Hay un momento de relajo en el set de MTV, escucho de lejos a Echo » The Bunnymen y poco a poco me adapto a esta nueva perspectiva. Pero lo hago tan poco a poco que estoy segura de que cuando empiece a disfrutarlo el FIB 2006 se habrá terminado. Hace un rato han tocado los Pixies y el grupo decidió para el concierto en su quinta canción porque la impresionante masa de gente se estaba lanzando hacia adelante en avalanchas. Veía al público desde lo alto de la grada de prensa y me asustaba: al mirar esa alfombra humana no distingues a los individuos, percibes la masa como algo orgánico, vivo pero no racional y, por tanto, indomable. El primer concierto que he dsifrutado hoy ha sido Colder, que he visto entero desde el punto más céntrico y privilegiado de la primera fila, justo enfrente de Marc Nguyen. No debería haberme quedado hasta el final porque me he perdido casi toda la actuación de White Rose Movement. Me ha fastidiado pero no me importa demasiado porque los voy a ver en Paredes de Coura dentro de unas semanas y, además, hace menos de una hora, los he tenido a mi disposición en nuestro set para una locura de entrevista que hemos grabado, como todas las que venimos haciendo este fin de semana, en video. Dos sets a mi derecha se encuentra la redacción del Fiber y… pues nada, ahí están mis ex esclavos sudando la tinta necesaria para escribir rios de FIB. Ian McCulloch está cantando Killing Moon.
que vuelvan a importar los blogs
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No empujar hacia el escenario
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Allá vamos
Siempre igual: la víspera del viaje jamás consigo acostarme pronto. Hoy dormiré muy poco así que espero que mis amables compañeros de viaje me dejen dormir en el coche alguna hora. Ojalá no sea todo muy precipitado al llegar a Benicàssim, que pueda aclimatarme, ir haciéndome a la idea de cómo será mi trabajo allí, pensar en la entrevista que haremos a Scissor Sisters, ser PLENAMENTE consciente de que voy a ver en un mismo fin de semana a Morrissey y Depeche Mode. ¡Un momento! A ver, párate a pensarlo… ¡TENGO QUE ESTAR SOÑANDO! Va a ser increíble y tengo que concentrarme en no desperdiciarlo. Como siempre, por aquí me iré desahogando. Y que los que quieran ver nuestro trabajo día a día, pinchen aquí.
Sigo con los homenajes. Este es, de hecho, un meta homenaje. Los Lollipops, benditos ellos (mon amour Lollipop!) hicieron su propia portada del Fiber 0, con Yves y Sandrine como protagonistas. ¡Sólo faltó Florance! Me emocioné mucho.
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Si quieres comentar aquí…
…tienes que demostrarme que no eres un humano o en su defecto eres un robot listo. Regístrate aquí.
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Os voy a extrañar tanto
Si siguiera trabajando en el FIB ahora estaría haciendo la maleta para salir mañana por la mañana hacia Benicàssim. Estoy bastante triste pero no puedo contarlo aquí. Me da miedo pensar qué sentiré allí, cómo lo viviré todo. Ver el Fiber realizado por otros será como cuando el fantasma de las navidades futuras te coge de la mano para mostrarte el mundo que será sin ti… ¡Un mundo horripilante más feliz, por supuesto! También se parece a cuando llamas por teléfono a la casa en la que has vivido con tu novio y te contesta una chica que, obviamente, no eres tú. Tienes que acostumbrarte a que otros ocupen tu lugar pero se hace duro. Llegará un día en que, para superarlo, dejes de usar el método «seguro que lo hace peor que yo». Es humano, pero me hace sentir un poco sucia. De todas formas, «es humano», pienso. Y lo pienso.
De izquierda a derecha: Ferran Llauradó, Aldo Linares y Borja Bas, muy serio, transcribiendo una entrevista. Los otros dos probablmente estarían haciendo alguna de las suyas, inventándose una crónica, escribiendo bromas privadas que nadie va a entender, enbizarrándose el uno al otro en una bola imparable.
