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  • Pues a veces la nostalgia es una tilde

    Aquí va otro Rincón de pensar. En este caso le doy vueltas a que esa batalla que parece lingüística, en realidad es pura melancolía: La nostalgia es una tilde.

  • Buffy, el incinerador

    La exposición de Bowie by Buffy está muy bien (algo cara, quizá). Aquí cuento de qué va y la relación entre el artista y el fotógrafo de Aladdin Sane.

    De lo mejor del día de la inauguración fue reencontrarme con Borja Bas. ¡Besos si algún día lees esto! Me encantó recorrerla contigo.

    Las fotos de Bowie salvadas de las llamas

  • Qué es la originalidad

    elDiario.es tiene una sección los fines de semana que se llama El rincón de pensar. Ahí he escrito una cosita en torno al concepto de originalidad.

    Aquí os lo dejo: Las obras de arte también son feas, vulgares o aburridas.

  • Al fin converso con Ray Loriga

    Llevaba años esperando y al final le hice una entrevista que, en fin… Siempre pasa lo mismo, quieres dar lo mejor de ti y eso mejor se esconde como una rata detrás del agujero de una pared.

    Ray Loriga: “Para hablar de la muerte con naturalidad hay que tenerla en tu propia cama”

  • De cómo un disco clásico se pierde en el tiempo

    Escribí este artículo a partir de la petición de Alan Sparhawk de que el primer disco de Low, un álbum que yo adoraba en 1994, fuera liberado del secuestro de su discográfica, Universal: I could live in hope.

    Puedes leerlo en elDiario.es

  • Los libros

    En los años 21 y 22, en la decadencia pandémica, me empeñé a saltar de las pantallas al papel. Me hacía mucha ilusión tener un libro. Lo consideraba importantísimo. Pensaba que un libro te abría la puerta al salón de los mayores, te proporcionaba un amago de eternidad, te reconfortaba al acariciar una portada de cartón suave con las letras de tu nombre escrito en ellas, que a alguien le importó lo suficiente como para gastar dinero en imprimirlas, que a alguien le interesó lo suficiente como para gastar dinero en comprar el libro y tiempo en leerlo.

    Lo que más me chocó de la publicación de La mujer enmascarada fue lo poco que me importó. Por un lado yo quería que me importara pero miraba el libro, lo sostenía en las manos y no sentía nada por él, como un hijo al que no quieres. Fingí, por un momento, que me gustaba. Al poco, pude transformar ese vacío en una apariciencia de normalidad: el desdén de lo cotidiano. Me miré desde fuera y dije: bien, parezco una mujer adulta que no se pone a dar saltos de alegría por una tontería como sacar un libro.

    Sentí que me pasaba algo raro cuando veía en otros un nivel de emoción que yo no podía corresponder, salvo con fingimiento. ¡Sí! ¡Cómo mola! ¡Mi segundo libro! Había que sonreír. Sonreía.

    No ayudó que, además de que se materializaran una serie de kilos de papel encuadernados, no pasara nada más. Salvo una entrevista en Radio Nacional, la editorial no hizo nada por contribuir a que eso que no era nada, se pareciera a algo.

    Hice la entrevista en la radio metida dentro del coche aparcado en un cámping de Huesca, con las ventanillas subidas y mucho calor. Acabábamos de estar en Roma. Al regresar, pasé por la oficina de la editorial y allí firmé ejemplares para los mecenas. Lo hice a contrarreloj, con mala letra y un boli Bic. No lo pensé bien: fui con lentillas y apenas podía enfocar lo que leía. Estuve horas sola en una habitación con un ventilador, mis libros y yo. Les hice fotos y se la mandé a Alberto. Necesitaba de su respuesta entusiasta para surgiera en mí algo de entusiasmo pero él tenía lío, había que preparar las cosas para irnos de cámping y no vio mis mensajes. La editorial me pidió que no publicara fotos. No sabía cómo convertir todo este fastidio en un acontecimiento.

    Acaricié las tapas de los libros, para ver si lloraba un poco. No tenía ninguna gana de llorar. Solo quería acabar con esto lo antes posible. Pensé que cuando el libro llegara a las librerías, todo sería diferente.

    Pero nunca he visto el libro en una librería.

    Este libro debería haber sido, en realidad, mi primer libro. Todo se lió. Conseguir el dinero para la publicación (Libros.com es una editorial de crowdfunding, ellos no pagan la edición sino los mecenas, en mi caso 200 que aportaron 6.145 euros) fue un esfuerzo grande. Pero menos de lo que me costó editar el libro. Pensé que iba a ser algo rápido y sencillo pero cuando empecé a leer el gran documento de texto con todo aquello que yo había escrito durante varios meses para su publicación inmediata en elDiario.es, me vine abajo.

