que vuelvan a importar los blogs

  • Melilla, ciudad-jaula

    Melilla, ciudad-jaula

    Hay poco que hacer en Melilla por las tardes salvo dar el rule. El melillense se coge el coche y tira arriba y abajo, gastando gasolina, echando el rato. Pero el día es largo y los kilómetros escasos. Sobre el mapa, la ciudad autónoma es un abanico de 12,5 kilómetros cuadrados. Todo está a cinco minutos de coche: a dos minutos, la biblioteca; a tres, el Lidl; a cuatro, el campo de golf.

    Como si formara parte de un espectáculo de David Copperfield, tiene la ciudad la asombrosa cualidad de invisibilizar algunos de sus escenarios. Al igual que el mago hizo desaparecer la Estatua de la Libertad a la vista de todos, dicen los melillenses que la valla que separa España de Marruecos no la ven.

    Por mucha importancia que le quieran quitar, los doce kilómetros de valla acompañan al conductor durante el rule, a la familia que acude el domingo a asar sus pinchitos en los pinos, al esporádico golfista, al turista de frontera, a los chavales del barrio de La Cañada que se juntan para jugar al fútbol, a los vecinos marroquíes y, más que a ningún otro, a las personas migrantes que pernoctan en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI).

    Melilla es una jaula; de un lado el mar y, del otro, la valla. Hay foráneos que dicen que no lo notan, que se acostumbra uno a vivir en una caja. Hay otros que se compran una casa en la península, o que llevan a sus hijos a un dentista en Málaga solo para salir de la jaula un rato. Solo hay tres maneras legales de escapar: por los pasos de frontera hacia Marruecos, con una tarjeta de embarque en el aeropuerto o comprando un billete de ferry que cruce el mar de Alborán. Pero ir a la península es caro y Marruecos no le gusta a todo el mundo. Por eso hay muchos que no salen nunca de Melilla. Para qué.

    La valla le ha dado a Melilla un repunte del turismo arquitectónico, que viene más a verla a ella que a los hermosos y decadentes edificios modernistas de Enrique Nieto. Los melillenses le hablan al turista de una «Melilla de verdad»: la que no sale en la prensa. La Melilla de verdad, dicen, es la de los puestos de comida en el Rastro, las maravillosas playas y el pintoresco parque Hernández. Están hartos, dicen, de que de Melilla solo se hable de la valla, del CETI, de los menores extranjeros que pululan por la ciudad y de los porteadores de mercancía por los pasos fronterizos. Los melillenses querrían poder traspasar a los forasteros sus poderes de David Copperfield para que la frontera fuera también invisible para los visitantes.

    La fortificación de la frontera sur de Europa es también una cobertura inevitable para los periodistas del ramo, que no eluden solicitar a la Guardia Civil una visita guiada a la valla. La benemérita lo hace de buen grado, como parte de sus obligaciones cotidianas. Hay 800 guardias civiles en Melilla y la mayoría son de la ciudad, muchos de ellos por tradición familiar.

    Por su pasado y por su presente, Melilla es un lugar muy castrense, muy de sus héroes y sus batallas. La última estatua de Franco en un lugar público se encuentra dando la bienvenida a los viajeros que desembarcan en el puerto. Soldados, legionarios, alféreces, aviadores y en general militares de todo rango aparecen honrados en esculturas y placas. El rostro de Millán Astray saluda a los conductores desde un mural de azulejo en el camino hacia Cabrerizas, a las afueras.

    Melilla tiene una población de 80.000 personas y hay otros 30.000 que vienen y van. Quitando el atolladero de los pasos fronterizos colapsados por lo que aquí llaman comercio atípico —que no es otra cosa que contrabando de mercancías aprovechando la permisividad del equipaje de mano—, la ciudad debería ser un hormiguero junto al que hubiera caído un trozo de tarta. Pero no es así. Se pasea poco por las calles, se compra lo mínimo, se sale lo justo. Se aparca fácil en el centro, siempre hay sitio en las terrazas y las colas se forman, como mucho, en las farmacias. Pronto se abrirá el primer centro comercial de Melilla, a las afueras. «Lo que le faltaba a Melilla, ir a pasear bajo techo», se queja un joven, que además vaticina que la jugada trasladará las pocas tiendas de franquicias al centro comercial y destruirá el comercio local.

