Autor: elenac

  • 4. Madrileños por el mundo

    4. Madrileños por el mundo

    No hay momento más apropiado que un verano, y además no hay otro verano más acertado que este, para leer Una guía sobre el arte de perderse de Rebecca Solnit. Yo misma lo estoy haciendo y sé que no soy la única. En la portada aparece una chica adentrándose en lo que aparenta ser un trozo de papel rasgado. Está claro que esa grieta no lleva a ningún sitio pero aún así se mete dentro de ella para desaparecer por un rato. He ahí la esencia misma del veraneo.

    Esto es solo el principio. Sigue leyendo haciendo clic en este enlace. Este artículo pertenece a la serie El verano del coronavirus, publicada en eldiario.es
    Todas las ilustraciones de la serie han sido realizadas por Isa Ibaibarriaga.
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  • 3. Ancha es Castilla

    3. Ancha es Castilla

    Tenían acentos andaluces diferentes. Yo, que me considero una genia en la localización por el habla, aposté a que la mujer era de Cádiz y la niña, de Sevilla. Me habían dado asiento en contra del sentido de la marcha, lo cual me proporcionaba una visión privilegiada de las caras de mis compañeros de vagón, en lugar de sus cogotes. Para los amantes de las conversaciones ajenas, esta situación facilita las cosas. Cuando la mujer y la niña se dijeron la una a la otra de dónde venían, hacía un buen rato que habíamos dejado Madrid atrás y la ciudad empezaba a ser un recuerdo pesado del que huir, a pesar de que yo viajara hacia el noroeste de espaldas, viendo pasar por la ventanilla el mundo al revés.

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  • 2. El verano de las películas no existe

    2. El verano de las películas no existe

    Dos películas recogen mis dos visiones más idílicas del verano. No es que yo tuviera esas ideas en mi cabeza y acabara encontrándolas en el cine, sino más bien lo contrario, la ficción ha insertado en mí una memoria inventada y una proyección inalcanzable. Una de ellas pertenece al verano de quedarse y, la otra, al de irse. Hace tiempo, TVE había entrado en uno de sus clásicos bucles reponiendo cada año por estas fechas Bajarse al moro, la película de Fernando Colomo en la que aparece un Madrid en el que los grupos de música ensayaban ruidosamente en las terrazas y las chicas que sabían mucho de la vida, bebían té y fumaban porros, pintaban dibujos en las paredes de sus casas. Yo, arrastrada por mi familia a destinos de veraneo, estaba segura de que el agosto madrileño que se me ocultaba era una ciudad tórrida siempre al borde de la aventura.

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  • 1. Lo que necesita la gente son respuestas

    1. Lo que necesita la gente son respuestas

    En las tierras del interior, el sinónimo más perfecto de la palabra verano es piscina. Es posible que la pregunta «¿cuándo abren las piscinas?» sea una de las búsquedas más populares de internet en el mes de junio, incluso quizás en el de mayo. Yo, como oficina dispensadora de información que soy, es una de las que más me hacen. A la gente le gusta preguntarme cosas y, a mí, responderlas. A veces, no sé ni lo que digo. Hace años, vagando de noche por Malasaña con unos amigos, un coche se detuvo a nuestro lado y nos preguntó cómo se iba a Badajoz. Nos miramos y uno de mis colegas se acercó y, con ademanes resueltos, más propios de los adultos que no éramos del todo entonces, apoyó las muñecas sobre el filo del cristal de la ventanilla del copiloto y comenzó a dar indicaciones. El conductor se alejó dando las gracias con la mano. Le preguntamos a nuestro amigo cómo es que él sabía ir desde allí a Badajoz. «No, si yo no sé ir —contestó muy serio— pero la gente necesita respuestas». Esta actitud me ha guiado toda mi vida pero no la recomiendo en absoluto.

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    riaga.

  • Y ahora qué

    Y ahora qué

    Se ha terminado el acuerdo que hicimos entre la narración, eldiario.es y yo para mantener abierta todos los días una ventana con vistas a mi casa. El sábado por la noche corrí la cortina y recuperamos el secreto de nuestra intimidad cotidiana. Lo interesante de mi ventaba no era solo que pudierais vernos desde fuera sino que nosotros también os veíamos desde dentro.

