Autor: elenac

  • Caifanes era mi secreto

    Caifanes era mi secreto

    Tenía 17 años y quería creer en las formas del humo. Quería creer en el verso, en el infarto y en la muerte.

    Yo, con 17 años, quería creer en todas las mañanas del mundo.

    Yo quería escapar de casa y encontrar un agujero. Quería hacerme un hueco solo mío. Quería vivir en silencio y quería gritar.

    Quería no ser española, cualquier otro sitio era mejor.

    Con 17 años pensaba que todo lo bueno había pasado antes de que yo me enterara. Lo que tenía a mi disposición, me parecía mediocre.

    Yo quería algo que nadie más tuviera.

    Y entonces tuve a Caifanes.

    Caifanes no me dieron un lugar porque yo seguía descolocada, pero al menos me dieron una banda sonora.

    Qué bonito que ahora (sigo descolocada, no sé gritar, no me da sosiego el silencio) he podido entrevistarlos para anunciar los conciertos que están dando estos días en España. Comparto mi secreto.

    Y qué emoción que esta noche voy a verlos en directo por primera vez.

    Pego aquí el artículo que he publicado en elDiario.es. No me importa compartir el secreto.

    El resurgir de Caifanes: “Con el mundo tan dividido, la música pasa por encima de todo eso”

    Cambia la década del 80 al 90 y en España la música se ha vuelto comercial, aburrida, adocenada, domesticada. Aún falta un poquito para que explosione una nueva escena indie o alternativa que desgarre lo anterior. Así que mientras tanto, mientras nada pasa, llega en susurros la onda expansiva de una revolución que está sucediendo en México: el rock subterráneo ya no duerme bajo la tierra.

    Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Fobia, Alquimia, Neón o Caifanes surgían en México, poco después del gran terremoto que asoló el país en el 85, construyendo a partir de esos escombros una nueva identidad del rock mexicano, con influencia anglosajona del postpunk y la new wave pero también del acervo folclórico propio, cantada en español, de una sonoridad única.

    “No existía una escena de rock dentro del mainstream. Estábamos tocando en las coladeras, en los lugares clandestinos y en donde se pudiera, en la calle a veces. De repente vino ese bum y se puso de moda el rock en español”. Así lo recuerda Alfonso André, batería de Caifanes en una videollamada desde Barcelona, donde acaban de aterrizar para dar tres conciertos en España. Después del 24 de abril en la ciudad condal, el grupo tocará el 26 y el 27 de mayo en Madrid, con todas las entradas agotadas.

    Le acompaña en la entrevista el teclista Diego Herrera, que recuerda que en aquel entonces había una cosa en México llamada “los hoyos fonky”. “De repente llegabas a una bodega, nos funciona, sirve, pum, pum, pum. Venga, vamos a hacer un concierto, ¡mañana! ¡Pumba! Montabas todo ahí. Llegaba la gente, no sé cómo, porque se atascaba. No sé cómo se enteraba la gente. Y al día siguiente no había nada en ese lugar, desaparecía porque era clandestino”, rememora.

    Había gente dispuesta a escuchar a estos grupos, pero no había apoyo de las discográficas o de los medios. “Nos decían: ‘van a estar en este programa de televisión, pero tienen que tocar tal cosa y no pueden decir una mala palabra o no los vamos a entrevistar, o tienen que hacer playback, para que no corramos riesgos’”, dice Herrera. Como ejemplo de la poca confianza que tenía la industria en los grupos como Caifanes, el teclista recuerda que durante su primer contrato con una discográfica, los responsables buscaron la opinión de dos “expertos” para evaluarles: un argentino y un español. “Entonces dijeron bueno, pues mira, parecen putos, ese es un problema. Y el otro es que queremos vender discos, no ataúdes, ¿no? Porque estábamos con esta onda dark”. Les habían fichado “por si acaso”, pero en verdad no creían en ellos.

    “Luego vino otro argentino que tenía más visión que aquel y dijo ‘estos tipos valen la pena’. Entonces grabamos y empezó a suceder lo que ya conocemos”, remata Diego Herrera. Creció tanto ese público que aborrataba los lugares clandestinos que se desbordó, en parte gracias a la visión comercial del sello RCA, que creó la etiqueta “Rock en tu idioma”, donde aglutinó a bandas mexicanas, argentinas, y al final ya no era solo una campaña de marketing sino un movimiento. De Soda Stereo en Argentina a Los Prisioneros en Chile. Una gran ola de nuevo rock en español, dotado de una poética insuperable.

    Caifanes publicó cuatro discos que se consideran míticos, de culto, fundacionales, seminales, y cualquier otro apelativo épico que se quiera añadir a la definición. Importantísimos, en definitiva, para la historia del rock mexicano y para la memoria sentimental de los fans de la música en América Latina. Estuvieron activos diez años, entre 1986 y 1996 y se disolvieron —de manera traumática, brusca—, formando otros grupos, como Jaguares. En 2011 se reagruparon y volvieron a tocar en directo, pero no han vuelto a publicar otro disco largo, aunque sí cuatro canciones en siete años, a goteo.

    La última se titula Y caíste (2025) y en ella muestran los colmillos al futuro, como dice un verso de la canción, escrita por el carismático cantante Saúl Hernández, uno de los mejores letristas de Latinoamérica. 

    “No tenemos una disquera atrás con el látigo como teníamos antes”, analiza Alfonso André. Ahora el grupo es su propio jefe y no se ve forzado a publicar un álbum. “Hemos estado sacando cuando sentimos la necesidad y las ganas de meternos al estudio. También estamos muy entregados a tocar en vivo, sobre todo después de la pandemia”, añade. André se da cuenta de que este fluir agradable del grupo ahora, que perdió por el camino a los miembros Sabo Romo —con problemas de salud— y Alejandro Marcovich —con una relación tirante con Saúl Hernández—, se adapta bien a cómo funciona la industria de la música hoy. 

