que vuelvan a importar los blogs

  • Diario del coronavirus (6): Necesitamos al Ejército para que nos organice los deberes

    Diario del coronavirus (6): Necesitamos al Ejército para que nos organice los deberes

    En aquella inconsciencia de los primeros días hubo un momento en el que dijimos: esto nos va a venir fenomenal para volver al gimnasio. Hacía un par de semanas que no nos veían el pelo por allí. Eso sí, nos dijimos: con precauciones; de sauna, nada. ¿Seguro que sauna, no? Si nunca hay nadie. Tuvimos un momento de duda. Por si las moscas, dijimos en voz baja. Al rato, dijimos ¿y las clases? Hombre, las clases… Después de pensarlo unas horas, convinimos en que quizá el aula de las clases colectivas era demasiado pequeña y se sudaba mucho. Quedaban, pues, medio descartadas, pero no del todo. ¿Bicicleta sí que sí, verdad? ¡Claro! Las bicis sí… Bueno, igual intentando no tocarlas mucho.

    Sí, así éramos en aquellos tiempos en los que nos cuesta hoy reconocernos, y no han pasado ni seis días. De tanto imaginar los gimnasios como no lugares ballardianos, nos hemos acabado creyendo que son lugares de excepción, donde el tiempo ha quedado detenido en una realidad musculosa alternativa. El viernes 13 por la mañana el gimnasio se ponía en contacto con nosotros, “debido a la situación de Madrid” había decidido reducir el horario y suspender las clases. El caso es que, entre la pereza y la precaución, no habíamos llegado a ir. No fue hasta bien entrada la tarde de ese mismo día que recibimos un nuevo comunicado hablando de “la situación” y avisando de que se ven “obligados” a cerrar las instalaciones. En su universo de brillantes teles de plasma sin sonido, reguetón volumen discoteca y elípticas a pleno rendimiento, la situación esa que no se atreven a nombrar es inconcebible.

    Que sepáis que vamos a engordar. Esto es así. (Y no hablo solo de nosotros, vosotros también). Tampoco estoy diciendo que hubiéramos ido mogollón al gimnasio sin “esta situación” pero, en fin, supongo que dentro de unos días acabaremos sacando las esterillas de yoga de debajo de la cama y haciendo caso de alguno de los mil videos e imágenes que nos envían para mantenerse en forma durante la cuarentena. Como nosotros, habréis recibido muchísimas sugerencias sobre qué hacer para no aburrirse estos días. Una cosa os digo: ojalá tuviera tiempo para aburrirme. El trabajo, los deberes, la limpieza de la casa, la comida, los grupos de WhatsApp… estoy agotada. Para colmo, Alberto se ha suscrito a una plataforma digital que antes no teníamos… vamos a explotar.

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    Esta entrada forma parte de un diario personal escrito durante la cuarentena del coronavirus para eldiario.es Puedes leer todas las entregas aquí:
    Diario del coronavirus.

  • Diario del coronavirus (5): Bailes palaciegos en el supermercado

    Diario del coronavirus (5): Bailes palaciegos en el supermercado

    “¿Hace cuánto tiempo que no sales de casa?”, me pregunta Alberto, mientras bajamos las escaleras hacia el mundo exterior. Sin contar el encuentro con el wallapopero y la rápida visita al centro de salud, “cuatro días —le digo—, ¡qué emoción!”. Salimos con el carro y las bolsas para hacer una incursión en el supermercado y la farmacia. Somos como Rick Grimes y Glenn Rhee dejando el campamento para buscar víveres en el pueblo más cercano. Al pisar la calle comprobamos que no hay nadie a un lado ni a otro, nos miramos en silencio y asentimos, con nuestras armas en alto: podemos proceder.

    Camino de la farmacia, el sol nos acaricia con fuerza, el cielo está terriblemente azul y el tráfico es tan leve que me recuerda los maravillosos agostos madrileños, en los que siempre pensamos “¡ojalá fuera así todo el año!”. Pues toma: agosto en marzo. Coronavirus, gracias. Está todo tan tranquilo que no puedo evitar pensar en todas esas amenazas invisibles: la radiación, la contaminación, el polen, el capitalismo salvaje. Por un segundo me monto una película en la que nos lo estamos inventando todo, pero al llegar a la farmacia sí que hay algo muy raro.