    Melilla es una ciudad frontera que se niega a aceptar la porosidad propia de un cruce de caminos. Se siente insular, se agarra a su identidad, se cuenta un relato que difiere tanto de la realidad como lo hace el guión de una película Disney del cuento de los hermanos Grimm que adapta.

    En el centro, muy cerca de la plaza de España, hay un bazar que vende babuchas, joyería bereber, té moruno, cajas mágicas y marroquinería. Como cualquier otra tienda de regalos, ofrece al cliente un expositor de imanes para la nevera como recuerdo de Melilla. Entre las imágenes de fachadas decimonónicas, el puerto deportivo o la ciudad vieja, aparece una foto de la valla con personas migrantes encaramadas a ella y un guardia civil trepando por una escalera. A los dependientes no les escandaliza: es lo que hay, no lo vamos a esconder, dicen. El imán del salto a la valla cuesta tres euros.

    Hay una cuarta manera de escapar de la jaula, que es la que utilizan las personas migrantes menores de edad o muy jóvenes que no quieren o no pueden esperar un traslado a la península de manera legal. Ellos lo llaman hacer el risky y consiste en colarse al puerto para meterse en un ferry. Las navieras Balearia y Armas cosen diariamente las costas de Europa y África, y son la vía de escape, para estos polizones, de una ciudad en la que solo están de paso.

    Balearia, Armas, risky, ferry, barco, Motril-Granada-Málaga-Algeciras forman parte del primer vocabulario de estas personas migrantes. Una ristra de palabras esperanzadoras al que le agregan un insha’Alláh para construir una frase con sentido, que viene a querer decir algo así como que si Dios quiere podré colarme en un barco que me lleve a la península.

    Si consiguen entrar al puerto saltando la verja o agarrándose a los bajos de un camión, con un mucho de suerte podrían llegar hasta los ferrys, escondiéndose de la Guardia Civil y la Policía Nacional. Dentro del barco, hay mil sitios en los que un chico pequeño y escurridizo podría ocultarse. En el ferry, ellos pueden ser tan invisibles para los viajeros como la valla para los melillenses.

    Eso sí, los polizones deberían evitar la cubierta, donde los animadores organizan un concurso de mises entre los viajeros, los cuales bailan los hits machacones que pincha el dj desde su cabina, junto a la piscina. El ferry de Armas es una iniciación tanto al falso lujo de los cruceros, como a la España que les espera a los chavales del risky: una celebración de la desigualdad, un poco cutre, un poco hortera; machacona, sin duda.


    Artículo publicado originalmente en Playground el 6 de julio de 2017.

    Foto de Ignacio Marín.

  • Malvestida

    Un malware se instaló en la pequeña carpeta que pago mes a mes en un servidor de internet y Piensa Solutions, la empresa que la posee, capó al acceso a mi blog.
    Si hubiera tenido ganas e interés no habría estado pagando inútilmente sin arreglarlo. Tampoco escribía. Tampoco me leíais.
    Hoy estaba tan desganada de la vida que he dedicado un rato a actualizar el wordpress y limpiar un poco los restos de la fiesta, que al parecer no ha sido muy destroy.
    En teoría esto debería volver a funcionar en breve, pero no me refiero a que yo quiera escribir o vosotros leerme.

  • Mujeres que se cuidan

    Mujeres que se cuidan

    La verdadera Ciudad de las Mujeres no se parece a la fantasía de Fellini. No he estado allí, pero hoy he escuchado a su fundadora, Patricia Guerrero, hablar de ella.

    No era la primera vez, en esta entrevista de Lula Gómez supe por primera vez de La Ciudad de las Mujeres.

