Ojalá me hubiera concedido una entrevista. Ojalá hubiera levantado el teléfono las innumerables veces que le llamé. Ojalá hubiera contestado algún mensaje con las decenas de preguntas que tenía para él.
En lugar de eso, un conocido abogado madrileño, José Antonio Choclán —«el abogado de las estrellas», escribió La Razón— nos manda una demanda de conciliación por injurias y calumnias, el paso previo a la presentación de una querella.
En esa «conciliación», Julio Iglesias pretende que borremos los artículos, nos disculpemos y le indemnicemos. Pero ya lo ha dicho nuestro director: no vamos a rectificar.
Un par de veces me han preguntado si ya había hecho esto antes. Contesté que hice algo parecido, pero que me llevó menos tiempo y se quedó en un cajón. Se trataba también de una acusación por agresión sexual a una persona relevante en la cultura. Yo misma recomendé que no se publicara, aunque había pasado los filtros legales y la edición de mis jefes. No niego que la historia que contaba ese reportaje no fuera real, pero me surgieron dudas que me impedían defender a muerte esa historia.
Por supuesto que sentí que había fallado a esa mujer, pero también pensé que me fallaría a mí misma como periodista si publicaba un artículo con fisuras.
Con Julio Iglesias, el proceso fue muy distinto.
Con los testimonios que reuní en estos tres años de investigación, la convicción de su veracidad era tan grande, que el día que alguien me sugirió que quizá la historia se quedaría en un cajón, como tantas otras, fue uno de los peores de mi vida. ¿Cómo sería mi futuro si tuviera que seguir adelante con mi vida y mi trabajo, sabiendo lo que sé? ¿Cómo me sentiría cuando llegara el verano y empezaran a circular los memes del mes de julio? ¿Cómo reaccionaría cuando alguien pinchara Un día tú, un día yo (una canción que me encanta) en una fiesta? ¿Cómo seguiría hablando con las mujeres que habían confiado en mí, que me habían dicho cosas tan íntimas, con tanta vergüenza, entre tanto llanto y tanto miedo?
No me veía capaz. Me imaginé abandonando. Me visualicé como jardinera, que es el trabajo con el que fantaseo cuando siento que no puedo con el peso del que tengo.
El 13 de enero a las cinco de la mañana, el secreto se convirtió en historia. Fue como romper un jarrón. Pero para mí hubo un momento más poderoso, semanas atrás: cuando Ignacio Escolar me dijo «vamos adelante». Yo no podía estar más orgullosa de él, ni de el periódico que él fundó y en el que tengo el honor de trabajar, ni de la profesión que elegí desde que era una niña, esto que es mucho más que un trabajo, esto que siento que sé hacer dignamente.
(Otro momento muy fuerte, que recuerdo con claridad, fue cuando Laura (nombre ficticio) me llamó y me dijo: «Vamos a denunciarle». Menos mal que estaba en mi casa porque la piernas no podían sostenerme, me senté en el suelo y lloré con una mezcla incontrolable de alegría y ansiedad).
Laura y Rebeca denunciaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional el 5 de enero. Posteriormente a la publicación del primer artículo, el día 13, Iglesias, que no contestó nuestras preguntas durante los 11 días que le dimos de plazo, colgó un comunicado en Instagram, dijo que lo que habíamos publicado no era cierto y negó «haber faltado el respeto a ninguna mujer”. La Fiscalía evaluó la denuncia y consideró que España no tenía jurisdicción para investigar los hechos. Pero Rebeca y Laura, a través de sus abogadas de Women’s Link, dijeron que no se rendirían, que seguirían buscando un acceso a la justicia.
Algunos compañeros me han dicho que la publicación de esta exclusiva les hace estar orgullosos de ser periodistas. No hablo solo de compañeros de elDiario.es, también de otros medios. Esto es de lo más bonito que me han dicho nunca.