    Nunca fue una venta del todo transparente, como os podéis imaginar. El lugar en el que se publicaban las 82 crónicas del Diario del coronavirus me hacía mantener una tensión constante con la autocensura, en cada párrafo me preguntaba si debía encender o no la luz. A veces escribí cosas que borré y, otras veces, no escribí cosas de las que me arrepiento.

    Me gustaba mucho escribir cada día de manera libre y sin las ataduras del periodismo. Pero algunas entradas las sufrí, bloqueada frente a la pantalla, avanzando sobre cada frase como si pretendiera cruzar el desierto. Lo echo de menos pero también me siento liberada, pues durante tres meses he dedicado al menos dos horas cada tarde. Si a ese tiempo le sumas el resto de obligaciones laborales: mi trabajo en Gen X Games y los otros artículos para eldiario.es, además de los cuidados, acabé agotada.

    Me gustaría convertirlo en un libro. ¿Sería publicable? ¿Alguna sugerencia de editorial? Si no lo quiere nadie, haría como mis vecinos: lo imprimiría yo misma y haría un ejemplar para Eleonor quien, a fin de cuentas, es la verdadera protagonista. Yo solo soy su Jonathan Harker.

  • Diario del coronavirus (82): Recuerdo aquel 2020

    Diario del coronavirus (82): Recuerdo aquel 2020

    Regresarán a nuestra memoria recuerdos idiotas del año 2020. Lo más importante lo recordaremos como si lo hubiéramos estudiado, con la seriedad de los grandes acontecimientos, pero no serán esos los recuerdos que nos aviven el pasado de manera inesperada. Serán las bobadas, las tonterías, los objetos sin importancia aparente y las palabras que no pretendían ser solemnes. Estoy segura de que, al menos a mí, me pasará así, porque conozco mi cabeza y siempre juega conmigo de la misma manera. Por ejemplo, recuerdo con precisión la intensidad exacta de la luz que entraba por la ventana de mi habitación en la mañana del 11 de marzo de hace 16 años, mientras escribía en mi blog, pero no sabría decir, en este momento, cuántas personas murieron en el atentado terrorista de los trenes de cercanías de Madrid.

    Hay veces que, cuando la luz entra por esta ventana, que no es aquella ventana, con exactamente la misma cantidad de brillo, y se posa sobre esta mesa, que sí es la misma mesa, el instante funciona como disparador y puedo evocar, con bastante facilidad, algunos de los sentimientos, conversaciones y acciones de esos días. Me pregunto cuál será el gatillo de la memoria que actúe mejor en el futuro. Podrían ser algunas manchas blancas sobre mi ropa negra, pequeños lunares de salpicaduras producto del uso intensivo de la lejía para desinfectar la casa. O quizás algún día, ordenando los papeles de cuando Eleonor era pequeña, encuentre sus dibujos de este año, que por suerte la nostalgia me impidió tirar, y vea el tren que pintó sin causa aparente, aunque en verdad acabábamos de darnos cuenta de que los viajes que teníamos planeados para la primavera de ese año no podrían realizarse. O lo mismo, entre ellos, encuentro su trabajo para la asignatura de inglés en el que tenía que hacer una redacción sobre cómo era alguien que conociese en el pasado y en el presente; lo hizo sobre mí y escribió que actualmente soy “very hygienist” pero, ¿cómo no serlo cuando combates la guerra mundial z contra un virus?

