que vuelvan a importar los blogs

  • La alternativa a SGAE quiere llegar volando pero le falta la licencia del Ministerio de Cultura

    La alternativa a SGAE quiere llegar volando pero le falta la licencia del Ministerio de Cultura

    El primer comunicado público de SEDA, la nueva sociedad de gestión de derechos de autores musicales que se presenta como alternativa a la SGAE, comenzó con un traspiés. “Estaba mal redactado”, admite Patacho Recio, exguitarrista de Glutamato YeYé y primer presidente de la Sociedad Española de Derechos de Autor (SEDA). No todo, claro, pero sí un detalle muy importante: el comunicado expresaba literalmente que SEDA había sido aceptada “como miembro provisional de la CISAC”, la confederación internacional de organizaciones de gestión colectiva de derechos, cuyo respaldo es una garantía de transparencia en todo el mundo. De hecho, CISAC ha decidido prolongar durante otro año la expulsión de la SGAE debido a las irregularidades que la entidad aún no ha conseguido subsanar, lo cual es un golpe a la reputación de la entidad.

    Un portavoz de la CISAC ha desmentido que SEDA hubiera sido admitida, ya que todavía no cuenta con la licencia para operar que debe otorgarle el Ministerio de Cultura. La sociedad está legalmente constituida pero, sin licencia, no va a ningún lado. la crisis del coronavirus y el consiguiente estado de alarma le han pasado por encima como una apisonadora, paralizando los planes y congelando los plazos que habían previsto.

    El Ministerio de Cultura ha informado a este diario que la fecha en la que SEDA solicitó la consesión de autorización para operar, en los márgenes estipulados por la Ley de Propiedad Intelectual, es del 19 de mayo. Pero para SEDA el proceso empezó mucho antes: con una solicitud en diciembre de 2019, unas subsanaciones en enero, una nueva petición el 12 de marzo y una subsanación final de un asunto importante: cómo se van a gestionar los derechos de los socios en el extranjero, algo que han solventado con un acuerdo con la sociedad francesa SACEM. 

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  • Diario del coronavirus (72): Hasta el colodrillo y más allá

    En mi ignorancia sin límites, desconocía que existía el colodrillo. Si os digo la verdad, pensé que era algo que se había inventado mi amiga Me., que a veces se saca de la manga maravillosas expresiones que no oía desde el año 1993. El asunto del colodrillo, que resulta ser sinónimo de occipucio (esto ya me suena más, pero no palabra que maneje habitualmente), llegó a nuestro grupo de WhatsApp, Acción Mojitos (acción, mucha; mojitos, cero), porque tenía mucha curiosidad por saber cómo son las pruebas PCR para el diagnóstico del coronavirus.

    PCR, que son las siglas en inglés para Reacción en Cadena de la Polimerasa. Son muy comunes en los laboratorios de microbiología pero el vulgo no nos hemos enterado de su existencia hasta este romance letal del virus SARS-CoV-2 con el ser humano. Expertos y expertas nos han informado ampliamente en qué consiste: se toma una muestra de las vías respiratorias del paciente sospechoso de estar infectado y si detecta en el laboratorio ARN (ácido ribonucleico) del bicho, el resultado, que se obtiene en unas horas, es positivo. Todo esto me recuerda mucho a que ayer por la noche vimos en casa Alien: Resurrección y que es muy divertida, la recomiendo para la desescalada. 

    Toda esta información está muy bien pero a mí no me sirve. Yo quería saber qué se siente de verdad. Es como si le preguntas a la Teniente Ripley clonada en esa película cómo son las pruebas a las que la sometieron en el laboratorio para determinar si llevaba o no el alien dentro y ella te empieza a hablar del ácido ribonucleico de su huésped. No. Yo lo que quiero que Ripley me cuenta es qué se siente de verdad.

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  • Diario del coronavirus (71): ‘Relaxing’ medidas de seguridad ‘y ‘stressing’ en las terrazas

    Le preguntaban a una señora con un micro a pie de calle, delante de unos comercios que acababan de abrir después de días criando polvo y telarañas, que qué había salido a comprar. Pijamas, dijo ella. Nos dio risa porque pensábamos que después del confinamiento nos esperaban fiestas sofisticadas con trajes elegantes y zapatos de tacón de aguja. Salir a comprar pijamas, para seguir estando en casa de esa guisa, no es la desescalada más glamourosa del mundo. “Es que los tenemos todos raídos de tanto usarlos”, explicó la señora, resumiendo el confinamiento en pocas palabras.

