Las palabras como violencia

Una noche más, dándole al Peaches. (O más bien escurriendo el bulto para sobarme por aquí). Hoy ha sido un día raro, fracturado. A pesar de haber dormido sólo tres horas me he lanzado a la calle -sí, lanzada, suavemente apoyada sobre un fino hilo tensado que me expulsa de casa a las diez menos cuarto- de buen humor, manirrota de sonrisas y tan extremadamente tolerante con mis compañeros de trabajo que me permitía ser extremadamente ácida en mis bromas y comentarios. Que han sido muchos. Les he bañado en bromas y comentarios sin darles un respiro, como en los tiempos viejos más brillantes. (Ya) están acostumbrados (llevo (sólo) diez meses) a mi clausura, al silencio lacerante y el ensimismamiento que les hace sentir incómodos -me parece- cuando se ven obligados a romperlo para comentarme algo. Hoy esa Elena había desaparecido y otra brillaba parloteando a borbotones -sobria y limpia, lo juro- a lo largo de la mañana. Acontecimientos laborales que no podría contar aquí me calmaron durante la tarde y me impidieron salir a las seis y media en punto, como era mi intención, para llegar corriendo a casa donde me esperaban asuntos reales. Esta borrachera de buen humor quizás tenga que ver con ese dopaje de cansancio que vivimos -¡ah! cuantas veces hemos hablado de esto- el lunes a las nueve de la mañana en Benicàssim, cuando aún no nos hemos acostado y quedan los últimos detalles para cerrar la última página del último periódico. Hoy le he contado a mi compañero Antonio algo que los lectores de The Last Dance ya conocen: mis pesadillas recurrentes, año tas año, antes de Benicàssim. No sólo los lectores, a mis amigos les entraban ya las risas cuando empezaba: «¿Sabes qué he soñado esta noche? Pues que estaba en Benicàssim, era jueves por la noche y me acordaba que tenía que hacer el Fiber y no había preparado nada». A mí todos estos sueños me parecían diferentes (cambiaban los decorados, las circunstancias, los motivos del fracaso, la apariencia del festival) pero al imponer un orden consciente en la narración, la línea de la trama era siempre la misma. Mis miedos me convertían en un disco rallado. He llegado a despertarme de esas pesadillas creyéndome a duras penas que aún estábamos en junio y de verdad me podía dar tiempo a preparar el Fiber y sacarlo día a día. Este año no he tenido este sueño (ya sería bizarro el meterme donde no me llaman) pero ha sido sustituido por otro, le decía a Antonio, no tan agónico pero también recurrente: mi encuentro con Martin Gore en Benicàssim. Esta mañana estábamos repartiéndonos los escenarios del Summercase cuando pusieron en VH1 el vídeo de Enjoy The Silence. No sabría decir cuántas veces lo he visto en mi vida (pero seguro que menos de las que pensáis) y aún así me paraliza. Fue Antonio quien se dio cuenta, subió el volumen del televisor y todo lo que tenía entre manos pasó a un segundo plano. No es que a él le guste DM tanto como a mí pero creo que disfruta echándose unas risas con mis trances.

Miraba ensimismada -sin escuchar las conversaciones de Financial ni los teléfonos de nuestra mesa o los canales sintonizados en otros televisores- las secuencias de Gahan caminando por montañas desiertas, vergeles y nevadas, vistiendo un manto de armiño, admiraba la contraposición de estas escenas abiertas y naturales con el marco cerrado de los cuatro miembros del grupo, tan atractivos vestidos de cuero, posando ante la cámara y alternándose con flashes de la rosa de Violator. El encabalgamiento de estas imágenes que pasan de la ensoñación al artista como mito, apoyándose en símbolos estéticos me hace temblar. «Un video sobrevalorado de Anton Corbijn que no entiendo», dice Antonio. Y yo no puedo explicárselo (aunque quizás he intentado hacerlo aquí) pero, en las últimas escenas, hablo y me tiembla la voz: «Me parece increíble que algo tan simple me produzca emociones tan fuertes». ¿Simple? «Sí, tan sencillo, un videoclip, cuatro tíos haciendo música, una persona componiendo en su casa esta canción, unas palabras juntas…» No quiero decir con esto que Enjoy The Silence sea la mejor canción de DM, estoy hablando de la experiencia, de vivir y sentir absolutamente lo que estoy escuchando y viendo. Casi me echo a llorar. Vaya tontería ¿verdad? Con mi subidón de adrenalina, mis momentos brillantes y la facilidad de verbo escrito que tengo hoy (invertida en la crónica de El Canto del Loco y unos 30 emails de trabajo) por poco me tumba un videoclip de un tío disfrazado de rey mago que lleva bajo el brazo una silla plegable.