que vuelvan a importar los blogs

  • Diario del coronavirus (82): Recuerdo aquel 2020

    Diario del coronavirus (82): Recuerdo aquel 2020

    Regresarán a nuestra memoria recuerdos idiotas del año 2020. Lo más importante lo recordaremos como si lo hubiéramos estudiado, con la seriedad de los grandes acontecimientos, pero no serán esos los recuerdos que nos aviven el pasado de manera inesperada. Serán las bobadas, las tonterías, los objetos sin importancia aparente y las palabras que no pretendían ser solemnes. Estoy segura de que, al menos a mí, me pasará así, porque conozco mi cabeza y siempre juega conmigo de la misma manera. Por ejemplo, recuerdo con precisión la intensidad exacta de la luz que entraba por la ventana de mi habitación en la mañana del 11 de marzo de hace 16 años, mientras escribía en mi blog, pero no sabría decir, en este momento, cuántas personas murieron en el atentado terrorista de los trenes de cercanías de Madrid.

    Hay veces que, cuando la luz entra por esta ventana, que no es aquella ventana, con exactamente la misma cantidad de brillo, y se posa sobre esta mesa, que sí es la misma mesa, el instante funciona como disparador y puedo evocar, con bastante facilidad, algunos de los sentimientos, conversaciones y acciones de esos días. Me pregunto cuál será el gatillo de la memoria que actúe mejor en el futuro. Podrían ser algunas manchas blancas sobre mi ropa negra, pequeños lunares de salpicaduras producto del uso intensivo de la lejía para desinfectar la casa. O quizás algún día, ordenando los papeles de cuando Eleonor era pequeña, encuentre sus dibujos de este año, que por suerte la nostalgia me impidió tirar, y vea el tren que pintó sin causa aparente, aunque en verdad acabábamos de darnos cuenta de que los viajes que teníamos planeados para la primavera de ese año no podrían realizarse. O lo mismo, entre ellos, encuentro su trabajo para la asignatura de inglés en el que tenía que hacer una redacción sobre cómo era alguien que conociese en el pasado y en el presente; lo hizo sobre mí y escribió que actualmente soy “very hygienist” pero, ¿cómo no serlo cuando combates la guerra mundial z contra un virus?

    Estoy segura de que se destaparán los recuerdos cuando, al fondo de un cajón, encontremos las mascarillas de tela que compramos ese año, descoloridas de tanto lavarlas a 60º. Probablemente recuerde algunas de las palabras que me dijo Lissa, la modista a las que le compré las primeras, aunque quizá se me olvide su nombre pero no el chaleco verde que llevaba y cómo se colocó la cinta métrica encima de él para que le hiciera una foto porque “las costureras siempre llevan el metro al cuello”, me dijo. Cuando, en el futuro, vea un ejemplar de la revista Rockdelux, que tanto leí y en la que yo también escribí, seguro recordaré que su último número salió durante la cuarentena, que ahí se acabó una era; quizás recuerde en qué quiosco lo compré y cómo, detrás de mí, había otra mujer de mi edad que me preguntó de dónde lo había cogido, para llevarse también ella uno. Puede que cuando vea un libro de Manolito Gafotas en una librería recuerde las horas tardías —porque habíamos dejado de madrugar— en las que me permitía leerle a Eleonor algunas páginas, debido a que un lector de este diario se lo recomendó, y acertó de pleno. Supongo que sucederá lo mismo con algunas canciones, que se quedarán pegajosamente adheridas a este momento histórico, como Los términos de mi rendición, de Bunbury, a quien entrevisté durante el confinamiento y, unos días después, mi cuñado me regaló el disco por mi cumpleaños. Cuando pase los dedos por mis discos buscando qué poner y reconozca el lomo de Posible (quizá lo extraiga y lo ponga), recordaré que cumplí 45 años durante la cuarentena y que escribí todos los días aquí, “con el desorden de la urgencia”, como canta Enrique Bunbury en esa canción.

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    Esta es una serie de diarios personales publicada en eldiario.es durante el estado de alarma debido a la pandemia por coronavirus. Puedes leerlos todos aquí.