    Este año nos hemos comido la ropa de entretiempo. Me lo decía con tristeza mi amiga I. cuando fuimos a su portal para felicitar el cumpleaños de N., su compañera de piso. En Madrid es que no tenemos entretiempo, pasamos de la lana al tirante en cuestión de tres días. Yo tengo un vestido liviano de manga larga que solo me puedo poner si me dan la oportunidad de salir de casa en uno de esos tres días. Pues este año, ni eso. Todavía hace un par de semanas que he guardado los jerseys de lana (los de Eleonor ya desaparecieron a finales de abril). Ayer, mientras observaba el chaparrón que nos caía en la ciudad, propio de una furia de dioses mitológicos, me arrepentía de haberlos guardado ya. Hay que estar preparada para lo que venga y hay que confiarse menos, me decía a mí misma, un poco hartita de no aprender las enseñanzas de este sorprendente año 2020. Qué risa el día que nos acordamos de que Madrid quería celebrar los juegos olímpicos este año con una relaxing cup of café con leche in Plaza de Mayor. Yo no sé si se han hecho suficientes memes sobre este asunto.Hay muchas terrazas ahora mismo que de relaxing tienen bien poco. Stressing caña de cerveza en los bares de la Guindalera, el barrio contiguo al mío, según me cuenta mi amigo H., un periodista capaz de sacar una historia de un alcuza y de inmediato explicarte la historia del origen de la palabra alcuza. Hay un bar (voy a omitir los nombres para no levantar suspicacias) que se ha puesto de moda. Dice mi amigo que podría estar en la Malasaña de hace quince años o en el Lavapiés de hace diez, pero que ha surgido en la Guindalera de hoy en día quien sabe si como una amenaza de futura gentrificación. Para hacer uso de la terraza hay que reservar y solo se puede estar un tiempo cronometrado. Mi amigo fue educadamente desalojado a los 20 minutos; menos mal que las vacía rápido. La misma fuente, sin duda una de mis mejores conexiones con los bajos fondos de la ciudad, me informa de que en el mismo barrio la policía está haciendo una intensa labor de marcaje a la expansión de los bares por las aceras. Un restaurante añadió una mesa más a su despliegue callejero, con la esperanza de que nadie se diera cuenta; les hicieron retirarla. Un bar sin terraza improvisó con picaresca unas banquetas en la acera, sin mesas, rollo pub de los 90; no coló. En un bar de viejos de toda la vida sacaron todo su arsenal interior y lo desplegaron por la acera, quizás pensando que su titulación “bar de viejos de toda la vida” le daría privilegios sobre el resto, como las señoras y señores de cierta edad que se cuelan en la cola del súper; y no fue así. La desescalada está llena de estas historias y es un tema de conversación recurrente cuando te sientas en una terraza a tomar algo.

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  • Diario del coronavirus (70): Abraza tu hospital

    Hace tres años, durante las movilizaciones en defensa de la sanidad pública, cuando podíamos rozarnos, aproximarnos, tocarnos sin temor al contagio, fuimos a abrazar, no a otro ser querido sino a un hospital. En Madrid, el hospital que me corresponde por domicilio, el llamado de La Princesa en Diego de León, sintió el cariño de muchas personas que le rodearon en una serie de manifestaciones convocadas por la Mesa en Defensa de la Sanidad Pública. Era emocionante ver a la gente de la mano, los gritos, las pancartas y la firmeza de las reclamaciones. Se temía, como se teme todavía, el desmantelamiento de la sanidad pública. Se sufre, como se sufre hoy, la precariedad laboral. Se denunciaba, como hemos constatado trágicamente en estas semanas, la reducción de camas. Se alertaba, como hoy, del peligro de la privatización del sector.