Cris, mi compañera y maestra del aguante y la templanza. Estos años he intentado aprender mucho de ella, casi siempre sin fortuna. Imito sus métodos pero la organización, el oficio periodístico, la agilidad y la templanza no se adquieren porque sí ¡Nombradla en Castellón y veréis lo que pasa! La gente la quiere, la respeta y la teme a partes iguales.
Pablo Vinuesa. Mi bastón en los últimos años, desde que tuve que admitir que no podía ser un Atlas. Si no hubiese sido por ti me habría faltado el aliento. Esta vez no hablaremos de tu culo. Vaya, lo hice.
Cuando murió la ballena y sólo quedó el esqueleto, ya era lunes por la noche y me encontraron agarrada a una mesa plegable y un fajo de Fibers amarillentos.
Algunas de estas fotos ya son míticas. Este año nos quedó bonito.
Marzz… Marcelo Panozzo. Mi gran estrella invitada ese año. Fue un honor, hermoso tenerle por allí y, además, un placer leerle cada día en la página 3.
Noelia y Silvia Terrón abrazando a Cristina, en la celebración de la supervivencia. Silvia… tampoco podría escribir aquí todo lo que quisiera decir. Ni siquiera una parte. Silvia y Noelia son parte importante del Fiber y, cuanto más lo pienso, más me arrepiento de no exigir -en cierta forma- que dejaran aún más su huella en el papel. La redacción, si pudiéramos hablar de ella como algo medio vivo, si quedaba transformada con la presencia de ellas. Con deerminado humor y cuidado por ciertas cosas.
La letra de las hojas es mía y detrás se esconden 2 Many dj-s. La historia de ese artículo creo que ya la he contado por aquí.
No hace falta comentar. La foto es de Jose C Cabezas (espero que no le importe el préstamo).
Ramiro tiene mucha culpa de mi educación visual y del sesgo gráfico del Fiber, o mejor de su paisaje humano. El FIB era su ecosistema predilecto y el Fiber el escaparate sabroso, el cebo. Nuestro público, a través de sus ojos, reflejaba ilusión por el pop, coquetería, algo de perversión, dandismo indie (si tales términos no se contradicen), la pose sin pose. Trabajar con Ramiro e es quizás una de las punzadas más dolorosas a mis macutos de añoranza. Esta es una autofoto suya, una vez más, espero que no le importe el préstamo.
Es lunes y ha amanecido. Todos han terminado menos yo. Me esperan, sujetando las cabezas sobre los cuellos con sus últimas gotas de consciencia.
Otra de mis clásicas fotos de la redacción en desmontaje.
Z, mi redactor más preciado, ideas claras, humor fino, surrealismo y cultura musical tan intrincadamente unidos no he conocido jamás. Podría colocar en página un artículo suyo sin haberlo leído hasta tenerlo en papel prensa a la mañana siguiente y no arrepentirme. No le toco ni una coma y aprendo siempre de él. Temblaba cada vez que no podía asegurarme que ese año no pudiera venir al FIB por culpa de la astrofísica o los cultuvos biológicos. Y así me pasaría toda la noche, tendía que nombrar y hablar de todos. Buscar más fotos. No me olvido de Carlinos. Ni de Íigo de Amescua. Y Óscar L. Tejeda, Liberto Peiró, Kio, Nathalie… Ni del año de las tiras de Genís y Carlos Segarra, de Araceli y Tori maquetando, de Juan Antonio de OrangeWorld y todos los suyos, de Vivian, de las tiras de Manuel Bartual, de Job Ledesma y sus amigos de Keane, de Vidal Romero, de Banessa Pellisa y su reseña el concierto de Goldfrapp, de Roger Roca, de Juan Manuel Freire, de Víctor Lenore y Jesús Llorente. No sé, sólo nombrar es ridículo y querría contar tantos recuerdos pero no sé si me vence más el cansancio o la melancolía. Algún día contaré esta historia mejor contada. Si supiera, al menos, que le interesa a alguien. Si no, de vuelta al cofre donde atesoro los recuerdos en forma de cuñas, de esos que usas para clavarlos en la pared y treparla sin demasiado esfuerzo, ajena a su verticalidad. Pero no mires hacia abajo. -