    “Ojito con el pomo de la puerta”, le digo a Alberto, innecesariamente porque le han puesto un tope para que se quede siempre abierta. Pegado al cristal, un cartel advierte que solo se puede entrar de dos en dos. Metemos la cabeza y, como no hay nadie, entramos. Pero tampoco podemos hacerlo mucho. Los farmacéuticos han levantado una barricada de un metro de alto entre ellos y nosotros con todos los displays publicitarios que han podido encontrar. “¡Bonita exposición de carteles que nos habéis puesto aquí!”, les dice Alberto, un poco a voz en grito por si no nos oímos bien. El farmacéutico se ríe y contesta: “no sabemos ni lo que ponen, pero oye”. “Pero oye” quiere decir que cumplen bien su función, que está claro que esa es su línea de defensa y que más allá no te puedes acercar. Mientras Alberto pide sus pastillas, miro los carteles, o más bien los carteles me miran a mí, pues son siete u ocho caras más grandes del tamaño real, sonriendo ampliamente porque se les revierte la alopecia, no se les despega la dentadura postiza y la piel se les va a poner suavecita.

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    Esta serie forma parte de un diario personal que escribo cada día durante el confinamiento en casa por el coronavirus. «Diario personal» significa que no es un artículo periodístico ni un reportaje ni una columna de opinión ni un relato de ficción, aunque tenga una pizca de todo eso.

  • Diario del coronavirus (4): El virus sigue y Wallapop también

    Diario del coronavirus (4): El virus sigue y Wallapop también

    Y vosotras, ¿cuántos mamá/hora aguantáis? ¿Y vosotros? Yo, cada día menos. Voy perdiendo energía, como un coche viejo. Los tres primeros días de confinamiento han sido muy poco productivos, plagados de distracciones, tanto para mi trabajo como para las Matemáticas de Eleonor, que siguen estancadas en los mismos polígonos que antes de ayer. Afortunadamente, llega el fin de semana y no cambiará el escenario pero podremos entregarnos al ocio sin remordimientos.

    Ayer lo dejamos en que tenía que ir al médico. Alguien me había dicho que estaban llamando de los centros de salud para cancelar las citas, así que pasé la tarde nerviosa, ensayando en mi cabeza cómo explicar a la persona que me llamara que necesitaba ver a mi médico sí o sí. No me llamó nadie. Llegué al centro de salud y, por un momento, me asusté al ver la chapa bajada. Al acercarme, me di cuenta de que habían cerrado las puertas de doble hoja que se empujan con las manos, para habilitar como única salida y entrada las automáticas. Se abrieron a mi paso y, antes de llegar a la zona de consultas, me detuvo un simpático auxiliar protegido con mascarilla y guantes. Destaco que era simpático porque mi centro de salud es conocido por el carácter agrio de sus auxiliares, lo que me hizo pensar que lo acababan de contratar o de traer de otro lado. Le habían puesto un despachito en el pasillo y detenía a todo el que pasaba por allí. Me preguntó mi nombre y el de mi doctor y comprobó que aparecía en la lista. Pensé, fugazmente, en una discoteca en la que en una ocasión no me dejaron entrar. Tachó mi nombre con un marcador y me preguntó qué me pasaba. Como lo tenía ensayado, le solté del tirón lo del colon irritable, lo del abdomen, lo del costado y lo de otras cosas que no comentaré aquí por ahorraros la molestia. “Vale, vale, ¿pero tose o tiene fiebre?”, me interrumpió. “¡No, hombre no! Si lo mío es intestinal”. “Pues pa’ dentro”, me dice, con un salero jamás visto en ese ambulatorio.