La investigación no ha terminado porque siento que la historia se ha contado de manera incompleta. Seguimos trabajando en ella.
En tres noches, Alcalá Norte (el grupo) metió más gente en La Riviera de la que cabe en Alcalá Norte (el centro comercial). Con este alarde se despide Madrid de la gira que ha sostenido uno de los álbumes debut más exitosos de la historia del pop español. Y no es el único: hoy, 23 de diciembre, se ponen a la venta las entradas para un concierto que no tendrá lugar hasta dentro de un año y tres meses. En el Palacio de los Deportes de la capital. No se puede picar más alto.
Cuando salió su primer disco, Alcalá Norte ya se había metido a la mitad de sus fans en el bolsillo de sus pantalones pitillo. Ni siquiera algunos cambios en su formación les hicieron perder el norte, más bien al contrario. Con más de 80 conciertos a sus espaldas, el arrebatador carisma de sus componentes encontró un público que miraba al barrio —sea cual sea— con los ojos empañados de orgullo.
Ese sentimiento, elevado al amor más puro, transpiraba anoche en La Riviera. Había amor en la bota de vino que el batería Barbosa lanzó a la gente, después de pegarle un trago. Había amor en las prendas de ropa que la audiencia les lanzaba. Había amor en el power ranger verde que salió al escenario a bailar breakdance con 420N. Había amor en las caras absolutamente felices de una masa negra que de golpe se bañaba en luz blanca. Había amor en la teclista Laura de Diego, dibujando con su cuerpo una equis eléctrica mientras adoraba sus propias canciones. Había amor en esas gargantas madrileñas cantando los versos en catalán de Los chavales. Había amor en los músicos arrancando con delicadeza la cinta americana de los set list pegados al suelo, para repartirlos en primera fila. Había amor en las palmas de las manos extendidas hacia el escenario después de tres palmadas y tres sílabas bien marcadas: “¡Al-ca-lá!”. Y lo había, sin duda, en la mirada tranquila y sobria de Álvaro Rivas, que ya no era ausente o desafiante, como otras veces, sino absolutamente enamorada.
Rivas cantó La calle Elfo coronado con laureles (o similar), después de una verborrea tolkiana de Barbosa de la que no se entendió mucho pero dio lo mismo. El grupo ha puesto en el mapa una calle estrecha y oscura, una paralela a la calle Alcalá conocida si acaso por haber dado cobijo durante unos años a los estudios de Radio Carcoma, un viejo locutorio a pie de calle. En sus letras plagadas de mitología y nombres de filósofos, se cuela la vida de la que nunca nos zafamos, la de la duda, el dolor, la espera, la sed y la resaca.
Para redondear la noche, antes de terminar con La vida cañón, una de esas canciones-manifiesto como pocas, capaz de unir a cinco generaciones en una, Barbosa hizo notar lo simbólico de tocarla este pasado lunes 22 de diciembre, día del sorteo de la Lotería de Navidad, al cumplirse 90 años de la aparición en la revista Mundo Gráfico de un reportaje en el que algunos currelas de la capital soñaban con cómo cambiaría su vida si les tocara el gordo. Se acabaría eso de ver el teatro y los toros en asientos baratos. Viajaría de verdad: a Soria y a Burgos. Se pegaría la vida cañón.
Ser fan de Alcalá Norte es pegarse la vida cañón sin que te toque la lotería.
De este apoteósico concierto, el público se lleva muchas cosas. Una chica se llevó el jamón del rasca y gana. Otros, puros lanzados por Jaime Barbosa. Y otros muchos se compraron a 30 euros la nueva edición en dorado “peseta vieja” que ha sacado el grupo de su disco homónimo, que al parecer es como siempre habían querido sacarlo: más noble, mejores calidades. Merece la pena. Para el niño y para la niña, para el abuelo y la abuela. Y, lo más importante, un collage de fotos de la historia de Alcalá Norte, que aún hay quien los llama emergente o revelación y llevan ya seis años de versos y bares.