    El hospital infantil al que llevo a mi hija Eleonor, a ver a su dermatólogo o a su oftalmóloga, que por cierto y por pura casualidad es la madre de un compañero de su clase, qué pequeño es Madrid y qué ilusión hacen estas cosas (otro día cuento la cara que puso mi hija cuando se abrió la consulta y reconoció a la doctora de bata blanca que la esperaba), se llama Hospital Niño Jesús y no está lejos de La Princesa. La misma Mesa defensora de aquellos tiempos, lo que conocemos como Marea Blanca, es la que nos alerta hoy de una “privatización encubierta” de ese hospital, que ya había ido constatando la reducción de camas y personal. Es cierto que, cuando vamos allí a las consultas, como ocurría hace años con La Princesa, el lugar se ve viejo (porque lo es), desconchado y anticuado. Pero un hospital no son sus apariencias sino su capacidad para curarnos. Con la excusa de construir un nuevo pabellón y un aparcamiento subterráneo, la comunidad autónoma ha buscado la colaboración privada para financiar la inversión, por lo que será una empresa la que explote las plazas de parking. Y lo ha hecho con Madrid aún en fase 1, lo cual es un momento particular. Lo de aparcar el coche en los hospitales es como lo de comer en un aeropuerto, uno siente que financia la estancia propia, o del familiar visitado, con elevadísimas tarifas de aparcamiento, botellas de agua a precio de champán y monedas para el televisor. Hay circunstancias en las que te da igual pagar lo que sea, así que no es de extrañar que haya quien vea negocio ahí. La Marea Blanca viene luchando desde 2012, en la resaca del 15-M, contra el cambio de modelo, y parece que ahora truena de nuevo. Como si fuera la típica reacción hacia (ejem) un cantante que amas, primero lo aplaudes y luego te dan ganas de salir a abrazarlo. Pues con el hospital, igual.

    Últimamente me sentía desamparada al confrontar el miedo a la enfermedad con el sistema de salud. Lo he contado por aquí. Después de enfrentarme en diversas ocasiones a lo largo de un mes con el diabólico y burocrático laberinto de la atención telefónica robotizada, así como con la barrera administrativa de mi ambulatorio, no me quedó otra que personarme en el hospital de La Princesa, donde tendría que hacerme una prueba que había pedido mi médico de cabecera. Cuando hablas con médicos, médicas, enfermeros y enfermeras así como con el personal auxiliar, incluso con el vigilante de la puerta que contestó mis preguntas, sientes que la sanidad no es ese contestador automático en el que dejas varias veces un número identificador y nadie te llama nunca, que tampoco es la soledad de los cuatro meses de lista de espera, que no es un logo, un tarjeta de plástico en la cartera, unas declaraciones de un consejero de sanidad. La medicina son los ojos de una auxiliar de enfermería en la secretaría de endoscopias que se arrugan en un gesto de sonrisa y una inclinación de la cabeza, porque su boca está tapada con una mascarilla azul y no sabes lo que pasa debajo. La medicina es que se lea tus papeles, se salte el sistema informático, donde tu cita ha desaparecido misteriosamente, se los lleve prestados y se vaya a buscar un médico para contarle tu caso. Es medicina que su compañera pruebe desde su teléfono a llamar a esa trampa telefónica de opciones y mensajes pregrabados que no te lleva a ningún sitio y que diga “¡pero si esto no funciona!” y la sientas en el mismo barco. La medicina es que vuelva la primera enfermera y te diga que no te preocupes, que está todo solucionado y te entregue una cita para una semana después. De verdad que quería saltarme todos los protocolos y pegarle un abrazo tan fuerte que casi no pudiera ni respirar.

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  • Diario del coronavirus (69): Nosotros somos la herencia

