La mujer enmascarada, de Elena Cabrera, es un libro de periodismo de interior sobre la vida en la pandemia.
Está compuesto a partir de artículos escritos de manera diaria en elDiario.es, poniendo el foco en lo que sucedía en la casa, en el barrio, en la ciudad según se sucedían las fases que nos permitían juntarnos poco a poco con otros.
Está editado en julio de 2022 por Libros.com y se puede pedir en la web de la editorial o en cualquier librería, por 16 euros.
Es difícil saber quién ha llorado más esta noche, si Rosalía o sus fans. M de Madrid. “Madrid, siempre que vengo aquí me siento muy querida”, dice la patrona, la motomami, la gran artista de nuestro tiempo en la primera de sus dos noches en la capital haciendo rodar, todavía en las primeras vueltas, la potente cilindrada del Motomami Tour.
“Motomami es distinto a El mal querer, y tengo los mejores fans del mundo porque haga lo que haga siento que me apoyáis en todas mis locuras”, le dice a los 17.000 espectadores que caben en el WiZink Center. El Palacio ruge y clama el nombre de la artista. La devoción es extrema. Con cada gesto de Rosalía tiembla la grada: cuando se pone las gafas, cuando se tumba en el suelo, cuando se agita la trenza, cuando mueve los glúteos con hipervelocidad, cuando se sienta a horcajadas sobre los bailarines que han formado una moto con sus cuerpos.
D de Dinamita. Motomami Tour no es solo una exuberante y desbordante demostración del talento de una cantante y compositora, es también una bomba que hace estallar por los aires el viejo concepto del show en vivo. Primero, por la ausencia de músicos de acompañamiento, que nadie echa en falta (son, en cambio, los bailarines quienes la arropan). Segundo, por el diseño del escenario: sobrio, mínimo, un lienzo en blanco. Y tercero, por la audaz e innovadora mediación de la cámara y la pantalla como parte de la representación, y no como tecnología de amplificación.
Paso tantas horas aquí sentada, en esta misma silla, frente a esta misma pantalla, con los codos sobre esta misma mesa, alumbrada por esta misma bombilla, presionando las teclas de este mismo teclado roto, que debería aprender a escribir.
El teclado es nuevo pero ya le han roto las pequeñas patas que le sirven de soporte para que no sea plano, así que se tambalea y, al pulsar alguna letra, parece que no hay fondo, como cuando despierto en la cama creyendo que me hundo.
No ganó la teta al estilo Delacroix ni la foliada de pandeiretas ni la lesbianización de Europa; ganó lo que tenía que ganar para que todo siga igual. Si hai fronteiras y estas son las de la industria, las que indican qué no debes hacer para salirte del tiesto, lo que funciona, lo que vende, lo correcto. En el BenidormFest, la selección española para Eurovisión, ha ganado la normatividad porque RTVE lo quiere así.
En esta ocasión, tonta de mí, volví a ilusionarme. Y, una vez más, me volví a pegar una hostia.
La música, para mí pesar, ha dejado de ser hilo conductor, vehículo de rebeldía, estandarte de identidad. Cuando en raras ocasiones como esta las canciones vuelven a asomar con la fuerza que tuvieron en el siglo XX, me emociono. Pienso que algo podría cambiar y que no estoy sola en eso.
Pero quien maneja el dinero y los mensajes se cuida de poner en el centro al jurado, esa institución que representa el conocimiento experto, la sofocracia cultural: para que el orden establecido se tambalee pero no caiga. Que el sistema se tambalee es necesario para que el sistema se perpetúe (como nos enseñaron las Wachowski en Matrix).
Escribo esto y pienso que parece que es que estaba defendiendo que Esplendor Geométrico fuera a Eurovisión. Y en realidad no era para tanto: solo unas tías que cantan en galego o una mujer que pregunta por qué dan tanto miedo nuestras tetas. Es muy difícil actuar en el mainstream por eso hoy, de nuevo, nos replegamos a nuestras trincheras. Como siempre.