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  • Diario del coronavirus (3): Hemos dado positivo en piojos

    Diario del coronavirus (3): Hemos dado positivo en piojos

    ¿Cuántas semanas llevamos sin colegio? Ah, no, que son solo dos días. Pues ya estoy agotada. Mi hija Eleonor y yo nos hemos vuelto a levantar a las 7 de la mañana. Mi plan era el de ayer: desayunar rapidito y empezar el día con alegría pero, a la que me he descuidado, mientras me desembarazaba de mi propia pereza, me he encontrado a Eleonor con la Play encendida y enganchadísima al Horizon Chase Turbo. No eran ni las 8. Mientras le lanzaba los primeros reproches del día, me ha enseñado un menú en el que podía escoger diferentes circuitos de coches ubicados en su lugar correspondiente en el globo terráqueo. “Guau —me dice—, no sabía que Hawai era una isla en medio del océano”. Entonces me he callado y he pensado que con esto convalidábamos la lección de geografía del día.

    Un colacao, cinco galletas, una punzada de culpabilidad porque hoy en el desayuno del cole habría tomado tostada con tomate, y una partida de Horizon Chase Turno más tarde, le metí prisa para pasar por el baño antes de las 9 (hora a la que comienza mi jornada laboral) y abordar la importante epidemia de la que hablábamos ayer: los piojos. En el grupo de WhatsApp de la clase se han mandado amenazas serias si no se aprovecha la cuarentena para acabar con la plaga de una vez. Estaba segura de que no tendría, que se estaba rascando por un champú mal lavado. Mentira. Nueve. Nueve piojos me sonrieron desde la lendrera hoy por la mañana.

    En cuanto encendí el ordenador y me senté en mi silla, me llegó el primer “¡¡mamá!!” desde el otro lado de la casa. Me levanto. Es que no había arrancado ni el sistema operativo. Resulta que (ella) no entendía nada de los deberes que le habían puesto (yo, tampoco) y a las 9:37 ya nos estábamos gritando la una a la otra. Mucho.

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  • He contagiado a eldiario.es

    He contagiado a eldiario.es

    Como sabéis, empecé el diario del aislamiento por el coronavirus en Madrid aquí hace unos días. Pero el virus se mueve rápido y mi diario ha contagiado a eldiario.es. Así que sigo contando el día a día cotidiano de cómo vivimos en casa este estado, que no es de excepción, aunque es excepcional. Pero oficialmente, a partir de mañana, será Estado de alarma. (¡¡Como si no estuviéramos ya lo suficientemente alarmadas!!).

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  • Diario del coronavirus (2): La escuela en casa no está hecha para nosotras

    Diario del coronavirus (2): La escuela en casa no está hecha para nosotras

    A pesar de mis sospechas de que las imágenes de las colas del Mercadona y sus estanterías arrasadas eran en verdad una oscura campaña de marketing de los supermercados valencianos (¿a alguien le extrañaría?), ayer Alberto fue por la noche al Carrefour y, salvo la colas, vio una desolación similar en sus estanterías. Después de sentir que estaba metido en un juego VR de Walking Dead, volvió a casa sin pan de molde.

    En cambio, otra de mis sospechas (esta ya venía de antes) se ha confirmado: el home schooling no es para mí. Ni para mi hija. Ni aunque lo diga en inglés.

    Desde el lunes por la noche le insistí en que la cuarentena no significa vacaciones, pero ni esto le chafó su inmensa alegría al saber que pasaría dos semanas sin ir al colegio. Le dije que habría deberes, estudio, lectura y todo lo demás, incluido los recreos. (Ahí, bien). Lo que no le moló nada es saber que tenía la intención de darle de comer (si nos lo permiten los supermercados arrasados) lo mismo que en el comedor del colegio. Ahí sí que se echó a llorar. Ella quería «la comida de las cenas». Nada de verduritas, pescados ni coliflores. Pues bien. Hoy Alberto (que libraba), ha cocinado crema de calabaza, boquerones fritos y fresas de postre. Resultado: ha terminado de comer a las cinco.

    Mañana, que estaré sola, veremos a ver cómo me las apaño para trabajar, hacer la comida e insistirle una y otra vez que vuelva a sus deberes.

    Aunque no teníamos que estar en el colegio a las 8 ni yo tenía que empezar a trabajar hasta las 9, las dos nos hemos despertado a las 7. (Y no es porque no me hubiese acordado -¡increíble!- de quitar las alarmas de los despertadores). Era el reloj biológico. Así que hemos desayunado, he limpiado un poco la casa y he repasado todo lo que le han mandado del colegio para ir armando un horario de estudio. Le he escrito en una hoja lo que le tocaba para hoy.