    En realidad, no quería publicarlo. Ni tampoco editarlo.

    Había firmado un contrato y 200 personas habían puesto 6.145 euros. No había marcha atrás.

    Leyéndome a mí misma me sentía como si nadara en un charco de barro. Era incómodo y desgradable. Incumplí todos los plazos, me demoré todo lo que pude.

    Quité algún texto que me daba vergüenza. Pulí bastante pero no lo suficiente. La última parte apenas la pude tocar (también es verdad que estaba mejor escrita, con más tiempo). Entregué el manuscrito mirando para otro lado.

    Yo pensaba que llegaría a las manos de un editor que se remangaría y quitaría páginas, tacharía párrafos, reescribiría otros. No fue así, me corrigieron algunos errores y me lo devolvieron. Abrí el manuscrito, comencé a leer y encontré mil errores ortotipográficos más y líneas y líneas escritas como si las hubiera redactado la Elena de 5º de EGB.

    Volví a reescribir y me dijeron: ya no es el momento de hacer eso. Tenían razón. Debería haberlo hecho al principio, antes de entregar el manuscrito. Ahora ya era demasiado tarde.

    Tampoco quiero decir, con todo esto, que la falta de amor por mis libros esté ocasionada únicamente en el hecho de que no estén bien escritos. Es también la decepción. La decepción con el acontecimiento.

    Cuando sueñas con algo tanto tiempo e imaginas tantas veces que va a ser algo genial, y luego sucede, nunca la realidad cumple las expectativas. Esto es una obviedad y es así. Además, me ha sucedido con los dos libros.

    Me he dado cuenta de que necesitas armar una ficción, construir un decorado alrededor de esos trozos de papel encuadernados para que tengan el sentido que tú le has dado siempre a la expresión sacar un libro. Tienes que verlo en un escaparate, alguien (que no sea tu amigo) tiene que decirte que lo ha leído y le ha parecido esto o lo otro. Tienen que hacerte una entrevista (en un sitio que no sea tu propio periódico). Tienen que invitarte a la Feria del Libro. Tienen que nombrarlo cuando te presentan en una mesa redonda. Tienes que verlo criticado en algún sitio, comentado, mencionado al menos.

    Lo jodido es que, cuando me han pasado algunas de estas cosas, tampoco me han importado. ¿Por qué? Me había desencantado tanto previamente que ya me daban igual, le veo las costuras, adivino las tramoyas, sé que en el mercado cultural todo es mentira, postureo, exageración, convenciones, intercambios.

    Yo creía en mis libros como si fueran los Reyes magos. Pero me levanté a las dos de la mañana y lo entendí todo.

  • Nos vemos en La Prospe

    Nos vemos en La Prospe

    Este martes 22 de noviembre en la Asociación de Vecinos de Prosperidad (c/ General Silicio, 21-23. <M> Prosperidad, Madrid), presento La mujer enmascarada. Me acompaña Alberto Monreal. A las 19:00.

    Luego nos tomamos un vino allí mismo.

    Si no tienes el libro, puedes comprarlo allí, que lo organiza la librería El Buscón.

    Y si ya lo tienes, te lo firmo si quieres.

  • Nos vemos en Zaragoza

    Nos vemos en Zaragoza

    El 19 de noviembre presentaré mis dos libros (Algunas lagunas y La mujer enmascarada) en la librería Antígona de Zaragoza (calle de Pedro Cerbuna, 25). Será a las 12:30 y me acompañará José Luis López de Lizaga, autor de El Ártico y profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza.

    Antígona es una hermosa librería que lleva abierta más de 30 años y está especializada en humanidades.

  • Caminar la Gran Vía, cómo se hace

    Caminar la Gran Vía, cómo se hace

    Desde hace un año he vuelto a trabajar a la Gran Vía, como en 2002. Eso me gusta porque es un lugar al que vuelvo una y otra vez. Una calle que me fascina. Sé que algún día escribiré sobre ella.

    A fuerza de caminarla, hay cosas que aprendes de mirar a la gente y de tu propio andar. No se camina la Gran Vía como cualquier otra calle. Primero, es importante trazar una línea recta imaginaria y seguirla decididamente, mirando siempre al frente, sin titubear ni salirse del recorrido: da igual quien venga en sentido contrario hacia nosotros, lo importante es que se aparte el otro. Eso es señal de que este es tu territorio.