    “La gente ya no se sienta a escuchar un disco completo, se maneja más con esto de los sencillos, que no es nada nuevo tampoco, ya era así en los cincuenta y los sesenta”, señala Alfonso André. “En lugar de aventarnos meses en trabajar un disco entero, preferimos hacer estas visitas medio guerrilleras al estudio y no tener que parar la gira. Grabamos un par de temas cada vez que nos metemos. Tenemos ya por ahí unos tracks que no hemos publicado, que estamos guardando para cuando por fin tengamos suficientes canciones para hacer un larga duración o al menos un EP”, revela el batería, anunciando que es probable que llegue un quinto disco de Caifanes, después de El nervio del volcán, en 1994.

    Caifanes se siente un grupo de directo y el público español va a poder comprobarlo. El grupo solo ha estado tres veces en nuestro país: dos en Madrid (en las salas Revolver y Caracol, en 1994) y en el Encuentro Iberoamericano de Rock en Huelva que tuvo lugar en 1991, un acto previo a las celebraciones del 92. Pocas, para un grupo de su calibre. En la entrevista, Herrera y André relatan que la historia de Caifanes podría haber sido diferente porque antes de dar su primer concierto, antes incluso de que Alfonso André dejara Las Insólitas Imágenes de Aurora para enrolarse en Caifanes, decidieron mudarse a España e iniciar su carrera aquí. “Querían venirse en un barco carguero”, dice el teclista.

    Pero una canción se coló en una emisora de radio y cambiaron de idea, adiós al sueño español de compartir escenarios con Alaska y Dinarama, Radio Futura, Toreros Muertos o Nacha Pop. “No sé cómo nos hubiera ido si llegamos aquí tres güeyes a un departamentito y nos la buscamos en ese momento”, reflexiona Herrera. A pesar del éxito posterior, su discográfica no hizo el esfuerzo suficiente para que el grupo fuera conocido en España, un desdén que también han sufrido otros muchos grandes nombres del rock latinoamericano, tesoros que parecen conocer solo los expatriados, a juzgar por el público que compra las entradas de sus conciertos.

    Caifanes ha vuelto y está dispuesto a enmendar los errores del pasado. Han sanado sus heridas y han encontrado una manera de volver a estar juntos. “Tienes que tener muy buena paciencia y buena alma para poder aguantar”, señala Herrera. “Nos entendemos porque sabemos relacionarnos y qué le duele a uno, qué le duele al otro y dónde no debes pisar”, añade. “Pero la mayor sanación es tocar. Eso es una gloria. En este momento, con el mundo tan dividido como está, la música pasa por encima de todo eso, y a nosotros nos pasa en el escenario también”, recalca. “Eso nos mantiene queriéndonos y juntos”.

    Saúl Hernández llama “rituales” a los conciertos, lo cual engancha con esa idea de poder de sanación, “de saltar la razón y llegar directito al corazón”, dice Herrera. La palabra corazón forma parte de la identidad de Caifanes, de su retórica. “Corazón es sentirlo, no fingirlo”, dice Alfonso André. Corazón es también “la composición”, hacer canciones entre todos, que “te encante lo que hizo el otro” y que “todo caiga en su lugar”, añade Diego Herrera.

    En este regreso de Caifanes, el grupo está dispuesto a “perderle el respeto a todo”, incluido a las canciones, que son casi textos sagrados para muchos fans: La célula que explota, No dejes que…, Viento. “Hay canciones que las tocamos igual que las grabamos y hay otras que nos tomamos la libertad de darles otra vida. No debe de haber reglas inquebrantables. Las canciones van mutando conforme las vas tocando igual y aparecen otras cosas que no te habías imaginado”, dice Alfonso André.

    A lo que si hay respeto es al nombre. Son Caifanes, los Caifanes. “Yo le tengo respeto y le tengo mucho cariño porque ha sido lo más importante que ha sucedido en mi vida”, admite Herrera. “Hay que hacerle justicia al nombre y a la historia del grupo. Nos ha pesado al meternos a grabar, de repente, aunque tratas de dejarlo atrás y de quitarlo de tu cabeza, para meterte fresco al estudio y sin tener ese peso encima, pero está ahí, en el subconsciente”, confiesa el batería. Y remata: “He de hacerle justicia a la historia de la banda y a la trascendencia que ha tenido a lo largo de los años para nuestro público. Sí, creo que es una responsabilidad y hay que hacerle justicia al nombre de Caifanes”.

  • Muere la periodista Elena Cabrera a los 101 años

    Muere la periodista Elena Cabrera a los 101 años

    Esta noche ha fallecido, mientras cerraba los ojos para escuchar con mayor atención un disco de Depeche Mode, la periodista madrileña Elena Cabrera a los 101 años.

    Siempre quiso ser periodista. Como ella mismo contó cuando veía la oportunidad: de pequeña jugaba a las redacciones. En el camping de Valdemorillo, donde pasaba los fines de semana entre caravanas, avances y mobilhomes, organizaba a un grupo de niños y niñas de nueve o diez años para que se dispersaran en busca de noticias y le trajeran sus crónicas para el cierre. La mesa de redacción era una roca inmensa a la sombra de unas encinas. «¡He encontrado un hormiguero gigante!». «¡Esto irá en primera plana!», contestaba la joven directora.

    La única cosa que le gustaba más que el periodismo era la música. Por eso, de manera natural, sin haberlo planificado, antes incluso de acabar la carrera de Periodismo (que, en realidad, no acabó), se convirtió en periodista musical.

    Entrevistó a muchos grupos, cubrió muchos conciertos y festivales, escribió sobre muchos discos. Sus juegos de infancia se volvieron más reales cuando le dieron la oportunidad de dirigir un periódico diario en el Festival de Benicàssim, un proyecto loco que ella vio nacer en la Sala Maravillas, donde trabajaba algunos fines de semana en el ropero.