  • Diario del coronavirus (81): Asciende la curva de la excitación

    Diario del coronavirus (81): Asciende la curva de la excitación

    Allá donde voy (una clínica dermatológica, un bar, una tienda de cómics) pregunto a los empleados qué han hecho en los últimos tres meses. Y a la vuelta de cada historia siempre aparecía el mismo personaje: el ERTE. Una peluquera me lo explicó de tal manera que parecía su compañero de piso: “mi chico, yo y el ERTE”. Entendí que ahí estaban los tres, confinados. Podrían haber sido cuatro, pero al chico lo teletrabajaron. Me contaba su novia, mientras nos veíamos reflejadas en el espejo, que ya no quería volver a la oficina, que estaba feliz en su casa. Sus jefes, al aparecer, habían medido la productividad de los empleados a distancia (él trabaja en el sector financiero) y habían descubierto que esta había mejorado en estos dos meses. Lo que ellos no saben pero yo sí (no sabía la chica a quién estaba haciendo confidencias) es que el novio trabajaba lo suyo superrápido para sacar más tiempo libre para los videojuegos. La conclusión es que todos estaban más felices: los jefes por el excelente rendimiento, el chaval con el tiempo en transporte que se ahorraba, que directamente se invertía en la consola, y ella, que de no verse apenas, ahora se tenían más a mano. La conversación terminó con un deseo, por parte de ella, de que en un futuro próximo se instaurara el teletrabajo de manera regular y no extraordinaria. por mi parte, le recordé que el empresario se está ahorrando unas gastos considerables que ellos están aportando: ¿quién paga la electricidad, la conexión a internet, el gas, la calefacción, el desgaste de la vivienda? Exceptuando el wifi (al parecer el chico comía un considerable ancho de banda) todo lo demás no le importaba ponerlo de su bolsillo (me dio a entender con un gesto) para que su chico siguiera trabajando en pijama. Dije que la entendía. Cuando acaben las prevenciones y finalice esta etapa de teletrabajo, tendré que volver a la oficina en un pueblo de Madrid y meterle dos horas diarias al metro. Ahora mismo, se me hace la cosa más absurda del mundo.

    Desde que quité la alarma de los despertadores al principio del confinamiento, no la he vuelto a poner, a excepción de un día que me tuve que pegar un madrugón. Descubrí que el cuerpo se levantaba él solito cuando tocaba, sin hacer alardes, y pude prescindir del café de la mañana (al que mi cuerpo reaccionaba con violencia) para reanimarme. He pasado sentada delante del ordenador muchas más horas de las que me gustaría pero no me ha quedado otro remedio, peor hubiera sido no tener trabajo. En la gestión de los espacios he de decir que mis jornadas laborales han provocado que monopolizara el uso del estudio común, el cuarto en el que tenemos el mejor ordenador de la casa, así como nuestros libros y otros cachivaches. Cuando Alberto tenía que hacer algo, prácticamente me lo pedía con un hilito de voz: “¿podría usar el ordenador…?”. Yo me levantaba y le dejaba el asiento abombado y caliente, así como mis cuadernos desperdigados por la mesa. A vece no había terminado, así que me cogía el portátil (que va regular, pero tira) y me sentaba en el balcón a escribir estas páginas del diario. Me parece que se notan las historias que están escritas ahí afuera: tiene aire, están manchadas de la vida que pasa, respiran mejor. Las de adentro creo que se reconcomen a sí mismas, que giran sobre una misma idea, que unos días languidecen y otros se llenan de rabia. El otro día Alberto me preguntó: “¿a qué hora vas a salir de tu jaula?”, que me parece que es una expresión lo suficientemente explícita.  

    Ayer salí de mi jaula un rato a las siete para darle un regalo de cumpleaños a A. en nombre del grupo Acción Mojitos. A las que no pudieron venir las llamamos por videoconferencia desde la terraza de un bar. A M. la pillamos en el metro de vuelta a casa desde su trabajo. A M., en una larguísima jornada de teletrabajo desde su cama y medio en pijama, me pareció, un poco como el novio de la peluquera. Todas las del grupo estaban agotadas por el trabajo o dedicadas al cuidado de sus hijos (y, en cierta manera, también agotadas). Mientras tomábamos una caña, apareció J., un amigo de A., con un ramo de flores. J. nos contó una de estas historias maravillosas de convivencia a la fuerza por culpa del coronavirus: su pareja, que vive en otro país, tuvo que alargar lo que era una visita de unos días a varias semanas, hasta que le permitieron volver. El piso de J. es minúsculo. “Es una de esas situaciones en las que o te va fenomenal o el otro vuelve a su país en un ataúd”, dijo, con una elocuente dosis de humor negro. Poco se ha hablado de cómo afecta el confinamiento al amor. Estoy deseando ver las cifras de divorcios el año que viene. Mi amiga R. lo ha definido muy bien “qué gana de vernos un poco menos”. No es de extrañar que haya quien celebre la vuelta a la oficina como un espacio de distanciamiento ya no personal o social, sino mental. Colocar el cerebro en otro lugar, durante unas horas, aunque sea en un trabajo explotador, no suena tan mal.

