José Manuel Rodríguez Uribes (Valencia, 1968) será el nuevo ministro de Cultura y Deportes, tomando el relevo de José Guirao.
Como ministro, su tarea principal será la de desencallar varios buques de la política cultural nacional que la legislatura frustrada y la interinidad han dejado ir a la deriva. Los dos más importantes son el Estatuto del Artista y la Ley de Mecenazgo, dos proyectos que vienen de atrás, sobre todo el segundo, para los que el ministro buscará consensos y unanimidad como los que el Gobierno necesita para que un esperado Pacto de Estado por la Cultura salga también del astillero.
Las elecciones dejaron en un cliffhanger el desarrollo del Estatuto del Artista, al que se le ha prestado tan poca atención que incluso el candidato Sánchez, en un debate electoral televisado en abril, se equivocó aludiendo a él como el Estatuto del Creador. El título perdió la bohemia por el camino, que es precisamente la función de este documento: transformar al personaje bohemio y precarizado en un digno trabajador de la cultura. El sector pide que en un nuevo modelo cultural ponga al trabajador en el centro.
Guirao consiguió llevar el Estatuto hasta un Pleno extraordinario del Congreso, donde un primer paquete de medidas, las que tenían menor complejidad jurídica, fueron aprobadas en forma de Real Decreto-Ley hace un año. La más llamativa, de carácter fiscal, fue hacer descender de nuevo una parte del IVA cultural al 10% (cine, teatro y musicales), desde el tipo 21 que comenzó a aplicarse en 2012 con José Ignacio Wert como ministro. También se aplicaron reducciones de la retención de rendimientos procedentes de los derechos de autor la compatibilidad de las pensiones con la percepción de los derechos de autor, incentivos a los rodajes de películas extranjeras y espectáculos de artes escénicas y musicales; y la cotización de los artistas en periodos de inactividad voluntaria, como las bajas de maternidad y paternidad, de incapacidad, jubilación o lactancia. ¿Qué le queda por hacer al ministro Cruz? El resto de las 75 medidas del Estatuto, entre las que se encuentran nuevas deducciones de gastos, la reducción del IVA en toda la cadena de valor de la cultura, la adaptación de las cotizaciones a la Seguridad Social (que sean proporcionales a los ingresos y que la cuota sea gratuita para el umbral del Salario Mínimo Interprofesional), la lucha contra la situación generalizada de falsos autónomos o que se fortalezca una interlocución colectiva con sindicatos y asociaciones profesionales.
De una manera deslabazada, el mecenazgo cultural se ha ido fomentando en España en los últimos años con la navegación de las diferentes legislaturas. El exministro de Hacienda Montoro (PP) disolvió en varios incentivos fiscales las ilusiones del anterior ministro de Educación y Cultura Méndez de Vigo de crear la Ley de Mecenazgo en 2012. Guirao retomó la idea y desplegó las velas, anunciando que sería uno de sus grandes proyectos, que por supuesto no ha podido llevarse a cabo en la exigua legislatura anterior. Como ocurre con el Estatuto del Artista, el timón de esta ley es la protección cultural pero el sistema hidráulico se construye en otros ministerios. Ya lo dijo Guirao: la Ley de Mecenazgo es en realidad una ley de Hacienda. La incógnita está en el nuevo porcentaje de desgravación que conseguirá su ministerio. Actualmente, se alienta más el micromecenazgo que las grandes aportaciones, ya que el retorno público es del 75% para los primeros 150 euros donados, ascendiendo al 30 o 35% a partir de ahí. En países europeos como Francia, Inglaterra o Italia, se alcanza un 60 o un 70%.
Es el disco del año y está cantado en turco. She Past Away no tiene un disco malo y, pese a deleitarse en un sonido antiguo, sus canciones huelen a clásico pero también a modernas. Se ha hablado mucho de la canción cantada en español, titulada La Maldad, la cual bien podría estar cantada en turco que entenderíamos lo mismo. Pero, como dije en un tuit, lo sorprendente de ese tema no es escuchar a Volkan Caner cantar en español (ahora vive en Barcelona) sino el teclado synthpop que meten en ella.
El dúo de Massachusetts ha sacado dos discos este año. Careful es su segundo disco y Country Girl Uncut es una versión expandida del epé homónimo que sacaron en 2017 y que tuvo poca circulación. Entremedias, sacaron también una disco de remezclas con tres de las canciones de Careful. La que podríamos llamar el nuevo Pain de Boy Harsher, Send me a Vision, no estaba en el epé original por lo que solo su existencia convierte Country Girl Uncut en un disco imprescindible. Algo que me hizo mucha ilusión es encontrar a Sally Dige protagonizando el videoclip de Send me a Vision, una berlinesa maravillosa cuya canción Emptiness (de su ultimo disco de 2017) me vuelve local.
El trío de Detroit que tuvimos el gusto de ver en concierto en el Sui Generis de 2018 (apuntando que quizá son más un grupo de disco que de directo, donde se destruye algo de magia), regresaron este pasado año con otro álbum magnífico ahondando en su sonido oscuro, distante y elegantemente dominado por la decadente voz de Paul Bancell y la combinación de caja de ritmo, sintes y guitarras que tanto amo en la música. He escogido como temazo Love cuts, que es bastante postpunk, aunque Alone together, que abre el disco, refiere más a su tradicional sonido postapocalíptico con el que me conquistaron en Turkish Leather, su segundo disco, en 2014.