    Estoy segura de que se destaparán los recuerdos cuando, al fondo de un cajón, encontremos las mascarillas de tela que compramos ese año, descoloridas de tanto lavarlas a 60º. Probablemente recuerde algunas de las palabras que me dijo Lissa, la modista a las que le compré las primeras, aunque quizá se me olvide su nombre pero no el chaleco verde que llevaba y cómo se colocó la cinta métrica encima de él para que le hiciera una foto porque “las costureras siempre llevan el metro al cuello”, me dijo. Cuando, en el futuro, vea un ejemplar de la revista Rockdelux, que tanto leí y en la que yo también escribí, seguro recordaré que su último número salió durante la cuarentena, que ahí se acabó una era; quizás recuerde en qué quiosco lo compré y cómo, detrás de mí, había otra mujer de mi edad que me preguntó de dónde lo había cogido, para llevarse también ella uno. Puede que cuando vea un libro de Manolito Gafotas en una librería recuerde las horas tardías —porque habíamos dejado de madrugar— en las que me permitía leerle a Eleonor algunas páginas, debido a que un lector de este diario se lo recomendó, y acertó de pleno. Supongo que sucederá lo mismo con algunas canciones, que se quedarán pegajosamente adheridas a este momento histórico, como Los términos de mi rendición, de Bunbury, a quien entrevisté durante el confinamiento y, unos días después, mi cuñado me regaló el disco por mi cumpleaños. Cuando pase los dedos por mis discos buscando qué poner y reconozca el lomo de Posible (quizá lo extraiga y lo ponga), recordaré que cumplí 45 años durante la cuarentena y que escribí todos los días aquí, “con el desorden de la urgencia”, como canta Enrique Bunbury en esa canción.

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    Esta es una serie de diarios personales publicada en eldiario.es durante el estado de alarma debido a la pandemia por coronavirus. Puedes leerlos todos aquí.

  • Diario del coronavirus (81): Asciende la curva de la excitación

    Diario del coronavirus (81): Asciende la curva de la excitación

    Allá donde voy (una clínica dermatológica, un bar, una tienda de cómics) pregunto a los empleados qué han hecho en los últimos tres meses. Y a la vuelta de cada historia siempre aparecía el mismo personaje: el ERTE. Una peluquera me lo explicó de tal manera que parecía su compañero de piso: “mi chico, yo y el ERTE”. Entendí que ahí estaban los tres, confinados. Podrían haber sido cuatro, pero al chico lo teletrabajaron. Me contaba su novia, mientras nos veíamos reflejadas en el espejo, que ya no quería volver a la oficina, que estaba feliz en su casa. Sus jefes, al aparecer, habían medido la productividad de los empleados a distancia (él trabaja en el sector financiero) y habían descubierto que esta había mejorado en estos dos meses. Lo que ellos no saben pero yo sí (no sabía la chica a quién estaba haciendo confidencias) es que el novio trabajaba lo suyo superrápido para sacar más tiempo libre para los videojuegos. La conclusión es que todos estaban más felices: los jefes por el excelente rendimiento, el chaval con el tiempo en transporte que se ahorraba, que directamente se invertía en la consola, y ella, que de no verse apenas, ahora se tenían más a mano. La conversación terminó con un deseo, por parte de ella, de que en un futuro próximo se instaurara el teletrabajo de manera regular y no extraordinaria. por mi parte, le recordé que el empresario se está ahorrando unas gastos considerables que ellos están aportando: ¿quién paga la electricidad, la conexión a internet, el gas, la calefacción, el desgaste de la vivienda? Exceptuando el wifi (al parecer el chico comía un considerable ancho de banda) todo lo demás no le importaba ponerlo de su bolsillo (me dio a entender con un gesto) para que su chico siguiera trabajando en pijama. Dije que la entendía. Cuando acaben las prevenciones y finalice esta etapa de teletrabajo, tendré que volver a la oficina en un pueblo de Madrid y meterle dos horas diarias al metro. Ahora mismo, se me hace la cosa más absurda del mundo.

    Desde que quité la alarma de los despertadores al principio del confinamiento, no la he vuelto a poner, a excepción de un día que me tuve que pegar un madrugón. Descubrí que el cuerpo se levantaba él solito cuando tocaba, sin hacer alardes, y pude prescindir del café de la mañana (al que mi cuerpo reaccionaba con violencia) para reanimarme. He pasado sentada delante del ordenador muchas más horas de las que me gustaría pero no me ha quedado otro remedio, peor hubiera sido no tener trabajo. En la gestión de los espacios he de decir que mis jornadas laborales han provocado que monopolizara el uso del estudio común, el cuarto en el que tenemos el mejor ordenador de la casa, así como nuestros libros y otros cachivaches. Cuando Alberto tenía que hacer algo, prácticamente me lo pedía con un hilito de voz: “¿podría usar el ordenador…?”. Yo me levantaba y le dejaba el asiento abombado y caliente, así como mis cuadernos desperdigados por la mesa. A vece no había terminado, así que me cogía el portátil (que va regular, pero tira) y me sentaba en el balcón a escribir estas páginas del diario. Me parece que se notan las historias que están escritas ahí afuera: tiene aire, están manchadas de la vida que pasa, respiran mejor. Las de adentro creo que se reconcomen a sí mismas, que giran sobre una misma idea, que unos días languidecen y otros se llenan de rabia. El otro día Alberto me preguntó: “¿a qué hora vas a salir de tu jaula?”, que me parece que es una expresión lo suficientemente explícita.  

