que vuelvan a importar los blogs

  • Pídeme lo que quieras

    Pídeme lo que quieras

    Es un hermoso verano en el jardín de mi casa, donde viven gatos salvajes y en las tardes tórridas en las que el viento se levanta, el gran árbol de hojas ya amarillas sisea con estruendo.

    Más allá, hay incendio y guerra. Hay muertes. Aquí hay el tiempo suspendido del veraneo, del tour de Francia en la siesta y el despertador desactivado. Una ausencia inexplicable de obligaciones que activa mi ansiedad. Estoy enferma de eso.

    Escalo el verano agarrándome a la música. Pongo un disco por la mañana en el nuevo plato del dormitorio, decido no levantarme y mirar por la ventana el árbol amarillo y el pino contiguo, que de vez cuando arroja piñas como bombas. Si te cae una encima igual no te mata, pero te hace daño. Susto al menos.

    Son los conciertos lo que me impiden caer en la depresión del que no hace nada, de la que solo pone un disco por la mañana. El concierto me mantiene viva, me da un lugar, un tiempo y un propósito.

    Nick Cave cree en Dios y yo soy atea. Defiende a Israel y yo odio a ese Estado genocida. Wild God ni siquiera es un disco que me guste mucho. Y a pesar de eso, ayudo a sostener su pantorrilla cuando arroja su cuerpo hacia los brazos de las primeras filas. Y en ese momento le amo. Y si él dice que grite, yo grito. Y si me pide que cante, yo canto.

  • No soy cari

    No soy cari

    El otro día escuché a una pareja llamarse amor. Me pareció tan cursi como siempre, pero esta vez sentí, con extrañeza, una punzada de envidia. No sé de dónde venía pero al día siguiente caí: nunca he llamado a nadie amor, nunca nadie me lo ha llamado. Ni amor ni miamor ni cari ni churri ni baby ni cuchi ni peque ni chiqui ni chati ni amore ni nena ni gordi.

    Jamás he caído en el aceite moloso del lenguaje enamorado.

    No me gustan los diminutivos. Si alguien tiene un nombre largo, yo le llamo por su nombre largo. Si le pusieron un nombre serio, no lo voy a vulgarizar llamándole con un apodo coloquial. Si eres Eustaquio, pues Eustaquio y no Taquio. Si eres Leonardo no eres Leo. Si eres Margarita no eres Marga. Si eres Manuel no eres Manolo. Si eres Josefa pues no eres Paqui.

    Soy una seca. Cierto. Pero creo que hay una belleza escondida en la tosquedad de lo sobrio.

    Pero… ¿y si hay un motivo que nunca nadie me dijo para el lenguaje del amor? (Pienso ahora, aterrada). ¿Y si es el diminutivo de los amantes lo que construye las relaciones? ¿Y si mi terco empecinamiento en llamar a las personas por su nombre me impide amarlas verdaderamente? ¿Me estaré perdiendo algo, amor mío?

  • Phantasma

    Phantasma

    Desde el primer día que pisé el Dark Hole, quise escribir una novela que sucediera allí. Porque, desde ese primer día, ya lo estaba echando de menos. Estaba en él y a la vez presagiaba que iba a desaparecer, es decir, que había llegado a él demasiado tarde.

    Hoy he visto las colas (eran dos) en la nueva Gavana de María de Molina y estaban formadas por adolescentes miméticas. Me asombraba el empecinamiento entre todos estos jóvenes para ser indistinguibles con ganas. Tan solo se me hacían diferentes los chicos de las chicas. Ellos vestían todos de blanco o cualquier otro color que no chillara sobre el resto. Ellas llevaban todas el pelo largo, fumaban en sus vappers, se atrevían con la moda de lencería de exterior o vestían de blanco, de negro, o de blanco y negro.

    Justo hoy vi un trozo de un documental sobre la música disco y no entiendo qué pasó con todo aquello. Solo han pasado 49 años.

    En mi paseo por la calle Serrano hasta mi casa, me sentía ajena escuchando mis canciones: Vale-Vocal de Bleib Modern, Depress Me de Alien Skin, Shoom de TR/ST, Polaroïd/Roman/Photo de Ruth, Love Via Computer de Techniques Berlin, Reflejos de Vacíos Cuerpos, Phantom de Sisters of Mercy, La carta de Héroes del Silencio, Only When I Lose Myself de Depeche Mode, Deceive de Trentemoller y Sune Rose Wagner e Inferno de Paradox Obscur. Este fue el tiempo que me llevó volver a caminando a casa, desde una fiesta en el hotel Villamagna.