Temazo: Love cuts
5TR/ST: The Destroyer (Part 1) y The Destroyer (part 2)
De nuevo dos discos en un solo año, o un disco en dos partes, firmado por el canadiense Robert Alfons, que sacó el primero en abril y el segundo en noviembre. El sonido del primero es más industrial y el del segundo, más dreampop. Además de esta extravagancia, ha sacado un montón de singles extraídos de estos dos discos (los tercero y cuarto de su carrera, respectivamente) a lo largo de 2019. No hay un Dressed for Space como en su maravilloso disco de 2012 TRST pero sigue manteniendo su sonido sintético particular y, lo que lo hace tan especial, la inconfundible voz de Robert.
Hélène de Thoury repite en esta lista con el disco de su proyecto en solitario, Hante. (con punto detrás). Synthwave superfría y melancólica, como te imaginas París desde un taxi. En una de las canciones (la enorme Unknown) aparece Sólveig Matthildur de las tremendísimas Kaelan Mikla que, porque no han sacado disco este año que si no seguro estaba en el número uno. Hay más colaboraciones en el disco, como la de Fragance, que acompañaron a Minuit Machine en su última gira.
Minuit Machine es la banda que reúne a dos mujeres francesas: Hélène de Thoury (la grandísima Hante.) y Amandine Stioui, y este es su tercer disco, Infrarouge, editado el sello parisino Synth Religion, lo cual debería ser el título de este artículo.
El francés Geoffroy D ha ido haciendo converger poco a poco el sonido de sus dos grupos: Dernière Volonté y Position Parallèle en uno solo, evolucionando desde un sonido martial hacia algo más tecno. Sus cuatro discos de la década como Dernière Volonte son maravillosos: Immortel (2010), Mon Meilleur Ennemi (2012), Prie Pour Moi (2016) y este Frontière. Aunque muchas canciones se parezcan y el sonido tienda a ser uniforme. Pero lo que hace es único e irresistible.
El danés Magnus Westergaard hace un neofolk festivo tipo Spiritual Front, con cuerdas y melodrama. Este es su segundo disco o tercero si contamos el primer minielepé. Abre el disco la maravillosa Silence and Surrender, lo cual es gastar los cartuchos demasiado pronto. El Nick Cave de Copenague sale en la protada del disco mordiendo una manzana, lo cual le ha hehco crecer bastante en carisma.
Aquí va este potente disco de postpunk electrónico industrial (lo que viene a caer en la etiqueta dark electro) del trío de chicos suecos Agent Side Grinder. Es un… trío de chicos suecos. Los amantes del futurepop ya sabe a qué me refiero. Pista de baile y melancolía nórdica en cantidad.
Un poco decepcionante el nuevo disco de la pareja sueca, sobre todo teniendo en cuenta que les ha llevado siete años completarlo, pero siempre algo nuevo de ORE es para mí un acontecimiento excitante. Decepcionante en el sentido de que Let’s play ofrece el sonido esperable de Ordo, son sorpresas ni grandes hallazgos melódicos, recurriendo a los fraseos y entonaciones ya conocidas, hasta el punto de que Evil Wears a Mask with Your Name, otra de las mejores canciones del disco, junto a la seleccionada más abajo, parece que ya la habríamos oído en otro disco. No obstante, sigue siendo pop apocalíptico BDSM del bueno.
Temazo: Forty Years after Null (There’s no Answer to the Riddle)
Xarah Dion es una gran dama de la minimal wave de Québec. En junio (extraño mes para la coldwave) sacó su tercer elepé, apto para la pista de baile del salón. Su alucinante voz hipnótica y la excelente producción de ritmos cortantes (afilados como el hielo del ártico) hacen de este disco una fortaleza de la soledad.
En el céntrico barrio de Chamberí, en Madrid, hay dos escuelas infantiles llamadas El sitio de tu recreo. Además de la alusión a Antonio Vega, hay algo en el trastoque del posesivo (del mí al tú) que llama la atención. ¿A quién le está hablando el rótulo? En conversación con Joaquín Ortega, el creador de estas escuelas inspiradas en la pedagogía Waldorf, salta una respuesta inesperada: a todos. No es habitual que un educador le diga a unos padres que deberían tomarse un día para hacer un plan juntos, solos. Pero si le preguntan su opinión, él la da, al igual que ha hecho en su libro La edad invisible. Crianza consciente en la primera infancia, en el que dedica un capítulo al recreo de los padres y las madres. Los niños absorben lo que ven y no interpretan que sus padres le desatienden cuando dedican un rato de su vida a sí mismos. Por el contrario, sí se sienten excluidos si en el tiempo de dedicación que se les da no se está a lo que toca.
“Cuando alguien está volcado todo el día en el mundo del niño y en el mundo del trabajo, hay algo que no está ordenado”, explica Joaquín. “Cuando el niño ve que sus padres son personas equilibradas, crece mejor”. El educador habla, sentado en una mesa de una sala de paso en su segunda escuela, la más nueva. Está dedicado a la conversación durante la hora en la que tiene lugar, no la interrumpe para dar instrucciones a sus empleados, ir a mirar porqué llora un bebé o echar un vistazo al móvil. Está a lo que toca. Nos sentamos junto a la cocina, donde se está preparando la comida de hoy mientras nos envuelve un dulce aroma a puerro cocido. Hay algo en el lugar que lo acerca más a una casa que a un colegio. Es tranquilo, limpio, confortable, huele bien y dan ganas de quedarse allí muchas horas; dormir una siesta, quizás. En otras escuelas infantiles de 0 a 3 años hay un barullo constante, abundancia de estímulos, actividad permanente. En 3 años, los educadores lidian con unas ratios de entre 16 y 20 niños y niñas y es evidente que el personal que los atiende es insuficiente. Quién no ha visto el estrés en el rostro de la maestra o el maestro al final de la jornada. El momento de la salida, de la entrega, jamás es tranquilo: embudos de carritos, personas reclamando bebés a voz en grito, informes rápidos sobre si ha dormido o no, comido o no, llantos por no querer irse, llantos por no querer volver.