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  • Diario del coronavirus (80): ¡’Avada Kedavra’, se acabó el curso escolar!

    Diario del coronavirus (80): ¡’Avada Kedavra’, se acabó el curso escolar!

    La incertidumbre nos estaba provocando un engañoso efecto óptico: el verano parecía más lejos de lo que estaba. El curso acaba este viernes y, aunque es posible que no haya tanta diferencia entre las semanas previas y la que viene, sí está sucediendo que a muchas personas las están reincorporando a su trabajo, sacándolas de los ERTE o dando por terminada esta etapa de teletrabajo. Ya dos amigas, con hijas en Primaria, me han contado que les avisaban un jueves para regresar un lunes. En ambos casos, las personas que estaban organizando la nueva normalidad de las oficinas, se olvidaron de que en la vieja normalidad había niños en el colegio que ahora están en casa, enlazando el confinamiento con las vacaciones de verano. Suponemos que pensaron que ya sabrían los padres y las madres qué hacer con ellos, que a algún sitio los mandarían. Pero no es tan fácil.

    De golpe, muchas conversaciones giraron hacia la pregunta ¿qué vais a hacer con los niños?, que en realidad habría que leerla entre exclamaciones: ¡qué vais a hacer con los niños!, y con un tono rayando en el pánico: ¡¡QUÉ VAIS A HACER CON LOS NIÑOS!! Desconozco cómo va el tema en otras ciudades, pero en Madrid se cancelaron los campamentos de verano habituales y no ha sido hasta hace pocos días que se han anunciado unos nuevos llamados “para la conciliación” y que tendrán lugar entre el 20 de julio y el 14 de agosto. Por un lado, habría que pensar qué pasa con la conciliación el resto del verano y, por otro, si una vez más no estamos adultocentrándolo todo tanto, como se preguntaba Ana Requena hace un tiempo en este diario, que ni siquiera podemos llamar a los campamentos “para pasarlo chachi”, o algo así, pensando más en los niños y niñas. Me vais a decir que es una tontería, que total es solo un nombre, un título, pero yo estoy convencida de que nombrar las cosas es una parte importante de hacer las cosas.

    El asunto es que estos campamentos, de los que aún no se sabe mucho más, los convoca la Unidad de Programas Socioeducativos para la Conciliación de la Vida Familiar y Laboral del Ayuntamiento de Madrid, por lo que no podríamos esperar otro enfoque y solo pueden ser solicitados por las familias en las que ambos progenitores trabajen, o bien sean monoparentales o monomarentales trabajadores. Estoy pensando en una persona que conozco, que ahora mismo no está trabajando pero cuya salud mental está bastante al límite después de haberse dedicado intensivamente a cuidar y a enseñar a sus hijos durante el confinamiento. Esta mujer, si quiere darle a sus hijos nuevas experiencias y a ella un poco de espacio, sea para recomponerse o para buscar trabajo, no puede optar a estos campamentos gratuitos y tendrá que buscar uno de pago. En el AMPA del colegio de Eleonor se están reuniendo las opciones que les van llegando. Los precios suelen estar alrededor de 150 euros la semana y todas las propuestas son a partir de julio porque, según me cuentan, han tardado en desarrollarse los protocolos y, a partir de estos, han necesitado un tiempo para diseñar y adaptar las propuestas.

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  • Diario del coronavirus (79): La arquitectura del buen vivir

    Diario del coronavirus (79): La arquitectura del buen vivir

    Cuando me mudé a este pasaje en el que vivo, hace casi quince años, ya sabía dónde me metía: una vieja colonia falangista que apodaban “la de los militares” porque el Gobierno franquista le daba un piso a un policía o un guardia civil en el entresuelo de cada portal, para tener a la comunidad bien controlada. No es que hiciera mucha falta, a fin de cuentas, estos pisos de protección oficial, diseñados por la Obra Sindical del Hogar (OSH), los repartía el Instituto de la Vivienda, en un régimen de alquiler con derecho a compra, a profesionales afines o empleados de la administración, mediante instancia en la Sección Femenina de La Falange. Con estos antecedentes y los símbolos del “Víctor” y de la OSH, discretamente pegados a la piedra de estos bloques, construidos a finales de los años 40, Alberto y yo compramos este piso a los hijos de sus primeros propietarios (Charo y Zenón, él era policía) con la esperanza de que el clima ideológico de estas manzanas, inspiradas en los fascismos italiano y alemán, se hubiera diluido con el paso de las décadas. 

