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  • Puertas estrechas

    Puertas estrechas

    Se trata de mi teoría de las puertas estrechas. Cuando Alicia se come una galleta que dice «cómeme» —y lo hace solo porque dice «cómeme»— la niña se hace tan grande que no cabe por la puerta. Pues bien, siento que la glotonería irreflexiva de Alicia es el mismo tipo de alimento que nos mueve día a día. Todos hemos crecido pero las puertas siguen siendo igual de estrechas.

    Las puertas (o, también, ventanas de atención) son pasillos privados, propiedad de empresas de gran capital, con forma de canal reducido de salida a la opinión pública en el que no solo caben pocos sino que, los que pasan, tienen que contar con el favor del gorila de la puerta.

    Hoy son los mecanismos de popularidad de Twitter, el algoritmo de Facebook, los videos para TikTok, las stories de Instagram de una cuenta con muchos seguidores, los canales de YouTube fabricados a la medida de YouTube. En otro tiempo fueron los enlaces en Menéame o los SMS que se podían pasar.

    Es agotador.

    Por la puerta estrecha solo cabe lo que se ha masticado a la medida del dueño de la puerta. Todo lo demás se queda de este lado del basurero.

    Pero, ojo, que lo mismo al otro lado también hay un basurero.

  • Ni la mitad de bonito de lo que me gustaría

    Se necesita mucho trabajo para que las cosas que traigo entre manos lleguen a algún lado. Pero hay que ponerse a ello, como hace David.

  • 18. Así muere un verano

    18. Así muere un verano

    Debido al permanente estado de susto vigente en 2020, este año el verano dura menos. Para los que cogen vacaciones la segunda quincena de agosto es una faena porque ya no se disfruta, es como llegar a un club a las 5:55, pedir una copa y que al segundo sorbo enciendan las luces. La metáfora vale para cuando existían clubs, los más jóvenes no sabrán ni de lo que les hablo.

    Estos días Madrid engulle a cientos de veraneantes que osaron irse de vacaciones, los absorbe como una aspiradora hambrienta de trabajadores y consumidores. Dos días después, el retornado que hace no mucho caminaba en chanclas por la vida ahora viste su cara de septiembre. El moreno se le ha caído al suelo todo de golpe y, con innecesaria eficiencia, ha pasado una máquina de limpieza frotando el rodillo por la acera, pues la ha dejado echa un asco, cubierta de polvo de mar y de sal.

    Aquí, en la ciudad, solo se habla de dos cosas: la vuelta al cole y las predicciones para el futuro próximo. Incluso los clásicos brasas aficionados a relatar sus viajes con pleno detalle, este año se abstienen de hacerlo, no se sabe si porque no se han ido o por miedo al qué dirán. Mejor no preguntar. Mucha gente no se ha ido a ningún lado y les han condecorado con un diploma a la resistencia y una medalla por sobrevivir a la ola de calor. Algunas de estas personas consideran que los que nos hemos ido de vacaciones hemos actuado de manera irresponsable. Aunque intentes justificarte, esperan agazapados al pie de tu relato a que cometas un error: un taxi innecesario, una cola para comprar churros, una visita extremadamente cuidadosa a la Torre de Hércules donde, fíjate qué curiosidad, dos semanas después dio positivo un empleado de la limpieza y tuvieron que cerrarla. “Mierda”, piensas, “no debería hacer dicho eso”.

    Esto es solo el principio. Sigue leyendo haciendo clic en este enlace. Este artículo pertenece a la serie El verano del coronavirus, publicada en eldiario.es
    Todas las ilustraciones de la serie han sido realizadas por Isa Ibaibarriaga.
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  • 17. La puntualidad de un tren descabellado

    17. La puntualidad de un tren descabellado

    Empiezo a llegar tarde al tren desde el momento en el que saco el billete. Cuando piensas que no hay nada más angustioso e impredecible que comprar un viaje en la web de Renfe, te encuentras con algo peor: un contador en reverso cuyos segundos son engullidos por el vacío al doble de la velocidad del tiempo habitual. ¿A qué se debe esta peculiar anomalía de las reglas universales? A que te vas. Se acabó. Adiós.