Joaquín quiso abrir un lugar donde lo más importante fuera la tranquilidad. Preocuparse menos, ocuparse más. Atención y no dispersión. Sin altavoces, sin decenas de juguetes, sin pantallas. Se había ido a trabajar un tiempo a un proyecto de coooperación en Guatemala y, cuando volvió, le chocó muchísimo ver a una familia entera junta y sin hablarse, absorto cada uno en su tablet. Eran los años del principio de la crisis y sintió que la gente estaba enfadada con lo que estaba sucediendo y que miraban para adentro, que no querían perder su estatus económico, que estaban sufriendo. Decidió abrir una escuela infantil con juguetes de toda la vida, algo sencillo. Lo había visto en Guatemala: con las necesidades básicas cubiertas (comer y dormir), cuando llega la hora del juego, todos lo hacen juntos si hay un balón. “Les doy un palo y juegan todos, les dejo las cajas que me trae el frutero y es con lo que más juegan. A partir de ahí sentí que el espacio, si no es disperso, es muy bueno. Si solo jugaban con las cajas, estaba todo bien. Si guardábamos las cajas y sacábamos pelotas, estaba todo bien. Todo valía siempre que tuviera atención y no dispersión. Lo llamamos crianza consciente porque es una crianza en la que nos ocupamos de la cosas que les pasan a los niños y no entramos en preocupación de las cosas que no les pasan a los niños. Nos preocupamos un momento y nos ocupamos el resto del tiempo”.
El Ayuntamiento de Madrid instaló, en la tarde del martes 17 de diciembre, en el Memorial en obras en el Cementerio de la Almudena, las losas de piedra con la nueva inscripción que sustituye a la lista de 2.937 nombres de personas asesinadas en la represión posterior al fin de la Guerra Civil en Madrid. El Gobierno municipal ha considerado que es mejor para la reparación y la reconciliación arrancar esos nombres del Memorial de La Almudena y sustituirlos por una frase que dice: «El pueblo de Madrid a todos los madrileños que, entre 1936 y 1944, sufrieron la violencia por razones políticas, ideológicas o por sus creencias religiosas. Paz, piedad y perdón».
Los familiares de esas víctimas no opinan igual y califican este acto de «vileza política». Tomás Montero —nieto de Tomás Montero Labrandero, fusilado 14 de junio de 1939— y portavoz del colectivo Memoria y Libertad opina, que este cambio «pervierte y trastoca” el sentido del monumento artístico, creado por el artista Fernando Sánchez Castillo y la arquitecta Julia Chamorro Capa, cuyo encargo original fue el a las víctimas del Franquismo en la posguerra. Tomás califica el texto de “forzado” y piensa que sirve para “desvirtuar y amparar la eliminación de los nombres de las personas ejecutadas por los juicios sumarísimo de la Dictadura y amalgamar situaciones históricas bien diferenciadas”.
Los troncos caídos, réplicas en metal de árboles naturales desprovistos de hoja, con sus ramas cortadas y algunas raíces, ya están situados en el lugar previsto: entre los bancos para sentarse y las losas de piedra. La propuesta de Fernando Sánchez Castillo, conocido por la radicalidad de su obras en torno a la memoria y el franquismo, como Síndrome de Guernica —para la que compró el barco de recreo de Franco, el Azor, y lo convirtió en un bloque de chatarra—, sugiere una métafora de memoria arrancada de su sitio, de vidas extirpadas. Se prevé que el memorial esté terminado y lista para inaugurarse a mediados de enero.
Según las escrituras de la iglesia pastafari, el Monstruo de Espagueti Volador (Monesvol) le reveló al pirata Mosey sus Ocho Condimentos en la cima del Monte Salsa. Los dotó de cierta laxitud, por los que se refirió a ellos como los “preferiría que no”. La primera indicación que esta divinidad flotante con forma de tallarines enredados en dos albóndigas de carne sugirió a su primer discípulo fue que preferiría que no actuara como “un imbécil santurrón” que se cree “mejor que los demás” cuando habla de su dios. También prefiere que no se use su existencia como “un medio para oprimir, subyugar, castigar o eviscerar” y que tampoco se construyan “multimillonarias iglesias, templos, mezquitas o santuarios” a su “Tallarinesca Santidad”, cuando ese dinero bien podría ser utilizado para “acabar con la pobreza, curar enfermedades, vivir en paz, amar con pasión y bajar el precio de la televisión por cable”. La lógica extrema de las enseñanzas del pastafarismo ha hecho que sus creyentes se cuenten por miles en todo el mundo desde hace quince años.
En Estados Unidos, The Church of the Flying Spaghetti Monster es una religión oficial, cuya cabeza visible es “el profeta” Bobby Henderson desde el día que escribió una carta al Consejo Escolar de Kansas. Henderson acababa de graduarse en ciencias físicas por la Universidad del Estado de Oregón cuando, en mayo de 2005, se celebraron unas jornadas de ese Consejo educativo para evaluar cómo se enseñaba la creación y evolución del universo en los colegios de secundaria. La entrada de políticos republicanos a esta institución, alineados con las tesis del think tank Discovery Institute, propició que en esas audiencias se defendiera seriamente la inclusión en el currículo escolar del “diseño inteligente”, un término en neolengua para referirse al creacionismo, como oposición a la teoría de la evolución darwinista. Dicho con otras palabras: querían que los profesores enseñaran también que la vida había sido creada por un dios.