    Fue a la altura de Phantom (a la altura de la Embajada americana) que me fue revelado lo que quería escribir aquí y ahora, aunque en verdad me venía acariciando canciones atrás. Soplaba el viento y levantaba mi vestido de vuelo. Ese viento me llevaba a otros vientos de julio en Madrid. Ese viento, que levantaba mi vestido y me arrullaba por la espalda, me empujaba hacia la puerta del Dark Hole y me hacía rodar por sus escaleras. Ese viento me acompañaba por la calle San Marcos y me hacía entrar, quisiera o no, al Phobia, y después al Gris.

    Es el mismo viento que me acompaña y me deposita ahora en la puerta del Shadowplay, en la del Body Electric. Es el viento que me elige y me hace diferente, de una manera radical y oscura, a todos esos niños y niñas de la cola del Gavana. No es solo mi aspecto y la música, es que elijo no ser como ellos.

    Suena Biceps de TR/ST y Avoiding The Light de Buzz Kull. Son mucho más que canciones, son una criptografía.

    A ver si consigo explicarme. No va a ser fácil. Es un territorio resbaladizo.

    El otro día me confesaba mi amigo R. que era feliz sintiéndose diferente. En mi turno, yo le confesaba que siempre quise ser como los demás. Ojalá no sentirme tan ajena y lejana. Me gustaría ser una chica a la que dejan entrar al Gavana. Una chica que va al Gavana. Una chica que sabe dónde está el Gavana.

    Suena Part Deux de Antipole y Cyberpunk 2.0.2.0 de Health y Sacred Skin.

    Igual es mentira lo que le dije a R. Quizá me he convencido de esa mentira todos estos años. A lo mejor, me digo ahora, fuera tonterías, sí que me gusta sentirme diferente.

    Siempre he querido escribir una novela donde la pista de baile del Dark Hole existe para siempre. Donde bailo Sisters of Mercy sin que nadie me mire, envuelta en el humo.

    Otra noche más, siento que lo que quiero decir se me escapa entre los dedos, como la niebla blanca de la pista de baile.

    Camino por la calle Serrano con las canciones sonando en mis oídos, siendo yo misma la pista del Dark Hole, y siento la belleza de mi diferencia radical, de la música que solo escucho yo, de la ciudad nocturna que solo se revela ante mis ojos de la manera en la que yo la veo.

    El viento levanta mi vestido, y sé que lo hace porque suena The Beauty of Gemina.

    No soy yo, es la canción.

  • Menos sola

    Menos sola

    Cuando escriba mis artículos, cuando edite los de mis compañeros, cuando busque un titular, pensaré siempre —me olvidaré a veces, pero me esforzaré— en la joven pareja con bebé a cuestas que vinieron a hablar conmigo después de la conversación con Natalia Chientaroli en el festival que montó elDiario.es este fin de semana en Rivas. Se hicieron socios cuando dimos la exclusiva de Julio Iglesias. Pensaron que íbamos a necesitar su apoyo, por lo que viniera.

    Y la verdad es que sí. No tanto por si las cosas se ponen chungas, sino por el calor cotidiano. Ahora que sé que están ahí, que existen, puedo pensar en mi trabajo como algo que no se queda flotando en una nada oscura.

    Estas dos personas me sonreían ampliamente, me miraban a los ojos, me decían cosas ante las que sentía que no podía corresponder en efusividad. Yo, por dentro, me desbordaba.

    No voy a poder daros (quizá) otra exclusiva como esta, pero sí puedo comprometerme a seguir dando al botón de <PUBLICAR> con la misma integridad, serenidad y confianza con que lo hice el 13 de enero. Me siento menos sola.

  • En bici por Madrid

    En bici por Madrid

    Circular en bici por Madrid es siempre una sorpresa impredecible. ¿Moriré hoy?, es la pregunta que me hago cada día al darle el primer empujón al pedal.

    Podría morir arrollada por un coche que se cambia de carril sin mirar. Estampada contra el suelo por la puerta que un viajero de un VTC abre sin mirar. Estrujada contra el maletero de un taxista que para de golpe para atender un llamado desde la acera. Podría morir comiéndome el pico de un autobús porque no funcionan los frenos de la bicimad. Podría entregar mi vida a la muerte antes de atropellar a un peatón que ha decidido cruzar una calle por cualquier lado. Podría acabar a los pies de un cacharro con sirenas de los cientos que se aproximan sin saber por dónde te vienen: policías, bomberos, ambulancias, uvis móviles, samur, escoltas de coches oficiales, policías secretas. Podría estamparme contra un tuktuk despistado. Podría morir a los pies de un caballo desbocado de la policía nacional, o resbalarme con una de sus boñigas abandonadas a su paso por la Gran Vía.