    Durante la conversación de hoy, también estaba presente Lula, quién un rato después se marcharía a la proyección de su documental «Mujeres al frente, la ley de las más nobles» en Casa América. Su película nos habla de la Ciudad de las Mujeres a través de varias entrevistas a mujeres colombianas, víctimas del desplazamiento forzado, que luchan por superar el conflicto con verdadera reparación. Patricia vería la película, por primera vez, durante el pase.

    Lula ha escrito también un libro sobre esta historia porque, según dijo en Casa América, los medios no le compraban sus reportajes sobre estas mujeres.

    «La Ciudad de las Mujeres es la cosa más bella que existe», explicaba Patricia en el artículo que publicamos en Desigualdad Univision Noticias. «A mí me ha reconciliado con mi vida, con mi ser. Somos un pequeño barrio de 98 casas. Allí viven hoy alrededor de 500 mujeres, sus niños y niñas y algunos hombres. Tenemos una escuela, un centro comunitario y seguimos luchando por los servicios públicos. Es un proceso permanente de lo que quieren las mujeres en este país y de que sí se puede salir del conflicto, resistir, exigir, tener una nueva visión, mantener una resiliencia revolucionaria y constructiva hacia el futuro».

    No es fácil, nos contaba hoy. Las mujeres siguen sometidas a violencia patriarcal; la Ciudad vive asediada por promotores inmobiliarios que cercan sus terrenos; las familias crecen pero la tierra y los recursos no lo hacen.

    En la web de la organización que dirige Patricia Guerrero, Liga de Mujeres Desplazadas, se puede leer esta cita de Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelley: «Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas».

  • Zoido sufre un ataque de sinceridad con los CIE

    Zoido sufre un ataque de sinceridad con los CIE

    La semana pasada pude visitar la reutilización de un espacio obsoleto a las afueras de Ámsterdam. Ante la necesidad de dar acogida a un creciente número de refugiados, el Estado ha cedido estas instalaciones no solo para darles una posibilidad habitacional gratuita sino también para crear un espacio de alquileres baratos a artistas y organizaciones que trabajen sobre el tema de migrantes y refugiados.

    Hasta aquí no suena mal, pero eso es quizá porque he eludido un dato fundamental: las instalaciones obsoletas a las que me refiero son las de la antigua cárcel de Ámsterdam. (más…)

  • De la transfobia al asesinato

    Tres mujeres de la misma localidad salvadoreña, San Luis Talpa, fueron asesinadas en el transcurso de tres días. La tercera de ellas, Elizabeth, fue atacada cuando salía del entierro de las dos primeras, Yasuri y Daniela.

    Hay un nexo entre ellas que las ha convertido en objetivo del odio de los fanáticos, intolerables y repugnantes criminales. Daniela, Yasuri y Elizabeth eran transgénero.

    La persecución por transfobia no es algo nuevo en El Salvador ni tampoco en la región centroamericana, pero la concentración de ataques en el pasado mes de febrero ha aterrorizado incluso a las líderes de los movimientos activistas LGBTQI (Lesbianas, Gais, Bisexuales, Trans, Queer e Intersex). (más…)

  • La mirada imprescindible de José Palazón

    Ha sido la mirada de José Palazón la que nos ha permitido quitarnos la venda de los ojos que nos impedía ver la situación de Melilla. Sin su cabezonería, seguiríamos mirando hacia otro lado. Sin los dardos afilados de sus declaraciones públicas, no entenderíamos nada. Sin su activismo por los derechos de la infancia, los niños que viven en las calles de Melilla seguirían sin importarle a nadie. Sin su foto, sin su famosa foto, el mundo no habría entendido la valla de Melilla como el gran símbolo de la desigualdad que es. Esa valla no es solo un obstáculo arquitectónico, es la línea divisoria entre ricos y pobres, norte y sur, poderosos contra vulnerables. (más…)

  • «La frivolidad puede ser un escudo protector para el alma»

    Le robo la cita a Tino Casal para titular este texto porque, me digo en voz baja, ojalá lo hubiera dicho yo así de bien. El otro día me puse mis zapatos de tacón de aguja de piel falsa de animal salvaje, estrené un bolso macabro y pasé el día así, en la oficina. Al terminar la jornada bajé a la calle y esperé en la esquina. Al poco, un motorista se detuvo a mi lado, giró la llave y me ofreció el asiento trasero.