    Ir de compras por el barrio es como hacer una cata de geles hidroalcóholicos y guantes. Hoy he probado cuatro: el del supermercado de una gran cadena tenía un toque jabonoso, en el supermercado pequeño no había, el del comercio de productos a granel era azul, mientras que el de la tienda de discos era más oleoso. Cada uno tenía su aroma y su color. Y luego el tema de los guantes. Un par en cada sitio, de manera obligatoria. Los del súper grande eran de nitrilo mientras que los demás eran de plástico, del tipo que se usan en las fruterías. Para rematar, la receta: no vale con un ingrediente en solitario sino que en cada local te sugieren una combinación diferente: gel-guante-gel (en el súper), gel-guante (en la tienda a granel) o guante-gel, en la tienda de discos. Hago lo que me piden sin rechistar, pero sufro mucho al tirar a la basura un par de guantes usados durante apenas unos minutos. En el supermercado pequeño habían habilitado una caja solo para echar los guantes. El dependiente me dijo que al final del día tiraba el contenido en el contenedor de los envases. Eso nos llevó a un buen rato de conversación sobre si los guantes es material reciclable o no. Me temo que chafé toda su buena intención al indicarle que los guantes no deben tirarse al amarillo, sino al contenedor de “resto”. Es un sufrimiento ver todo ese plástico con destino al vertedero, pero si estuviera infectado, permitiría la propagación del virus en la planta de reciclaje. “Seguro que pueden hacer algo para desinfectar el material y que no acabe en el basurero”, me dijo. Ahí tenía toda la razón. Le respondo que yo prefería volver al sistema de retorno. Cuando era pequeña —como en todas las infancias de mi generación— mi madre me mandaba “a llevar los cascos al señor Ricardo”. El señor Ricardo tenía una tienda de ultramarinos en el barrio madrileño de Canillejas, donde crecí. Metíamos las botellas de gaseosa en una bolsa de malla verde e íbamos cargados hasta allí. Recuerdo el peso de los vidrios y el olor a humedad de la tienda de ultramarinos. Mi memoria del señor Ricardo se solapó con la imagen del dependiente, que estoy seguro de que sonreía bajo su mascarilla, apoyado con tranquilidad en la caja registradora, sin nadie más a quien cobrar en ese momento. No me dijo ni que sí ni que no, pero quizás no le apeteció imaginarse el trabajo extra que supondría recibir el retorno de las botellas. En lo que sí quedamos de acuerdo es en que hay que reordenar prioridades.

    En ese nuevo orden, el comercio de proximidad tiene que estar muy arriba, me parece a mí. Por eso he pasado por la tienda a granel para comprar un par de cosas, un comercio nuevo que tuvo la mala suerte de abrir poco antes del inicio de la pandemia y lo hizo cargando con la herencia de que la única tienda a granel que teníamos en el barrio tuvo que cerrar un año antes por falta de clientes. Mi ronda de recados tenía un objetivo suculento, mucho más que la soja texturizada que acababa de comprar a granel: la tienda de discos La Negra. Para los que amamos la música, tener una tienda de discos, esa especie en extinción, a una distancia salvable a pie, es un regalo, un lujo, un paraíso, un nirvana, un pecato di cardinale, un qué he hecho yo para merecer tanta cosa buena en la vida. En serio. Mi economía no me permite visitar La Negra todo lo que me gustaría, miedo me da rebuscar en sus cajones porque o me arruino o me deprimo. No es una tienda cara, soy yo, que no me controlo.

    Les mandé un correo para reservar el disco de un grupo madrileño que acaba de sacar su primer elepé, se llama Somos La Herencia. Era mi primera compra desde que han reabierto. Me cuenta Mario, copropietario junto a Paloma, que han notado el cariño del barrio y de su parroquia de fieles al comprobar que muchos han ido a comprar un disco, no tanto porque quisieran ese disco en concreto sino porque pensaron “vamos a comprarles un disco y luego ya veo cuál me llevo”. A mí se me han juntado las dos cosas. Sentía la responsabilidad de mostrar mi apoyo a esta pequeña pero genial tienda de música en el barrio y, cuando supe que Somos La Herencia publicaba disco en estos tiempos raros, decidí que ya sabía lo que quería.

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  • Rodar en tiempos revueltos: los guionistas de series y películas reescriben la ficción postcoronavirus

    Rodar en tiempos revueltos: los guionistas de series y películas reescriben la ficción postcoronavirus

    Como en un engranaje, donde una pequeña rueda dentada transmite movimiento a una más grande, así podríamos ver el efecto del coronavirus en la escritura de la ficción audiovisual. La influencia de la pandemia salta a la vista en el piñón más pequeño de la maquinaria, que es el que consigue girar a mayor velocidad; lo vemos en las reescrituras urgente de guiones, los retrasos en los rodajes y estrenos, y en el encarecimiento en las producciones. Si seguimos fijándonos con detenimiento en cómo funciona este mecanismo, vemos que el movimiento se transmite a la corona motriz de esta industria, aunque se duda de si llegará con más fuerza, promoviendo un cambio de paradigma en los contenidos, o, en cambio, si esta crisis quedará amortiguada por la propia inercia comercial de la industria del cine y la televisión.