    O podría no morir hoy sino dentro de unos meses, a causa de un cáncer de pulmón producido por las inhalaciones de CO2 que consumo cada día. O quizá necesite un trasplante de hígado porque el mío se quedó en la cuesta de San Bernardo cuando cogí una bicimad a la que de pronto se le agotó su empuje eléctrico.

    Madrid no ha cambiado mucho desde mi primera experiencia en biciloca (cuando eran blancas), en 2016. Ni mucho menos desde esta crónica sobre el paso a las bicimad azules en 2023 (que van más lentas y te cobran 0,50 si han desanclado una y resulta que las marchas no se cambian o no frena).

    Sigue sin haber carriles bici seguros para llegar al centro y básicamente ir en bicicleta consiste en intentar que los coches y demás vehículos te respeten en los carriles que tienen un 30 y una bicicleta pintada (muchos conductores no saben qué significa esto). Pero hay muchas calles importantes que no tienen ni eso (como María de Molina o López de Hoyos), en ellas, eres un escarabajo gordo y lento que estorba.

  • Caifanes era mi secreto

    Caifanes era mi secreto

    Tenía 17 años y quería creer en las formas del humo. Quería creer en el verso, en el infarto y en la muerte.

    Yo, con 17 años, quería creer en todas las mañanas del mundo.

    Yo quería escapar de casa y encontrar un agujero. Quería hacerme un hueco solo mío. Quería vivir en silencio y quería gritar.

    Quería no ser española, cualquier otro sitio era mejor.

    Con 17 años pensaba que todo lo bueno había pasado antes de que yo me enterara. Lo que tenía a mi disposición, me parecía mediocre.

    Yo quería algo que nadie más tuviera.

    Y entonces tuve a Caifanes.

    Caifanes no me dieron un lugar porque yo seguía descolocada, pero al menos me dieron una banda sonora.

    Qué bonito que ahora (sigo descolocada, no sé gritar, no me da sosiego el silencio) he podido entrevistarlos para anunciar los conciertos que están dando estos días en España. Comparto mi secreto.

    Y qué emoción que esta noche voy a verlos en directo por primera vez.

    Pego aquí el artículo que he publicado en elDiario.es. No me importa compartir el secreto.

    El resurgir de Caifanes: “Con el mundo tan dividido, la música pasa por encima de todo eso”

    Cambia la década del 80 al 90 y en España la música se ha vuelto comercial, aburrida, adocenada, domesticada. Aún falta un poquito para que explosione una nueva escena indie o alternativa que desgarre lo anterior. Así que mientras tanto, mientras nada pasa, llega en susurros la onda expansiva de una revolución que está sucediendo en México: el rock subterráneo ya no duerme bajo la tierra.

    Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Fobia, Alquimia, Neón o Caifanes surgían en México, poco después del gran terremoto que asoló el país en el 85, construyendo a partir de esos escombros una nueva identidad del rock mexicano, con influencia anglosajona del postpunk y la new wave pero también del acervo folclórico propio, cantada en español, de una sonoridad única.

    “No existía una escena de rock dentro del mainstream. Estábamos tocando en las coladeras, en los lugares clandestinos y en donde se pudiera, en la calle a veces. De repente vino ese bum y se puso de moda el rock en español”. Así lo recuerda Alfonso André, batería de Caifanes en una videollamada desde Barcelona, donde acaban de aterrizar para dar tres conciertos en España. Después del 24 de abril en la ciudad condal, el grupo tocará el 26 y el 27 de mayo en Madrid, con todas las entradas agotadas.

    Le acompaña en la entrevista el teclista Diego Herrera, que recuerda que en aquel entonces había una cosa en México llamada “los hoyos fonky”. “De repente llegabas a una bodega, nos funciona, sirve, pum, pum, pum. Venga, vamos a hacer un concierto, ¡mañana! ¡Pumba! Montabas todo ahí. Llegaba la gente, no sé cómo, porque se atascaba. No sé cómo se enteraba la gente. Y al día siguiente no había nada en ese lugar, desaparecía porque era clandestino”, rememora.