Un poco de name dropping y ampollas en los meñiques
Gracias a que había menos expectativas (al disminuir el grado de riesgo, también lo hacía el de frustración) el sábado del Summercase fue un día más gratificante en el que las sorpresas te agarraban del cuello de la camisa con fiereza y sin carraspear primero. Sparks, Sigur Rós, el baile de Stuart Murdoch al borde del escenario, la voz de 3D y la sesión de James Murphy que la bailamos casi de principio a fin, sudando, ardiendo y todo lo demás ¿te dabas cuenta?, oscurecía y quedaba sólo la bola de espejos, en el mismo centro del mundo, disco fever, todo tan sexy. Me inquieta cómo en un recinto con tantas personas moviéndose eres capaz de ver cinco, seis veces a una persona y ninguna a otra. Y no me refiero a que ciertos factores obvios te hagan coincidir (si te gustan los mismos grupos…). No. De hecho, creo que sucedía lo contrario: donde estabas seguro de encontrar a alguien, no aparecía. El sábado saludé a mucha gente, sobre todo después del concierto de Sparks y antes de Sigur Rós. Vicky y Jordi, Bore, Rubenimichi+Luisjo (emocionados tras Sparks). En la sesión de James Murphy encontré, envuelto en la oscuridad a Javi Weas. Por supuesto también a fotógrafos (Óscar L. Tejeda, Javier de Agustín), a mis compañeros más locos de MTV (Mariano Amiune, Manu Trenado), a David (Smart), a Santi (ex Legal de MTV), Javier Pulido, David Saavedra y mucha más gente, además de la que vi de lejos y ni siquiera saludé. El sábado llegué al recinto un poco tonta y sin comer (nada desde el mediodía anterior) a eso de las ocho y fue un verdadero suplicio que esta vegetariana que teclea pudiera meterse algo en la boca que le alimentara más que los besos. Pueden ser suficientes pero el estómago no opina igual si pretendes tomarte un par de copas, cual era mi intención. Los bocadillos de queso y tortilla, mis dos únicas opciones, estaban agotados desde que llegamos así que remonté la noche con una macedonia de frutas hasta la una o las dos -ni idea, estoy sin móvil- hasta que al fin sacaron un poco de ese género que encuadramos dentro del de tortilla de patatas más que nada por hacerle un favor al diccionario y no quejarme mucho de las situaciones extremas, que ya sé lo que es un festival. Un festival…
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Blue Friday
Ha transcurrido la primera jornada de un Summercase que me devolvió a casa, a eso de las cuatro, cansada, con los zapatos negros cubiertos de polvo blanco y un combinado de sensaciones excéntricas echadas al saco de los recuerdos. Estaba empezando a pensar que ya no me gustaba la música cuando, durante el concierto de New Order y galopando sobre una minidepresión irreversible, me di cuenta de que no había visto nada que me hubiera gustado lo suficiente. Hasta aquel momento me había divertido con Happy Mondays pero como un espectador que ve un show através del cristal de un escaparate. Bez era genial, de hecho, si no fuera por su papel de cheerleader la visión de un Shaun Ryder con atuendo tipo -de la residencia me dejan salir los fines de semana para hacer bolos- -chandal y gorro de lana- sería decadente. Pero con el Bez allí la fiesta no pocía acabar nunca, ya sabéis, 24 hours party people. En todos los conciertos me sentí un poco incómoda, un poco distante, un poco aburrida, un poco decepcionada o un poco triste (y, para el caso de New Order, cambiad todos estos -poco- por un -muy-) EXCEPTO en Primal Scream. Tenía miedo de que el concierto sonara demasaido clásico, como su nuevo disco, pero no fue así, seguían siendo ellos. Qué pesadia soy ¿verdad? Qué