Lo ha dicho la persona delegada de RTVE para planificar la estrategia de España en Eurovisión: lo que cuenta es la IDEONEIDAD (y lo ha dicho en mayúsculas, por si había alguna duda).
Todos son ganadores. Se trata de encontrar la candidatura más IDÓNEA para España 🇪🇸 en Eurovisión @eurovision_tve
Eurovisión es un producto televisivo de las radiotelevisiones europeas. Uno podría esperar que la radiotelevisión pública de este país tuviera cierta sensibilidad pero recordemos lo que hay: la gran apuesta de RTVE por la música es un reality show que consiste en hacer competir a cantantes desconocidos para formarles como estrellas, exponiendo su vida íntima y metiéndola dentro de la ecuación del programa. Ese programa acomodado, aburrido y residual que son Los conciertos de Radio 3 en La 2 a la una y media de la madrugada. De vez en cuando, hay que admitirlo, compran algún producto de prestigio y bien elaborado, como Un país para escucharlo o Mapa sonoro (ambos, curiosamente, mezclando viajes y música). O Cachitos de hierro y cromo, probablemente el programa más barato de la tele que basa su éxito en hacerse el gracioso rescatando fragmentos cortos de un archivo que todos los martes nos recuerda lo mismo: hace años había música en la tele. Recordemos, también, que parece que RTVE no sabe cómo reflotar Radio 3.
La obra de la escritora Anaïs Nin parece inagotable. De las profundidades de los centenares de cajas de su archivo, custodiado en la Universidad de California, brotan libros epistolares, diferentes ediciones de los diarios o literatura inédita, al menos en castellano. Es el caso de La intemporalidad perdida y otros relatos (Lumen), 16 narraciones breves que la autora escribió entre 1929 y 1930, es decir, cuando tenía entre 27 y 28 años, y que solo aceptó publicar ya al final de su vida.
Ninguno de estos relatos vio la luz en aquel entonces y fueron rechazados unánimemente por diferentes agentes literarios, revistas y editoriales, incluida la librería e imprenta Shakespeare and Company. «Quizá las rechazaran porque formalmente eran poco convencionales y casi carentes de trama, y por la falta de detalles sociológicos y materiales», escribe en el prólogo Allison Pease, autora de estudios de género y Modernismo, o quizá porque tenía «muy pocos contactos literarios», sugiere. Son obras de juventud en la que ya se proyecta la Anaïs Nin que está por venir, por lo que leerlos a esta luz, desde la perspectiva de hoy, es apasionante. Nin no tendría algo de éxito hasta que, quince años después, publicó otra recopilación de historias, En una campana de cristal.
Aparece ya en esta nueva publicación el uso de los símbolos y la recurrencia a lo onírico, precursores del pensamiento simbólico de la narrativa posterior de la autora y que tan importante sería a partir del momento en el que entra en contacto con el psicoanálisis. Encontramos su necesidad de escapar —»quiero encontrar un mundo que concuerde conmigo», escribe— y de buscarse a sí misma. De reconciliar dos partes de su propio ser que, como dos extrañas, la hacen estar dividida, perdida: el yo público y el yo privado. En algunos relatos, la tensión sexual no resuelta es el motor de las narraciones que empuja a los personajes para que revelen qué son o cómo piensan en su interior.
Querido abuelo: me llamo Elena, soy hija de tu hijo, no nos conociste a ninguno de los dos porque te mataron un día como hoy hace 85 años. Mi padre, Luis, era un bebé recién nacido. Yo tengo ya 46 años. Perdóname por haber llegado tan tarde a buscarte, no sé qué me entretuvo. Quizás, simplemente, que estábamos a otra cosa.