    Mi oficina.

    A las 9, ambas nos hemos puesto a trabajar, cada una en su habitación. Todo bien. Hasta que a las 9:45 se presenta en mi estudio y me dice «¡ya he terminado!». Miré el reloj, no entendí como era eso posible. A partir de ahí, improvisando, echando más leña al juego y peleando con ella, que claramente veía que me estaba saltando los acuerdos previos.

    A las 11, ya con Alberto a pleno rendimiento, ha llegado la hora del recreo, que decidimos respetar. Han bajado a la calle a jugar al baloncesto con dos compañeros del colegio. En un grupo de chats de madres (suena mal, lo sé, pero el mío mola), ante el amago de una quedad en el parque, nos hemos preguntado «¿cuántos niños hacen grupo de riesgo?». La verdad es que hay un contagio que nos preocupa más, ahora mismo, que el del COVID-19: los piojos. En los chats de la clase de Eleonor se valora altamente este periodo de cuarentena para acabar con esta plaga de una vez. Tengo alguna amiga que se está dejando el sueldo en Bye piojitos siendo este «bye» más bien un «hasta luego».

    Esta noche toca lendrera.

    Tenemos, oficialmente, una pandemia. Hoy los casos confirmados son de 2.128 en España, 18.484 en Europa y 118.223 en el mundo. Y, al final, hemos tenido que cancelar el encuentro con Carlos Umaña y Jorge Lobo en la Escuela de la Prospe este viernes. Han cerrado las bibliotecas de Madrid pero Ticketmaster todavía no ha anunciado la cancelación del concierto de Sisters of Mercy, algo es algo.

  • Diario del coronavirus (1)

    Diario del coronavirus (1)

    No tengo coronavirus. Si lo tuviera (¿cómo sé que realmente no lo tengo?), mi vida tampoco sería tan diferente. En realidad, el coronavirus se ha convertido en un virus social, político y económico que nos ha infectado a todos.

    Nunca he visto un nivel de impacto semejante. Salvo quizás en el 11-M. No es lo mismo, ya lo sé. El atentado nos dejó en shock, en dolor y, al poco rato, en reacción total. La onda expansiva del coronavirus es diferente: es como si el estallido no llegara nunca.

    Ayer por la noche, cuando estaba a punto de llegar a casa del trabajo, se anunció que a partir de mañana se suspenderían las clases en los colegios durante dos semanas. Eso nos sitúa a las madrileñas y los madrileños en algo parecido a un Estado de excepción. Los grupos de WhatsApp y las notificaciones de los medios casi me agotan la batería en pocos minutos. De repente, el virus era real y tenía forma de niña en casa, de colegio cerrado, de vida patas arriba.

    En mi oficina, hoy hemos organizado el trabajo (que será teletrabajo) para los próximos quince días. A partir de mañana tengo que traducir un libro de 300 páginas, así que da igual donde esté la silla en la que me siente. El problema de la empresa no es ese. Hay preocupaciones mayores, como la producción que se fabrica en China, que lleva parada desde hace semanas, y las ventas, que previsiblemente harán un destrozo en las previsiones de marzo y abril. Cuando pienso que hay miles de empresas como esta en la que yo trabajo, afectadas de igual manera, me doy cuenta de que esto va a tener consecuencias más graves que las que imaginé en un principio.

    Hay conversaciones de todo tipo, pero prácticamente todas tienen al coronavirus como sujeto o como complemento directo o indirecto. Hay teorías conspiranoicas, hay hipótesis y proyecciones más o menos aventuradas, hay datos saltando de mano en mano. Hay mucha ansiedad por saberlo todo, por ser un experto en el tema.

    En el metro hoy había más mascarillas que los días anteriores, pero aún así es anecdótico: habré visto unas diez o quince en un trayecto de una hora.

    Lo que no descansa es el humor, no paro de recibir audios y memes. A falta de otra vacuna, con esta vamos tirando.