    Tus vacaciones eran un lugar tranquilo y apacible donde no había que madrugar ni ir corriendo a ningún sitio, pero desde que has comprado un billete para volver a casa, ya no cabe en el día todo lo que te falta por hacer. No podrás comprar regalos para nadie ni aprovisionarte de dulces locales y bebidas de la tierra, no te dará tiempo a ducharte ni harás la maleta con cabeza y tranquilidad, como habías pensado. Tan solo corres de un sitio a otro, atolondradamente, intentando hacer algo a derechas pero abandonando cualquier intento a la mitad.

    Es imposible concluir dignamente unas vacaciones. El último día te das cuenta de que no has hecho algo que considerabas importantísimo, aquello que quizás era el motivo principal de este viaje, como arrojar una piedra al mar como acto simbólico por todas esas cosas de las que te quieres desprender, como visitar a un amigo que vive en el lugar al que has viajado y al que hace años que no ves, como la gran comida en un restaurante que dijiste que te ibas a pegar, como el lanzamiento en alta delta o como el chapuzón en el agua helada. No sé qué será, pero siempre hay algo: haced examen de conciencia en el último día y comprenderéis que habéis echado a perder vuestras vacaciones.

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  • 16. Verano 2020. Manual de uso

    16. Verano 2020. Manual de uso

    Acuda a esta página del libro de instrucciones para obtener una resolución rápida y eficaz de los problemas que podrían surgirle durante la manipulación del verano de 2020.

    1) Si dispone de tiempo libre, aprenda a hacer cosas en casa. En este mismo libro encontrará cómo fabricar gel hidroalcohólico paso a paso. A diferencia de otros manuales, no recomendamos el uso de orujo blanco como sustituto del alcohol en caso de desabastecimiento.

    2) Si le cuesta respirar con la mascarilla, se le empañan las gafas o detecta sudoración excesiva, deje de quejarse como si fuera la única persona en el mundo que la lleva. Millones de personas están en su misma situación y hágase a la idea de que esto va para largo. Conténtese pensando que en el invierno le servirá para abrigarse la cara a falta de bufanda.

    3) Si disfruta de una tumbona en la que relajarse, un balcón con vistas o unas horas de viaje, motívese para el invierno con las lecturas adecuadas. Aquí le recomendamos algunas: el imprescindible manual de referencia Zombi. Guía de supervivencia, de Max Brooks, o la desoladora novela postapocalíptica de Cormac McCarthy La carretera. Ambas son opciones reconfortantes.

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  • 15. Aquí no hay postales

    15. Aquí no hay postales

    Las vacaciones pueden tener una parte de usurpación, admitámoslo. Ensayamos durante un tiempo cómo sería ser otro, o como seríamos nosotros mismos si pudiéramos alterar algunos de nuestros condicionantes. Aparentamos que, en realidad, todo el año somos también ese tipo desenvuelto que come y cena fuera de casa, que encarga paellas y ordena percebes. Nos camuflamos entre la multitud, escondiendo la cámara de fotos y cerrando Google Maps, y actuamos como suponemos que actúan los locales, nos desentendemos de curiosear a un lado y a otro y nos concentramos en mirar solo de frente, como si hubiéramos pasado mil veces por ese sitio de camino a otro. De repente, por una bocacalle, asoma un pedazo de iglesia románica y se nos van los ojos, pero nos obligamos a no mirarla, o si acaso hacerlo con desdén, porque hoy queremos ser de aquí, pretendemos que somos de aquí, somos de aquí.