La fiesta no acaba aquí. Los chicos de Ciudad Lineal se llevan sus historias, sus power rangers y sus vinilos peseta vieja a Barcelona dentro de un mes, el próximo 24 de enero en el Sant Jordi Club.
Me toca bastante cerca la obra Los que hablan, escrita y dirigida por Pablo Rosal, que he visto hoy en el Teatro del Barrio. Malena Alterio y Luis Bermejo son dos personajes a los que les cuesta hablar. Van pillando cómo funciona la cosa y van haciendo lo que pueden. Su propia esencia como personajes les facilita la labor, de manera que usan a otros personajes para hablar por hablar.
Yo tengo grandes dificultades de habla. Tengo más de las que parecen porque me esfuerzo en esconderlas. Cuando parece que voy aprendiendo cómo funciona eso de hablar, es cuando más se nota que soy un personaje. Como personaje, solo voy bien engrasada cuando me escriben el guion.
He ido a una logopeda para consultar esto. Me ha dicho que no es tan raro lo que me pasa. Me ha puesto unos ejercicios que son como abdominales de la voz. Espero tener más éxito con la palabra que con la barriga.
Alterio y Bermejo llegan a decir bastantes cosas, pero se atascan si tienen que hablar sobre sí mismos. Es imposible, son personajes.
Al salir del teatro (sin salir del todo, en el bar), algunos miembros del Club del Tomate Bueno descubrimos que las mentiras —las palabras con truco— están ok, cuando son disparatadas. Ok a las trolas.
El viernes pasado, antes de la fiesta de mi periódico, conté una buena trola; estaba reciclada, en verdad, pero funcionó igual. Me hizo feliz.
Las trolas te curan la hipertensión y vienen con colesterol del bueno. Las trolas tienen Nutri-score A.
Me dice mi logopeda que respiro mal. Dice que cuando somos bebés lo hacemos con el diafragma y luego el estrés de la vida nos hace olvidarnos de eso, y ya solo respiramos con el cuello. Otra vez el estrés, mi palabra favorita. Yo me lo ato todo al cuello y por eso no me salen las palabras.
Los del Club del Tomate Bueno nos conocimos en un tren, luego comimos un tomate bueno, luego hablamos (qué paradoja) de la palabra, después calentamos aceite entre las manos y al final del día ocupamos la totalidad de un palacete en Úbeda.
Qué bonito es viajar, viajar es irse a otro lado, dice Luis Bermejo en la obra. Qué miedo da que te inviten a hablar a un sitio que no es el tuyo y vayas ahí solo para decir obviedades. Para eso, mejor no irse a otro lado. Para eso, mejor decir las obviedades en casa.
En las mesas redondas, siempre hay varios invitados (al menos uno) que son los que hablan. Quiero decir, que son los que saben hacerlo, los profesionales de esto, los personajes que cumplen magistralmente.
Y luego estamos los demás. Los que hablamos apenas. Los que hablamos con pena. Los que mendigamos al cerebro una palabra más, rogando para que no nos traiga una equivocada. Los que nos precipitamos a una frase sin saber cómo va a terminar, rodando despendoladas por el predicado sin asfaltar.
Los del Club del Tomate Bueno tienen un pacto. No puedo hablar mucho sobre ello en voz alta, pero puedo decir susurrando que en Jaén invocamos palabras que frenaron silencios. La conversación ha seguido en Madrid y Ana desbordó el silencio regalándonos esta belleza escénica que se pregunta si sabemos comunicarnos o no, si nos entendemos y nos escuchamos. Y yo prosigo el compromiso del Club regalándonos un nombre y un post, en tiempos de escribir corto y olvidar los nombres.
Por supuesto, las entrevistas que hago a las personas que admiro son las peores de mi carrera.
En este artículo revelo que fui yo la que le conté a David Cronenberg que el título de su película The Shrouds es en España Profanación. Su enfado provoca que unos días después, Filmin rectifique y mande una nota de prensa diciendo que ahora la película se llama oficialmente en España, Los sudarios.