Abuelo, soy periodista. Me gustaría saber qué periódico leías tú en los años 30 en Toledo, si eras más de El Castellano o de El Socialista. Quiero pensar que del segundo, aunque fue el primero, un periódico de derechas y católico, el que me trajo noticias tuyas. Lo sabrás perfectamente porque sucedió en 1934 y mis compañeros de aquel entonces dieron cuenta de tu participación como testigo en el juicio contra tus compañeros de aquel entonces: Hilario, Agustín y Julio, camareros, como tú; sindicalistas, como tú.
De lo que no dijeron nada los periódicos fue de tu asesinato. En ese momento de terror en vuestra ciudad no había tinta, solo sangre. Al final, después de todo este tiempo buscándote, no sé nada de tu muerte pero sé muchas cosas de tu vida que no me contó nadie de pequeña: que te gustaba trabajar la madera, y se te daba bien, que trabajabas en el Café Español en la plaza de Zocodover, que tu padre murió solo dos años antes que tú, cayendo al Tajo, que defendias a tus compañeros, que te mantenías a flote entre dos aguas, que no tuvo que ser fácil para ti estar con tus compañeros, defenderlos, apoyar la huelga, luchar por lo que considerabas justo, y luego volver a casa donde te esperaban tus cuñados falangistas, carlistas, reaccionarios. Fachas, en definitiva, que los llamamos ahora.
Cuando te mataron, nos arrebataron de ti y como consuelo puedo decir que al menos te ahorraste ver toda la muerte y la represión que vino después; se luchó fieramente contra los fascistas tres años más pero la derrota fue inmensa y eterna: le siguieron 40 años de dictadura y no te creas que ha acabado del todo. Te sorprenderá saber que hay mucha gente, de los vencidos, que fueron enterrados quién sabe dónde y perdidos para siempre. A otros todavía los estamos encontrando. La humillación sigue bajo la tierra.
Me parece importante comunicarte que tú no eres uno de ellos. Durante años pensaba que estabas desaparecido y cuando al fin me animé a buscarte, averigüé que me esperabas mucho más cerca de lo que nunca me podría haber imaginado. En los últimos días de tu vida te encerraron tras unos barrotes pero la cárcel más grande, la condena que padeciste durante décadas, se te impuso con puertas blindadas de silencios. En casa no se hablaba de ti, como de muchas otras cosas, como en muchas otras casas.
Abuelo Raimundo, te quiero sin haberte conocido, en eso consiste la lealtad y la familia. La familia de aquel entonces no te ayudó cuando lo necesitabas; cómo iban a hacerlo, si representas todo aquello que repudiaban. Yo, tú familia de este entonces, he hecho por ti todo lo que he podido, sabiendo que nunca será suficiente.
Una de mis obsesiones es conocer cómo marca el tiempo a través de su paso por un sitio. Me impresiona mucho la perdurabilidad de lo sólido, en especial la piedra, ante el ciclo momentáneo de los que nacemos y morimos y, en un momento dado de esa insignificante existencia, pasamos por allí, rozamos con los dedos de la mano esa pared, derramamos nuestra sangre sobre ese suelo, dormimos encerrados bajo ese techo.
Confieso que me tienta la idea de la psicogeografía y a veces me gusta pensar que los lugares conservan una memoria de sí mismos, como si almenasen datos cual organismo vivo.
De ser así, es una memoria muda. Aunque no es tan difícil encontrar los cabos sueltos que nos sirven para contar el cuento. En el solar de Peironcely hay restos del suelo de las casas que fueron derruidas por los bombardeos en los años 30. En el patio interior del restaurante Casa Anido están los píos que usaban para hacer las conservas de sardinas en lata de los Romaní y que, en la Guerra Civil, usaron los presos del campo de concentración para dormir calientes dentro de ellos. En un contenedor de la basura aparece un archivador que es recogido de allí por un activista de la memoria. Hubo un tiempo, quizá solo fue un día en la historia, en el que las autoridades franquistas, diplomáticas y religiosas se colocaron en una escalinata construida en un cerro, e hicieron como que aquello era importante, aunque lo olvidarían pronto (pero los trabajadores esclavos que picaron piedra y la arrastraron para colocarla allí no olvidaron).