En su carta abierta, Henderson les dijo: “al igual que hay múltiples teorías sobre el Diseño Inteligente, yo y muchos otros en el mundo creemos firmemente que el universo fue creado por el Monstruo Espagueti Volador. Fue Él quien creó todo lo que vemos y sentimos. Creemos firmemente que las indiscutibles evidencias científicas que demuestran los procesos evolutivos no son otra cosa sino una coincidencia orquestada por Él”. El texto de Henderson fue una bomba viral que estalló de manera internacional expandiendo la religión pastafari por todo el planeta. Además de un resumen de creencias, que posteriormente serían desarrolladas en un “evangelio”, la queja de Bobby Henderson proponía que el tiempo de la clase de ciencias no solo del país sino del mundo entero se dividiera en tres partes iguales: una para el “Diseño Inteligente”, otra para el pastafarismo y una última para “las lógicas conjeturas de las abrumadoras evidencias” científicas.
El pasado domingo 8 de diciembre, Numax Distribución me invitó a presentar la nueva película de Eloy Enciso, Longa noite, antes de su proyección en el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes.
“Longa noite de pedra” se decía en mi casa sin que yo supiera qué significaba. Algo melancólico o algo oscuro, yo pensaba.
En mi familia no hubo exilios pero sí emigraciones, más o menos distantes. Algunas solo de ida. Siempre económicas o de conveniencia, nunca fueron políticas. En el caso de mi madre su viaje migrante partió de A Coruña y no llegó más lejos de Madrid. Sin embargo, este viaje dibujó una frontera más cultural que geográfica, menos permeable que un Océano Atlántico, más distante incluso de las que impusieron sus hermanas que se fueron a Suiza o a Inglaterra.
Mi madre decía cosas que yo estaba dejando de entender, como si en una sola vida, en una sola infancia, cupieran varias generaciones y por tanto mucho olvido. Como olvidando con prisas. Con ganas. O quizás es que una solo generación basta para olvidar si no se quiere recordar.
Dicen James D. Fernández y Luis Argeo, los comisarios de una exposición que podremos ver a partir del 23 de enero en Conde Duque, titulada Emigrantes invisibles, sobre la diáspora española en Estados Unidos, que la memoria no solo sufre lagunas sino también distorsiones. Estas distorsiones podrían ser banales, como la seguridad con la que un nieto de un expatriado asegura que la paella se hace estofada, o políticas, como la de aquella mujer estadounidense que enseña una figura de bronce que dice ser un amuleto traído de España por su padre en 1927, cuando en realidad es un més petit de tots, una estatuilla acuñada en Cataluña durante la Guerra Civil Española, para recaudar fondos para la República.
En mi casa, si yo tardaba mucho en recoger la mesa o levantarme de la cama, mi madre me decía “non esperes moito que vaste meter na noite”. Pero algunas veces, supongo que arrastrada por la sonoridad de la palabra, añadía como para sí: “na longa noite de pedra”. Yo no sabía a qué se refería y creo que ella tampoco. Yo creo que lo decía no por decir algo, sino por rellenar un hueco, o un silencio.
Un hueco, que es de lo que me parece que va esto.
Hay unos huecos de ausencia que no son de las lagunas ni de las distorsiones. Son unos huecos de la memoria que existen aunque estén vacíos.
El antropólogo Francisco Ferrándiz me hizo reflexionar sobre el hueco que deja una fosa exhumada. Quizá no es un hueco en la tierra pero es un hueco en la memoria. Se parece a la habitación en la que vivía un familiar muerto en una casa que sigue siendo habitada por el resto de la familia. La persona muere, quizá un abuelo o un hijo, la habitación se vacía y la puerta se cierra, quizás para no abrirla mucho. La habitación deja de usarse y se genera un hueco en la casa. Se genera, también, un hueco en la memoria.
La tierra que rodea la fosa exhumada es esa casa habitada. Me dijo el antropólogo que, siendo legítimo que las familias exijan exhumaciones para recuperar los cuerpos de sus antepasados asesinados y desaparecidos, aún así, dijo, quizá no deberíamos olvidar que la tierra en la que se cavaron esas fosas y que generaron una comunidad de muerte, tiene un significado también que no conviene olvidar y que por tanto habría que memorializar. Una memoria de los espacios vacíos, de los huecos, igual que hacemos una memoria de los espacios llenos.
En la memoria, en la memoria histórica, esos huecos y habitaciones vaciadas toman forma de manuscritos de recuerdos, de autobiografías, que existen en una abundancia que no podemos cuantificar ya que en gran medida están aún por aflorar.
Muchos de esos manuscritos se han perdido y otros muchos ha sido destruidos. Pero hay otros que han sido preservados y que están ahí esperando ser publicados. Se están haciendo ediciones pagadas por ayuntamientos, diputaciones y asociaciones que no garantizan la accesibilidad de esas memorias en el futuro.
También temo por aquellas que nunca podamos leer. La semana pasada tuve conocimiento de un escrito realizado por un vecino de Majadahonda que recogió la represión vivida en ese pueblo. Y quizá nunca podamos leerlo. Creo que este miedo a lo que desaparece, al silencio, al olvido, es a pedra de la que hablaba Celso Emilio Ferreiro en su poema Longa noite de pedra.De pedra son as tebras, las tinieblas. De pedra son as olladas, las miradas. De pedra son os corazós dos homes que ao lonxe espreitan, los corazones de los hombres que acechan a lo lejos. Y así pienso a mi madre, un poco también de piedra, fabricando olvido.