    Había gente dispuesta a escuchar a estos grupos, pero no había apoyo de las discográficas o de los medios. “Nos decían: ‘van a estar en este programa de televisión, pero tienen que tocar tal cosa y no pueden decir una mala palabra o no los vamos a entrevistar, o tienen que hacer playback, para que no corramos riesgos’”, dice Herrera. Como ejemplo de la poca confianza que tenía la industria en los grupos como Caifanes, el teclista recuerda que durante su primer contrato con una discográfica, los responsables buscaron la opinión de dos “expertos” para evaluarles: un argentino y un español. “Entonces dijeron bueno, pues mira, parecen putos, ese es un problema. Y el otro es que queremos vender discos, no ataúdes, ¿no? Porque estábamos con esta onda dark”. Les habían fichado “por si acaso”, pero en verdad no creían en ellos.

    “Luego vino otro argentino que tenía más visión que aquel y dijo ‘estos tipos valen la pena’. Entonces grabamos y empezó a suceder lo que ya conocemos”, remata Diego Herrera. Creció tanto ese público que aborrataba los lugares clandestinos que se desbordó, en parte gracias a la visión comercial del sello RCA, que creó la etiqueta “Rock en tu idioma”, donde aglutinó a bandas mexicanas, argentinas, y al final ya no era solo una campaña de marketing sino un movimiento. De Soda Stereo en Argentina a Los Prisioneros en Chile. Una gran ola de nuevo rock en español, dotado de una poética insuperable.

    Caifanes publicó cuatro discos que se consideran míticos, de culto, fundacionales, seminales, y cualquier otro apelativo épico que se quiera añadir a la definición. Importantísimos, en definitiva, para la historia del rock mexicano y para la memoria sentimental de los fans de la música en América Latina. Estuvieron activos diez años, entre 1986 y 1996 y se disolvieron —de manera traumática, brusca—, formando otros grupos, como Jaguares. En 2011 se reagruparon y volvieron a tocar en directo, pero no han vuelto a publicar otro disco largo, aunque sí cuatro canciones en siete años, a goteo.

    La última se titula Y caíste (2025) y en ella muestran los colmillos al futuro, como dice un verso de la canción, escrita por el carismático cantante Saúl Hernández, uno de los mejores letristas de Latinoamérica. 

    “No tenemos una disquera atrás con el látigo como teníamos antes”, analiza Alfonso André. Ahora el grupo es su propio jefe y no se ve forzado a publicar un álbum. “Hemos estado sacando cuando sentimos la necesidad y las ganas de meternos al estudio. También estamos muy entregados a tocar en vivo, sobre todo después de la pandemia”, añade. André se da cuenta de que este fluir agradable del grupo ahora, que perdió por el camino a los miembros Sabo Romo —con problemas de salud— y Alejandro Marcovich —con una relación tirante con Saúl Hernández—, se adapta bien a cómo funciona la industria de la música hoy. 

    “La gente ya no se sienta a escuchar un disco completo, se maneja más con esto de los sencillos, que no es nada nuevo tampoco, ya era así en los cincuenta y los sesenta”, señala Alfonso André. “En lugar de aventarnos meses en trabajar un disco entero, preferimos hacer estas visitas medio guerrilleras al estudio y no tener que parar la gira. Grabamos un par de temas cada vez que nos metemos. Tenemos ya por ahí unos tracks que no hemos publicado, que estamos guardando para cuando por fin tengamos suficientes canciones para hacer un larga duración o al menos un EP”, revela el batería, anunciando que es probable que llegue un quinto disco de Caifanes, después de El nervio del volcán, en 1994.

    Caifanes se siente un grupo de directo y el público español va a poder comprobarlo. El grupo solo ha estado tres veces en nuestro país: dos en Madrid (en las salas Revolver y Caracol, en 1994) y en el Encuentro Iberoamericano de Rock en Huelva que tuvo lugar en 1991, un acto previo a las celebraciones del 92. Pocas, para un grupo de su calibre. En la entrevista, Herrera y André relatan que la historia de Caifanes podría haber sido diferente porque antes de dar su primer concierto, antes incluso de que Alfonso André dejara Las Insólitas Imágenes de Aurora para enrolarse en Caifanes, decidieron mudarse a España e iniciar su carrera aquí. “Querían venirse en un barco carguero”, dice el teclista.