    Nunca hay que hacer contacto visual con las personas con las que te cruzas en sentido contrario. Puedes (y debes) mirarlas, admirarlas, ficharlas pero que no te pillen haciéndolo.

    Te puedes poner lo que quieras para caminar por la Gran Vía. Las combinaciones de ropa más explosivas las he visto ahí, en la puerta de Telefónica, esperando a cruzar en Callao, saliendo del metro en la Red de San Luis.

    Está bien que sepas qué había antes en los sitios que ahora ocupa el Bershka (Madrid Rock), el Primor (el Wendy), el H&M que han cerrado y donde pronto abrirán un Uniqlo (el Pasapoga, el cine Avenida) o el restaurante mexicano (los recre) pero es de mal gusto recordarlo. Los cambios en la Gran Vía han de serles indiferentes a la pantera que recorre con altivez esta avenida, porque todo cambia a un ritmo trepidante y hay que dejarlo ir, estar por encima de eso.

  • Madrid en agosto

    Madrid en agosto

    Se me ríen los compañeros que están de vacaciones porque les digo que me encanta trabajar en agosto en Madrid. «Me encanta», me repiten, imitándome con sarcasmo.

    Pues sí. Yo qué sé.

    Me encanta.

    Primero, porque puedes pensar. Esto no pasa todos los meses del año, en los que haces y haces y no piensas en lo que haces. También es verdad que con frecuencia hace tanto calor que quizá tienes el tiempo para hacerlo pero el cerebro frito.

    Hoy he tenido que coger tres bicis de Bicimad hasta encontrar una que más o menos me trajera a casa. Solo tenía freno en una rueda y el sillín se giraba al pedalear. La primera estaba pinchada y la segunda tenía roto el motor eléctrico. Después, ya no había donde elegir. Eran las ocho de la tarde y un termómetro que he visto en Luchana marcaba 38º. Yo hoy llevaba un vestido mínimo, un mono de pantalón corto y escote palabra de honor y aún así´, he llegado sudadísima.

    Por el carril bici de Serrano, que está sobre la acera derecha según miras hacia el norte, tienes que ir procurando no apretar los dientes, porque te los puedes romper en los baches de los tablones de madera. Cada día es peor, ya que se va deteriorando más. La sensación es como ir en un carromato por un pedregal. Aunque nunca hayas ido en un carromato por un pedregal te puedes hacer una idea. Por ese carril bici hay qur ir siempre con la mano izquierda sobre el timbre de la bici. A veces, cuando ya estás en Serrano, descubres que has cogiod una bici que no tiene timbre. En ese caso, hay que prepararse psicológicamente para ir gritando a la gente. En Serrano siempre hay panolis parados en el carril bici que, cuando les llamas la atención con el timbre o les pegas un grito, te miran como si fuera la primera vez en su vida en que reparan que ahí, en su acera, hay un carril para las bicis.

    En agosto, estos incidentes son menos frecuente, sencillamente porque hay notablemente menos gente en la ciudad. Por ese mismo motivo puedes ir en metro y sentarte en un asiento (y también esperar una media de 10-12 minutos a que llegue el tren, pero eso sí, puedes esperar también sentado un banco del andén) y también conducir por la ciudad de manera más tranquila y, por tanto, menos peligrosa.

    A veces voy en moto. Al fin han terminado las obras de la calle Alcaláen su cruce con Gran Vía, así que ya no hay que sufrir el colapso envuelto en polvo, humo de los tubos de escape y calor de los autobuses que he venido aguantando hasta ahora. Un día tuve que para ahí mismo, para ir a entrevistar a Luis García Montero en el Instituto Cervantes, y tardé diez minutos en salir de un atolladero de maquinaria pesada, obreros y calles cortadas.

    Madrid siempre está en obras pero en agosto todavía con más ganas. Se sobreentiende que nadie viene de vacaciones o de visita a la capital en estas fechas, así que se abren zanjas, se colocan andamios, se corta el tráfico se cualquier arteria o, como es el caso, se cierra la mitad de una línea de metro. Todos los veranos hay un puñado de estaciones fantasmas, inaccesibles. A cualquier trayecto hay que añadirle 20 minutos más, para dar un rodeo. Cuando te encuentras con este inconveniente te enfadas un poco pero después te resignas. Al final te lo tomas como una tradición.

    Ahora, por ejemplo, tenemos vallada la Puerta del Sol una vez más. Una nueva remodelación va a hacer que siga siendo fea e inhóspita, una playa de cemento. De igual manera, la nueva plaza de España es una reforma fallida: fea, inhóspita, playa de cemento. Esos tres conceptos valen para cualquier plaza, para cualquier reforma de la que quieras hablar en Madrid.