Hacemos esfuerzos por llenar esos huecos de muchas maneras. ¿Cómo llenamos lo vaciado, lo silenciado, lo desconocido? En gran medida lo hacemos con la ficción. Como soy periodista, aceptar que la ficción es una herramienta adecuada para rellenar esas ausencias me costó un rato. Poco a poco voy aceptando que existe, que es posible, una ficción honesta que ayuda a calmar nuestras pesadillas y nuestros remordimientos. La ficción nos ayuda a digerir el conflicto y lo complejo, a lamer la herida.“La memoria es una construcción mítica de la realidad” dice Eloy Enciso, cuyo cine habla en los huecos que dejan las fronteras, as raias, los viajes y los exilios. Abrir una fosa, rodar una película como esta, ilumina unos huecos que cada uno y cada una rellena como puede.
Todos estamos estremecidos ante la decisión de Planeta de destruir el stock de Obras Completas de Círculo de Lectores. He recordado el día de la presentación de las Obras Completas de Carmen Martín Gaite hace 10 años. Estuve allí y tome notas, de las cuales provienen los siguientes entrecomillados.
«Hoy la sorpresa sería fenomenal. Se quedaría con ojos como platos» dijo Ana Martín Gaite ese día sobre lo que pensaría su hermana, fallecida otros 10 años atrás, al saber que iban a recopilar toda su obra en siete volúmenes. Quizás estas palabras servirían también para la noticia de la destrucción de esos libros. Se le abrirían los ojos como platos, pero sin ilusión, supongo. Con gran decepción.
Ana dijo: «los años van pasando y me parece inaudito que [Carmen] siga viva. Estaría muy contenta ahora. Era madura y reflexiva pero también muy infantil. La literatura para ella era una fiesta y una sorpresa». También contó que desde niña supo que Carmen se dedicaría a la literatura porque por la noche, de una cama a otra, le decía «¿te cuento un cuento?«. «Siempre llevaba un lapicero y un bloc en la mano», dijo.
Ana Martín Gaite falleció el pasado mes de mayo, sin saber que lo que las copias de lo que tanta emoción le produjo en años anteriores pueden acabar en la trituradora de papel.
La nota de prensa y mis apuntes de ese día.
Acompañaba a Ana aquel día, como no, José Teruel, el editor de estas Obras Completas. Dijo: «Carmen estaba muy tentada de escribir raro, a lo pirao, pero es su gran respeto al lector lo que le obligaba a contar las cosas con claridad». A eso, su hermana contestó que «tanto en su vida como en su obra le encantaba el riesgo pero cuando llegaba el momento ¡daba marcha atrás!».
Teruel explicó que aunque en las novelas imponía esta necesidad de contar las cosas bien y claras, en los ensayos se permitía ponerse experimental, sin desarraigarse de la experiencia, porque su autobiografía y la observación estaba siempre enlazada con la escritura. Lo de observar y escuchar es esencial. Ana contó también algo con lo que me identifiqué y que me pareció muy periodístico: Carmen ponía la oreja atentamente cuando recorría Madrid en la línea circular del autobús.
También dijo que Carmen era una estudiante constante y una «universitaria nata». Que el mismo día en el que se encontraría con su muerte, en el hospital recibió una llamada de la Universidad Menéndez Pelayo para invitarla a dar un curso de verano. «Si me mandáis un taxi, voy», contestó la escritora.
Aunque aquel día se dijo que el séptimo volumen (Cuadernos y cartas) se publicaría en 2014, lo cierto es que se presentó el pasado 3 de octubre, pasando desapercibido, en un acto organizado por los propios gestores de su legado.
Miro mis notas de ese día con curiosidad, con la complacencia con la que se acaricia un tesoro y también con pena, mucha pena. No puedo evitarlo.
El Cabezota. El Tuerto. El Bichejo. El Oveja. El Palabras. En el pueblo de Majadahonda (Madrid) existía la afición de ponerle mote a todo quisque. Tanto habían calado los sobrenombres, que algunos de ellos llegaron hasta el penúltimo papel de las vidas de estas personas: el sumario del Consejo de Guerra. En la causa contra Ángel Montero Álvarez, más conocido como El Cabezota, se le acusa de estar afiliado al Partido Socialista y a la UGT, así como de “armar a la población de izquierdas”, por lo que se le sentencia a pena de muerte el 16 de mayo de 1939.
Al que apodaron El Palabras debía tener buena labia. Se llamaba Tomás Montero Labrandero y era un agricultor de 26 años que se casó con Faustina Montero (no eran familia, muchos en Majadahonda comparten este apellido) unas semanas después del golpe de Estado que dio lugar a la Guerra Civil. En un informe redactado por Falange, contenido dentro de las Diligencias Previas para un juicio por el que nunca llegó a pasar, por toda explicación para su fusilamiento se advierte la “conducta mala”. El Palabras fue detenido y encarcelado. Fue fusilado el 14 de junio de 1939, antes de que terminara la instrucción de su procedimiento.