    Ponemos a prueba nuestro yo, con su esencia y sus relaciones, trabajosamente moldeado (o vapuleado, todo depende del privilegio, del barrio y de la resistencia), y nos interrogamos seriamente: ¿seríamos felices aquí? He constatado que la respuesta depende de si la pregunta se hace al principio de las vacaciones o ya tirando hacia el final. Del podría ser, cómo no, claro que sí, vamos diciéndonos, cuando se aproxima el regreso, que en realidad pertenecemos a otro sitio, que allí no se está tan mal, que los inviernos aquí son un tostón, que nadie quiere estar toda la vida de vacaciones. Es decir, nos mentimos siempre.

    Me gustan mucho las casas museo. Son un terreno a medio camino entre la realidad y la ficción muy parecido al de las vacaciones. En A Coruña hay varios. Hace poco he ido a visitar la casa en la que vivió Pablo Picasso durante cuatro años cuando era niño. Nunca deja de sorprenderme que periodos que aparentan ser tan insignificantes den para sacar un piso del mercado, extraerlo, digamos, de su contexto, y colocarlo en un momento de tiempo pasado, preservándolo del avance del progreso, de la civilización, de la vida en general. Me gustaría una casa museo donde pudiera ver las cosas tal y como las dejó, en el último día de vida, la persona relevante que vivió allí. Vendría una comisión de preservadores, rociaría con espray goma laca y comenzarían a cobrar entrada desde el día siguiente a la muerte. Una magdalena a medio morder, abandonada sobre una mesa, se iría poniendo verde, luego azul, y los visitantes sentirían que el tiempo no está del todo detenido, que es un tópico que utilizan los guías de las casas museo.

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  • 14. Carreteras secundarias de la memoria

    14. Carreteras secundarias de la memoria

    Habíamos tomado por error la carretera que pasa por delante del Pazo de Meirás. A mi primo no le gusta conducir con gps, así que se guía de su intuición, de los puntos cardinales y de sus recuerdos. Al final llega a los sitios, porque en Galicia todas las carreteras llevan a todas partes, con mayor o menor rodeo, con más o menos barro. El desvío sirvió para que la conversación también se apartara del camino, y surgiera un desvío en nuestras palabras, que nos llevó a un lugar que no esperaba descubrir.

    De camino a Sada, aparecen tras una curva las piedras grandes y oscuras del muro que protege el pazo que mando construir la gran escritora decimonónica Emilia Pardo Bazán. Rodeada de sus miles de libros, escribía desde lo alto de la Torre de la Quimera. Cuando necesitaba aire fresco y una mirada hacia el horizonte, se asomaba al precioso balcón de doble arco que llamaba De las Musas, suspendido sobre la fachada lisa de la más alta de las tres torres almenadas, y lo que fuera que encontrara allí le hacía retornar al papel. No se puede ser más romántica.

    Dice mi primo: «tú tío —que es también el suyo— pasó su convalecencia en el pazo, ¿no lo sabías?». Mi tío tuvo de niño una enfermedad que casi lo mata y que le dejó muy pequeño y muy delgado. Un hombre frágil pero risueño. No, no lo sabía. Y no me cabía en la cabeza cómo eso era posible. Tiré del hilo.

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  • 13. Este año hay amor o qué

    13. Este año hay amor o qué

    Todos los veranos se enamora de alguien. El otro día hablamos por WhatsApp y le pregunté si este también. «Este —me dijo— no sucede». Claro, no es que ella se lo proponga, o lo busque, es que la cosa le sobreviene como un infarto. En el verano de 2016, de visita en el pueblo de sus abuelos, después de cruzarse en varios paseos con otra chica que también hacía caminatas solitarias, acabó por pararla y preguntarle si quería tomar un helado. La chica dijo que sí y después de lamer el helado siguieron con todo lo demás.

    Espero que no le importe que cuente esto, en cualquier caso no voy a revelar su nombre, pero a mi amiga no le duran los ligues más allá del 15 de septiembre. Pierde la ilusión, no sabe continuar, todo lo que le alegra de la otra persona, le parece triste en el otoño de su romance. En el verano de 2019, compartió el último trozo de tiramisú que les quedaba en una cafetería con un dandy británico que había dejado un libro de Oscar Wilde con ilustraciones de Aubrey Beardsley junto a su taza de café. Esa misma tarde, caminaron juntos hasta la playa y se arrimaron mucho el uno al otro para observar con detalle cada dibujo de Beardsley, besándose a los pies de la falda con plumas de pavo real que vestía Salomé.