    En una fiesta de Nochevieja, alguien se llevó el abrigo de otra persona. Al final de la noche, cuando solo quedaba un abrigo por recoger y no era de la última persona que quedaba en la sala, se llevó una bronca gigantesca. Esa madrugada le grabó a fuego una mentira: puedes esforzarte mucho en cuidar los abrigos de 300 personas durante una noche, pero si te equivocas solo en uno, todo tu trabajo valdrá una mierda y habrás pasado la peor noche de tu vida.

    Ella era así. Un solo error pesaba más que cien aciertos. Se hundía en sus equivocaciones con demasiada facilidad.

    Ya de mayor, empezó a entender el papel que su padre había jugado en esa autoexigencia desmesurada. Elena perdió a su padre a los 14 años, a causa de una hepatitis C cuando no existían los fármacos que la curaban.

    Elena nunca fue una niña de notas extraordinarias. Si traía un 6, un 7 o un 8, su padre le decía que se había esforzado poco y podía hacerlo mejor. No recordaba que él se pusiera contento por sus aprobados. En una ocasión, su padre vino a buscarla al colegio y Elena salió con el boletín de notas en la mano. Se lo entregó y él miraba hacia el frente, de manera seria y distante. La profesora había añadido un comentario al pie: «Elena demuestra apatía en las clases».

    «¿Qué es apatía, papá?», preguntó la niña. El padre le explicó que es cuando las personas no demuestran ilusión o entusiasmo por las cosas, no tienen ganas de vivir.

    Su padre tenía una enfermedad crónica que le deterioraba. Le dijo a su hija que moriría con esa enfermedad. Lo que no le dijo es que moriría por esa enfermedad. Por ello, el día que murió, Elena no entendió nada. Nadie le dijo que iba a morirse.

    Es posible que nada cincelara más el futuro de Elena Cabrera que la ocultación de la gravedad de la enfermedad de su padre. De adulta, le resultaba inmanejable la irritación que le provocaba no enterarse de las cosas. «No sabía eso», «eso no me lo has contado», «¿por qué no me has dicho eso?» fueron algunas de sus frases más repetitivas.

    Cabrera hablaba bajito y poco claro. Su dicción era confusa, y esto es algo que ella odiaba. La frustraba y la desesperaba. Hubiera querido hablar como una actriz de teatro. Si algo le apenaba era ser tan mala cantante. Desafinaba malamente. Y aún así, fue cantante en un entrañable conjunto de tecnopop de nombre Sukiyaki.

    Con Sukiyaki grabó canciones y realizó conciertos cuando ella tenía unos 25 años. Pasados los 45, volvió a la música. Se compró una guitarra eléctrica y fue feliz sacando ruido de ella. Después, el teclista de un grupo de cierta fama con el que había compartido escenarios tiempo atrás le regaló un teclado Venom, con el que pudo seguir haciendo canciones.

    Elena se sintió una niña huérfana toda vida. Esta ausencia le inyectaba una gran melancolía y desvalimiento. Vivía bajo la amenaza de la pérdida. Sentía miedo. Sentía pena. Sentía culpa.

    Pero, sobre todos sus defectos, el que más detestaba era el miedo al ridículo.

    Fue así hasta el día que cumplió 51 años. Aquel 17 de abril de 2026, decidió que su vida sería diferente. Decidió cantar aunque desafinara. Decidió hacer canciones aunque fueran malas. Decidió escribir sin pensar en el qué dirán. Decidió dejar de ponerse minas en su camino para pisarlas después.

    Los otros 50 años de vida, Elena fue feliz. Disfrutó de la vida junto a su compañero Alberto Monreal, que vivió también hasta los 101 años. Y junto a su hija, la mejor persona del mundo, Eleonor Monreal, la cual sobrevivió a sus padres en todos los sentidos: en edad, en jovialidad, en humor y en sabiduría.

  • Somos fucking Madrid

    Somos fucking Madrid

    Que dijo el puto Brett Anderson que somos fucking Madrid. Y eso que nos pilló de lunes. La verdad es que estaba para amarle eternamente: cuanta más voz perdía, más se daba. Entregado totalmente a la canción y a su público.

    Dijo que somos fucking Madrid, pero yo le vi a él más a tope que a nosotros.

    Jamás vi un mal concierto de Suede. No sé cuántos he visto: siete u ocho, tengo dudas. Y estuve pensando si había otro frontman que le importara más romper la barrera entre escenario y audiencia, y no se me ha ocurrido otro.

    Para Brett Anderson, la canción es eso que pasa entre todos. Entre ellos y nosotros. La tocamos entre todos.

    Estuve el lunes el La Riviera y escribí esta crónica. La pego aquí también:

    El sudor, el amor, el nervio y el látigo de Brett Anderson

    Desde el principio del concierto de Suede en La Riviera este lunes, ya a Brett Anderson se le notaba que tenía un secreto.

    Hacía 13 años que Madrid no veía un show de Suede en una sala, desde que el disco Bloodsports (2013) trajo al grupo también a La Riviera, e igualmente con entradas agotadas. Suede es un grupo que se ha malacostumbrado a los festivales. En España, debe ser raro que les quede alguno sin pisar.

    Festivales y geografía. En su idilio con España, el grupo británico, uno de los cuatro grandes del britpop, ha visitado lugares como Calvià, Ourense, Maracena, Escalarre u Oviedo. En la gira actual, en la que presenta el espléndido disco Antidepressant (2025), se está pateando la península, desde Sevilla hasta A Coruña. En verano habrá una nueva oportunidad de ver al grupo, en un programa doble junto a Nacho Vegas en el festival Pirineos Sur (en Lanuza, Huesca), el 10 de julio.

    La de anoche no era la mejor para la garganta de Brett Anderson, pero hizo todo lo posible por compensarlo (otros hubieran cancelado). Salió al escenario con la decisión con la que siempre traspasa la cortina que separa el mundo íntimo del mundo del espectáculo. Fue puro nervio del principio hasta el final, desde Disintegrate hasta Dancing with the Europeans. 