    Con el paso de los años descubrimos que esa disolución se estaba produciendo a un ritmo lentísimo. Aún viven muchos de los inquilinos originales, o bien sus hijos, quienes, educados en sus mismos principios, algunos salían fachas y otros progres, para disgusto de los padres. Cuarenta años de letras mensuales después de la entrega de los pisos, es decir, a principios de la década de los 90, los inquilinos adquirían el piso en propiedad y a partir de ese momento algunos los vendieron, sacando unas pesetas a unas casas baratas, de materiales pobres pero muy bien ubicadas en la entrada a Madrid. Aprendí de una amiga que toda arquitectura es ideológica porque hay decisiones que toman los arquitectos según su manera de entender la vida y la ciudad. En este caso, mi casa es ideología pura: las estancias principales dan a un jardín interior para generar un espacio seguro y vigilado de comunidad; las habitaciones ofrecen sus puertas al salón porque este debe ser el centro de la familia; los bajos se destinan a más vivienda en lugar de a locales comerciales para generar un entorno de aislamiento: una colonia por la que no hay gente de paso que no sean sus propios habitantes, dando así la espalda a los extraños. Sobre si las paredes son tan finas para escuchar las conversaciones ajenas o porque los materiales durante la posguerra no daban para más, hay debate. El caso es que cuando mis vecinos de arriba hacen ejercicio por las tardes, nos tiembla la lámpara del salón y cuando un coche se aventura inadecuadamente por el pasaje peatonal (a veces es la policía o una ambulancia), los del bajo sienten que se les hunde la casa. Por supuesto, la jugada no era tan sencilla como colocar a policías y militares en estos portales, se trataba de que las semillas que se plantaban, pervivieran.

    En esta pausadísima transformación, donde un año de vida humana equivale a una década de vida arquitectónica, todos esos elementos ideológicos se van jugando a las cartas contrarias, aunque no sin ciertos roces: pisos que por su distribución son ideales para compartir con los amigos (aunque algunos son derruidos totalmente por dentro, reformulados y convertidos en apartamentos turísticos), vecinos que se ven las caras al salir al balcón, que se saludan, que se cuentan cómo va la vida; niños y niñas que adquieren autonomía moviéndose solos entre los jardines y las calles peatonales. Sueño que la arquitectura del control será un día la del buen vivir: imagino los balcones abarrotados de flora y fauna, fiestas vecinales, cine de verano en las azoteas, pandillas de niños y niñas que se llaman a los telefonillos, un ensayo de tribu donde nos cuidamos los unos a los otros. Ahora tenemos un poquito de eso y otro poquito de guerra de banderas, de batalla de aplausos contra cacerolas, de desconfianza entre los antiguos moradores y los nuevos (“yo llevo 50 años viviendo aquí”, me dijo una vecina unos días antes del estado de alarma para intentar ganar una discusión sobre el uso de un pequeño jardín cerrado con un candado que tenemos en el pasaje).

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  • Diario del coronavirus (78): Rarísima normalidad

    Diario del coronavirus (78): Rarísima normalidad

    Este martes 16 de junio, Eleonor cumple 9 años. Le he dicho “bueno, este cumpleaños lo recordarás para siempre, ¿no?” y ella se ha encogido de hombros, en plan, “pues como todos”. Yo sigo a lo mío: “el cumpleaños del año del coronavirus, ¡vaya año raro, eh!”. Y ella: “sí, sí, rarísimo”. Lo dice para que deje de darle la brasa y volvamos a hablar de lo que realmente le interesa: qué vamos a hacer de merendar, a qué hora van a venir los invitados, qué le van a regalar. También quiere saber cómo fue el parto, qué estábamos haciendo unas horas antes de que ella naciera y qué dijo la familia cuando la vio por primera vez. El coronavirus, la cuarentena y el confinamiento le parecen mucho menos sorprendentes, tan asimilados en su vida, que el que yo pasara dos horas dando vueltas alrededor del hospital para dilatar, agarrándome a las farolas durante las contracciones.