“La distribuidora habrá pensado que Profanación era un título mejor pero The Shrouds es un título muy neutral, no es un título que dé miedo, no es un título religioso, mientras que Profanación sí lo es. La película no tiene nada que ver con eso y me parece que es engañoso. No me convence ese título y no me preguntaron qué pensaba sobre ello”, me dijo.
Lo más triste de todo es que no hemos podido ver la última película de Cronenberg en el cine, y esto sí que no me cabe en la cabeza.
Hoy hemos vivido un apagón eléctrico masivo. Comenzó a las 12:33. Me pilló haciendo una entrevista telefónica. Tenía el ordenador delante y noté que me había quedado sin internet. Otra vez me está fallando el router, pensé, y alargué la mano para desenchufarlo y volverlo a enchufar, mientras proseguía con la conversación.
Mientras estaba al teléfono, me llamó mi compañero Javier Zurro. Al colgar, le devolví la llamada, pero se cortaba a los pocos tonos. Al tercer intento, conseguí hablar con él. Me contó, desde Barcelona, que estábamos viviendo un apagón en toda España. Incrédula, comencé a presionar interruptores. «Pues es verdad, no tengo luz», admití.
Al poco, dejó de funcionar la telefonía y los datos móviles. Primero disfruté unos instantes de la casa sin zumbidos de los electrodomésticos. Luego, cogí una libreta, un boli, el móvil con 33% de carga, una batería portátil y mi acreditación de prensa. Me eché a la calle.
Me encontré a mi vecina Almudena, seria y preocupada. No tenía más información que darle, salvo que el apagón se había producido en España, Portugal y sur de Francia. Me dirigí al intercambiador de transportes de Avenida de América.
De camino, vi que el gran edificio de UGT de Avenida de América estaba siendo evacuado. Hablé con algún trabajador. “No sabíamos si era un problema de la obra que estamos haciendo. En el momento en el que nos hemos enterado, hemos pedido a todas las personas trabajadoras, entre 500 y 600, que abandonaran el edificio”, me explica Miguel Ángel Neilas, secretario de organización de UGT Madrid, en la puerta de la sede. Además, chequearon los ascensores por si acaso alguien se hubiera quedado encerrado, así como los garajes.
Seguí hacia la puerta del intercambiador. Pude entrar sin problemas. En el primer piso, los autobuses interurbanos salían y entraban. Pero en el segundo piso, un cordón cerraba el acceso al Metro. Hablé con una empleada. Me dijo que todos los trenes se habían detenido pero que no había nadie atrapado.
Ya no había ni 5 ni 4 ni 3G. A veces llegaba alguna ráfaga, o me sonaba la notificación de un push de la app de elDiario, algún mensaje por Telegram. De vez en cuando conseguía enviar algún texto, pero era imposible mandar una foto o un audio. Hablé con alguna persona más.
Tres trabajadores en la ciudad de Madrid pero residentes en Getafe, dos hombres y una mujer, esperan a la sombra de la puerta del intercambiador, chequeando sus móviles, a la espera de encontrar una manera de llegar a casa. Por un momento, les funcionan las aplicaciones de Uber y Cabify y están intentando acceder. “Estábamos en el metro, se ha ido la luz y nos hemos quedado en los vagones hasta que nos han evacuado y desde entonces llevamos una hora esperando”, explican. “A eso se suma que no hay internet ni llamadas y es un poco caótico. Como no va Google Maps y no somos de aquí, no sabemos la ruta que podemos tomar para llegar a casa. Enlazar autobuses está complicado para llegar al sur de Madrid sin conocer las rutas” dice uno de ellos. “Mejor estar aquí que con el tráfico, al no haber semáforos. Aunque pongan personal de tráfico no será lo mismo y al gente entra en estado de agobio y puede ser incluso más peligroso ir por la carretera”, afirma su compañero.