    Ayer salí de mi jaula un rato a las siete para darle un regalo de cumpleaños a A. en nombre del grupo Acción Mojitos. A las que no pudieron venir las llamamos por videoconferencia desde la terraza de un bar. A M. la pillamos en el metro de vuelta a casa desde su trabajo. A M., en una larguísima jornada de teletrabajo desde su cama y medio en pijama, me pareció, un poco como el novio de la peluquera. Todas las del grupo estaban agotadas por el trabajo o dedicadas al cuidado de sus hijos (y, en cierta manera, también agotadas). Mientras tomábamos una caña, apareció J., un amigo de A., con un ramo de flores. J. nos contó una de estas historias maravillosas de convivencia a la fuerza por culpa del coronavirus: su pareja, que vive en otro país, tuvo que alargar lo que era una visita de unos días a varias semanas, hasta que le permitieron volver. El piso de J. es minúsculo. “Es una de esas situaciones en las que o te va fenomenal o el otro vuelve a su país en un ataúd”, dijo, con una elocuente dosis de humor negro. Poco se ha hablado de cómo afecta el confinamiento al amor. Estoy deseando ver las cifras de divorcios el año que viene. Mi amiga R. lo ha definido muy bien “qué gana de vernos un poco menos”. No es de extrañar que haya quien celebre la vuelta a la oficina como un espacio de distanciamiento ya no personal o social, sino mental. Colocar el cerebro en otro lugar, durante unas horas, aunque sea en un trabajo explotador, no suena tan mal.

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  • Diario del coronavirus (80): ¡’Avada Kedavra’, se acabó el curso escolar!

    Diario del coronavirus (80): ¡’Avada Kedavra’, se acabó el curso escolar!

    La incertidumbre nos estaba provocando un engañoso efecto óptico: el verano parecía más lejos de lo que estaba. El curso acaba este viernes y, aunque es posible que no haya tanta diferencia entre las semanas previas y la que viene, sí está sucediendo que a muchas personas las están reincorporando a su trabajo, sacándolas de los ERTE o dando por terminada esta etapa de teletrabajo. Ya dos amigas, con hijas en Primaria, me han contado que les avisaban un jueves para regresar un lunes. En ambos casos, las personas que estaban organizando la nueva normalidad de las oficinas, se olvidaron de que en la vieja normalidad había niños en el colegio que ahora están en casa, enlazando el confinamiento con las vacaciones de verano. Suponemos que pensaron que ya sabrían los padres y las madres qué hacer con ellos, que a algún sitio los mandarían. Pero no es tan fácil.

    De golpe, muchas conversaciones giraron hacia la pregunta ¿qué vais a hacer con los niños?, que en realidad habría que leerla entre exclamaciones: ¡qué vais a hacer con los niños!, y con un tono rayando en el pánico: ¡¡QUÉ VAIS A HACER CON LOS NIÑOS!! Desconozco cómo va el tema en otras ciudades, pero en Madrid se cancelaron los campamentos de verano habituales y no ha sido hasta hace pocos días que se han anunciado unos nuevos llamados “para la conciliación” y que tendrán lugar entre el 20 de julio y el 14 de agosto. Por un lado, habría que pensar qué pasa con la conciliación el resto del verano y, por otro, si una vez más no estamos adultocentrándolo todo tanto, como se preguntaba Ana Requena hace un tiempo en este diario, que ni siquiera podemos llamar a los campamentos “para pasarlo chachi”, o algo así, pensando más en los niños y niñas. Me vais a decir que es una tontería, que total es solo un nombre, un título, pero yo estoy convencida de que nombrar las cosas es una parte importante de hacer las cosas.