    Ha tenido que recortar la lista de invitados para no juntarnos muchos en casa. Ella, que es más de macrofiestas que de petit comité, ha sufrido un poco. En Madrid, estamos en fase 2, por lo que podríamos juntarnos hasta quince personas en casa, pero teniendo en cuenta que vivimos en un piso de 70 metros cuadrados y que los niños de 9 años parecen demonios de Tasmania de lo inquietos que son, pensamos que sería mejor aplicar las restricciones de la fase uno y juntarnos solo diez. Veremos si conseguimos que no se quiten las mascarillas. Eleonor ya ha dicho “pues a ver cómo vas a conseguir eso con la merienda”. Pues es verdad. A ver cómo consigo que no las dejen todas amontonadas, como un montón de abrigos al llegar a casa, y cómo hago para que no se confundan y al quitársela uno se ponga luego la del amigo. Por cierto, Eleonor ha pasado todo un día haciendo cupcakes para los invitados y para las vecinas, y se ha asegurado de que hacía muchos para pasar “mucho rato comiendo y poco con la mascarilla”.

    El caso es que habrá que celebrar el cumpleaños varias veces, primero con los amigos, luego con una rama de la familia y después con la otra, ya que es imposible juntarnos todos. Esto a Eleonor, por supuesto, no le parece ningún problema si hay tres veces tarta. Lo que ella todavía no sabe (y espero que no lea este diario a escondidas) es que no está claro que el cumpleaños de la familia multitudinaria se vaya a celebrar, pues hay tantos en lista de espera que se han quedado sin fiesta, que no sabemos si irlos agendando poco a poco o alquilar una nave o un terrenito a las afueras y pasarnos allí varios días.

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  • Diario del coronavirus (77): Películas que nos montamos

    Diario del coronavirus (77): Películas que nos montamos

    Cada nueva hazaña en la desescalada, Eleonor y yo la vivimos como una aventura. “¡Y ahora, vamos a coger el metro!”, le digo, como si acabara de proponerle un viaje en globo, la vuelta al mundo en 80 días o bajar hasta el centro de la Tierra. Mi hija me mira con incredulidad y valora sus opciones. Me contesta: “Goya no está tan lejos, no me importa ir andando”. La miro atónita. Le ha dado canguelo. Nunca la había visto tan dispuesta a caminar dos kilómetros. Venga, le digo, llevamos mascarillas, intentaremos no tocar nada, he traído gel y son solo tres estaciones. Estoy intentando convencerla porque la llevo a unos grandes almacenes para comprarle un regalo de cumpleaños y me temo que, si se cansa por el camino, el Amanecer de los muertos de Zack Snyder va a ser una comedia ligera al lado de nuestra experiencia.

    Era la primera vez que bajábamos al subterráneo y mirábamos a nuestro alrededor con asombro y aprensión. Noté que habían eliminado objetos y obstáculos, que las escaleras y el vestíbulo se veían más limpias y despejadas. Contribuía a ello la ausencia de gente, de eso Eleonor se dio cuenta enseguida y no paraba de señalar a la nada: “mira, mamá, no hay NADIE”. Nos llamó la atención, como siempre en esta pandemia, la comunicación de la emergencia: los carteles con medidas de seguridad, las indicaciones en el suelo para marcar la distancia de seguridad, los carteles recordando la obligatoriedad de las mascarillas y los mensajes por megafonía. Cuando llegamos al andén, acabábamos de perder un tren y hubo que esperar más de diez minutos por el siguiente. El Metro de Madrid anterior al coronavirus no se caracterizaba por su gran frecuencia. Era lógico que ahora, con los viajeros a medio gas, tampoco. Al menos y a diferencia de un sábado primaveral sin pandemia, había tan poca gente que se podía pillar asiento. Pasamos los diez minutos observando a la gente con descaro. Ya me había dado cuenta, paseando por la calle, que vamos con la mascarilla como si nos tapara la cara entera, en lugar de solo media. A veces dan ganas de decirle al otro: oiga, deje usted de mirarme, si no fuera porque yo también lo estoy haciendo, fijamente. Frente a nosotras, en el andén contrario, dos amigas se sientan juntas en un banco. Eleonor, pequeña gestapillo, emite un informe: “mira, mamá, esa lleva la mascarilla en el cuello y la otra colgando de la oreja”. Pues sí, le contesto, bajándole con discreción el dedo que había levantado. “¿Se puede hacer eso?”, me preguntó. No recuerdo qué le contesté, espero que algo cabal, porque estaba más atenta a una penosa escena de ligoteo que sucedía en torno a las chicas y que estaba pasando bajo el radar de Eleonor. Un chico se había acercado a su banco y les decía “qué pena que no nos podamos sentar tres”. Eleonor seguía diciéndome cosas pero a mí se me fue la cabeza pensando en que el coronavirus era como el tiempo o como cualquier otra cosa: una buena excusa para entablar conversación. Las chicas ni le miraron, sin levantar la cabeza del móvil que sostenían entre ambas, riéndose no se sabe de qué. El chaval, humillado, se fue a sentar al siguiente banco.