    Hay pocos frontman como él. Anderson ha patentado algunos movimientos icónicos, de manera que cualquiera que los intente, no será más que un imitador torpe. Estos son algunos: trepar hasta el filo de los monitores y, una vez arriba, mostrar su zapato lustrado; rebotar de manera incesante como si unos muelles imaginarios en los talones provocaran cierto vibrato en la voz; hacer girar el micrófono agarrado por el cable como si fuera una honda, veloz y peligrosa, después usarlo como un látigo, para que finalmente se enrede por inercia alrededor de su propio cuerpo, siempre al borde del estrangulamiento. Anderson, siempre al borde de todo: de los monitores, de los escenarios, de la vida.

    Anoche, Brett Anderson estaba algo afónico. Se sinceró con el público y pidió ayuda en algunas canciones. El público español que le ha visto mucho, se ha sentido algo decepcionado. Pero incluso ese espectador exigente sabe que el peor concierto de Suede es un gran concierto, así en general. “La perfección es aburrida”, le dijo al público. A pesar de que la voz iba perdiendo matices y fuerza según avanzaban las canciones, Anderson completó la interpretación acústica de The Wild Ones con una frase a capella, como suele hacer en esta gira.

    Unas flechas blancas pintadas con pegatinas sobre el suelo del escenario marcan a Brett Anderson el camino hacia su público. Un pequeño carril le conduce hacia el borde y, de ahí, a una escalerilla por la que desciende en reiteradas ocasiones, en todas las ciudades, para destruir la barrera del foso. Brett se baña entre los cuerpos de su público. La felicidad que le embriaga de una manera tan evidente, se derrama entre los abrazos, las fotos, las palmas que tímidas dan un pequeño toque sobre sus hombros e incluso los pasos atrás, con respeto y reverencia, que algunos dan para abrirle paso y que no quiera regresar pronto allá arriba, donde Mat Osman, Neil Codling, Richard Oakes y Simon Gilbert siguen a lo suyo, tocando para que nada de desmorone.

    Dancing with the Europeans —canción que da título al tour, tercer single del disco y tema explosivo que cierra los conciertos— está inspirada, lo ha contado Brett Anderson, en un concierto que dio Suede en España hace tres años, cuando el cantante estaba pasando por una depresión y algo pasó con ese público, con la energía de esa noche, que fuimos como antidepresivos para él. Ese día comprendió lo importante que es sentirse “más grande” que uno mismo, parte “de un grupo”. Resulta que el grupo no es Mat, Neil, Richard, Simon y Bret. El grupo es también María, Nino, Iñaki, Alberto, Miguel, Raúl, Elena, Estela y miles de personas más. Todos somos Suede, de eso va este disco. De conectar en un mundo desconectado.

    Al final del concierto, Brett Anderson ya no pudo guardar el secreto por más tiempo, y dijo que lo iba a contar. Los grupos, explicó, suelen decir que la ciudad en la que están es la mejor, y que tiene el mejor público —“you’re beautiful!” gritó en Beautiful Ones, y seguro que eso lo dice siempre, y seguro que siempre es verdad— pero en “fucking Madrid” esta es verdad de la buena, dijo, con palabras similares.

  • Julio Iglesias me ha demandado

    Julio Iglesias me ha demandado

    Ojalá me hubiera concedido una entrevista. Ojalá hubiera levantado el teléfono las innumerables veces que le llamé. Ojalá hubiera contestado algún mensaje con las decenas de preguntas que tenía para él.

    En lugar de eso, un post en Instagram.

    En lugar de eso, un conocido abogado madrileño, José Antonio Choclán —«el abogado de las estrellas», escribió La Razón— nos manda una demanda de conciliación por injurias y calumnias, el paso previo a la presentación de una querella.

    En esa «conciliación», Julio Iglesias pretende que borremos los artículos, nos disculpemos y le indemnicemos. Pero ya lo ha dicho nuestro director: no vamos a rectificar.

    Nos vemos en los tribunales, Julio.

  • Investigar a Julio Iglesias

    Investigar a Julio Iglesias

    Un par de veces me han preguntado si ya había hecho esto antes. Contesté que hice algo parecido, pero que me llevó menos tiempo y se quedó en un cajón. Se trataba también de una acusación por agresión sexual a una persona relevante en la cultura. Yo misma recomendé que no se publicara, aunque había pasado los filtros legales y la edición de mis jefes. No niego que la historia que contaba ese reportaje no fuera real, pero me surgieron dudas que me impedían defender a muerte esa historia.

    Por supuesto que sentí que había fallado a esa mujer, pero también pensé que me fallaría a mí misma como periodista si publicaba un artículo con fisuras.

    Con Julio Iglesias, el proceso fue muy distinto.

    Con los testimonios que reuní en estos tres años de investigación, la convicción de su veracidad era tan grande, que el día que alguien me sugirió que quizá la historia se quedaría en un cajón, como tantas otras, fue uno de los peores de mi vida. ¿Cómo sería mi futuro si tuviera que seguir adelante con mi vida y mi trabajo, sabiendo lo que sé? ¿Cómo me sentiría cuando llegara el verano y empezaran a circular los memes del mes de julio? ¿Cómo reaccionaría cuando alguien pinchara Un día tú, un día yo (una canción que me encanta) en una fiesta? ¿Cómo seguiría hablando con las mujeres que habían confiado en mí, que me habían dicho cosas tan íntimas, con tanta vergüenza, entre tanto llanto y tanto miedo?

    No me veía capaz. Me imaginé abandonando. Me visualicé como jardinera, que es el trabajo con el que fantaseo cuando siento que no puedo con el peso del que tengo.

    El 13 de enero a las cinco de la mañana, el secreto se convirtió en historia. Fue como romper un jarrón. Pero para mí hubo un momento más poderoso, semanas atrás: cuando Ignacio Escolar me dijo «vamos adelante». Yo no podía estar más orgullosa de él, ni de el periódico que él fundó y en el que tengo el honor de trabajar, ni de la profesión que elegí desde que era una niña, esto que es mucho más que un trabajo, esto que siento que sé hacer dignamente.