    Empecemos, pues, por el piñón pequeño. “Olvidaos de las palabras besos y abrazos” ha sido la primera consigna que ha llegado a los guionistas de la serie diaria Amar es para siempre, que emite Antena 3, según explica su guionista Julia Altares: sin contacto físico entre los personajes “es otra ficción la que se va a hacer”. ¿Pero cómo se escriben historias de amor sin besos ni abrazos? Pues con elipsis. “Lo puedes dejar en alto, que los personajes parezcan que están a punto de hacer algo, hacer que se insinúen o decírselo todo con las miradas, también puedes mostrarlo con lenguaje corporal o con metáforas de la imagen”, explica Eulàlia Carrillo, guionista de la serie diaria de Televisión Española Mercado central. Visualmente, “supone volver al cine de los años 40 y 50, donde no se podía mostrar explícitamente —añade Carrillo— lo cual es un reto artístico que exige agudizar el ingenio. Se parece a escribir tramas de época, donde hay un impedimento para mostrar las relaciones sexuales, ahora el impedimento no es la época sino las precauciones en temas de salud. Lo importante es que al espectador le parezca creíble”.

    Las series diarias han sido las primeras en trabajar bajo la sombra del virus: tienen más prisa por rodar y también son las más fáciles de adaptar a los protocolos. Los guiones que ya estaban escritos para Mercado central están ahora en manos del guionista de plató, la persona que se está encargando de modificarlos para que no haya contacto físico, ni más de dos o tres personajes por secuencia, ni grabaciones en exteriores. Por ejemplo: él llora, ella le abraza. Ahí el cambio es fácil: él se queda sin abrazo. Las escenas de acción sin contacto físico son mucho más complicadas de imaginar. Otro ejemplo: en tiempos del coronavirus, los puñetazos siempre fallan; o bien aciertan, pero no vemos el golpe, hay que dejar que el cerebro reconstruya lo que la distancia de seguridad escamotea.

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  • Diario del coronavirus (68): El miedo a caer sin red

    Cuando la pandemia de la COVID-19 llegó a España, dí por hecho que en algún momento me enfermaría. Veía acercarse las piezas de dominó, utilizadas para crear un mosaico de esparcimiento a gran velocidad del virus y tomé todas las precauciones posibles, aún sabiendo que serían en vano: alguna pieza cercana a mí acabaría golpeándome en la cabeza, yo caería y haría tambalearse a la siguiente. No ha sido así (todavía no lo descarto) pero sí he estado aquejada de otra enfermedad durante el confinamiento. Con el sistema de salud pública volcado en la lucha contra la COVID, nunca me había sentido tan desamparada. Primero, la duda: los mensajes advertían no acudir a los centros de salud si no era por algo grave pero, ¿cómo saber si lo es? ¿Es el dolor un indicador suficiente? ¿Cuándo es mucho dolor? Después, la dificultad para conseguir cita: la app que utilizamos para ello fue deshabilitada y no respondían el teléfono en el centro de salud. Con mi primera cita, la culpabilidad. ¿Había hecho bien? ¿Me estaba poniendo en peligro? ¿Era mi problema lo suficientemente importante como para acudir a un sistema congestionado? Me voy de la consulta con una receta en la mano. Me tomo las medicinas pero no mejoro. De nuevo la duda y la dificultad para conseguir cita me acompañan durante varias semanas. Navego por páginas de internet buscando un autodiagnóstico. Consulto con el farmacéutico. Me comunico con un voluntarioso especialista por email. Nada me resuelve. Hablo con el centro de salud y me dicen que mi médico de cabecera me llamará por teléfono. Lo hace. Le explico lo que me pasa y me indica que vaya a verle ese misma tarde. El centro de salud está parapetado: en el mostrador les parece extraño que mi doctor me haya hecho ir y son reacios a dejarme entrar. Una vez en el interior, me extraña verlo desierto de pacientes, tan solo médicos hablando por teléfono desde sus respectivas consultas, con las puertas abiertas. Una vez dentro de la que me corresponde, el médico me explora, comprueba que efectivamente no he mejorado de mi problema digestivo, el cual arrastro desde el 29 de febrero (recuerdo exactamente el día que me puse mal) y me solicita por vía preferente una prueba. De eso hace un mes y cuatro días. A pesar de la urgencia, no solo no me la han hecho todavía sino que ni tan siquiera he conseguido que me llamen para darme cita. Dos veces he llamado yo al número indicado y siempre acabo grabando un mensaje en una máquina, solicitando que se pongan en contacto conmigo en un número de teléfono. En la Comunidad de Madrid llevamos padeciendo hiperbólicos retrasos en las citas con las especialidades desde hace años (cuatro meses para un ginecólogo, cinco para un psicólogo, seis para un fisio) y unas listas de espera bochornosas para las operaciones. Aunque la historia principal es la de cómo nuestro sistema ha podido responder al coronavirus, hay otra trama secundaria que es finalmente la que me ha tocado vivir: la soledad y la orfandad ante la dolencia que ni siquiera ha podido ser diagnosticada. Y, acompañándolas a ambas, el miedo.