    Eleonor había pedido un puf para su noveno cumpleaños y sacrifiqué la sorpresa del regalo por la posibilidad de que ella misma lo eligiera, lo cual le hizo sentir muy mayor. Nos pateamos arriba y abajo el edificio de estos grandes almacenes, al igual que mi madre lo hacía conmigo cuando yo tenía su edad. Recuerdo los atascos en la sección de perfumería y el mareo que sentía con la mezcla de olores. Recuerdo el amontonamiento en las escaleras mecánicas y como siempre alguien te daba con el pico de una bolsa voluminosa. Recuerdo, también, que a menudo me perdía y acababa dándole la mano a la señora que no era. Todas esas cosas no le podían suceder este sábado a Eleonor porque había pegatinas para marcar la distancia en las escaleras y, a pesar de que había muchísima gente —más que en la guerra diría mi madre, pero en esta ocasión yo diría que más que en el metro— también se creaban grandes huecos entre los núcleos familiares.

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  • Diario del coronavirus (76): Invitados en casa en la segunda fase

    Diario del coronavirus (76): Invitados en casa en la segunda fase

    Tengo una teoría sobre la percepción del contagio. Pienso que creemos que los desconocidos infectan más fácilmente que los conocidos. Es extraño porque, en un principio, los desconocidos guardan más la distancia personal, por el sencillo hecho de que es de mala educación acercarse mucho. En cambio, la intimidad que tenemos con los familiares y amigos hace que confiemos en que vienen limpios de virus y, por tanto, no haya nada que temer. Por eso no me extraña nada que la gente se esté contagiando mucho en las fiestas de cumpleaños (que se está comprobando que son bastante multitudinarias, en parte porque hay quien tiene muchos amigos y también porque se han acumulado varios festejos que se celebran de golpe, colectivamente) y muy poco en el transporte público. Vamos a montarnos en el metro y en el autobús casi con el EPI puesto, cargados de miedo. Hacemos todo lo posible por evitar “meterse ahí” pero, en cambio, nos quitamos la mascarilla en las casas de la familia. Nos acompaña esa idea irracional de que el miedo está fuera y no dentro. Que el miedo es el otro, el extraño.

    Cada día se detectan en torno a un centenar y medio de personas que se han metido el coronavirus para el cuerpo y, de ellos, la mitad suelen estar en Madrid, que sigue siendo la comunidad autónoma más afectada, pero si no te quitas la mascarilla en una cena familiar, eres un paranoico; aunque si vas a trabajar a una oficina con tres personas, te juegas la vida. Se ve que con la fase 2 venían de regalo los juicios a pie de calle y los expertos en virología sin fronteras. A los que se nos dan mal las interacciones sociales nos vino bien el aislamiento: al fin no había que inventar ninguna excusa para no acudir a eventos con mucha gente, para no besar, para quedarse en casa. Nunca me ha gustado saludar con dos besos a los desconocidos pero lo hago para no generar tensión. Cuando, en contextos formales, tiendo la mano, suelo generar una primera impresión de borde. Me gustaría que una de las características de la nueva normalidad sea saludar como quiera sin ser juzgada por ello.Desde que entramos en fase 2 hemos tenido una comida en casa y una cena en otra. En nuestro salón, me sentí extraña acomodando la mesa para siete. Incluso saqué un mantel de tela y retiré el socorrido plástico —pero de elegante estampado toile de jouy que tantas veces se ha visto en las fotografías que acompañan este diario— para celebrarlo. Venían los tíos y el primo de Eleonor nada menos que desde Parla, que es uno de los sitios más lejos de los que puedes venir en fase 2. Era todo un acontecimiento. Los primos, acostumbrados a jugar cada día online a su videojuego favorito, hablándose por un micro mientras construyen cosas, hicieron exactamente lo mismo pero en persona. Su primo se puso contento, no solo por la momentánea desvirtualización, sino porque Eleonor llevaba varios días castigada sin jugar debido a una creciente desidia por las tareas escolares. Quitarle las pantallas ha funcionado, sino para que recobrara el interés por el estudio, al menos para dirigir su imaginación hacia otros lugares que siempre quedan relegados cuando hay YouTube y consola. Como poco, lee más, lo cual ya es un avance.