    (Otro momento muy fuerte, que recuerdo con claridad, fue cuando Laura (nombre ficticio) me llamó y me dijo: «Vamos a denunciarle». Menos mal que estaba en mi casa porque la piernas no podían sostenerme, me senté en el suelo y lloré con una mezcla incontrolable de alegría y ansiedad).

    Laura y Rebeca denunciaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional el 5 de enero. Posteriormente a la publicación del primer artículo, el día 13, Iglesias, que no contestó nuestras preguntas durante los 11 días que le dimos de plazo, colgó un comunicado en Instagram, dijo que lo que habíamos publicado no era cierto y negó «haber faltado el respeto a ninguna mujer”. La Fiscalía evaluó la denuncia y consideró que España no tenía jurisdicción para investigar los hechos. Pero Rebeca y Laura, a través de sus abogadas de Women’s Link, dijeron que no se rendirían, que seguirían buscando un acceso a la justicia.

    Algunos compañeros me han dicho que la publicación de esta exclusiva les hace estar orgullosos de ser periodistas. No hablo solo de compañeros de elDiario.es, también de otros medios. Esto es de lo más bonito que me han dicho nunca.

    La investigación no ha terminado porque siento que la historia se ha contado de manera incompleta. Seguimos trabajando en ella.

    Gracias por creer en el periodismo.

  • España quiere un pisito en la calle Elfo

    España quiere un pisito en la calle Elfo

    En tres noches, Alcalá Norte (el grupo) metió más gente en La Riviera de la que cabe en Alcalá Norte (el centro comercial). Con este alarde se despide Madrid de la gira que ha sostenido uno de los álbumes debut más exitosos de la historia del pop español. Y no es el único: hoy, 23 de diciembre, se ponen a la venta las entradas para un concierto que no tendrá lugar hasta dentro de un año y tres meses. En el Palacio de los Deportes de la capital. No se puede picar más alto.

    Cuando salió su primer disco, Alcalá Norte ya se había metido a la mitad de sus fans en el bolsillo de sus pantalones pitillo. Ni siquiera algunos cambios en su formación les hicieron perder el norte, más bien al contrario. Con más de 80 conciertos a sus espaldas, el arrebatador carisma de sus componentes encontró un público que miraba al barrio —sea cual sea— con los ojos empañados de orgullo.

    Ese sentimiento, elevado al amor más puro, transpiraba anoche en La Riviera. Había amor en la bota de vino que el batería Barbosa lanzó a la gente, después de pegarle un trago. Había amor en las prendas de ropa que la audiencia les lanzaba. Había amor en el power ranger verde que salió al escenario a bailar breakdance con 420N. Había amor en las caras absolutamente felices de una masa negra que de golpe se bañaba en luz blanca. Había amor en la teclista Laura de Diego, dibujando con su cuerpo una equis eléctrica mientras adoraba sus propias canciones. Había amor en esas gargantas madrileñas cantando los versos en catalán de Los chavales. Había amor en los músicos arrancando con delicadeza la cinta americana de los set list pegados al suelo, para repartirlos en primera fila. Había amor en las palmas de las manos extendidas hacia el escenario después de tres palmadas y tres sílabas bien marcadas: “¡Al-ca-lá!”. Y lo había, sin duda, en la mirada tranquila y sobria de Álvaro Rivas, que ya no era ausente o desafiante, como otras veces, sino absolutamente enamorada.

    Rivas cantó La calle Elfo coronado con laureles (o similar), después de una verborrea tolkiana de Barbosa de la que no se entendió mucho pero dio lo mismo. El grupo ha puesto en el mapa una calle estrecha y oscura, una paralela a la calle Alcalá conocida si acaso por haber dado cobijo durante unos años a los estudios de Radio Carcoma, un viejo locutorio a pie de calle. En sus letras plagadas de mitología y nombres de filósofos, se cuela la vida de la que nunca nos zafamos, la de la duda, el dolor, la espera, la sed y la resaca.

    Para redondear la noche, antes de terminar con La vida cañón, una de esas canciones-manifiesto como pocas, capaz de unir a cinco generaciones en una, Barbosa hizo notar lo simbólico de tocarla este pasado lunes 22 de diciembre, día del sorteo de la Lotería de Navidad, al cumplirse 90 años de la aparición en la revista Mundo Gráfico de un reportaje en el que algunos currelas de la capital soñaban con cómo cambiaría su vida si les tocara el gordo. Se acabaría eso de ver el teatro y los toros en asientos baratos. Viajaría de verdad: a Soria y a Burgos. Se pegaría la vida cañón. 

    Ser fan de Alcalá Norte es pegarse la vida cañón sin que te toque la lotería.

    De este apoteósico concierto, el público se lleva muchas cosas. Una chica se llevó el jamón del rasca y gana. Otros, puros lanzados por Jaime Barbosa. Y otros muchos se compraron a 30 euros la nueva edición en dorado “peseta vieja” que ha sacado el grupo de su disco homónimo, que al parecer es como siempre habían querido sacarlo: más noble, mejores calidades. Merece la pena. Para el niño y para la niña, para el abuelo y la abuela. Y, lo más importante, un collage de fotos de la historia de Alcalá Norte, que aún hay quien los llama emergente o revelación y llevan ya seis años de versos y bares.

    La fiesta no acaba aquí. Los chicos de Ciudad Lineal se llevan sus historias, sus power rangers y sus vinilos peseta vieja a Barcelona dentro de un mes, el próximo 24 de enero en el Sant Jordi Club.