    En el momento de escribir estas líneas, de iniciar este diario, hay 1.639 casos confirmados en España (101 ingresados en UCI y 36 fallecidos), 15.651 en Europa y 114.600 en el mundo. De todos esos, conozco dos. No sé si a Ortega Smith lo podemos sumar como un tercero. En Madrid, además de las clases, se han cerrado los polideportivos y las competiciones municipales (adiós la partido del Eijo Garay contra Estudiantes Las Tablas), se han cancelado ferias y encuentros de todo tipo, ¡y hasta la excursión del AMPA que teníamos este domingo!

    El encuentro que hemos preparado con Carlos Umaña para este viernes en la Escuela de la Prospe, por ahora, sigue en pie. Del concierto de Sisters of Mercy del 4 de abril me temo lo peor, pues se realizar en un aforo de más de mil personas y entra dentro del periodo de suspensión.

    Se han suspendido las Fallas. Ahora sí que se hunde España.

  • La amenaza de las armas nucleares

    La amenaza de las armas nucleares

    Dentro de unos días tendremos una charla coloquio titulada «Amenazas globales. Amenazas existenciales. Armas nucleares. Cambio climático» con el activista costarricense Carlos Umaña, miembro del Grupo Directivo Internacional de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), acompañado de Jorge Lobo, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC. El 13 de marzo a las 19:00 en el Salón de Actos de la Escuela Popular de Prosperidad (calle Luis Cabrera, 19. Madrid).

    El último aviso del Boletín de los Científicos Atómicos acerca el Reloj del Juicio Final a sólo 100 segundos del apocalipsis. La humanidad continúa enfrentando dos grandes peligros existenciales simultáneos, la guerra nuclear y el cambio climático, que se ven agravadas por un multiplicador de amenazas, la guerra de información cibernética, que socava la capacidad de la sociedad para responder. La situación de seguridad internacional es grave, no solo porque existen estas amenazas existenciales, sino porque los líderes mundiales han permitido que la infraestructura política internacional para gestionarlos se erosione.

    La Escuela Popular de Prosperidad acoge este viernes 13 de marzo una charla coloquio con preguntas abiertas sobre las amenazas que representan las armas nucleares, el cambio climático y la ciberguerra combinadas en el tiempo.

    En la Escuela Popular de Prosperidad, a partir de las 19:00 horas, nos acompañará Carlos Umaña médico, artista plástico y activista costarricense. Umaña es vicepresidente regional de IPPNW, la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (Premio Nobel de la Paz 1985) y miembro del Grupo Directivo Internacional de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares, ICAN, (Premio Nobel de la Paz 2017).

    Carlos Umaña es presidente y cofundador de Artistas por la Paz en Costa Rica. Es presidente del colectivo pro-derechos humanos Paz y Diversidad y premio internacional Alan Turing LGBTIQ 2018 en Organización Social. Su labor se ha centrado en promover la conciencia sobre las consecuencias humanitarias de las armas nucleares y, a través del desarme humanitario, en generar la relevancia política y promover la universalización del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN). Ha trabajado en varios foros internacionales, procurando el apoyo a dicho tratado y la participación activa de varios países, especialmente de Latinoamérica y el Caribe. Carlos Umaña nos hablará del desarme nuclear humanitario y el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares propugnado por ICAN.

    Nos acompañará también Jorge Lobo, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC. Lobo es divulgador científico, activo y crítico, sobre la amenaza que supone el cambio climático para la biodiversidad del planeta. Como investigador se centra en la descripción de patrones de biodiversidad, en la delimitación de los procesos que los generan, en la realización de modelos capaces de predecir el nicho y la distribución geográfica de organismos, la selección de reservas, los efectos del cambio global y la delimitación de los inconvenientes y posibilidades de la información disponible sobre la biodiversidad.

    Moderan los periodistas Elena Cabrera y Alejandro Sacristán.

    Interviene el Coro de Extinction Rebellion Madrid.

  • Los únicos arqueólogos de Somalilandia son españoles

    Los únicos arqueólogos de Somalilandia son españoles

    “Imagínate que de repente aterrizas en un país con el patrimonio y el tamaño de Portugal y Galicia, y tuvieras que documentar la catedral de Santiago, los castros del norte de Portugal, las ciudades romanas…, todo, porque nadie lo maś lo está estudiando”. Esta es la sensación de algo inmenso, inagotable e inabarcable que tiene Alfredo González Ruibal sobre Somalilandia, “un país donde no hay ningún arqueólogo, quitándonos a nosotros mismos, en un territorio de una riqueza arqueológica excepcional”.