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  • Diario del coronavirus (75): Visita nostálgica al colegio

    Este rarísimo curso escolar, basado en la improvisación y la experimentación, está llegando a su fin. A nadie se le había ocurrido pensar cómo sería la educación si unas circunstancias excepcionales nos mantuvieran encerrados en casa, como si algo así no pudiera sucedernos jamás. Ahora que los márgenes de las probabilidades se nos han expandido, incorporamos todo tipo de tramas a nuestro futuro y no lo vemos tan imposible: atmósferas contaminadas que desaconsejan que la infancia y los vulnerables salgan de casa, escapes químicos en la industria, o bien inundaciones, deshielos, nevadas o incendios que aíslan a una comunidad. Ahora tenemos dos cosas claras: que la educación tiene que seguir sucediendo y que no sabemos cómo hacerlo.

    En una agrupación de asociaciones de madres y padres de ocho colegios del distrito (más de 2.000 familias en total) en el que vivo, ha habido una puesta en común sobre cómo se han adaptado los centros públicos a la educación a distancia. De la evaluación se extrae que hay disparidad en los colegios porque no ha habido criterios comunes de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Como siempre, eso fomenta la desigualdad, porque mientras en el colegio al que va mi hija Eleonor se ha hecho un gran esfuerzo por iniciativa del profesorado, los niños y niñas de otros del mismo barrio no han tenido esa suerte y se han encontrado carentes de apoyo y faltos de comunicación. Lo que ha ocurrido ha evidenciado que no hay coordinación (¡sálvase quien pueda!), que la escuela pública no está diseñada para trabajar a distancia (la evaluación y las tareas han fracasado como eje del aprendizaje, en la soledad de los cuartos de los niños y las niñas) y que las tecnologías online (tanto educativas como de comunicación entre el centro y las familias) son desconocidas, funcionan mal o no cumplen los objetivos necesarios. Esto es lo que sucede en Madrid, ojalá en otros lugares os haya ido mejor. 

    Las profesoras de mi hija en tercero de Primaria se han inventado de todo para atrapar su atención y canalizar su aprendizaje, casi siempre utilizando el juego como mediador. Otra cosa es que Eleonor haya tenido la disposición, las ganas, la cabeza o la mejor de las actitudes. Pero en fin, ¡estábamos en una pandemia global, asolados por el miedo y la muerte, no sé si le puedo exigir mucho más! 

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  • Diario del coronavirus (74): Un hospital para cada historia

    La Comunidad de Madrid nos ha regalado a todos una segunda mascarilla. La diferencia con la anterior es que esta es de mejor calidad que la primera que recibimos y algo más llamativo: no viene envuelta en un sobre rojo con la bandera de la comunidad autónoma acompañada de un hashtag. Seguro que no es la intención de los gobernantes pero daría la impresión de que hay una relación inversamente proporcional entre el marketing y la seguridad. No quiero ser mala, solo digo que podría dar esa impresión. Pensaba retirarla y donarla, como hice con la anterior, pero en esta ocasión la necesitaba para ir al hospital con mayor tranquilidad. Como ya somos todos y todas expertas todos en este tema, puedo aclarar que se trata de la KN95, que son FFP2 o, como las denomina Eleonor: mascarillas de pato. Cuando la abrí, Eleonor sufrió un ataque de risa porque solo había visto mascarillas de pato en las caras de otras personas, nunca en la mía. “¡Te han dado la de pato!”, decía señalándome, sin poder para de reír. Y añadió: “¡Ayuso te ha dado de pato!”. Aunque intenté aclararle que estas filtran mejor que las higiénicas o las quirúrgicas, ella no escuchaba, solo decía: “¡¡de pato!!”.

    Como tantas otras cosas, toda mi explicación sobre el tema de las mascarillas se fue al garete cuando llegó el miedo. Le había dicho a Eleonor que nos basta con nuestras mascarillas de tela porque no tratamos con enfermos de coronavirus y estamos sanas, al menos en apariencia. Pero, cuando me dieron cita para ir a hacer una prueba médica que requería sedación y pasar un par de horas en el hospital, pensé que podría ser más oportuno llevar la del pato. Antes de hacerme la prueba me hicieron varias preguntas sobre la COVID-19: si me habían hecho una PCR (me hubiera encantado decir que sí para hablarle del colodrillo, pero la verdad es que no), si había tenido síntomas (tampoco) o si había estado en contacto con algún enfermo (no). Satisfecha con mis respuestas, la enfermera me tomó la temperatura y, habiendo pasado el examen con éxito, me puse la bata, las calzas y el gorillo y me alegré de que no hubiera ningún espejo cerca.

    Yo estaba muy nerviosa y la delicadeza y el buen humor con el que me trataron los sanitarios del hospital de La Princesa fue tan maravilloso que pensé que no les estaba aplaudiendo lo suficiente. El enfermero que me colocó la vía por la que estaba a punto de entrar el sedante, me preguntó: “¿traes pensado algo bonito para soñar?”.