El cuerpo de seguridad que ha tomado el control del intercambiador es la Policía Nacional. Una patrulla municipal pasa a preguntarles si necesitan ayuda. Aún hay poca gente. En dos horas sí que la necesitarán, ya que por minutos se multiplica el número de personas que acuden para coger un transporte que les saque de la ciudad. Me cuenta una agente de policía que no pueden hacer mucho más que calmar a quien pregunta e intentar dar instrucciones sobre cómo llegar a sitios, si es que se saben la calle por la que les preguntan. «Le contesto casi como una civil», dice. No tienen más respuestas.
Vuelvo a casa momentáneamente, para ver si al alejarme de un punto en el que hay tantos móviles intentando conectar consigo pillar red. Bebo agua, me pongo crema solar y miro si puedo ponerle pilas a la radio. No funciona. Mi viejo radiocasete, mi primer equipo de música que me regalaron con quizá unos ocho años, en el que a día de hoy escuchamos la radio todos los días en la cocina, a diversas horas, diferentes emisoras, tampoco admite ya las pilas.
Más tarde, Alberto rescatará de un cajón un walkman hecho trizas que incorpora un transistor. Todavía funciona pero hace tanto ruido que parece que estamos intentando sintonizar Radio Pirenaica en la clandestinidad.
Me enfada lo mal preparada que estoy para esta contingencia, a pesar de que hemos bromeado mil veces sobre la mochila de supervivencia. No tenemos radios a pilas. Las linternas están en el trastero, al que se accede con huella, por lo que sería imposible entrar. Apenas tenemos dinero en efectivo en casa (consigo reunir 30 euros, no está nada mal, pues lo normal es que nunca haya nada). Miro las latas: poca cosa. Congelado hay más. Me pregunto cuánto aguantará la nevera.
Vuelvo a la calle. No para de llegar gente al intercambiador. Hablo con Hugo y con su madre. Él resulta ser socio de elDiario.es. Hugo espera el autobús de Alcalá de Henares para que lo coja su madre y vuelva a casa. El apagón les pilló en el hospital para ver a un familiar enfermo, donde se fue la luz pero inmediatamente se activó el grupo electrógeno, “un poco de revuelo entre el personal del hospital pero sin mayor sorpresa, dentro de lo que cabe, normalidad”, explica. Han esperado durante 25 minutos el autobús. Eso está muy bien, considerando lo que llegará después. Intentaron llamar a los familiares para ver si estaban bien pero, con las comunicaciones caídas, no lo habían conseguido. “Esto viene bien como recordatorio para nuestra sociedad de la dependencia que tenemos frente a la electricidad”, me explica.
Hugo es profesor de instituto y hoy está de huelga. Ya intuye que Madrid no estará como para que se pueda celebrar la manifestación convocada para la tarde. “Es una lección para los chavales que son nativos digitales y han crecido con un móvil en la mano y lo necesitan para todo. Y también nos viene bien como toque de aviso para que empecemos a centrarnos en lo valioso. Somos una sociedad muy egoísta, centrada en sí misma y ahora nos damos cuenta de que en realidad dependemos de las personas porque son las que hacen funcionar la sociedad y no internet”, reflexiona, tras despedirse de su madre al tomar el autobús con dos besos rápidos en las mejillas y dirigirse a buscar su coche para intentar llegar al Ensanche de Vallecas, atravesando un Madrid atascado.
Paloma y Laura se han conocido en el autobús de vuelta de Zaragoza y a la hora de cargar el abono transporte se ha caído el sistema. Laura quiere llegar a casa de su hermana, que es la que vive más cerca pero no sabe cómo contactar con ella antes de llegar, “porque supongo que los telefonillos tampoco funcionarán”. Paloma (que es oyente fiel de Un tema al día, estoy también me alegra oírlo) trabaja en televisión y ya va descartando que hoy pueda hacer nada. “Estamos colgadas pero hemos hecho piña entre las dos. Vemos a gente que habla por teléfono y no sabemos de dónde cogen la red”, añade Paloma, que quiere llegar a Carabanchel. Laura quiere llegar al Barrio del Pilar y se plantea hacerlo andando, pues tiene en la cabeza el mapa mental de Madrid y sabría cómo hacerlo.