    Pero una canción se coló en una emisora de radio y cambiaron de idea, adiós al sueño español de compartir escenarios con Alaska y Dinarama, Radio Futura, Toreros Muertos o Nacha Pop. “No sé cómo nos hubiera ido si llegamos aquí tres güeyes a un departamentito y nos la buscamos en ese momento”, reflexiona Herrera. A pesar del éxito posterior, su discográfica no hizo el esfuerzo suficiente para que el grupo fuera conocido en España, un desdén que también han sufrido otros muchos grandes nombres del rock latinoamericano, tesoros que parecen conocer solo los expatriados, a juzgar por el público que compra las entradas de sus conciertos.

    Caifanes ha vuelto y está dispuesto a enmendar los errores del pasado. Han sanado sus heridas y han encontrado una manera de volver a estar juntos. “Tienes que tener muy buena paciencia y buena alma para poder aguantar”, señala Herrera. “Nos entendemos porque sabemos relacionarnos y qué le duele a uno, qué le duele al otro y dónde no debes pisar”, añade. “Pero la mayor sanación es tocar. Eso es una gloria. En este momento, con el mundo tan dividido como está, la música pasa por encima de todo eso, y a nosotros nos pasa en el escenario también”, recalca. “Eso nos mantiene queriéndonos y juntos”.

    Saúl Hernández llama “rituales” a los conciertos, lo cual engancha con esa idea de poder de sanación, “de saltar la razón y llegar directito al corazón”, dice Herrera. La palabra corazón forma parte de la identidad de Caifanes, de su retórica. “Corazón es sentirlo, no fingirlo”, dice Alfonso André. Corazón es también “la composición”, hacer canciones entre todos, que “te encante lo que hizo el otro” y que “todo caiga en su lugar”, añade Diego Herrera.

    En este regreso de Caifanes, el grupo está dispuesto a “perderle el respeto a todo”, incluido a las canciones, que son casi textos sagrados para muchos fans: La célula que explota, No dejes que…, Viento. “Hay canciones que las tocamos igual que las grabamos y hay otras que nos tomamos la libertad de darles otra vida. No debe de haber reglas inquebrantables. Las canciones van mutando conforme las vas tocando igual y aparecen otras cosas que no te habías imaginado”, dice Alfonso André.

    A lo que si hay respeto es al nombre. Son Caifanes, los Caifanes. “Yo le tengo respeto y le tengo mucho cariño porque ha sido lo más importante que ha sucedido en mi vida”, admite Herrera. “Hay que hacerle justicia al nombre y a la historia del grupo. Nos ha pesado al meternos a grabar, de repente, aunque tratas de dejarlo atrás y de quitarlo de tu cabeza, para meterte fresco al estudio y sin tener ese peso encima, pero está ahí, en el subconsciente”, confiesa el batería. Y remata: “He de hacerle justicia a la historia de la banda y a la trascendencia que ha tenido a lo largo de los años para nuestro público. Sí, creo que es una responsabilidad y hay que hacerle justicia al nombre de Caifanes”.

  • Muere la periodista Elena Cabrera a los 101 años

    Muere la periodista Elena Cabrera a los 101 años

    Esta noche ha fallecido, mientras cerraba los ojos para escuchar con mayor atención un disco de Depeche Mode, la periodista madrileña Elena Cabrera a los 101 años.

    Siempre quiso ser periodista. Como ella mismo contó cuando veía la oportunidad: de pequeña jugaba a las redacciones. En el camping de Valdemorillo, donde pasaba los fines de semana entre caravanas, avances y mobilhomes, organizaba a un grupo de niños y niñas de nueve o diez años para que se dispersaran en busca de noticias y le trajeran sus crónicas para el cierre. La mesa de redacción era una roca inmensa a la sombra de unas encinas. «¡He encontrado un hormiguero gigante!». «¡Esto irá en primera plana!», contestaba la joven directora.

    La única cosa que le gustaba más que el periodismo era la música. Por eso, de manera natural, sin haberlo planificado, antes incluso de acabar la carrera de Periodismo (que, en realidad, no acabó), se convirtió en periodista musical.

    Entrevistó a muchos grupos, cubrió muchos conciertos y festivales, escribió sobre muchos discos. Sus juegos de infancia se volvieron más reales cuando le dieron la oportunidad de dirigir un periódico diario en el Festival de Benicàssim, un proyecto loco que ella vio nacer en la Sala Maravillas, donde trabajaba algunos fines de semana en el ropero.