El nieto de El Cabezota y el nieto de El Palabras están ahora mismo, en esta mañana de noviembre de 2019, 80 años después, junto a la misma tapia del mismo cementerio en el que fusilaron a sus abuelos. En realidad hay dos tapias. Una es de ladrillo, la que siempre ha estado ahí, más o menos reconstruida, dividiendo, mal que bien, el mundo de los vivos del de los muertos. La otra lleva unos meses en pie y está formada con hierro y rafia de color verde. Sirve para separar, y en cierto modo esconder, las obras de construcción —y destrucción— de un memorial que el Ayuntamiento de Madrid está instalando dentro del Cementerio de La Almudena. Se trata de una intervención arquitectónica y artística que conecta un nuevo espacio de reflexión y recuerdo, pegado a la entrada de una de las puertas del recinto funerario, con la pared en la que se rinde homenaje a las Trece Rosas. El conflicto surge cuando, con el relevo político en el gobierno municipal, este decide cambiar quién es el colectivo objeto de memoria. Al hacerlo, deja de ser un recuerdo a las víctimas mortales de la más dura represión franquista en Madrid posterior a la Guerra Civil —2.933 fusilados entre abril de 1939 y enero de 1944 a los que se han sumado cuatro más desde la publicación del informe— para convertirse, según la nueva denominación, en un memorial “a las personas que perdieron la vida de forma violenta”, incluyendo también los tres años de contienda. Esta decisión de la alcaldía de José Luis Martínez-Almeida llega tan tarde que no han adjudicado el contrato al artista hasta el pasado 7 de noviembre y los albañiles (que trabajan para la empresa adjudicataria de la obra civil, adjudicada en abril) han arrancado con piquetas las lápidas ya instaladas con los nombres de estas 2.937 víctimas del franquismo. Para el nieto de El Palabras, esto es “un disgusto serio” y “un palo tremendo”.
El paredón de rafia verde.
“Se está borrando algo que ni siquiera nos han dejado escribir”, dice Tomás Montero, digno heredero de su abuelo en lo que a elección de palabras se refiere. Porque como dice Jesús Marjón Montero, el nieto de El Cabezota: “lo que no tiene nombre, no existe”. Sin duda, hay algo también del carácter de su antecesor en él.
Al acabar la clase, hay quien sale del aula, quien se queda en su sitio y quien sale fuera del centro. M. no hace ninguna de estas cosas. Durante el rato del recreo, que aquí sería más oportuno llamarlo descanso, M. mira a través de la valla a los niños y niñas que juegan en el patio del cole contiguo. Está muy quieta y concentrada porque está buscando a su hijo con la mirada. El descanso en el CEPA de Ciudad Lineal y el recreo en el CEIP Miguel Blasco Vilatela suceden a la vez. La educación también; muchos de los contenidos serán, además, los mismos. Pero la manera de contarlos es diferente porque los alumnos están en momentos vitales radicalmente distintos. M. se está sacando la ESO en el Centro de Educación para Adultos (CEPA), a razón de dos cursos por año. Mientras tanto, su hijo cursa la Primaria en el tiempo infinito de los años escolares.
El colegio está situado en una larga avenida de un barrio obrero de Madrid, donde hay un 9,4% de hombres en paro y un 8,7% de mujeres, incidiendo sobre todo en la población mayor de 45. Además, el 51,9% de las personas que viven en esta zona es de origen extranjero, y eso se nota, a simple vista, en la escuela para adultos. En ella estudia Imane, que nació en Marruecos. Tiene 31 años y dos hijas, una de 4 y otra de 8. Aunque había cursado el Bachillerato en su país, se veía incapaz de ayudar a su hija mayor con los deberes, por lo que se decidió a estudiar, de nuevo, la Secundaria. Pero no pudo ponerse a ello hasta que llevó a la pequeña, también, al colegio.
Después de un tiempo asistiendo al CEPA, Imane se dio cuenta de que volver a estudiar no servía solo para aprender gramática o ciencias naturales. Termina su sándwich, sentada durante unos minutos en el pasillo de la planta baja del centro: “ahora tengo amigas”, dice, mirando de soslayo a su compañera de clase Isabela. “Me siento bien”, añade. Imane sonríe de manera suave y elegante, mira a los ojos y elige las palabras exactas, incluso cuando se adentra en un terreno más delicado, al explicar que ha notado que su presencia allí disipa “la idea de algunos compañeros” sobre que los musulmanes son “cerrados”. “Hay quien piensa así pero son minoría”, dice. Imane ajusta su hiyab y abrocha bien el abrigo cuando la puerta de entrada se abre y el viento frío otoñal se cuela por el pasillo del CEPA, que no se diferencia en nada de un pequeño instituto cualquiera, salvo quizá en que se percibe más tranquilo y menos abarrotado. Ahora que Imane ha empezado a estudiar, ya no quiere parar y se plantea qué cursar en el futuro, quizá Informática, quizá Enfermería, aunque le asaltan las dudas de si no se verá forzada a elegir una profesión en función de la tolerancia que pueda encontrar al uso del velo.
Estoy contenta con mi crónica de ayer. (Igual mañana la releo y digo: vaya caca. Hoy no, hoy creo que la escribí bien). Pasé la mañana en otro mundo. Un mundo al que entré y por el que salí metiéndome en un coche de alquiler. Conduciendo ese coche ajeno por la nacional VI se me vinieron dos imágenes a la cabeza. En la primera, Doraemon y Nobita van montados en esa balsa psicodélica con la que viajan en el tiempo. En la segunda, Juan José Millás entra y sale a La Calle, a su mundo, por la ventana del sótano de su amigo el Vitaminas. En realidad a la ida no pensaba en eso, fue más bien a la vuelta.