Vicente es un vecino del barrio. Es un taxista de baja. Tiene una radio en la mano y de vez en cuando se para gente a escuchar. También aprovecha su experiencia como conductor para guiar a la gente hacia las calles sobre las que le preguntan. «No soy conspiranoico pero…», me dice.
No es lo normal que alguien sepa llegar callejeando de Prosperidad al Barrio del Pilar, salvo quizá dirigiéndose hacia el norte. La mayoría de la gente no sabe llegar a los sitios sin el GPS. Cómo se llega a tal lugar andando es la pregunta más habitual en las puertas del intercambiador, a la Policía, a los trabajadores de Metro, a otros viajeros, a alguien que pase por allí, a Vicente. Una mujer con una maleta quiere llegar a Arturo Soria. Varias personas discutimos sobre cuál es la mejor manera. Vicente propone que vaya por Corazón de María. Otra mujer opina que debería bajar por Cartagena. Yo insisto en que es mejor el camino más largo pero sencillo, por Francisco Silvela. Quiero hacerle un croquis pero no me da tiempo, opta por el camino más corto que le indica otra persona.
Las puertas del intercambiador se han convertido en un gran embudo y se cierra el paso ya desde arriba. Solo dejan entrar a los pasajeros con billete de larga distancia. No todo el mundo tiene claro qué se considera larga distancia. Algunos dicen que Guadalajara les parece que es una distancia bastante larga. Mucha gente busca la sombra y se han sentado contra las paredes de la bocacalle que da al metro.
Miro la hora. Eleonor debería llegar a casa dentro de poco del instituto. No quiero que llegue y no sepa dónde estoy. La espero en casa. Un buen rato después, toca con los nudillos a la puerta. Precisamente hoy se ha olvidado las llaves en casa. Estuvo un rato esperando en el portal porque no funcionaba el telefonillo (como imaginaba Paloma) y le daba vergüenza llamarme a gritos. Ni que no lo haya hecho toda su infancia. Pero ahora tiene 13 años y hay tantas cosas que le dan vergüenza.
Espero a Alberto mientras me como un sándwich rápido. Llega después de caminar algo más de una hora desde El País a casa. Por la calle Alcalá ha visto de todo: una predicadora anticipando el Apocalipsis, una casa de empeños hasta arriba de gente, un coche con la radio encendida y las puertas abiertas, un conocido presentador de televisión andando rápido y firme en dirección a su plató.
Con ellos en casa y ya tranquila, cojo la moto y voy a la redacción de elDiario.es en la Gran Vía. Hay que conducir con mucha precaución, no funcionan los semáforos pero hay muchos agentes de movilidad. Se trata de ir con cuidado, sin correr, mirando bien en los cruces. Hay bastantes cruces y pasos de cebra en los que hay que autogestionarse. Observo que por lo general los peatones son mucho más solidarios que los coches. Me enfadan las ansias de los conductores por pasar sí o sí, por acelerar, buscar el hueco, no generar espacios de seguridad.
La policía no me deja bajar por San Bernardo. He tenido que dar varias vueltas hasta llegar allí pues muchas de las calles anchas estaban cortadas. Aparqué la moto en la glorieta y bajé cruzando Malasaña.
Malasaña era una fiesta. En la plaza del Dos de mayo, la gente jugaba a la pelota, no solo los niños, y también con unas raquetas ligeras. Muchos habían sacado las sillas a los portales. Algunas personas leían libros (¡leían libros!). Se jugaba a las cartas. Se bebían cervezas. Se hablaba en grupos. Se escuchaba la radio.