    En una fiesta de Nochevieja, alguien se llevó el abrigo de otra persona. Al final de la noche, cuando solo quedaba un abrigo por recoger y no era de la última persona que quedaba en la sala, se llevó una bronca gigantesca. Esa madrugada le grabó a fuego una mentira: puedes esforzarte mucho en cuidar los abrigos de 300 personas durante una noche, pero si te equivocas solo en uno, todo tu trabajo valdrá una mierda y habrás pasado la peor noche de tu vida.

    Ella era así. Un solo error pesaba más que cien aciertos. Se hundía en sus equivocaciones con demasiada facilidad.

    Ya de mayor, empezó a entender el papel que su padre había jugado en esa autoexigencia desmesurada. Elena perdió a su padre a los 14 años, a causa de una hepatitis C cuando no existían los fármacos que la curaban.

    Elena nunca fue una niña de notas extraordinarias. Si traía un 6, un 7 o un 8, su padre le decía que se había esforzado poco y podía hacerlo mejor. No recordaba que él se pusiera contento por sus aprobados. En una ocasión, su padre vino a buscarla al colegio y Elena salió con el boletín de notas en la mano. Se lo entregó y él miraba hacia el frente, de manera seria y distante. La profesora había añadido un comentario al pie: «Elena demuestra apatía en las clases».

    «¿Qué es apatía, papá?», preguntó la niña. El padre le explicó que es cuando las personas no demuestran ilusión o entusiasmo por las cosas, no tienen ganas de vivir.

    Su padre tenía una enfermedad crónica que le deterioraba. Le dijo a su hija que moriría con esa enfermedad. Lo que no le dijo es que moriría por esa enfermedad. Por ello, el día que murió, Elena no entendió nada. Nadie le dijo que iba a morirse.

    Es posible que nada cincelara más el futuro de Elena Cabrera que la ocultación de la gravedad de la enfermedad de su padre. De adulta, le resultaba inmanejable la irritación que le provocaba no enterarse de las cosas. «No sabía eso», «eso no me lo has contado», «¿por qué no me has dicho eso?» fueron algunas de sus frases más repetitivas.

    Cabrera hablaba bajito y poco claro. Su dicción era confusa, y esto es algo que ella odiaba. La frustraba y la desesperaba. Hubiera querido hablar como una actriz de teatro. Si algo le apenaba era ser tan mala cantante. Desafinaba malamente. Y aún así, fue cantante en un entrañable conjunto de tecnopop de nombre Sukiyaki.

    Con Sukiyaki grabó canciones y realizó conciertos cuando ella tenía unos 25 años. Pasados los 45, volvió a la música. Se compró una guitarra eléctrica y fue feliz sacando ruido de ella. Después, el teclista de un grupo de cierta fama con el que había compartido escenarios tiempo atrás le regaló un teclado Venom, con el que pudo seguir haciendo canciones.

    Elena se sintió una niña huérfana toda vida. Esta ausencia le inyectaba una gran melancolía y desvalimiento. Vivía bajo la amenaza de la pérdida. Sentía miedo. Sentía pena. Sentía culpa.

    Pero, sobre todos sus defectos, el que más detestaba era el miedo al ridículo.

    Fue así hasta el día que cumplió 51 años. Aquel 17 de abril de 2026, decidió que su vida sería diferente. Decidió cantar aunque desafinara. Decidió hacer canciones aunque fueran malas. Decidió escribir sin pensar en el qué dirán. Decidió dejar de ponerse minas en su camino para pisarlas después.

    Los otros 50 años de vida, Elena fue feliz. Disfrutó de la vida junto a su compañero Alberto Monreal, que vivió también hasta los 101 años. Y junto a su hija, la mejor persona del mundo, Eleonor Monreal, la cual sobrevivió a sus padres en todos los sentidos: en edad, en jovialidad, en humor y en sabiduría.

  • Somos fucking Madrid

    Somos fucking Madrid

    Que dijo el puto Brett Anderson que somos fucking Madrid. Y eso que nos pilló de lunes. La verdad es que estaba para amarle eternamente: cuanta más voz perdía, más se daba. Entregado totalmente a la canción y a su público.

    Dijo que somos fucking Madrid, pero yo le vi a él más a tope que a nosotros.

    Jamás vi un mal concierto de Suede. No sé cuántos he visto: siete u ocho, tengo dudas. Y estuve pensando si había otro frontman que le importara más romper la barrera entre escenario y audiencia, y no se me ha ocurrido otro.

    Para Brett Anderson, la canción es eso que pasa entre todos. Entre ellos y nosotros. La tocamos entre todos.