exigente. Es cierto. Después de diez años diletando ya sé qué es lo que le pido a la música: que sea ofensiva. No soporto la corrección formal o estética, la contención (a no ser que sea tensa y, entonces, ahí sí que hay algo vivo, revolviéndose), un grupo que pierde el respeto a su público cuando se sube al escenario y olvida que está realizando un espectáculo (no quiero tener la sensación de que en el salón de su casa, en zapatillas, harían lo mismo que estoy viendo ahí) y han de disfrutarlo (es patético ver a músicos que se aburren tocando). Y todo eso, y más, lo vi en el concierto de New Order. Pero, si hubiera sido otro grupo, otro de cientos, quizá no me habría levantado de la cama para escribir esto, que me escuece. No, TENÍA QUE SER New Order. Ser más fan de Joy Division que de New Order te convierte en un fan desaventajado del grupo, malafortunado: sabes que cada día que pase, cada disco, te alejará más del grupo que adoras. Me encantan Movement, Power…, Low Life y Technique y los he escuchado decenas de veces, así que no soy una fan talibana que sólo venera a Ian Curtis, Pero tanto esas canciones como las del legado de Joy Division merecen un respeto, que es lo que Sumner, Hook y Morris no le dan. Pisotean las canciones al tratarlas como algo cotidiano, vulgar, laboral. Escuchar Ceremony en aquel contexto fue de mal gusto. Cuesta creer que hubo un día en el que Bernard Sumner fue Bernard Albrecht. La nostalgia no justifica el fin de la emoción. Caía la mía en barrena y me estaba convirtiendo ya en el monstruo del pantano (besos, risas y piruletas ayudan pero cuando me hunde la música soy muy tozuda) cuando, a mitad del Blue Monday sabía que no quería ver más y podía ver la cara de Bobby Gillespie en las pantallas del escenario contiguo, como podéis ver en el video que os he subido a YouTube. Nos paramos un momento en ese territorio de paso que es el tránsito de un escenario a otro -nada mejor para ejemplificar la locura de la programación de este festival, según os escribía ayer, mis tiernos lectores- y ya me estaba muriendo de ganas de dejar atrás la eterna pose de Peter Hook, las carnes blandas de Sumner y su pantalla de monitor a los pies (¿qué tendría ahí?, ¿las letras?, ¿el set list?, ¿¿los acordes??, ¿¿¿el messenger???) para ir corriendo a echarme a los brazos de Bobby Gillespie. Primal Scream estuvieron brutales. Se portaron tan bien que me devolvieron la fe que había perdido frente al otro escenario. Ellos son todo lo que dije antes que entiendo tiene que ser la música y su representación en carne y hueso. Él es sexy, las canciones están vivas, afiladas, te desgarran si te acercas y te desangras si las tocas. Estás en segunda, tercera fila y sientes que se te abre el pecho poco a poco y no importa mucho más en el mundo. Te excitas. Y sabes que ahí reside todo. Es sencillo, pero es un misterio. -
Las palabras como violencia
Una noche más, dándole al Peaches. (O más bien escurriendo el bulto para sobarme por aquí). Hoy ha sido un día raro, fracturado. A pesar de haber dormido sólo tres horas me he lanzado a la calle -sí, lanzada, suavemente apoyada sobre un fino hilo tensado que me expulsa de casa a las diez menos cuarto- de buen humor, manirrota de sonrisas y tan extremadamente tolerante con mis compañeros de trabajo que me permitía ser extremadamente ácida en mis bromas y comentarios. Que han sido muchos. Les he bañado en bromas y comentarios sin darles un respiro, como en los tiempos viejos más brillantes. (Ya) están acostumbrados (llevo (sólo) diez meses) a mi clausura, al silencio lacerante y el ensimismamiento que les hace sentir incómodos -me parece- cuando se ven obligados a romperlo para comentarme algo. Hoy esa