    Publicado en elDiario.es, el 23 de diciembre de 2025

  • El club del tomate bueno

    El club del tomate bueno

    Me toca bastante cerca la obra Los que hablan, escrita y dirigida por Pablo Rosal, que he visto hoy en el Teatro del Barrio. Malena Alterio y Luis Bermejo son dos personajes a los que les cuesta hablar. Van pillando cómo funciona la cosa y van haciendo lo que pueden. Su propia esencia como personajes les facilita la labor, de manera que usan a otros personajes para hablar por hablar.

    Yo tengo grandes dificultades de habla. Tengo más de las que parecen porque me esfuerzo en esconderlas. Cuando parece que voy aprendiendo cómo funciona eso de hablar, es cuando más se nota que soy un personaje. Como personaje, solo voy bien engrasada cuando me escriben el guion.

    He ido a una logopeda para consultar esto. Me ha dicho que no es tan raro lo que me pasa. Me ha puesto unos ejercicios que son como abdominales de la voz. Espero tener más éxito con la palabra que con la barriga.

    Alterio y Bermejo llegan a decir bastantes cosas, pero se atascan si tienen que hablar sobre sí mismos. Es imposible, son personajes.

    Al salir del teatro (sin salir del todo, en el bar), algunos miembros del Club del Tomate Bueno descubrimos que las mentiras —las palabras con truco— están ok, cuando son disparatadas. Ok a las trolas.

    El viernes pasado, antes de la fiesta de mi periódico, conté una buena trola; estaba reciclada, en verdad, pero funcionó igual. Me hizo feliz.

    Las trolas te curan la hipertensión y vienen con colesterol del bueno. Las trolas tienen Nutri-score A.

    Me dice mi logopeda que respiro mal. Dice que cuando somos bebés lo hacemos con el diafragma y luego el estrés de la vida nos hace olvidarnos de eso, y ya solo respiramos con el cuello. Otra vez el estrés, mi palabra favorita. Yo me lo ato todo al cuello y por eso no me salen las palabras.

    Los del Club del Tomate Bueno nos conocimos en un tren, luego comimos un tomate bueno, luego hablamos (qué paradoja) de la palabra, después calentamos aceite entre las manos y al final del día ocupamos la totalidad de un palacete en Úbeda.

    Qué bonito es viajar, viajar es irse a otro lado, dice Luis Bermejo en la obra. Qué miedo da que te inviten a hablar a un sitio que no es el tuyo y vayas ahí solo para decir obviedades. Para eso, mejor no irse a otro lado. Para eso, mejor decir las obviedades en casa.

    En las mesas redondas, siempre hay varios invitados (al menos uno) que son los que hablan. Quiero decir, que son los que saben hacerlo, los profesionales de esto, los personajes que cumplen magistralmente.

    Y luego estamos los demás. Los que hablamos apenas. Los que hablamos con pena. Los que mendigamos al cerebro una palabra más, rogando para que no nos traiga una equivocada. Los que nos precipitamos a una frase sin saber cómo va a terminar, rodando despendoladas por el predicado sin asfaltar.

    Los del Club del Tomate Bueno tienen un pacto. No puedo hablar mucho sobre ello en voz alta, pero puedo decir susurrando que en Jaén invocamos palabras que frenaron silencios. La conversación ha seguido en Madrid y Ana desbordó el silencio regalándonos esta belleza escénica que se pregunta si sabemos comunicarnos o no, si nos entendemos y nos escuchamos. Y yo prosigo el compromiso del Club regalándonos un nombre y un post, en tiempos de escribir corto y olvidar los nombres.

  • David Cronenberg dice que la muerte «es un absurdo»

    David Cronenberg dice que la muerte «es un absurdo»

    Por supuesto, las entrevistas que hago a las personas que admiro son las peores de mi carrera.

    En este artículo revelo que fui yo la que le conté a David Cronenberg que el título de su película The Shrouds es en España Profanación. Su enfado provoca que unos días después, Filmin rectifique y mande una nota de prensa diciendo que ahora la película se llama oficialmente en España, Los sudarios.

    “La distribuidora habrá pensado que Profanación era un título mejor pero The Shrouds es un título muy neutral, no es un título que dé miedo, no es un título religioso, mientras que Profanación sí lo es. La película no tiene nada que ver con eso y me parece que es engañoso. No me convence ese título y no me preguntaron qué pensaba sobre ello”, me dijo.

    Lo más triste de todo es que no hemos podido ver la última película de Cronenberg en el cine, y esto sí que no me cabe en la cabeza.

    Dejo aquí la entrevista: David Cronenberg despliega en ‘Los sudarios’ su visión de la muerte: “Para los existencialistas ateos como yo, es un absurdo”.

    (Gracias, Javier Zurro).

  • Javier Piñango irreal

    Javier Piñango irreal

    Hay muertes en un abrazo. Una disolución fría y tranquila. Presente.

    Luego hay muertes ausentes, que se escurren entre los dedos.

    Muertes mal tejida, inaprensibles, escurridizas.

    Muertes mal hechas, en definitiva.

    Para mí, la muerte de Javier Piñango ha sido así, irreal (i.r.real, diría él). Una vez más, no estuve donde tendría que haber estado.

    He escrito esto.

  • La ciudad en silencio

    La ciudad en silencio

    Hoy hemos vivido un apagón eléctrico masivo. Comenzó a las 12:33. Me pilló haciendo una entrevista telefónica. Tenía el ordenador delante y noté que me había quedado sin internet. Otra vez me está fallando el router, pensé, y alargué la mano para desenchufarlo y volverlo a enchufar, mientras proseguía con la conversación.

    Mientras estaba al teléfono, me llamó mi compañero Javier Zurro. Al colgar, le devolví la llamada, pero se cortaba a los pocos tonos. Al tercer intento, conseguí hablar con él. Me contó, desde Barcelona, que estábamos viviendo un apagón en toda España. Incrédula, comencé a presionar interruptores. «Pues es verdad, no tengo luz», admití.

    Al poco, dejó de funcionar la telefonía y los datos móviles. Primero disfruté unos instantes de la casa sin zumbidos de los electrodomésticos. Luego, cogí una libreta, un boli, el móvil con 33% de carga, una batería portátil y mi acreditación de prensa. Me eché a la calle.