    Estuve el lunes el La Riviera y escribí esta crónica. La pego aquí también:

    El sudor, el amor, el nervio y el látigo de Brett Anderson

    Desde el principio del concierto de Suede en La Riviera este lunes, ya a Brett Anderson se le notaba que tenía un secreto.

    Hacía 13 años que Madrid no veía un show de Suede en una sala, desde que el disco Bloodsports (2013) trajo al grupo también a La Riviera, e igualmente con entradas agotadas. Suede es un grupo que se ha malacostumbrado a los festivales. En España, debe ser raro que les quede alguno sin pisar.

    Festivales y geografía. En su idilio con España, el grupo británico, uno de los cuatro grandes del britpop, ha visitado lugares como Calvià, Ourense, Maracena, Escalarre u Oviedo. En la gira actual, en la que presenta el espléndido disco Antidepressant (2025), se está pateando la península, desde Sevilla hasta A Coruña. En verano habrá una nueva oportunidad de ver al grupo, en un programa doble junto a Nacho Vegas en el festival Pirineos Sur (en Lanuza, Huesca), el 10 de julio.

    La de anoche no era la mejor para la garganta de Brett Anderson, pero hizo todo lo posible por compensarlo (otros hubieran cancelado). Salió al escenario con la decisión con la que siempre traspasa la cortina que separa el mundo íntimo del mundo del espectáculo. Fue puro nervio del principio hasta el final, desde Disintegrate hasta Dancing with the Europeans. 

    Hay pocos frontman como él. Anderson ha patentado algunos movimientos icónicos, de manera que cualquiera que los intente, no será más que un imitador torpe. Estos son algunos: trepar hasta el filo de los monitores y, una vez arriba, mostrar su zapato lustrado; rebotar de manera incesante como si unos muelles imaginarios en los talones provocaran cierto vibrato en la voz; hacer girar el micrófono agarrado por el cable como si fuera una honda, veloz y peligrosa, después usarlo como un látigo, para que finalmente se enrede por inercia alrededor de su propio cuerpo, siempre al borde del estrangulamiento. Anderson, siempre al borde de todo: de los monitores, de los escenarios, de la vida.

    Anoche, Brett Anderson estaba algo afónico. Se sinceró con el público y pidió ayuda en algunas canciones. El público español que le ha visto mucho, se ha sentido algo decepcionado. Pero incluso ese espectador exigente sabe que el peor concierto de Suede es un gran concierto, así en general. “La perfección es aburrida”, le dijo al público. A pesar de que la voz iba perdiendo matices y fuerza según avanzaban las canciones, Anderson completó la interpretación acústica de The Wild Ones con una frase a capella, como suele hacer en esta gira.

    Unas flechas blancas pintadas con pegatinas sobre el suelo del escenario marcan a Brett Anderson el camino hacia su público. Un pequeño carril le conduce hacia el borde y, de ahí, a una escalerilla por la que desciende en reiteradas ocasiones, en todas las ciudades, para destruir la barrera del foso. Brett se baña entre los cuerpos de su público. La felicidad que le embriaga de una manera tan evidente, se derrama entre los abrazos, las fotos, las palmas que tímidas dan un pequeño toque sobre sus hombros e incluso los pasos atrás, con respeto y reverencia, que algunos dan para abrirle paso y que no quiera regresar pronto allá arriba, donde Mat Osman, Neil Codling, Richard Oakes y Simon Gilbert siguen a lo suyo, tocando para que nada de desmorone.

    Dancing with the Europeans —canción que da título al tour, tercer single del disco y tema explosivo que cierra los conciertos— está inspirada, lo ha contado Brett Anderson, en un concierto que dio Suede en España hace tres años, cuando el cantante estaba pasando por una depresión y algo pasó con ese público, con la energía de esa noche, que fuimos como antidepresivos para él. Ese día comprendió lo importante que es sentirse “más grande” que uno mismo, parte “de un grupo”. Resulta que el grupo no es Mat, Neil, Richard, Simon y Bret. El grupo es también María, Nino, Iñaki, Alberto, Miguel, Raúl, Elena, Estela y miles de personas más. Todos somos Suede, de eso va este disco. De conectar en un mundo desconectado.

    Al final del concierto, Brett Anderson ya no pudo guardar el secreto por más tiempo, y dijo que lo iba a contar. Los grupos, explicó, suelen decir que la ciudad en la que están es la mejor, y que tiene el mejor público —“you’re beautiful!” gritó en Beautiful Ones, y seguro que eso lo dice siempre, y seguro que siempre es verdad— pero en “fucking Madrid” esta es verdad de la buena, dijo, con palabras similares.