Llego a la redacción. Allí no hay un sistema de electricidad de reserva y no hay mucho que hacer. La portada y las piezas principales se están manejando desde fuera de la península e incluso fuera de España. Se han podido subir bastantes piezas pero no sé quién las estará leyendo.
Estoy un rato largo allí pero me voy antes de que anochezca. Cuando camino de vuelta por Malasaña, mientras la luz se va recuperando progresivamente en algunas calles. Cuando conduzco de vuelta, algunos semáforos funcionan y otros no. Por ello, es incluso más peligroso que a la ida. De nuevo tranquilidad, lentitud, serenidad, policías dirigiéndome por desvíos. Menos mal que llevo el mapa de Madrid en la cabeza. Conozco muchas calles. Me molesta depender de Google Maps. Mi padre me enseñó que el mapa de Madrid había que sabérselo de memoria; me regaló un callejero y yo me lo estudiaba. Casi siempre me pierdo más cuando uso el gps que cuando me fío de mi intuición, al menos en Madrid.
Una vez en casa, subimos a la azotea. Se veían las estrellas, una cosa rara en Madrid. Mientras estábamos allí, oímos aplausos y alborozo. La luz estaba llegando a Prosperidad.
Algunos asistentes al concierto de The Horrors el 6 de abril en Madrid —tras su paso también por Santiago de Compostela y Barcelona— se sorprendían al descubrir en una rápida consulta a sus teléfonos móviles que el grupo británico tiene una carrera de 20 años.
Muchos no los descubrieron hasta su segundo trabajo, Primary Colors (2009), un disco sobresaliente producido por el artífice del sonido de Portishead, Geoff Barrow, que les ayudó a dejar atrás el lacerante garaje rock de su primer disco para incorporar teclados y colchones electrónicos con los que construir unos temas de gran belleza y eficiencia pop.
Los que miraban de reojo la Wikipedia, verían el notorio listado de géneros musicales que aparece en la caja de información artística. Hasta nueve géneros, algunos tan dispares como el horror-punk (sea lo que sea eso) del shoegaze (ese pop dopadísimo de efectos que obligaba a los guitarristas a mirarse los zapatos para pisar los múltiples pedales).
En cualquier caso, ese “horror-punk” (o garaje punk oscuro) que forjó su espectacular debut Strange House (2007), está olvidadísimo, tanto en los fans como en los set list, del que no tocan ni una sola canción, pese a que tenía auténticas bombas de nitroglicerina como Gloves, Count In Fives o Sheena Is A Parasite, además de una inolvidable versión de Jack The Ripper.
Se parecen tan poco los Horrors de hoy en día a los de su primer concierto en Madrid, el 7 mayo de 2007, como el Nick Cave actual al de Birthday Party. Aquel concierto todavía se recuerda como uno de los mejores que se han visto nunca en la capital. En él, el cantante, Faris Badwan, no paraba de trepar por las redes y aparejos que por entonces decoraban la sala Moby Dick, y en un momento de éxtasis se lanzó hacia la bola disco que colgaba del techo, la cual se desenganchó, para acabar estrellada en la nariz de uno de los asistentes, que salió de allí con la cara ensangrentada, pero feliz. Hay vídeos que afortunadamente lo atestiguan, porque si no, creeríamos que lo soñamos. Al terminar la actuación, unas jóvenes fans se lanzaron a los pies de Tom Furse, uno de los miembros que ya no forman parte del grupo, para agarrarle los tobillos y así impedir que abandonara el escenario. Furse dio dos pasos atrás, asustado, mientras agitaba las manos diciendo que no.
Los inconformistas The Horrors se han caracterizado por dibujar una carrera de seis discos en el que no hay uno igual. Cada álbum le pega a un género diferente. Decían que se aburrían y que no querían ser ‘un grupo de garage’ o ‘un grupo de dreampop’, que no querían repetirse. La nefasta consecuencia de esta vía constantemente experimental es que han acabado siendo un grupo sin sonido propio.