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  • Diario del coronavirus (73): Todas las fiestas del mañana

    En la clase de mi hija Eleonor, que este año ha cursado un atropellado tercero de Primaria, existe la costumbre desde el primer curso de Infantil de celebrar los cumpleaños en grupo, repartidos por trimestre. A medida que han ido creciendo, los grupos iban perdiendo densidad, pues se establecían diferentes alianzas o, lo cual he vivido con mucha frustración, los niños querían celebrar cumpleaños solo de niños, y las niñas solo de niñas. A pesar de ello, el grupo de compañeros y compañeras del tercer trimestre, con los que Eleonor viene celebrando conjuntamente el cumpleaños, desde que tenía 5 años, se ha mantenido bastante unido, convocando una fiesta siempre memorable en el Parque de Berlín, con juegos, merendola casera y un Darth Vader persiguiendo a un porrón de niños con una pistola de agua. La guerra la ganaban siempre los cadetes de la Alianza Rebelde.

    El coronavirus se ha llevado por delante esta celebración y me da miedo pensar que, por su fragilidad, sea una de estas cosas que cuesta retomar cuando pierdes la inercia. Lo cierto es que había tantas cosas de las que preocuparse que no nos habíamos dado cuenta de que este curso no tendríamos la gran fiesta de cumpleaños conjuntos de la primavera. Los niños y las niñas han ido cumpliendo los 9 años en la soledad de sus confinamientos familiares, en un mundo de retorno al nido, en el que los amigos han estado bastante ausentes. Sé, porque los conozco, que hay niños y niñas de esta edad que todavía no han tenido la oportunidad de ver a nadie de su edad salvo por videollamada. A mí me gustaría decirles que puede haber un término medio entre lo que Eleonor llama “fiesta del coronavirus” (el despiporre) y la vida entre algodones, pero hay ciertas decisiones familiares en las que no te puedes meter.

    Este sábado, una de las amigas de Eleonor, habitual compañera de festejos, ha celebrado su cumpleaños en el mismo parque, con una lista de invitados necesariamente restringida. Ha sido una fiesta reducida a la mínima expresión: la merienda fue sustituida por la compra de unos helados para llevar en un lugar cercano y la gran guerra de agua contra el villano de la galaxia, por el lanzamiento de globos de agua a larga distancia. A pesar de los chorrazos de agua, las mascarillas aguantaron bastante bien en las caras de los pequeños. Los mayores, en cambio, la descolgaban de una oreja o la ponían en modo papada para darle unos tragos furtivos a unas cervezas clandestinas. En un momento dado, apareció un coche de policía. Los agentes se quedaron mirándonos, claramente haciendo recuento (yo volví a hacer lo mismo: éramos siete) y con maestría las latas de cerveza desaparecieron de la vista y no hubo mascarilla que no tapara por completo las vías respiratorias. Somos madrileños y madrileñas curtidas en el arte del botellón y sabemos cómo adaptarlo a las circunstancias, por muy extraordinarias que sean. He de decir que, en verdad, la idea de los padres anfitriones no era esta. El plan incluía tomarnos esa cerveza en una terraza que visitamos con cierta frecuencia, no lejos del parque. Está situada en una plaza y nuestros hijos e hijas corretean por ella con alegría. Ya habíamos hecho eso en otro momento de la fase uno. Pero estaba mal hecho, como otras muchas cosas que hemos realizado sin pensarlas demasiado en estos tiempos de desescalada. Los dueños del bar también recibieron una visita de la policía y no fue agradable. Quedaron advertidos de que los niños no podían andar “sueltos” y que pertenecían a la unidad de consumo a la que estuvieran adscritos. Es decir, que siete adultos y cinco niños que no se sentaban a la mesa, formaban en realidad un grupo de doce, algo fuera de los márgenes de la fase uno. La madre de la amiga de Eleonor insistió en que los niños no iba a tomar cerveza. El dueño insistió en que lo que ellos bebieran o no le daba igual, pero que tenían que quedarse sentados en la misma mesa, escuchando las tediosas conversaciones de los padres y las madres. Nada de andar “sueltos”. Es más, para que no sucediera lo inevitable, que los chavalitos a la mínima distracción se escaparan de sus asientos, el bar había instalado unas mamparas para separar el estar en la plaza del estar en la terraza. “Ah, pues así no”, dijo o me decía a mí que pensó la madre de la cumpleañera.

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