Estos días se ha publicado en elDiario.es una pequeña serie de artículos que he escrito, titulada Lugares sin memoria. Ojalá pudiera ser más larga, estaría escribiendo sobre sitios así todo el rato, no haría otra cosa y sería feliz.
La represión sobre los perdedores de la Guerra Civil se prolongó a lo largo de los 40 años que duró la dictadura. En 1979 comienza un proceso de reparación económica que el movimiento memorialista y algunos partidos políticos no consideran zanjado en absoluto. El Gobierno, según un estudio interno al que ha tenido acceso elDiario.es, reconoce que 21.749 millones de euros (hasta diciembre de 2020) es el total de lo que la Administración General del Estado ha dedicado a reparaciones económicas a las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo. Es la cantidad más alta que se ha gastado nunca el Estado en indemnizar a víctimas, seguida muy de lejos por las afectadas por el aceite de colza.
Esta cantidad incluye las reparaciones en forma de pensiones a militares, combatientes, mutilados, así como sus familiares en caso de fallecimiento y los asesinados y desaparecidos; estos son 547.670 beneficiarios y un importe de 21.349 millones de euros, estando el grueso de la reparación en los militares no profesionales. Por otro lado, se recogen también las reparaciones a las personas que sufrieron prisión, tanto en la compensación de aportaciones a la Seguridad Social como en indemnizaciones; esto ha afectado a 60.683 personas, con un importe de 397 millones de euros. Por último, se recogen también las 49 indemnizaciones a los herederos de personas que dieron la vida en defensa de la democracia entre 1968 y 1977 cuyos expedientes fueron aceptados de entre los 190 que se presentaron; esto supuso 2,8 millones de euros.
A finales del siglo XX, cuando había que saber un poco de HTML para publicar en la web, cuando la neutralidad de la red no estaba en entredicho, yo escribía una página en internet sobre Anaïs Nin que era la única que existía en español.
Llevaba unos años buscando sus diarios y novelas, que todavía no se habían publicado en sus versiones sin censurar, y no era complicado encontrar las ediciones de Plaza y Janés y Bruguera en las tiendas de segunda mano. Anaïs Nin había pasado de moda.
Puedo ver las fechas en los ex libris de cada uno de esos libros, así como anotaciones de dónde los fui encontrando y en qué circunstancias (quién me acompaña, en qué lugar sucedió, cómo me sentía), pues cada hallazgo era un acontecimiento para mí. Las datas van de 1995 a 1999.
En 1996 me compré la correspondencia entre Anaïs y Henry Miller editsada por Siruela. Era la primera vez que leía a Anaïs Nin sin olor a viejo. Me pareció que la habían extraído de su mundo (que eran esas páginas amarillentas, guesas, de tipografías irregulares), que también era el mío, y la hubieran inoculado en el presente, donde ambas nos sentíamos extranjeras. Ese libro fue importante porque completaba la correspondencia de la que hasta ese momento solo conocíamos las cartas de Henry a Anaïs. Al fin ella había dejado de ser el objeto del escritor y su voz emergía. Recuerdo que el libro me costó carísimo e invertí en él toda mi paga.
Simultáneamente a los diarios, fui encontrando sus novelas editadas por Grijalbo (En una campana de cristal, Invierno de artificio, La seducción del minotauro, Escaleras hacia el fuego, Una espía en la casa del amor), que me resultaban farragosas, aburridas, difíciles de leer. No tenía paciencia, prefería mil veces los diarios.
En unos viajes a Londres en 1998, me compré allí, nuevos, Little Birds (cuya marca de lectura hoy me indica que no pasé de la página 13) y la muy cuestionada biografía de Noël Riley Fitch The Erotic life of Anaïs Nin. En ese mismo año, apareció en la sección en lengua inglesa de La Casa del Libro, Conversations with Anaïs Nin: transcripciones de entrevistas en estilo directo, todo un tesoro en bruto que me compré.
