{"id":687,"date":"2006-01-16T14:59:45","date_gmt":"2006-01-16T12:59:45","guid":{"rendered":""},"modified":"-0001-11-30T00:00:00","modified_gmt":"-0001-11-29T22:00:00","slug":"post_name","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.elenacabrera.com\/weblog3\/2006\/01\/16\/post_name\/","title":{"rendered":"El culto a la analitica"},"content":{"rendered":"<p>\tA las ocho y cuarto de la ma\u00f1ana nos re\u00fanen a nueve personas dispares en el hall de espera de una consulta de anal\u00edtica. Nadie va primero, nadie da la vez: a todos nos han citado a la misma hora. La enfermera va leyendo nuestros nombres y nos hace pasar, uno a uno y en fila india a otra sala con sillas pegadas a la pared. En el centro del cuarto hay una papelera. Una bandeja llena de tubos y vasos de pl\u00e1stico ha sido arrinconada contra la pared del fondo. Nos pide que nos sentemos en orden y que, es quiz\u00e1 el dato m\u00e1s importante que debemos conocer, recordemos cu\u00e1l es nuestro asiento. Por ello, nos dice, nos lo repetir\u00e1 m\u00e1s de una vez: no debemos alterar el orden en el que nos ha sentado. El escenario, la amabilidad de la enfermera y las miradas desconfiadas de mis compa\u00f1eros de anal\u00edtica, as\u00ed como los vasitos del fondo me hacen pensar en reuniones de Stanhome, Tupperware o Edelweiss, algo que mezcle secta con enriquecimiento fraudulento. \u00abHermanos, nos re\u00fane hoy aqu\u00ed el culto por Helicobacter Pylori&#8230; a Helicobacter debemos lo que somos, yo me entrego a ti, Helicobacter&#8230;\u00bb. La enfermera lleva dos minutos hablando y yo intento poner tanta atenci\u00f3n que apenas he escuchado lo que ha dicho. Veo sus labios moverse y en cambio s\u00f3lo retengo una salmodia sat\u00e1nica, por lo que ruego que Buffy o Faith aparezcan cuando la cosa se ponga chunga. El primer l\u00edquido que nos hacen beber es urea -\u00abest\u00e1 \u00e1cido, como el lim\u00f3n\u00bb- y tambi\u00e9n tiene un ligero color amarillento. Debemos esperar veinte minutos, movi\u00e9ndonos poco, sin comer nada, prohibido salir del ambulatorio. Cargo un libro pesado sobre Iv\u00e1n Zulueta, as\u00ed que feliz de no poder hacer ninguna otra cosa me acurruco en la misma silla que ocupaba antes de entrar al interior de la consulta. Mis compa\u00f1eros de rito no saben muy bien qu\u00e9 hacer. Unos juegan con el m\u00f3vil, otros se examinan mutuamente con menor o mayor descaro. Escucho algunas voces y desconecto de la lectura para orientar mi oreja hacia ellas; todos estamos all\u00ed, probablemente, tras haber detectado los mismos s\u00edntomas as\u00ed que siento curiosidad por los dolores ajenos. Cazo algunas palabras y no, no parecen hablar de ello; no s\u00e9 si es porque est\u00e1n asustados o quiz\u00e1 todo lo contrario, quiz\u00e1s no le den ninguna importancia. Al fin la enfermera nos llama de nuevo y nos pide, una vez m\u00e1s, que no nos equivoquemos en los asientos. Lleg\u00f3 la hora de soplar. Nos hace entrega de dos pajitas retractiladas. Nos da un tubo de cristal a cada uno, por el que debemos soplar con todo nuestro aliento y, lentamente, elevar la pajita. Al terminar de exhalar, cerramos bien el tubo con su tap\u00f3n. Todos miramos con curiosidad c\u00f3mo lo hace la primera persona de la fila, aliviados de que no nos hayan sacado a nosotros a la pizarra. Que se equivoque ella, mejor&#8230; Al soplar en el tubo a trav\u00e9s de la paja el silencio inc\u00f3modo se rompe con los sonidos de afinaci\u00f3n de un \u00f3rgano af\u00f3nico. Me acompaso con mi compa\u00f1ero de la derecha. La chica que tengo a mi lado parece esperar que yo gaste mi \u00faltimo suspiro para iniciar su escala. La siguiente cata que nos ofrece la enfermera es transparente. No obstante, la madurez en boca se amortigua con una conseguida acidez. Los comensales dan un paso hacia el centro para encestar, como hicieron antes, el vasito en la papelera. Ahora la espera consiste en cinco minutos. Pone en marcha un despertador. Ella ya no tiene nada que hacer. Mueve ligeramente los objetos que tiene sobre la mesa. Se estira la bata. Nos mira. Presiona su bol\u00edgrafo varias veces. Nos dirige una sonrisa, \u00abnormalmente son ustedes muchos m\u00e1s, no me da tiempo a aburrirme\u00bb. Las miradas se lanzan como flechas de una pared a otra. Vuelvo a abrir mi libro y deseo que esos cinco minutos duren como 50. Al sonar el timbre del reloj volvemos a repetir la misma operaci\u00f3n con los tubos pero ahora ya estamos m\u00e1s sueltos, nos sentimos expertos, fardamos de una rutina que ya dominamos: hemos pasado de las escalas a la improvisaci\u00f3n. La prueba ha terminado. Nuestra enfermera-dealer nos indica que este es el momento de pedir justificantes: salvo un hombre mayor nadie parece necesitarlos, se ve que Helicobacter ha elegido muy pocos adeptos esta semana entre el mercado laboral activo. Abandonamos la sala orgullosos, como operadores de maquinaria peligrosa que jam\u00e1s se equivocaron de asiento, encestaron en el medio y soplaron con todo su desaliento.\t<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A las ocho y cuarto de la ma\u00f1ana nos re\u00fanen a nueve personas dispares en el hall de espera de una consulta de anal\u00edtica. Nadie va primero, nadie da la vez: a todos nos han citado a la misma hora. 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