    Me encontré a mi vecina Almudena, seria y preocupada. No tenía más información que darle, salvo que el apagón se había producido en España, Portugal y sur de Francia. Me dirigí al intercambiador de transportes de Avenida de América.

    Apagón en Madrid

    De camino, vi que el gran edificio de UGT de Avenida de América estaba siendo evacuado. Hablé con algún trabajador. “No sabíamos si era un problema de la obra que estamos haciendo. En el momento en el que nos hemos enterado, hemos pedido a todas las personas trabajadoras, entre 500 y 600, que abandonaran el edificio”, me explica Miguel Ángel Neilas, secretario de organización de UGT Madrid, en la puerta de la sede. Además, chequearon los ascensores por si acaso alguien se hubiera quedado encerrado, así como los garajes.

    Apagón en Madrid

    Seguí hacia la puerta del intercambiador. Pude entrar sin problemas. En el primer piso, los autobuses interurbanos salían y entraban. Pero en el segundo piso, un cordón cerraba el acceso al Metro. Hablé con una empleada. Me dijo que todos los trenes se habían detenido pero que no había nadie atrapado.

    Ya no había ni 5 ni 4 ni 3G. A veces llegaba alguna ráfaga, o me sonaba la notificación de un push de la app de elDiario, algún mensaje por Telegram. De vez en cuando conseguía enviar algún texto, pero era imposible mandar una foto o un audio. Hablé con alguna persona más.

    Tres trabajadores en la ciudad de Madrid pero residentes en Getafe, dos hombres y una mujer, esperan a la sombra de la puerta del intercambiador, chequeando sus móviles, a la espera de encontrar una manera de llegar a casa. Por un momento, les funcionan las aplicaciones de Uber y Cabify y están intentando acceder. “Estábamos en el metro, se ha ido la luz y nos hemos quedado en los vagones hasta que nos han evacuado y desde entonces llevamos una hora esperando”, explican. “A eso se suma que no hay internet ni llamadas y es un poco caótico. Como no va Google Maps y no somos de aquí, no sabemos la ruta que podemos tomar para llegar a casa. Enlazar autobuses está complicado para llegar al sur de Madrid sin conocer las rutas” dice uno de ellos. “Mejor estar aquí que con el tráfico, al no haber semáforos. Aunque pongan personal de tráfico no será lo mismo y al gente entra en estado de agobio y puede ser incluso más peligroso ir por la carretera”, afirma su compañero.

    Apagón en Madrid

    El cuerpo de seguridad que ha tomado el control del intercambiador es la Policía Nacional. Una patrulla municipal pasa a preguntarles si necesitan ayuda. Aún hay poca gente. En dos horas sí que la necesitarán, ya que por minutos se multiplica el número de personas que acuden para coger un transporte que les saque de la ciudad. Me cuenta una agente de policía que no pueden hacer mucho más que calmar a quien pregunta e intentar dar instrucciones sobre cómo llegar a sitios, si es que se saben la calle por la que les preguntan. «Le contesto casi como una civil», dice. No tienen más respuestas.

    Apagón en Madrid

    Vuelvo a casa momentáneamente, para ver si al alejarme de un punto en el que hay tantos móviles intentando conectar consigo pillar red. Bebo agua, me pongo crema solar y miro si puedo ponerle pilas a la radio. No funciona. Mi viejo radiocasete, mi primer equipo de música que me regalaron con quizá unos ocho años, en el que a día de hoy escuchamos la radio todos los días en la cocina, a diversas horas, diferentes emisoras, tampoco admite ya las pilas.

    Más tarde, Alberto rescatará de un cajón un walkman hecho trizas que incorpora un transistor. Todavía funciona pero hace tanto ruido que parece que estamos intentando sintonizar Radio Pirenaica en la clandestinidad.

    Apagón en Madrid

    Me enfada lo mal preparada que estoy para esta contingencia, a pesar de que hemos bromeado mil veces sobre la mochila de supervivencia. No tenemos radios a pilas. Las linternas están en el trastero, al que se accede con huella, por lo que sería imposible entrar. Apenas tenemos dinero en efectivo en casa (consigo reunir 30 euros, no está nada mal, pues lo normal es que nunca haya nada). Miro las latas: poca cosa. Congelado hay más. Me pregunto cuánto aguantará la nevera.

    Vuelvo a la calle. No para de llegar gente al intercambiador. Hablo con Hugo y con su madre. Él resulta ser socio de elDiario.es. Hugo espera el autobús de Alcalá de Henares para que lo coja su madre y vuelva a casa. El apagón les pilló en el hospital para ver a un familiar enfermo, donde se fue la luz pero inmediatamente se activó el grupo electrógeno, “un poco de revuelo entre el personal del hospital pero sin mayor sorpresa, dentro de lo que cabe, normalidad”, explica. Han esperado durante 25 minutos el autobús. Eso está muy bien, considerando lo que llegará después. Intentaron llamar a los familiares para ver si estaban bien pero, con las comunicaciones caídas, no lo habían conseguido. “Esto viene bien como recordatorio para nuestra sociedad de la dependencia que tenemos frente a la electricidad”, me explica.

    Apagón en Madrid

    Hugo es profesor de instituto y hoy está de huelga. Ya intuye que Madrid no estará como para que se pueda celebrar la manifestación convocada para la tarde. “Es una lección para los chavales que son nativos digitales y han crecido con un móvil en la mano y lo necesitan para todo. Y también nos viene bien como toque de aviso para que empecemos a centrarnos en lo valioso. Somos una sociedad muy egoísta, centrada en sí misma y ahora nos damos cuenta de que en realidad dependemos de las personas porque son las que hacen funcionar la sociedad y no internet”, reflexiona, tras despedirse de su madre al tomar el autobús con dos besos rápidos en las mejillas y dirigirse a buscar su coche para intentar llegar al Ensanche de Vallecas, atravesando un Madrid atascado.