    Apoyé los pies en los estribos, me agarré fuerte y me dejé llevar. Cogimos la Gran Vía en Cibeles y seguimos recto, esquivando los coches, hasta plaza de España y aún más allá, bajando toda la calle Princesa hasta Moncloa. Al llegar, al fin, a Ciudad Universitaria, vi a los estudiantes de la Complutense fluir hacia fuera de los caminos del campus, regueros de hormigas expandiéndose hacia el centro, subiendo a autobuses y bajando a bocas de metro. Les miré, despreocupada de la conducción y reconocí mi pasado en ellos. Me tranquiliza que haya escenarios que no cambian.

    Al finalizar las clases, me gustaba ir al Museo de Arte Contemporáneo y no pocas veces quedé en su cafetería con otras personas (amigos, novios, otros estudiantes). En aquel entonces, volver al Museo me recordaba la primera vez que lo visité, con el colegio. Se había agarrado a mi memoria el Equipo Crónica, el arte abstracto, Juan Gris. Ese sitio de aspecto industrial me fascinaba. Asocié para siempre que el arte contemporáneo se expone en edificios horizontales (fríos y con abundancia de cemento y aluminio) y el arte clásico en vertical, en palacios de techos altos y elegancia neoclásica.

    Hace mucho tiempo que ese edificio ya no es Museo de Arte, sino del Traje. Es uno de los espacios expositivos menos conocidos y frecuentados de Madrid, o esa es la impresión que tengo. En estos días alberga «Arte por exceso», una exposición dedicada a Tino Casal a través de su vestuario.

    Tampoco Tino Casal es un artista conocido y frecuentado, por lo que he podido obtener de una encuesta informal realiza entre mis allegados menores de 30. En cambio, en los 80 fue muy popular y en los 90 muy ridiculizado por el público general. Pero el público general se equivoca, Tino Casal no podía ser ni popular ni ridículo.

    Para mí siempre fue alguien fascinante a quien adorar, y sentí mucho su muerte en el año 91.

    El folleto que acompaña la exposición contiene un texto que supongo estará escrito por los comisarios, Juan Rodríguez y Rodrigo de la Fuente. En él, dicen de Casal que fue «un dandy posmoderno, cruce de Bowie y Sandokán, capaz de hacer de una manta zamorana un accesorio con puntazo o de vestir guantes de encaje con sombrero vaquero».

    Tino Casal, El arte por exceso

    Fue cantante, compositor, diseñador gráfico y también de moda, de su propia moda y la de su grupo. Diseñaba sus chaquetas, customizaba las de otros y creaba sus looks superponiendo piezas y combinando con fantasía. Esa deshinibición unida a la teatralidad y aplicada a la música es lo que me ha gustado tanto de él.

    Sigo con el catálogo: «en ocasiones le insultaban por las calles de Madrid, le escupieron en aquel concierto punk de Londres en el que llevaba la chupa roja que luego vestiría Imanol Arias en Laberinto de pasiones. Pero si al salir de su casa la gente no se daba la vuelta para mirarle, volvía para poner solución a esa indiferencia».

    Como a Casal, me produce tedio lo cotidiano y, a veces, siento el deseo de volver a casa para poner solución a la indiferencia, no tanto de ellos hacia mí sino de mí hacia ellos. Me entristece la sociedad gris y conservadora en la que nos estamos conviertiendo, en la calle y en el arte. Pero cuando veo destellos de exceso, me emociono.

    Tino Casal, El arte por exceso

    Tino Casal, El arte por exceso

    Tino Casal, El arte por exceso

    El resto de fotos de la exposición, aquí.


    La exposición, en el Museo del Traje de Madrid, ha sido prorrogada un mes, por loq ue puede visitarse hasta el 19 de marzo de 2017. Es gratuita. Más info.