A la ida pensaba en otras cosas: en mis memorias asociadas a esa carretera, en la información que mi cabeza almacena relativa al Valle de los Caídos, procurando distinguir los recuerdos de las informaciones ajenas. En realidad no son tanto recuerdos como impregnaciones. Por ejemplo: el momento en el que, yendo hacia Coruña (con La Coruña como destino final), aparecía la cruz, de manera siniestra, a mano izquierda del camino.
Mi otro gran referente para la interpretación que hace mi cabeza del Valle de los Caídos, y que ayer no podía dejar de tener presente, es la serie pintada por Costus. La descubrí en 1992, en su exposición «Clausura» en la Casa de América. Estuve allí el día de la inauguración y volví a ella en múltiples ocasiones antes de que la retiraran. Yo tenía 17 años. Me quedé atrapada en los cuadros, en especial con esta serie. Me prometí que algún día, como ellos, tomaría lsd y visitaría el Valle de los Caídos. Nunca lo he hecho, aunque ayer pensaba que todo es tan psicodélico que, igual, no hace ni falta.
En especial, me fascinaban los arcángeles.
Mi visión arquitectónica del Valle está pues totalmente contaminada por Juan Carrero y Enrique Naya. Así que cuando veo esto:
Estoy viendo también esto:
Y cuando camino por el túnel abovedado de la basílica…
Y en el cristo de Juan de Ávalos veo siempre a Juan Carrero.
Y, en fin, siempre hay algo o alguien que me falta.
Al abandonar la A-6 por la M-600 hacia El Escorial, la carreterilla nos lleva hacia la calle de Los Camareros (extraño nombre; para Google se sigue llamando también calle Arriba España, igual que ha hecho con la calle y la plaza del mismo nombre en Chamartín) que es la entrada al recinto del Valle, rodeado de pinares. Es extraño que haya que pagar ya desde abajo. Aún más extraño es que no me hagan pagar. Venía preparada para intentar pasar evitarlo, con el carné de periodista en la mano. Y, por si no hubiera manera, traía los 9 euros preparados. Y al final resultó que, si vas a misa, la entrada es gratis. Eso no lo pone en la web de Patrimonio Nacional.
Coches arrimados al arcén, haciendo cola para entrar.
Pasé 20 minutos parada o avanzando lentamente a un costado de la carretera. Eso me inquietó, primero porque no quería llegar tarde a la misa de once (no me creo que esté diciendo esto) y segundo porque, durante 20 minutos, pensé que lo estaban petando. Una vez dentro, entendí que se trataba de una de esas colas absurdas que forman los porteros de las discotecas para aparentar que el sitio mola tanto que hay más gente que quiere entrar de la que cabe.
No era el caso.
Aparco sin ninguna dificultad y me dirijo a la basílica, donde hay otra cola para entrar a ella. Mientras espero, además de las imágenes de las Costus, me viene a la cabeza la última vez que estuve allí. Vine a una boda. Sí, una boda. Ya me pareció incomprensible en su momento, pero ahora, aún más. Los novios no eran franquistas, pero les gustaba el sitio, les parecía bonito. Quizás, el vaciado político es más aterrador que cuando se rellena con ideología.
Delante de mí, en la fila, estaba el que en Madrid es conocido como «chino facha» (obviamente en mi artículo no uso ese apelativo) y le acompañan algunas personas del patronato de la Fundación Francisco Franco. Chen Xiangwei (esto sí lo cuento) goza de cierta popularidad tanto en este ambiente como en otros más bizarros. Desde luego, no deja de ser extraño que una persona que no ha nacido en España tenga unos vínculos franquistas tan potentes. Él lo justifica por su anticomunismo. En la crónica relato la conversación que tuvo lugar delante de mí, pero aquí la voy a reproducir en un estilo directo.
Un señor: ¿Chen, en tu bar pones comida española? Chen: Sí. Otro señor acompañante de Chen: Por supuesto, y hace una oreja que está buenísima, de las mejores. El señor: Ah, bueno. ¿Y dónde está? Chen: En la plaza de Usera pero me voy a ir a otro sitio que he comprado. El señor: ¿Y eso por qué? Chen: El dueño no me renueva el alquiler, el muy cabrón. El señor: ¿Y cuándo te vas? Chen: El 1 de abril. [Chen sonríe ampliamente]. El señor: ¡Hombre, el día de la victoria! Chen: Claro. Sí, por eso. Y pregúntame cómo se va a llamar el bar. ¡Una, grande y libre!
Por supuesto, hay risas de satisfacción. He de decir que no tengo claro si dijo «Uno, grande y libre», lo cual tendría cierta gracia al tratarse de un bar, en masculino, o la «una» va por España. Decidí ponerlo en femenino porque me pareció que era mi oído, y el acento de Chen, lo que me hizo creer en un primer momento que sería «uno». Si me equivoco (lo veremos el 1 de abril), pido disculpas anticipadas.
Viví la misa con incomodidad, recordando todas las misas de mi infancia y mi juventud, dándome cuenta, con tristeza, cuántas partes me sabía de memoria. Levantándome y sentándome por no llamar la atención en las partes que la liturgia lo pide. A pesar de mi formación católica (colegio de monjas, catequesis, comunión, confirmación), afortunadamente hoy soy atea sin fisuras. Tardé en darme cuenta de que la religión es una ilusión, una mentira colectiva. Ahora ya lo sé y me da pena el tiempo perdido, pero también reconozco que me sirve para saber cómo es y para armarme de argumentos.