Entonces, Siruela comenzó a llenar los huecos en blanco y empezó a editar los diarios sin expurgar. Todo lo que habíamos leído hasta ese momento era la versión que la escritora accedió a publicar extrayendo de su inabarcable continuo autobiográfico todo aquello que pensó que pudiera herir a sus maridos. Tras las cartas, en 1995 Siruela publicó Incesto y, en 1996, Fuego. Ahí estaba todo. Yo vivía en esos huecos. Yo quería para mí la libertad de alma que mostraba Anaïs, pero me sentía en una cárcel.
Yo quería fugarme con ella.
Con todas estas lecturas en mi habitación, comencé a escribir aquella página web. Un día me llegó un email procedente de un hombre cuyo nombre se repetía una y otra vez en todos esos libros: Gunther Stuhlmann, agente y editor de Anaïs Nin. Gunther me felicitó por la página, me agradeció lo que estaba haciendo, el cariño que le ponía y mi interés por Anaïs. Me contó que editaba una revista sobre ella, llamada ANAIS, y que si yo lo deseaba, podía mandarme un número por correo desde Estados Unidos. En ese momento, internet me pareció lo más grande del mundo, una magia que hacía que alguien que había conocido a mi escritora favorita, me contactara. Se lo agradecí mucho, le di mi dirección (de casa de mis padres) y muy poco tiempo después llegó un paquete.
El número de ANAIS que me envió Gunther
Además del volumen 15 de la revista (con artículos sobre su correspondencia con Miller, la influencia de DH Lawrence sobre ella o un interesante artículo del propio Gunther sobre la artista queer surrealista Claude Cahun / Lucy Schwob (sobrina del decadentista Marcel Schwob); es decir, no solo se hablaba de Anaïs sino también sobre su universo expandido, sus referencias y sus influencias ) había más cosas en el paquete enviado desde Becket, Massachusetts. Stuhlmann me enviaba algunas ediciones de los diarios en español que no eran las ediciones de bolsillo que hasta ahora había encontrado, sino unas mejores de Plaza y Janés descatalogadas: el Diario de infancia y el Diario de adolescencia, que él consideraba que estaban infravalorados o a los que al menos no se les había prestado la suficiente atención, por ser anterior a la aparición de Miller.
Me desbordó la generosidad y la atención del editor, que me recordaba a la propia Anaïs y sus envíos postales de libros, cartas y lo que fuera necesario.
Gunther compartía el trabajo con su esposa Barbara, a la que alude este «our» en la breve nota mecanografiada que adjuntó al envío. Ambos han fallecido ya. Él en 2002 a causa de una leucemia y ella en 2012. Su legado lo custodia esta fundación de Massachusetts.
La nota, que conservo en el interior del Diario de adolescencia
En uno de los libros que me envío, el diario adolescente que va de enero de 1919 a junio de 1920, se habla mucho de «Joaquinito» y Thorvald, los hermanos de Anaïs con los que se traslado a Nueva York junto a su madre, mientras su padre Joaquín Nin se quedaba en Barcelona, tras abandonar a la familia para liarse con una mujer más joven y rica.
En uno de los libros que tengo, una edición de la Editorial RM más lujosa que las de bolsillo, del Diario III (1939-44), comprado no sé dónde el 17 de febrero de 1998, guardo un recorte de una revista. Son varias páginas de El País Semanal donde Arcadi Espada entrevista a Joaquín Nin-Culmell («Joaquinito»). No apunté la fecha pero supongo que ronda ese mismo año. El hermano pequeño de Anaïs, compositor como el padre, falleció en 2004. En la entrevista, Joaquín habla muy amargamente de su hermana.