  • Soy una valla

    Soy una valla

    Hola, ¿qué tal? Soy una valla. En concreto, soy una valla española. Me clavaron al suelo de Melilla en 1990, así que tengo 26 años. Aún soy joven, pero ya no soy una niña.

    Me han contado que, antes de mí, pasar de Marruecos a esa pequeña ciudad que es parte de España en África era algo más sencillo. A mí no me lo parece así. Antes de que España entrara en la Unión Europea en 1986, la gente se movía con demasiada facilidad. Un descontrol. Pero llegué yo y ahora está todo más controlado: tú sí pasas, tú no pasas. ¿Ves? Mucho más sencillo.

    Yo era apenas un bebé de alambres y, en cambio, recuerdo que las personas marroquíes que querían entrar a España debían enseñar, además de ese librito con foto y sellos que llamáis pasaporte, un documento nuevo llamado visado. Desde mi posición más elevada puedo ver el puesto fronterizo de Beni Enzar y el tremendo jaleo que se forma en mi puerta grande con gente enseñando papeles.

    Una cosa interesante que tengo es que mi portal es la puerta de Europa. Tela. Cuidadosamente vigilado por funcionarios, subcontratas de seguridad, agentes de las Fuerzas Auxiliares marroquíes, Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía, si me cruzas, estás en la mismísima Europa. Una vez dentro, ya no hay vallas, me han dicho.

    Yo tenía apenas seis años cuando se acabó la tranquilidad de la niñez. Ya no eran solo personas marroquíes las que se agolpaban en mi gran puerta de entrada. No es que yo haya viajado mucho, pero aprendí a identificar su origen por sus rasgos, su color de piel, su manera de hablar. Es fácil, cuando pasas parada en el mismo sitio mucho rato.

    El caso es que comenzaron a llegar señores y señoras de uniforme a cascoporro. No paraban de mirarme. Era una sensación inquietante.

    Un día de aquel 1996 me levantaron una segunda piel. Mi estructura consistía en una doble valla de tres metros de altura. No sabéis lo agradable que es tener alguien con quien conversar durante las largas horas del día y de la noche. Me llegaron noticias sobre una hermana mía en Ceuta. Era la comidilla, pasábamos las horas comentando cómo sería, cuántos millones de pesetas habría costado, si estaría mejor construida que yo y si causaría tanta expectación como esta servidora de ustedes.

    No quedarían ahí las mejoras. No sé si habéis visto una peli llamada Robots. Es para niños, pero está bien. (No me hagáis contaros cómo es que yo la he visto). Llega un momento en el que el pequeño robot protagonista recibe lo que llaman una mejora: piezas nuevas para crecer. Pues a mí me hicieron lo mismo en 2002 y en más célebres ocasiones posteriormente. Cierto es que en la película al chico le dan piezas de segunda mano y a mí me tratan como una reina, pero esa es otra historia. Cámaras de video fijas y móviles, sensores de movimiento enterrados bajo mi suelo, infrarrojos, radares… Más que Robots lo mío es una mezcla entre Matrix, Terminator y Minority Report. Pues sí, veo mucho cine. Es que paso mucho tiempo despierta. ¿Habéis visto 1984? Me encanta.

    Los ‘alis’, como cariñosamente llamamos por aquí a las Fuerzas Auxiliares marroquíes, llamaban a determinadas personas “los clandestinos”. Era 2005. Yo era ya una jovencita, ya sabía bastante de la vida. Los clandestinos se escurrían por la noche desde territorio marroquí y se aproximaban en grupos enormes hacia mí. Podéis imaginar cómo temblaba, pero mi determinación era fuerte. Debía permanecer erguida y estable. Chica, haz el trabajo para el que te han construido, me decía.

    Corrían hacia mí en grupos de cientos de personas y zumbaban las balas. No, no eran los migrantes los que disparaban. Eran los ‘alis’. Vi caer al suelo a muchos clandestinos, abatidos por los tiros, en especial en la parte de mí que linda con el Barrio Chino.