Reviví que siempre me incomodó el momento en el que el cura decía «daos fraternalmente la paz». Vivía la llegada de ese punto con ansiedad y respiraba cuando ya había pasado. Nunca me ha gustado besa a desconocidos. De mayor, me explicaron que podía dar la mano. Eso era mejor. Ayer no tenía ninguna intención de dar la mano a nadie porque no quería participar de una simbología que no comparto, a la que no pertenezco. Decidí, con una ansiedad creciente (igualito que de niña), según transcurría la misa, que cuando llegara el momento, me quedaría quieta y que, por el bien de mi crónica, si me pedían la mano, la daría. Si no, permanecería quieta. «Daos fraternalmente la paz», dijo el sacerdote. La pareja que tenía delante se besó en las mejillas. Los dos señores que tenía a la derecha se dieron mutuamente la paz («que la paz esté contigo»). Fugazmente, pensé en La Fuerza. Sentí un golpe en mi brazo izquierdo. Pensé: «Elena, haz lo que tienes que hacer». Me giré, para darme cuenta de que un joven (entre 28 y 38) me estaba pidiendo que me apartara para darle paso y que pudiera tender y apretar efusivamente la mano al señor de mi derecha. Me dio las gracias y volvió a su sitio. Eso fue todo.
Llegó la lectura del testamento. Alguna vez he tenido que leer. Pocas, la verdad, para lo que me gusta hablar en público. La verdad es que tampoco me presentaba nunca voluntaria. En este caso, la lectura la hizo uno de los cinco sacerdotes (¡cinco!) que oficiaban la misa. Me pareció llamativo que escogiera la parábola de las vírgenes sabias y las vírgenes necias. (Bueno, en realidad me pareció un poco insultante, no tanto la elección (que también) como la parábola en si misma). Esta historia, que cuenta el evangelista Mateo, va de una noche de bodas polígama (diez esposas, nada menos) para la que cinco de ellas fueron previsoras llevaron aceite de sobra para sus candiles. Se supone que estas son las sabias pero, como veremos, son también las egoístas, pues cuando las otras cinco, las llamadas necias, les piden que compartan su aceite, estas les dicen que tururú. Que se vayan a la tienda a por el combustible para sus lámparas. Ellas lo hacen y sucede que, cuando están comprando, llega el marido, cierra él portón y ellas se quedan sin noche de boda. No solo eso, sino que además, cuando gritan: «¡señor, señor, ábrenos!», él les contesta: «les aseguro que no las conozco». La conclusión, dice la escritura, es que hay que mantenerse siempre alerta, siempre en vela, porque «no se saben ni el día ni la hora» en que ocurrirá lo que se espera.
Dicho esto, ¿qué mensaje querían transmitir, con esta lectura, los sacerdotes a los acólitos en la misa de homenaje a «José Antonio, Francisco y los caídos»? ¿Que el esposo (¿Franco?, ¿la dictadura?) puede regresar cuando menos te lo esperes y ojo que no te pille sin aceite en el candil? No veo otra interpretación.
Cuando terminó la misa, me dirigí hacia al altar, donde está la tumba de José Antonio Primo de Rivera y, al otro lado, donde estaba la de Franco. Me puse junto a la del primero y procedí a contar las veces que alguien hacía el saludo fascista. Conté quince, pero me perdí alguna, antes y después, que vi de lejos. La lápida estaba cubierta por flores. Sobre las losas negras en las que antes se encontraba la Franco, había solo dos ramos. Daba igual: también allí se creaba un círculo de personas, se besaba el suelo y se alzaba el brazo. Las fotos no estaban permitidas, pero el vigilante del lado franquista era más permisivo que el del lado falangista, por eso yo pude hacer estas:
Hubo un sonoro «¡viva Franco!», que fue coreado con cierta unanimidad entre los presentes. ¿Y cuántos eran? Durante la misa, estuve contando y de la parte que veía, serían 250. Le sumo 50 más por los que no veía y los que tenía detrás. Ayer me han preguntado ¿había mucha gente? Y claro, no. 200 o 300 personas no es mucha gente. También es cierto que ayer me dijeron que este 20N ha estado bastante más concurrido que otros de años atrás. ¿Estamos, los medios, prestando más atención de la que le corresponde? De esto también se habló ayer y se habla hoy. Dejo una línea en mi artículo que conduce a una reflexión en esa línea: «los franquistas están de enhorabuena» porque están recuperando «un espacio público», una atención, que habían perdido. Por otro lado, he constatado que, aunque los que van al Valle a levantar el brazo son la foto folclórica, minoritaria y trasnochada, el franquismo y la extrema derecha está mucho más extendida. Está infiltrada. La encuentras e los votos de Vox y en los del PP, en las instituciones, en las fuerzas armadas, en las cabezas de los españoles. Esto es así. Y no es así porque yo vaya a cubrir el 20N al Valle de los Caídos o mis compañeros a Mingorrubio. Es así porque nunca ha dejado de ser de otra manera.
Antes de salir de la basílica hay una tienda de regalos (exit through de gift shop, que diría Banksy). Entre niñosjesuses y chocolates de los palacios regales, hay merchandising del Valle de los Caídos: imanes, camisetas, gorras, tazas, cajas de caramelos. Volví a acordarme de alguien. De Nicolás Sánchez-Albornoz, en cuya casa viví , de periodista ocupa, la mañana de la exhumación de Franco. Este lugar se construyó con mano de obra de presos políticos. Nicolás fue uno de ellos. Escapó de aquí y no va a volver nunca más. Con eso en la cabeza, ver como algunos se probaban la camisetas, para ver cuál les sentaba mejor, me pareció obsceno, desagradable, repulsivo.