La publicación de Incesto en español estaba reciente, «unos meses», escribe Espada, así que le pregunta a Joaquín por la relación incestuosa entre Anaïs y el padre de ambos. El músico dice que «no hay pruebas». Arcadi le contesta qe existe el testimonio de uno de los dos protagonistas. Joaquín contesta que «Anaïs era una mitómana» y que «puede ser perfectamente que lo que describe no sucediera nunca».
Visiblemente resentido, Nin-Culmell dice que la publicación de Incesto le va a «impedir» escribir el libro que él quería hacer sobre Anaïs, a quien dice que quiso «demasiado».
«Anaïs tenía, tal vez, el derecho de hablar sobre sus relaciones. Tal vez. Pero lo que es seguro es que no tenía ningún derecho a hablar de las relaciones entre mi padre y mi madre, entre nuestros padres. El retrato que hace mi padre de mi madre, a través de Anaïs, es intolerable. Y si yo escribiera ahora sobre Anaïs, sobre nuestra vida en común, tendría que hablar de eso y parecería una venganza. Y lo sería seguramente, porque yo no podría eludir la crítica de esas página injustificables, ni podría soportar que el único retrato que hubiera de mi madre fuese precisamente el que hizo alguien que la abandonó», explica Joaquín.
Posteriormente, revela que ha entregado a «la Universidad de San Francisco» tres mil cartas de Anaïs Nin: «creo que tengo un pedazo de Anaïs, un pedazo desmitificado, humano, que es el que falta sobre ella», dice. «Pero ya digo, no creo que nunca lo escriba. En cualquier caso, en esas cartas está el trozo para el que quiera identificarlo».
Es cierto, Joaquín Nin-Cumell muere sin escribir ese libro. Lo más que hizo fue redactar un prefacio en 1978 de tres páginas para Linotte, el diario de infancia que me había mandado Gunther. En él, se refiere a su «hermana extraordinaria» con un cariño por aquella niña que resuma un poco desilusión por la mujer en la que se convirtió, sin decirlo literalmente.
Tras investigar un poco, quiero entender que la depositoria del legado de Nin-Culmell no es esa «Universidad de San Francisco» sino la Universidad de California, en Berkeley, que guarda tres colecciones de la familia (ARCHIVES NIN-CULMELL 1 (su colección musical), MS 076 (la documentación familiar, relativa tanto a Nin-Cumell como a su padre, Nin y Castellanos entre 1863 y 2006) y la colección 2066, documentación legada por Anïs Nin), así como la de Henry Miller (LSC.0110).
En la colección MS 076 hay decenas de cajas. Una gran parte de esta colección es la biográfica, siendo la subserie 1.5 la dedicada a la correspondencia, donde hay varios centenares de carpetas. Entre ellas, no están la cartas de su hermana que él menciona en la entrevista, tan solo una fotocopia del prefacio de Linotte y unas misivas intercambiadas con una monja (Joaquín era un ferviente católico, dice que gracias a su hermana) al respecto de Anaïs y su marido Rupert Pole.
La entrevista de Arcadi Espada a Joaquín Nin-Culmell
En cambio, en el legado de Anaïs sí cartas escritas por Joaquín Nin-Culmell, dirigidas a ella, durante los años 50 y 60.
¿Dónde están esas tres mil cartas de Anaïs a Joaquinito?
Del journal de Gunther, ANAIS, surgió un libro esencial (que no tengo), A book of mirrors, que también marca el inicio de la actividad de Sky Blue Press, la editorial que Paul Herron crea en 1996 para publicar por fin en buenas condiciones y sin expurgar la obra de Nin. Herron continuará la labor académica que había iniciado Gunther con un nuevo journal: A Café in Space.Y publicará los diarios sin expurgar de años posteriores: Mirages (1939-47) y Trapeze (1947-55), que todavía no hemos visto en España.
Una de las últimas aportaciones de Sky Press, en marzo de 2020, son las cartas entre Anaïs y su padre Joaquín, que se creían destruidas. En 2006, se halló una carpeta escondida en la casa de Anaïs en Los Ángeles. Con este volumen se complementa y contrasta Incesto, aportando la visión del padre. Otra es la de las cartas de Anaïs a Lawrence Durrell.
