Caer mal

No es habitual en mi vida tener al enemigo en casa salvo cuando mi contrincante soy yo misma. Tradicionalmente mis enemigos (por hacer un poco de drama respecto a la gente a la que caigo mal) son personajes más bien ridículos (ya empezamos) que sólo tropiezo en actos sociales. No puedo concebir lo que sería tener un diablo malo en la familia, por ejemplo. Por tanto, pese a que soy consciente de no ser un encanto para todo el mundo, me descoloca la animadversión cercana y constante. Hace años estuve recibiendo unos emails anónimos donde se alababa (es un decir) mi pericia bucal para con un amplio colectivo masculino. Y, bueno, nos echamos muchas risas a costa de tanto insulto sexual. Este tipo de ataques se han vuelto a repetir (con poca frecuencia) y de nuevo anónimamente en los comentarios del blog o por correo electrónico. Pero como dije, me parece una cosa divertida. Aunque cargo con estas experiencias en el bolso, aún me afecta el desdén y la antipatía cuando es próxima, por eso me han alegrado las siguientes declaraciones de Pepo Pérez -con las que me identifico en cierta forma- entresacadas de las respuestas a las preguntas de mi entrevista para el número 2 de El Manglar: Tiendo a desconfiar de las personas, o artistas, que gustan a todo el mundo. No entiendo esta competencia absurda por caerle bien a todo el mundo, algo que además es imposible. Hoy existe una tendencia a preocuparse demasiado por lo que los demás piensan de ti, debe ser por nuestro culto al ego y por el alto nivel de autoconsciencia del hombre de hoy. (…) Soy muy guerrero, muy protestón y criticón, supongo que demasiado. Me ha pasado siempre desde chaval: de entrada puedo caer fatal a la gente, pero luego… ah, luego…. ja, ja. No, en serio. Un poco de crítica no le sienta mal a nadie, te ennoblece, te pone en tu sitio, te hace humilde, te hace mejorar como persona. O como autor. (…) Creo que el hombre occidental de hoy tiene una fuerte sensación de fealdad hacia sí mismo, de no gustarse, tiene un gran vacío, un deseo de recuperar la «armonía perdida», de volver a ser «uno con el mundo». De todo esto puede venir esta nueva «necesidad de surrealismo». (…) La gente verdaderamente brillante e inteligente es en el fondo humilde, y además no se enemista contigo porque le hagas una crítica razonada. Le podrá doler, no digo que no, porque a todos nos puede doler una crítica, pero luego se lo pensará, no se lo tomará personalmente, y al final aprovechará de esa crítica lo que considere conveniente. Pero no se enemistará contigo por eso.

Basta ya de Pepo Pérez
© Pepo Pérez