Elena había desaparecido y otra brillaba parloteando a borbotones -sobria y limpia, lo juro- a lo largo de la mañana. Acontecimientos laborales que no podría contar aquí me calmaron durante la tarde y me impidieron salir a las seis y media en punto, como era mi intención, para llegar corriendo a casa donde me esperaban asuntos reales. Esta borrachera de buen humor quizás tenga que ver con ese dopaje de cansancio que vivimos -¡ah! cuantas veces hemos hablado de esto- el lunes a las nueve de la mañana en Benicàssim, cuando aún no nos hemos acostado y quedan los últimos detalles para cerrar la última página del último periódico. Hoy le he contado a mi compañero Antonio algo que los lectores de The Last Dance ya conocen: mis pesadillas recurrentes, año tas año, antes de Benicàssim. No sólo los lectores, a mis amigos les entraban ya las risas cuando empezaba: «¿Sabes qué he soñado esta noche? Pues que estaba en Benicàssim, era jueves por la noche y me acordaba que tenía que hacer el Fiber y no había preparado nada». A mí todos estos sueños me parecían diferentes (cambiaban los decorados, las circunstancias, los motivos del fracaso, la apariencia del festival) pero al imponer un orden consciente en la narración, la línea de la trama era siempre la misma. Mis miedos me convertían en un disco rallado. He llegado a despertarme de esas pesadillas creyéndome a duras penas que aún estábamos en junio y de verdad me podía dar tiempo a preparar el Fiber y sacarlo día a día. Este año no he tenido este sueño (ya sería bizarro el meterme donde no me llaman) pero ha sido sustituido por otro, le decía a Antonio, no tan agónico pero también recurrente: mi encuentro con Martin Gore en Benicàssim. Esta mañana estábamos repartiéndonos los escenarios del Summercase cuando pusieron en VH1 el vídeo de Enjoy The Silence. No sabría decir cuántas veces lo he visto en mi vida (pero seguro que menos de las que pensáis) y aún así me paraliza. Fue Antonio quien se dio cuenta, subió el volumen del televisor y todo lo que tenía entre manos pasó a un segundo plano. No es que a él le guste DM tanto como a mí pero creo que disfruta echándose unas risas con mis trances.
Miraba ensimismada -sin escuchar las conversaciones de Financial ni los teléfonos de nuestra mesa o los canales sintonizados en otros televisores- las secuencias de Gahan caminando por montañas desiertas, vergeles y nevadas, vistiendo un manto de armiño, admiraba la contraposición de estas escenas abiertas y naturales con el marco cerrado de los cuatro miembros del grupo, tan atractivos vestidos de cuero, posando ante la cámara y alternándose con flashes de la rosa de Violator. El encabalgamiento de estas imágenes que pasan de la ensoñación al artista como mito, apoyándose en símbolos estéticos me hace temblar. «Un video sobrevalorado de Anton Corbijn que no entiendo», dice Antonio. Y yo no puedo explicárselo (aunque quizás he intentado hacerlo aquí) pero, en las últimas escenas, hablo y me tiembla la voz: «Me parece increíble que algo tan simple me produzca emociones tan fuertes». ¿Simple? «Sí, tan sencillo, un videoclip, cuatro tíos haciendo música, una persona componiendo en su casa esta canción, unas palabras juntas…» No quiero decir con esto que Enjoy The Silence sea la mejor canción de DM, estoy hablando de la experiencia, de vivir y sentir absolutamente lo que estoy escuchando y viendo. Casi me echo a llorar. Vaya tontería ¿verdad? Con mi subidón de adrenalina, mis momentos brillantes y la facilidad de verbo escrito que tengo hoy (invertida en la crónica de El Canto del Loco y unos 30 emails de trabajo) por poco me tumba un videoclip de un tío disfrazado de rey mago que lleva bajo el brazo una silla plegable.