    Me dan ganas de pasar de los aplausos en mi casa a la manifestación frente a la casa de quien tenga que meter más dinero y contratación en los servicios sanitarios.

    Eleonor tampoco se encontraba bien de salud este sábado a la hora de la comida. Decía que le dolía la tripa pero no le creí, poco antes pegaba volteretas y no había comido nada: pensé que se estaba rebelando contra mi empeño de echar guisantes en la paella (pido perdón a aquellos a los que esto le parece una aberración y admito quejas en los comentarios, pero mi madre la hacía así). No quiso comer. Por la tarde dijo encontrarse recuperada, se comió la paella (le aparté los guisantes, salvo dos que le colé) y salimos al parque, donde coincidimos con sus amigos. Mi dolor digestivo hacía que me costara estar de pie y busqué un banco en el que sentarme. Me di cuenta de que no sabía si podía o no sentarme en él. El padre de una amiga de Eleonor me advirtió de que hacía solo un par de días que la policía pedía a las personas que se levantaran de los bancos del parque. Me dio igual, ese día tocaba desacato a la autoridad. Necesitaba sentarme. En ese momento llegó Eleonor con la cara mustia a decirme muy bajito que le dolía la tripa de nuevo. Y otra vez sentí el miedo. Se me pasó de todo por la cabeza: y si es grave, ¿qué? Eleonor no es una niña que enferme con frecuencia ni yo una madre que abuse del pediatra: quitando las revisiones, en nueve años habremos ido cuatro o cinco veces. Pero sentí una anticipación del desvalimiento. Nos levantamos para volver a casa y, mientras lo hacíamos, Eleonor vomitó la paella en un árbol. Enseguida me advirtieron de que le tomara la temperatura, por si acaso. “A los niños el coronavirus les afecta con vómitos”, me dijeron.

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  • Diario del coronavirus (67): Los primeros turistas en la ciudad

    Cada día, expandimos un poco más los límites del confinamiento. En concreto, hoy los hemos expandido hasta Goya. Para los que no conocen Madrid, me refiero a una zona comercial en el barrio de Salamanca, no al pintor. Son dos kilómetros los que separan nuestra casa de esas calles y los hemos cubierto caminando. las bochornosas imágenes de la irónicamente denominada “revolución de los cayetanos” sucedían en este barrio. Hemos ido Alberto y yo con nuestra hija Eleonor, montada en el patinete, corriendo riesgos extremos, zigzagueando entre las clásicas señoras que caminan en grupo (lo siguen haciendo agarradas del brazo, como lo hacían antes, pero ahora ataviadas con mascarillas), otra familias con otros niños suicidas en patinete, las mesas de las terrazas, las colas para conseguir mesa en las terrazas y las colas para entrar a los comercios. Al desandar los mismos dos kilómetros de vuelta a casa, no veía la hora de llegar y encerrarnos como si todavía estuviéramos trepando angustiosamente por la curva de contagio.

