un toque de colorete, noto que su cabecita está valorando una opción o la otra. Sin añadir nada más, sale de allí para dirigirse a su habitación. Cinco minutos después, vuelve. Se ha puesto uno de sus mejores vestidos, una fina chaqueta granate y las medias de nylon de Totoro que tenía por estrenar y que le había regalado su padre. Apunto estoy por regañarle un poco, previendo una más que probable carrera en las medias nuevas, cuando decido contenerme y, en lugar de eso, abro el cajón de los peines y le digo: “quizá hoy sí es el día para cepillarte el pelo”.

    Paso la mañana dedicándole ratos al trabajo y ratos al seguimiento de sus deberes, como los días anteriores. En una peripecia circense, que a ella le encanta, hacemos las dos cosas a la vez. Como la pantalla del ordenador es grande, puedo ponerle los ejercicios que le han mandado en un tercio y, en los otros dos, un pdf que necesito ver y un doc en el que necesito escribir. Ponemos dos sillas juntitas en la mesa del estudio y, al final, acabo dedicándole más tiempo a la reproducción de las plantas (reproduction of the plants, os recuerdo que os hablamos desde Madrid y aquí hacemos a los niños extravagantemente bilingües en natural science) que a lo mío. Yo ya sabía que esto iba a ser así, pero hoy no tengo fuerzas para decirle que no a casi nada. Atención, que aquí viene el momento más dulzón que vais a encontrar en todo este diario. “¡Viva el coronavirus!”, grita, de golpe, mi hija. “¿¡Pero qué dices, niña!?”. El ratón se me cae al suelo del susto. “Viva el coronavirus porque así puedo pasar un montón de rato con mi mami. No quiero que la cuarentena se acabe jamás, jamás, jamás”. Ay. No me digáis que no os lo advertí.

    A las dos de la tarde le digo que ya es suficiente, que la diferencia entre tree, bush y grass ha quedado clara, y que será mejor levantarse para hacer la comida. Me refería a mí, que en realidad casi buscaba un poco de aislamiento en la cocina ante este continuado ataque de mamitis, pero ella lo ha tomado como una invitación. El pescado que saqué esta mañana del congelador estaba listo y podía proceder a enharinarlo. Eleonor me manifiesta su intención de ayudar habiendo metido, con la rapidez de Sonic, las manazas (perdón, manitas) de lleno en el plato del polvo blanco, dejando caer a plomo el lomo de merluza empapado en huevo, provocando en consecuencia un pequeño hongo nuclear cuya onda se expande por su fina chaqueta granate. 

    Argh. Dije que hoy no me enfadaría.

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