Lo de las cartas de Anaïs a su hermano sigue siendo un misterio para mí.
Desconocía que Paul Herron está realizando un podcast sobre Anaïs Nin, se puede escuchar aquí. El último episodio, el 38, Paul nos habla de quién es él (y quién no es), y con mucho cariño de su relación con Gunther Stuhlmann y las obras de Anaïs. En él cuenta cómo Gunther hizo con él lo mismo que conmigo, generosamente le envió copias de las publicaciones de Anaïs. Paul heredó, o se sintió contagiado, por la misión de hacer llegar a las lectoras y lectores la obra de Nin. Este es:
Cuando tuve en mis manos mi primer libro no podía dejar de acariciarlo. No lo pensé en ese instante pero, ahora que lo recuerdo (y siento caer en el lugar común del parto), me evoca al momento en el que los sanitarios pusieron a mi hija sobre mí y yo le acariciaba la cabeza y la espalda, por un lado para darle calor y por otro para sentir que era real. En mi barriga era una idea, intocable. Fuera, era física, contundente, y desde el primer minuto comenzaba a hacerse un lugar en el mundo, a consumir aire, recursos, a generar deshechos.
Junto al mostrador de La Imprenta, Miguel Ángel puso un libro en mis manos y yo palpaba con la yema de los dedos la cartulina de la portada, que me parecía reconfortantemente suave. Como la tapa es un mapa, lo que sí me vino a la cabeza en ese instante fue un viaje que hice sola en coche a Portugal y, de allí, a Galicia, por carreteras que desconocía pues en lugar de ir hacia Vigo, di un rodeo por Ourense. Los móviles todavía no tenían GPS y yo me apañaba con un mapa de carreteras, que es un instrumento al que siempre he tenido mucho apego. En mi coche llevaba uno antiguo, que no solo había marcado mis destinos sino el de mi amigo Juanjo, que me lo regaló cuando él se compró uno más nuevo. Pero a mí me gustaba el viejo, porque ya había ido a muchos sitios.
También tocaba los bordes, los cantos, las esquinas, sin atreverme a abrirlo. Más que falta de valentía, lo que tenía era falta de ganas. Todas esas letros de dentro… no me interesaban mucho. Quería seguir viendo la caja por fuera. Le di la vuelta. En algunos libros aparece la foto de la autora en la contraportada. En el mío, es una pareja que camina del brazo. Son mis abuelos, de novios o recién casados. Sagrario mira hacia otro lado. Raimundo, hacia algún lugar de la acera, delante de él. No son conscientes de que están siendo fotografiados. Están a punto de llegar a la puerta de Bisagra, en Toledo. Yo no habría sabido ubicar el lugar en el mapa, pero Carlos Vega se dio cuenta de que era la calle Real del Arrabal, delante de la casa en la que muchos hijos después viviría un gran amigo del hijo todavía no concebido de Raimundo y Sagrario.
Un libro, en su función reprográfica, copia no infinita pero numerosa de un original, no deja de ser un cuerpo extraño. Es mío porque lo hice yo, pero no es tan mío como un lugar que tengo en la muñeca. No es como un cuadro o un dibujo, que solo hay uno. La reproducción mecánica del objeto libro lo hace incontrolable, ajeno.
Me han llamado valiente dos veces porque he escrito cosas muy íntimas en ese libro. Cosas que otras personas guardan en secreto. Esas dos veces me he asustado, como como cuando recuerdas a la mañana siguiente, entre brumas, que borracha dijsite algo que deberías haber callado. No me siento valiente sino insconsciente. Me es imposible escribir pensando en que cada línea será publicada: me bloqueo y no acabo diciendo lo que pretendía. La única manera es tirar para adelante y sentirlo como un acto íntimo. Después, al publicar, la mala memoria arrastra, como el torrente de un río, las dudas.