    Alfredo, cuyo trabajo sobre arqueología de la Guerra Civil se ha hecho muy popular gracias a su blog y su cuenta de Twitter, Guerra en la Universidad, ha regresado a España dos días del momento en el que se realiza esta entrevista, mientras su equipo, compuesto por seis personas y un número variable de somalíes, permanece una semana más en Somalilandia rematando algunos asuntos de las excavaciones que han realizado allí durante un mes.

    Somalilandia es una república autoproclamada cuya independencia de Somalia no está reconocida por la comunidad internacional. Y este es el principal motivo por el que un grupo de investigadores del Instituto de Ciencias del Patrimonio del Csic sean los únicos en desarrollar un programa arqueológico a largo plazo en una región que vivió un esplendor comercial multicultural en la Antigüedad. Hoy, Somalilandia sigue siendo excepcional, pero en otros sentidos.

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  • El memorial que el Ayuntamiento de Madrid quería olvidar

    El memorial que el Ayuntamiento de Madrid quería olvidar

    Los nombres importan. Incluso cuando el desgaste cotidiano de un callejero diluye la biografía que esconden sus calles, la historia y la memoria histórica del pasado reciente están ahí para recordarlos. “Los memoriales personalizan a las víctimas”, explicaba a eldiario.es Txema Urkijo, exdirector de Derechos Humanos con el Gobierno vasco de Juan José Ibarretxe y exdirector también de la disuelta Oficina de Derechos Humanos y Memoria del Gobierno municipal madrileño con Manuela Carmena. “El elemento de personificar a la víctima con nombres y apellidos y crear un pequeñísimo espacio para los familiares tiene un componente de reparación y de justicia”. Pretender minimizar la importancia de unos nombres es una estrategia que no le ha resultado al Ayuntamiento de Madrid. El mecanismo de control de daños no ha funcionado.

    Urkijo fue la persona del Ayuntamiento de Madrid encargada de sacar adelante el memorial de las víctimas del franquismo en el cementerio de La Almudena. Pero no consiguió culminarlo antes de las elecciones de mayo de 2019 y el nuevo Gobierno paralizó la ejecución y revirtió el espíritu del homenaje. La tramitación de los expedientes para la materialización de este proyecto se fue retrasando por diferentes motivos, de manera que la decisión de bloquearlo, en julio del pasado año, fue una de las primera medidas que tomó José Luis Martínez-Almeida como alcalde, por considerarlo «sectario e injusto». El memorial está formado por varios elementos, siendo el principal la reproducción en bronce de unos robles arrancados de la tierra y depositados en el suelo. Tras ellos, como un telón de fondo, tres muros diseñados para que cupiesen en ellos los 2.937 nombres de las personas que habían sido represaliadas en el Madrid de la posguerra. Ese listado fue fruto de una investigación encargada por la oficina que dirigía Urkijo, firmada por el historiador de la Universidad Complutense de Madrid Fernando Hernández Holgado y apoyado por un equipo de otras seis personas, entre las que se encuentra un experto en los fusilamientos de La Almudena como es Manuel García Muñoz.

    La campaña contra el memorial la inició el PP madrileño estando en la oposición, al poco de la publicación del informe en febrero de 2019. Almeida utilizó una información del diario ABC para pedir la exclusión de 355 nombres del listado del memorial por denominarlos «chequistas», personas implicadas en la represión en la retaguardia republicana, basándose en el trabajo previo de Manuel García Muñoz. Para Almeida, la inclusión de esos nombres significaba un «blanqueamiento» al «homenajear a personas con las manos manchadas de sangre». El propio García Muñoz ya explicó a este periódico que tanto la cifra como el concepto, en rigor histórico, “no tiene ningún sentido”.

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    La foto de apertura es de Óscar Rodríguez. Es una mañana en la que coincidimos algunos periodistas (a la izquierda, unas chicas de La Sexta) y familiares impulsores del memorial. A la derecha de la foto, se me ve hablando con el artista creador del memorial.