    Paloma y Laura se han conocido en el autobús de vuelta de Zaragoza y a la hora de cargar el abono transporte se ha caído el sistema. Laura quiere llegar a casa de su hermana, que es la que vive más cerca pero no sabe cómo contactar con ella antes de llegar, “porque supongo que los telefonillos tampoco funcionarán”. Paloma (que es oyente fiel de Un tema al día, estoy también me alegra oírlo) trabaja en televisión y ya va descartando que hoy pueda hacer nada. “Estamos colgadas pero hemos hecho piña entre las dos. Vemos a gente que habla por teléfono y no sabemos de dónde cogen la red”, añade Paloma, que quiere llegar a Carabanchel. Laura quiere llegar al Barrio del Pilar y se plantea hacerlo andando, pues tiene en la cabeza el mapa mental de Madrid y sabría cómo hacerlo.

    Vicente es un vecino del barrio. Es un taxista de baja. Tiene una radio en la mano y de vez en cuando se para gente a escuchar. También aprovecha su experiencia como conductor para guiar a la gente hacia las calles sobre las que le preguntan. «No soy conspiranoico pero…», me dice.

    Apagón en Madrid

    No es lo normal que alguien sepa llegar callejeando de Prosperidad al Barrio del Pilar, salvo quizá dirigiéndose hacia el norte. La mayoría de la gente no sabe llegar a los sitios sin el GPS. Cómo se llega a tal lugar andando es la pregunta más habitual en las puertas del intercambiador, a la Policía, a los trabajadores de Metro, a otros viajeros, a alguien que pase por allí, a Vicente. Una mujer con una maleta quiere llegar a Arturo Soria. Varias personas discutimos sobre cuál es la mejor manera. Vicente propone que vaya por Corazón de María. Otra mujer opina que debería bajar por Cartagena. Yo insisto en que es mejor el camino más largo pero sencillo, por Francisco Silvela. Quiero hacerle un croquis pero no me da tiempo, opta por el camino más corto que le indica otra persona.

    Las puertas del intercambiador se han convertido en un gran embudo y se cierra el paso ya desde arriba. Solo dejan entrar a los pasajeros con billete de larga distancia. No todo el mundo tiene claro qué se considera larga distancia. Algunos dicen que Guadalajara les parece que es una distancia bastante larga. Mucha gente busca la sombra y se han sentado contra las paredes de la bocacalle que da al metro.

    Miro la hora. Eleonor debería llegar a casa dentro de poco del instituto. No quiero que llegue y no sepa dónde estoy. La espero en casa. Un buen rato después, toca con los nudillos a la puerta. Precisamente hoy se ha olvidado las llaves en casa. Estuvo un rato esperando en el portal porque no funcionaba el telefonillo (como imaginaba Paloma) y le daba vergüenza llamarme a gritos. Ni que no lo haya hecho toda su infancia. Pero ahora tiene 13 años y hay tantas cosas que le dan vergüenza.

    Espero a Alberto mientras me como un sándwich rápido. Llega después de caminar algo más de una hora desde El País a casa. Por la calle Alcalá ha visto de todo: una predicadora anticipando el Apocalipsis, una casa de empeños hasta arriba de gente, un coche con la radio encendida y las puertas abiertas, un conocido presentador de televisión andando rápido y firme en dirección a su plató.

    Apagón en Madrid

    Con ellos en casa y ya tranquila, cojo la moto y voy a la redacción de elDiario.es en la Gran Vía. Hay que conducir con mucha precaución, no funcionan los semáforos pero hay muchos agentes de movilidad. Se trata de ir con cuidado, sin correr, mirando bien en los cruces. Hay bastantes cruces y pasos de cebra en los que hay que autogestionarse. Observo que por lo general los peatones son mucho más solidarios que los coches. Me enfadan las ansias de los conductores por pasar sí o sí, por acelerar, buscar el hueco, no generar espacios de seguridad.

    Apagón en Madrid

    La policía no me deja bajar por San Bernardo. He tenido que dar varias vueltas hasta llegar allí pues muchas de las calles anchas estaban cortadas. Aparqué la moto en la glorieta y bajé cruzando Malasaña.

    Malasaña era una fiesta. En la plaza del Dos de mayo, la gente jugaba a la pelota, no solo los niños, y también con unas raquetas ligeras. Muchos habían sacado las sillas a los portales. Algunas personas leían libros (¡leían libros!). Se jugaba a las cartas. Se bebían cervezas. Se hablaba en grupos. Se escuchaba la radio.

    Apagón en Madrid

    Llego a la redacción. Allí no hay un sistema de electricidad de reserva y no hay mucho que hacer. La portada y las piezas principales se están manejando desde fuera de la península e incluso fuera de España. Se han podido subir bastantes piezas pero no sé quién las estará leyendo.

    Apagón en Madrid

    Estoy un rato largo allí pero me voy antes de que anochezca. Cuando camino de vuelta por Malasaña, mientras la luz se va recuperando progresivamente en algunas calles. Cuando conduzco de vuelta, algunos semáforos funcionan y otros no. Por ello, es incluso más peligroso que a la ida. De nuevo tranquilidad, lentitud, serenidad, policías dirigiéndome por desvíos. Menos mal que llevo el mapa de Madrid en la cabeza. Conozco muchas calles. Me molesta depender de Google Maps. Mi padre me enseñó que el mapa de Madrid había que sabérselo de memoria; me regaló un callejero y yo me lo estudiaba. Casi siempre me pierdo más cuando uso el gps que cuando me fío de mi intuición, al menos en Madrid.

    Una vez en casa, subimos a la azotea. Se veían las estrellas, una cosa rara en Madrid. Mientras estábamos allí, oímos aplausos y alborozo. La luz estaba llegando a Prosperidad.

    Apagón en Madrid
    Apagón en Madrid
    Apagón en Madrid