    Su amor del año pasado la invitó a reencontrarse en Londres para ver allí la exposición que la Tate está dedicando a este artista decadente. Ella estuvo a punto de decir que sí, pero la idea de quedarse dos semanas en cuarentena la desanimó. Se dijo a sí misma que era mejor no revivir historias del pasado.

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  • 12. «Nunca iré a ‘rehab’, no, no, no»

    12. «Nunca iré a ‘rehab’, no, no, no»

    Todos mis amigos juran que, a partir del día que empiezan sus vacaciones, no van a encender el ordenador, ni abrir Twitter, ni consultar un periódico. (No se dan cuenta de que se lo están diciendo a alguien que escribe en uno de ellos una serie de artículos durante el verano). Anuncian, como si fuera una heroicidad, que solo van a publicar fotos en Instagram de lo que van a comer, lo que van a beber y las playas en las que se van a tirar. Quizás, también, del libro que van a leer. Porque van a leer, leer de verdad, dicen, leer lo que les dé la gana, aseguran. Las vacaciones son un descanso de los demás y un spa para el ego.

    Me duele este desprecio tan de exfumador o expolitoxicómano ante los vicios informativos. Una vez yo intenté un verano tipo The Priory (la clínica de rehabilitación favorita del rock’n’roll británico) y me perdí tantas cosas que todavía descubro que hay personalidades que murieron ese verano y que yo creía vivas. En conclusión, no hace falta cortar amarras, pero se pude bajar la dosis.

    En mis conversaciones de reencuentros veraniegos, noto mucho que la gente se queja, además de los achaques habituales, de consumo excesivo de noticias durante el confinamiento. Que es mala para la salud mental y que los medios se han pasado de la raya. (¡Oigan! ¡Aquí una periodista! ¡Hola!). «Yo es que ya no leo los periódicos», me han llegado a decir. O, el comentario que más miedo me da: «Si hay algo verdaderamente importante, ya acabará por llegarme». Se me pone la piel de gallina al pensar en qué tipo de embarcación y con qué sistema de flotación arribará a puerto esa nave.

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  • 11. Qué son las tormentas de verano

    11. Qué son las tormentas de verano

    Hay días que te salen chungos en medio del verano. Son castañas huecas, nueces revenidas, sobres sorpresa sin sorpresa. Unas cartas con las que no puedes hacer nada, una mala mano: son los días nublados. No sabes qué hacer con ellos, te dejan bloqueada y desorientada porque te han colado un otoño en mitad de tus vacaciones y ni siquiera has traído rebequita, mucho menos un paraguas.

    Son días en los que te asolan pensamientos oscuros, que te despiertan en mitad de la noche como lo hace un trueno inesperado y el fuerte repiqueteo en el alféizar de tu ventana abierta. Son los problemas que habías decido no meter en la maleta y que, no sabes cómo ha sucedido, han cogido un autobús detrás de ti y te han seguido sin que los vieras venir, agazapados tras el matorral cercano, disimulando detrás de un periódico del revés. No deberías haber dejado la ventana abierta mientras dormías. Se lo has puesto demasiado fácil. Se meten en tu cama y, cuando despiertas por la mañana, los problemas que habías dejado atrás te miran sonriente, te colocan un mechón de pelo revuelto y te dicen buenos días, querida.

    Son la anticipación en una historia de misterio (un clavo solitario del que no cuelga ningún cuadro en la pared, un comentario casual en el que alguien confesó su alergia al veneno de las avispas), un simulacro de incendio, un ensayo a la italiana, una previsualización de un enlace, un tráiler, una notificación. No son nada, en realidad, pero te arruinan las vacaciones.

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