  • Julio Iglesias me ha demandado

    Julio Iglesias me ha demandado

    Ojalá me hubiera concedido una entrevista. Ojalá hubiera levantado el teléfono las innumerables veces que le llamé. Ojalá hubiera contestado algún mensaje con las decenas de preguntas que tenía para él.

    En lugar de eso, un post en Instagram.

    En lugar de eso, un conocido abogado madrileño, José Antonio Choclán —«el abogado de las estrellas», escribió La Razón— nos manda una demanda de conciliación por injurias y calumnias, el paso previo a la presentación de una querella.

    En esa «conciliación», Julio Iglesias pretende que borremos los artículos, nos disculpemos y le indemnicemos. Pero ya lo ha dicho nuestro director: no vamos a rectificar.

    Nos vemos en los tribunales, Julio.

  • Investigar a Julio Iglesias

    Investigar a Julio Iglesias

    Un par de veces me han preguntado si ya había hecho esto antes. Contesté que hice algo parecido, pero que me llevó menos tiempo y se quedó en un cajón. Se trataba también de una acusación por agresión sexual a una persona relevante en la cultura. Yo misma recomendé que no se publicara, aunque había pasado los filtros legales y la edición de mis jefes. No niego que la historia que contaba ese reportaje no fuera real, pero me surgieron dudas que me impedían defender a muerte esa historia.

    Por supuesto que sentí que había fallado a esa mujer, pero también pensé que me fallaría a mí misma como periodista si publicaba un artículo con fisuras.

    Con Julio Iglesias, el proceso fue muy distinto.

    Con los testimonios que reuní en estos tres años de investigación, la convicción de su veracidad era tan grande, que el día que alguien me sugirió que quizá la historia se quedaría en un cajón, como tantas otras, fue uno de los peores de mi vida. ¿Cómo sería mi futuro si tuviera que seguir adelante con mi vida y mi trabajo, sabiendo lo que sé? ¿Cómo me sentiría cuando llegara el verano y empezaran a circular los memes del mes de julio? ¿Cómo reaccionaría cuando alguien pinchara Un día tú, un día yo (una canción que me encanta) en una fiesta? ¿Cómo seguiría hablando con las mujeres que habían confiado en mí, que me habían dicho cosas tan íntimas, con tanta vergüenza, entre tanto llanto y tanto miedo?

    No me veía capaz. Me imaginé abandonando. Me visualicé como jardinera, que es el trabajo con el que fantaseo cuando siento que no puedo con el peso del que tengo.

    El 13 de enero a las cinco de la mañana, el secreto se convirtió en historia. Fue como romper un jarrón. Pero para mí hubo un momento más poderoso, semanas atrás: cuando Ignacio Escolar me dijo «vamos adelante». Yo no podía estar más orgullosa de él, ni de el periódico que él fundó y en el que tengo el honor de trabajar, ni de la profesión que elegí desde que era una niña, esto que es mucho más que un trabajo, esto que siento que sé hacer dignamente.

    (Otro momento muy fuerte, que recuerdo con claridad, fue cuando Laura (nombre ficticio) me llamó y me dijo: «Vamos a denunciarle». Menos mal que estaba en mi casa porque la piernas no podían sostenerme, me senté en el suelo y lloré con una mezcla incontrolable de alegría y ansiedad).

    Laura y Rebeca denunciaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional el 5 de enero. Posteriormente a la publicación del primer artículo, el día 13, Iglesias, que no contestó nuestras preguntas durante los 11 días que le dimos de plazo, colgó un comunicado en Instagram, dijo que lo que habíamos publicado no era cierto y negó «haber faltado el respeto a ninguna mujer”. La Fiscalía evaluó la denuncia y consideró que España no tenía jurisdicción para investigar los hechos. Pero Rebeca y Laura, a través de sus abogadas de Women’s Link, dijeron que no se rendirían, que seguirían buscando un acceso a la justicia.

    Algunos compañeros me han dicho que la publicación de esta exclusiva les hace estar orgullosos de ser periodistas. No hablo solo de compañeros de elDiario.es, también de otros medios. Esto es de lo más bonito que me han dicho nunca.

    La investigación no ha terminado porque siento que la historia se ha contado de manera incompleta. Seguimos trabajando en ella.

    Gracias por creer en el periodismo.