    Ver morir a la gente que viene a abrazarme es, probablemente, lo más horrible de mi trabajo.

    Frente a mí, según miras hacia África, hay un monte tupido y hermoso. El Gurugú. A menudo, veo columnillas de humo que deben desprenderse de esporádicas fogatas. Me hacen sentir acompañada. Si el viento sopla hacia mí, trae consigo el eco de canciones y tambores. No sé qué dicen, pero me entretienen en mis horas muertas.

    El objetivo de todas esas personas que vienen hacia mí cuando nadie les ve no es mirarme de cerca, sino saltarme. Al principio me parecía algo muy escabroso. ¿Por qué se agarran a mis alambres cuando tengo unas hermosas puertas por las que entrar y salir? Luego, me acostumbré. Es raro tener a una persona encaramada encima de ti durante horas, pero aprecias la compañía. Además, cuando consiguen caer del lado español, se ponen muy contentos y gritan “¡boza!, ¡boza!, ¡boza!”. Sinceramente, no sé qué significa, pero se les ve muy alegres.

    Una mañana llegaron los operarios y me instalaron más mejoras. Una tercera piel mucho más alta que las dos primeras, inclinada del lado marroquí. Seis metros de alto que me proporcionan unas vistas maravillosas.

    Soy una privilegiada. Han gastado en mí 40 millones de euros. ¿Pueden otras vallas famosas decir lo mismo? Pocas. El remate final en mi actualización fueron unas pequeñas cuchillas que son la envidia de Europa entera. Se llaman concertinas y cortan de fábula. Lo sé porque he visto manos, brazos y piernas rasgarse con limpieza y profundidad. La sangre caliente de los heridos se escurre sobre mi piel metalizada.

    Un par de años después me las quitaron. Dijeron que hacían daño. Me instalaron una maraña de hilos de metal a baja altura, entre las dos vallas de tres metros. Si te caes ahí se te quedan las piernas enredadas y te desgarras. No te lo aconsejo. Seguro que también duele. En 2013 me devolvieron las concertinas que me habían quitado. Es una decisión rara ya que si habían decidido quitarlas porque hacían daño, ¿ahora ya no lo hacen? Por los gritos de dolor que escucho cuando me trepan yo diría que sí. Pero quién soy yo para juzgarlo, solo soy una valla.

    A veces vienen a mí viejos amigos. Rostros que recuerdo de otras ocasiones. Colocan escaleras sobre mi chepa y suben todo lo rápido que pueden. Los primeros suelen tener más suerte. Los que suben al final se llevan lo peor: los ‘alis’ les cogen de las piernas, tiran de ellos para abajo y no les tratan con educación, la verdad.

    Del lado español, cuando caen atrapados entre mis alambradas, los guardias civiles agarran sus cuerpos, abren una de mis múltiples puertas —puertas que yo también llamo clandestinas— y los arrojan a territorio marroquí, como si jamás hubieran entrado en Europa. Aunque ellos y yo, en realidad, sabemos que lo hicieron. Pero qué voy a saber yo si solo soy una valla.


    Publicado previamente en el blog 3500 Millones de El País.

  • En la expo de Hitchcock

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    En la expo de Alfred Hitchcock de la Fundación Telefónica está el storyboard de Saul Bass de la escena de la ducha de Psicosis.

    Storyboard Psicosis Hitchcock

    Storyboard Psicosis Hitchcock

  • La materia negra avanza

    historia

     

    Dark Matter es toda aquella información que existe en internet y que un motor de búsqueda como Google no puede encontrar ni indexar. Toneladas de información cautivas en apps, servicios de mensajería, visuales sin metadatos o grandes estructuras blindadas como Facebook son los albergues de esta materia negra.

    No se sabe cuánta cantidad de materia negra hay en internet (¿90 por ciento?, ¿85 por ciento?, ) pero podemos hacer una proyección sabiendo que en un minuto se publican 4 millones de piezas de contenido en Facebook, Twitter e Instagram. En esos mismos 60 segundos, YouTube recibe una ingesta de 400 horas de video. Durante este tiempo, Google ha procesado 3 millones de búsquedas.