    El asunto es que estos campamentos, de los que aún no se sabe mucho más, los convoca la Unidad de Programas Socioeducativos para la Conciliación de la Vida Familiar y Laboral del Ayuntamiento de Madrid, por lo que no podríamos esperar otro enfoque y solo pueden ser solicitados por las familias en las que ambos progenitores trabajen, o bien sean monoparentales o monomarentales trabajadores. Estoy pensando en una persona que conozco, que ahora mismo no está trabajando pero cuya salud mental está bastante al límite después de haberse dedicado intensivamente a cuidar y a enseñar a sus hijos durante el confinamiento. Esta mujer, si quiere darle a sus hijos nuevas experiencias y a ella un poco de espacio, sea para recomponerse o para buscar trabajo, no puede optar a estos campamentos gratuitos y tendrá que buscar uno de pago. En el AMPA del colegio de Eleonor se están reuniendo las opciones que les van llegando. Los precios suelen estar alrededor de 150 euros la semana y todas las propuestas son a partir de julio porque, según me cuentan, han tardado en desarrollarse los protocolos y, a partir de estos, han necesitado un tiempo para diseñar y adaptar las propuestas.

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  • Diario del coronavirus (79): La arquitectura del buen vivir

    Diario del coronavirus (79): La arquitectura del buen vivir

    Cuando me mudé a este pasaje en el que vivo, hace casi quince años, ya sabía dónde me metía: una vieja colonia falangista que apodaban “la de los militares” porque el Gobierno franquista le daba un piso a un policía o un guardia civil en el entresuelo de cada portal, para tener a la comunidad bien controlada. No es que hiciera mucha falta, a fin de cuentas, estos pisos de protección oficial, diseñados por la Obra Sindical del Hogar (OSH), los repartía el Instituto de la Vivienda, en un régimen de alquiler con derecho a compra, a profesionales afines o empleados de la administración, mediante instancia en la Sección Femenina de La Falange. Con estos antecedentes y los símbolos del “Víctor” y de la OSH, discretamente pegados a la piedra de estos bloques, construidos a finales de los años 40, Alberto y yo compramos este piso a los hijos de sus primeros propietarios (Charo y Zenón, él era policía) con la esperanza de que el clima ideológico de estas manzanas, inspiradas en los fascismos italiano y alemán, se hubiera diluido con el paso de las décadas. 

    Con el paso de los años descubrimos que esa disolución se estaba produciendo a un ritmo lentísimo. Aún viven muchos de los inquilinos originales, o bien sus hijos, quienes, educados en sus mismos principios, algunos salían fachas y otros progres, para disgusto de los padres. Cuarenta años de letras mensuales después de la entrega de los pisos, es decir, a principios de la década de los 90, los inquilinos adquirían el piso en propiedad y a partir de ese momento algunos los vendieron, sacando unas pesetas a unas casas baratas, de materiales pobres pero muy bien ubicadas en la entrada a Madrid. Aprendí de una amiga que toda arquitectura es ideológica porque hay decisiones que toman los arquitectos según su manera de entender la vida y la ciudad. En este caso, mi casa es ideología pura: las estancias principales dan a un jardín interior para generar un espacio seguro y vigilado de comunidad; las habitaciones ofrecen sus puertas al salón porque este debe ser el centro de la familia; los bajos se destinan a más vivienda en lugar de a locales comerciales para generar un entorno de aislamiento: una colonia por la que no hay gente de paso que no sean sus propios habitantes, dando así la espalda a los extraños. Sobre si las paredes son tan finas para escuchar las conversaciones ajenas o porque los materiales durante la posguerra no daban para más, hay debate. El caso es que cuando mis vecinos de arriba hacen ejercicio por las tardes, nos tiembla la lámpara del salón y cuando un coche se aventura inadecuadamente por el pasaje peatonal (a veces es la policía o una ambulancia), los del bajo sienten que se les hunde la casa. Por supuesto, la jugada no era tan sencilla como colocar a policías y militares en estos portales, se trataba de que las semillas que se plantaban, pervivieran.