    Nos dirigíamos a una pequeña tienda de cómics llamada Atom. A medio camino, en la señorial calle Ortega y Gasset, escuché mi nombre a gritos, proveniente de entre los coches. Miré y no ví nada. Al poco, se abrió paso montada en su bicicleta mi amiga C., que regresaba de su trabajo en un librería del centro. Dice que no sabe cómo nos ha reconocido, si vamos los tres con gafas de sol y mascarilla. Es ironía, claro, la verdad es que los tapabocas no enmascaran a nadie, más bien al contrario: Eleonor lleva tiburones; Alberto, camuflaje; yo, negro luto y las señoras del barrio de Salamanca, banderas de España. Imagino que cada uno pone por delante sus miedos. Lo de mi hija con los tiburones tiene categoría de trauma, me imagino que a los demás nos pasa lo mismo.

    La pregunto a C. cómo va la cosa por la librería. Nos cuenta que le ha llamado la atención que los clientes que entran van a comprar, lo cual hace el trabajo mucho más efectivo. Cuando había turismo en el centro de Madrid, la mayoría entraban para darse una vuelta. Visto como estaba hoy la ciudad, en un barrio que no podríamos considerar el centro pero sí bastante céntrico, lo único que falta por volver a la calle es el turismo. Y eso a pesar de que muchos de nosotros parecíamos turistas en nuestra propia ciudad. Alberto y yo, que somos ya un par de viejos nostálgicos, caminamos por la calle Conde de Peñalver mirando con pena los comercios y señalándolos diciendo: mira, aquí había un cine; mira, allí había una juguetería. “¿Te acuerdas de cuando estuvimos en ese bar?”, le pregunto. Me dice que sí y la verdad es que es un milagro porque hace al menos quince años. El asombro por algunas de las cosas que vemos barre con la melancolía. Por ejemplo: hay colas para todo pero las más largas están en las tiendas de ropa. No me refiero a las añejas corseterías o las boutiques de ropa fea y cara propias de esta zona. No, ya sabéis a qué tiendas de ropa me refiero. Hay al menos quince personas haciendo una fila que avanza muy lentamente. “Puede entrar una persona”, dice una chica en la puerta, armada con un dispensador de gel y unas toallas de papel. El problema es que son dos amigas y quieren entrar juntas. No me detengo a esperar el desenlace y seguimos nuestro camino.

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  • Bunbury, en estado de emergencia: “la mirada del pánico no ayuda”

    Bunbury, en estado de emergencia: “la mirada del pánico no ayuda”

    Una palabra paradigmática de las letras que escribe Enrique Bunbury es “quizás”. Aparece fundacionalmente en la canción Hace tiempo del primer disco de Héroes del Silencio, El mar no cesa, de 1988. La duda se filtra en toda la obra del artista zaragozano hasta llegar de una manera poderosa al presente, con un nuevo disco que habla de las opciones, las decisiones, lo que podría haber sido y no fue, los diferentes futuros. Un álbum titulado Posible cuyo lanzamiento estaba previsto para el 17 de abril, en pleno impacto del coronavirus pero fue empujado al 29 de mayo, en tiempos ya de desescalada en España.

    Hace tres años, en su anterior disco, Expectativas, había una canción llamada En bandeja de plata en la que Bunbury generaba otra de sus clásicas dudas, con aterradora premonición: “¿será una suave brisa nuclear que nos dejará en los huesos o una bacteria que se expandirá y contagiará sin darnos cuenta?”. Bunbury ha sido un artista introspectivo y tradicionalista durante muchos discos que en los últimos años ha sentido la necesidad de girar la cabeza y hablar del presente. Para él, el cambio comienza en Palosanto (2013), cuya primera canción se titula Despierta. Prosigue en Expectativas y cierra un tríptico con Posible. “He querido mirar al presente” escribe respondiendo a un cuestionario desde su residencia en Los Ángeles, donde vive desde hace diez años. Si la información del documento de texto no miente, y a falta de mayor información de contexto, el músico se tomó una hora y cuarto para contestar con detenimiento las diez preguntas que recibió de este medio, sin dejar ni una en blanco.

    En el tema Mis posibilidades, uno de los que no han sido anticipados en los cinco singles previos que han ido compensado con su presencia la ausencia del disco completo, habla de los universos paralelos en los que él podría existir y piensa que no están muy alejados los unos de los otros, que de alguna forma se puede ir y volver. “Creo que todos hemos fantaseado en algún momento con tener diferentes vidas”, dice. “Poder ser algo distinto. Estudiar algo distinto. Trabajar en un taller mecánico. Casarte a los dieciocho. Tener muchos hijos. No tener ninguno. Irte a vivir a Tailandia. Ser del sexo contrario… Hoy pienso que algunas opciones importantes ya las tomé, pero también pienso que tomamos cada día infinitas microdecisiones que siguen definiendo nuestras vidas y que podrían encauzar nuestro futuro de manera distinta”.