    Hay una única persona en la Tierra, llamada Mark Zuckerberg, que puede decidir cuánta materia negra quiere que haya en el mundo, abriendo o cerrando las redes sociales de las que es dueño: Facebook, Instagram y WhastApp. El 31 por ciento de la humanidad tiene un perfil en alguna red social.

    Para mí, Facebook es mi Leviatán. Simboliza el reverso tenebroso de lo mejor que tiene internet. Es un clásico ejemplo de apropiación de la libertad ajena para el enriquecimiento personal aderazado con la devolución de una fantasía, una ilusión, de libertad de sus usuarios.

    Me emociona mucho encontrar gente trabajando no ya en tirar torpeditos a Facebook (causa perdida) como hago yo, sino pensar a lo grande: cambiemos la estructura de internet para que Facebook deje de ser necesario.

    Me gustaría llamar vuestra atención sobre G, The Universal Database.

    G es una potente plataforma social media que permite a la gente usar de manera sencilla graph databases para construir repositorios colaborativos de conocimiento.

    G mostrará al momento el contexto y el impacto de las noticias en sistemas complejos. Cada granito de información contribuirá a un marco general.

    G proveé una herramienta que hemos perdido en el ecossitema de los social media. Es todo un logro para el mapeo de la información y los entornos colaborativos, desde los proyectos escolares al análisis de datos de las grandes empresas.

    G es el wiki del futuro y una nueva manera de usar los social media.

    Forma parte de los impulsores de este proyecto la activista Heather Marsh, a quien he tenido la suerte de conocer hace poco. Explicar lo que está haciendo a una chica de letras un poco berzotas como yo no es fácil, pero con estos dibujos me hice una buena idea. No se trata de crear un nuevo Twitter ni un nuevo Facebook sino de abrir un agujero en lo que tenemos que permita acceder a información confiable saltándonos la materia oscura. Darle a internet una estructura alternativa. Subvertir el sistema.

    Imagina un cubo. Internet es el agua, es el cubo y es todo lo que hay dentro. Las plataformas que usamos para comunicarnos son pequeños cubos introducidos dentro de ese cubo. Es como un viejo bar de Madrid al que iban los universitarios en los 90. La especialidad eran los submarinos: una buen ajarra de cerveza con un chupito de whisky en su interior. Cojamos ese cubo y hagámosle un agujero en su base. Eso es G.

    G

    El siguiente esquema es menos poético. Arriba a la izquierda vemos dos cuadrados. El primero, en la esquina, es una página web con información. La www se crea cuando subios a un servidor otra página que enlaza a la primera. Que la indexa, quizá. Esto funcionaba muy bien. Pero llegaron las grandes plataformas y construyeron un muro de información (ese largo pie que vemos dibujado bajo cada una de esas páginas). Son paredes estancas y la comunicación es puramente vertical. A la derecha del boceto vemos la propuesta de Heather Marsh. Abajo del todo tenemos una capa de información de bases de datos y networks confiables («Data» en el dibujo) . ¿Cómo accedemos a ella? La mejor manera es saltarnos las plataformas, el spam, la propaganda, los social media y todas aquellas vías de entrada estancas y mediatizadas, apoyandonos en una red de fuentes cofniables, que se configuran como constelaciones o redes de confianza. Serán nuestras redes de confianza (cada uno tiene las suyas, no siempre son las mismas) las que decidan cuándo algo es importante, en lugar de Facebook o Google.

    heathermarsh G

    Aquí una imagen de cómo sería el interfaz de G, tomada del blog de Marsh:

    Es más complicado de lo que yo torpemente he conseguido explicar. Para una aproximación al detalle, he aquí este texto. Digo que es complicado, pero en realidad la idea es muy sencilla y por eso es tan brutal. Este proyecto necesita manos y donaciones. Ambas contribuciones pueden canalizarse desde aquí.