    En esta pausadísima transformación, donde un año de vida humana equivale a una década de vida arquitectónica, todos esos elementos ideológicos se van jugando a las cartas contrarias, aunque no sin ciertos roces: pisos que por su distribución son ideales para compartir con los amigos (aunque algunos son derruidos totalmente por dentro, reformulados y convertidos en apartamentos turísticos), vecinos que se ven las caras al salir al balcón, que se saludan, que se cuentan cómo va la vida; niños y niñas que adquieren autonomía moviéndose solos entre los jardines y las calles peatonales. Sueño que la arquitectura del control será un día la del buen vivir: imagino los balcones abarrotados de flora y fauna, fiestas vecinales, cine de verano en las azoteas, pandillas de niños y niñas que se llaman a los telefonillos, un ensayo de tribu donde nos cuidamos los unos a los otros. Ahora tenemos un poquito de eso y otro poquito de guerra de banderas, de batalla de aplausos contra cacerolas, de desconfianza entre los antiguos moradores y los nuevos (“yo llevo 50 años viviendo aquí”, me dijo una vecina unos días antes del estado de alarma para intentar ganar una discusión sobre el uso de un pequeño jardín cerrado con un candado que tenemos en el pasaje).

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  • Diario del coronavirus (78): Rarísima normalidad

    Diario del coronavirus (78): Rarísima normalidad

    Este martes 16 de junio, Eleonor cumple 9 años. Le he dicho “bueno, este cumpleaños lo recordarás para siempre, ¿no?” y ella se ha encogido de hombros, en plan, “pues como todos”. Yo sigo a lo mío: “el cumpleaños del año del coronavirus, ¡vaya año raro, eh!”. Y ella: “sí, sí, rarísimo”. Lo dice para que deje de darle la brasa y volvamos a hablar de lo que realmente le interesa: qué vamos a hacer de merendar, a qué hora van a venir los invitados, qué le van a regalar. También quiere saber cómo fue el parto, qué estábamos haciendo unas horas antes de que ella naciera y qué dijo la familia cuando la vio por primera vez. El coronavirus, la cuarentena y el confinamiento le parecen mucho menos sorprendentes, tan asimilados en su vida, que el que yo pasara dos horas dando vueltas alrededor del hospital para dilatar, agarrándome a las farolas durante las contracciones.

    Ha tenido que recortar la lista de invitados para no juntarnos muchos en casa. Ella, que es más de macrofiestas que de petit comité, ha sufrido un poco. En Madrid, estamos en fase 2, por lo que podríamos juntarnos hasta quince personas en casa, pero teniendo en cuenta que vivimos en un piso de 70 metros cuadrados y que los niños de 9 años parecen demonios de Tasmania de lo inquietos que son, pensamos que sería mejor aplicar las restricciones de la fase uno y juntarnos solo diez. Veremos si conseguimos que no se quiten las mascarillas. Eleonor ya ha dicho “pues a ver cómo vas a conseguir eso con la merienda”. Pues es verdad. A ver cómo consigo que no las dejen todas amontonadas, como un montón de abrigos al llegar a casa, y cómo hago para que no se confundan y al quitársela uno se ponga luego la del amigo. Por cierto, Eleonor ha pasado todo un día haciendo cupcakes para los invitados y para las vecinas, y se ha asegurado de que hacía muchos para pasar “mucho rato comiendo y poco con la mascarilla”.

    El caso es que habrá que celebrar el cumpleaños varias veces, primero con los amigos, luego con una rama de la familia y después con la otra, ya que es imposible juntarnos todos. Esto a Eleonor, por supuesto, no le parece ningún problema si hay tres veces tarta. Lo que ella todavía no sabe (y espero que no lea este diario a escondidas) es que no está claro que el cumpleaños de la familia multitudinaria se vaya a celebrar, pues hay tantos en lista de espera que se han quedado sin fiesta, que no sabemos si irlos agendando poco a poco o alquilar una nave o un terrenito a las afueras y pasarnos allí varios días.

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