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  • Diario del coronavirus (66): Vete tú a saber

    Empecemos rebobinando. Cuando estalló la pandemia, Alberto y yo solo teníamos entradas compradas para dos conciertos. Hablé de ello en la primera entrada de este diario: unos 20 días después del decreto del estado de alarma estaba prevista la actuación de uno de los grupos más importantes del rock gótico: The Sisters of Mercy. Escribí “me temo lo peor”. No tenía ni idea de lo que estaba por venir y además equivoqué mucho el tiro al pensar que, en lo que a mi egoístas aspiraciones musicales concernía, lo peor que podía pasar es que el concierto se suspendiera. Una semana después, lo compartí con vosotros, llegó la buena noticia del aplazamiento hasta septiembre. “Vete tú a saber cómo estamos en septiembre”, opinó mi pareja muy cabalmente. Eso también os lo conté, en una página especial que además venía titulada con un verso de una canción del grupo. Lo mismo que Alberto debieron pensar los promotores de la gira, o la propia banda, al volver a cancelar de nuevo los conciertos de septiembre y aplazarlos, esta vez a una más prudente fecha en marzo de 2021. Un año después. Y ahora viene la gracia. Las otras entradas que nos habíamos comprado nos abrían las puertas de un festival de reciente creación llamado Dark Mad, cuya segunda edición debía celebrarse en octubre de 2021 en Pinto, un pueblo a las afueras de Madrid. “Vete tú a saber cómo estaremos en octubre”, debió decir Alberto en algún momento. ¿Cuál es el trágico desenlace de esta dramática historia? Que ambas citas, tanto el concierto de The Sisters of Mercy como el festival Dark Mad han sido reprogramados para el mismo día: el 24 de marzo. Ni qué decir tiene que hablamos del mismo público: son las mismas 3.000 personas que irían al concierto y al Dark Mad. De hecho, el grupo bien podría ser el cabeza de cartel del festival. Este tiro en el pie es incomprensible y uno, o quizás los dos promotores, van a salir perdiendo. El público, desde luego. ¿Qué haremos nosotros? Ni idea por ahora. Pero lo cierto es que, ya que no podemos estar en dos sitios a la vez, habrá que tomar una decisión cuanto antes porque los promotores están anunciando unos plazos cortos para tomar la decisión de devolver la entrada. 

    Lo inquietante es que no parece un caso aislado. Hacer encajar los eventos musicales del año 2020 en el año 2021, teniendo en cuenta que ya había conciertos anteriormente programados para esas fechas, está siendo un calvario para los profesionales de la industria. Algunos nos preguntamos qué tipo de tejido musical va a quedar después de esto. Muchos grupos, nos enteramos por sus redes sociales, han perdido dinero por las cancelaciones de sus giras. Hay pequeños promotores que puede que no se recuperen de las cancelaciones. Y nosotros, bueno, nosotros no nos recuperamos del susto.

    Hoy no hemos salido a nuestro balcón a aplaudir a las ocho. No había nadie en casa. Eso ya dice mucho de cómo va la desescalada. La Comunidad de Madrid ha ampliado los horarios de salida de los niños y, si los combinas con las ganas de los padres de tomar tintos de verano en las terrazas del barrio, diluye con tristeza el importante gesto de apoyo a la sanidad pública. Y, en verdad, también nos diluye un poco a todos como comunidad que se apoya mutuamente. A Alberto y a nuestra hija Eleonor les pilló en el parque. A mí, bajando por la calle Lavapiés, después de una segunda visita al fisioterapeuta. Aplaudí sorteando las terrazas, pobladas y ruidosas, mirando hacia los balcones, donde en lugar de alegría encontré medias sonrisas, algunas miradas serias y esquivas, en general gestos de resignación. Yo era la única persona que aplaudía en la calle. Las palmas fueron breves, apenas me dio tiempo a recorrer algunos portales, y a las ocho y tres minutos ya se había agotado.

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