Y eso se demostró en el concierto de este domingo en la sala Mon de Madrid, promovido por Primavera Tours, donde se intercalaban canciones de su nuevo disco, Night Life (2025), con el que parece ser que ahora quieren ser un grupo de rock, con los temas dreampop de Primary Colors (entre ellos, los magníficos Mirror’s Image, Scarlet Fields o Sea Within a Sea), o la poppie Something to Remember Me By de su disco V (2017).
Las nuevas canciones no han hecho sino intensificar lo que ya se venía viendo antes de su periodo de descanso y reformación —han pasado ocho años desde su último disco, tres desde que publicaran una última canción y otros ocho desde que no tocaban en Madrid, además de la sustitución de dos de sus componentes— que sus conciertos son un caos musical. Es difícil generar una actuación compacta, con sentido y que pretenda expresar algo cuando unas canciones son tan diferentes de otras. El clima sube y baja, el público responde indiferente —con las nuevas— o se activa de repente —con las canciones que conoce y puede corear— y todo suena, en general, festivalero.
El concierto estaba sold out y la sala se quedó pequeña. Parecía evidente que tanto el grupo como el público actuaban como si estuvieran en el escenario de un festival, sin estarlo. The Horrors han convertido su sonido en ese tipo de producción que funciona tan bien en espacios al aire libre y ante muchos miles de personas. Además, el tono rock de las nuevas canciones, lo favorece. Pero, en una sala como esta, el resultado es paradójicamente contrario: frialdad.
Lo que sí continúa invariable en los conciertos de The Horrors es su pasión por la brevedad. Una hora hasta el falso adiós, hora y cuarto incluyendo el bis. Los conciertos cortos tienen sus detractores —especialmente aquellos que calculan la rentabilidad en términos euro del precio de la entrada por minuto— pero hay que admitir que deja mejor sabor de boca ser parco que ser cansino. Resta una última fecha de la gira de presentación de Night Life en España, con el concierto de este lunes 7 de abril en Valencia, en la sala Moon.
Se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo sobre El odio, de Luisgé Martín. Cuando parecía que los libros habían sido reducidos a su categoría de producto, con el regalo (por parte del lector) y la creación de estatus (por parte del escritor, y también un poco del lector) como sus funciones principales, aparece uno que nos revuelve y nos obliga a debatir (*).
Hay debates interesantes, como este que se dio la semana pasada en Carne Cruda, donde la orfebrería radiofónica fue capaz de componer una hora de programa con voces que opinaban diferente y pudieron exponer sus matices. Pero en el ágora de discusión por excelencia (después del bar), las redes sociales, no vi debate sino una virulenta defensa de la no publicación del libro, con el objetivo de proteger a Ruth Ortiz, la mujer a quien José Bretón quiso infligir (y lo hizo) un dolor extremo e infinito, como no se me ocurre otro más atroz, matando a sus hijos.
Que también fueran hijos de él, no pareció importarle. No había nada por encima de la venganza. En el libro de Martín, Bretón pretende ver su versión: no lo hizo por odio, sino para que los niños no se criaran con la familia de ella. El escritor, que admite que llega a sentir simpatía, y piedad, por el asesino, no le compra ese punto, se lo rebate.
Una búsqueda de la palabra Anagrama (la editorial que publica El odio) en X basta para encontrar ese tipo de mensajes a los que me refería. En general, casi todo el mundo que nombra a la editorial, propone un boicot o bien le dedica algunas palabras de desprecio. Dicen de ella que «justifica la morbosidad», que respalda «un libro que nunca debería de haberse publicado» (aunque se ha impreso, en verdad no se ha publicado, no se ha hecho público, solo los periodistas tenemos copias) y otro decía que es «increíble» que Anagrama «se ofrezca a lucrarse con tremenda desgracia». Hay un mensaje que tiene más de cinco mil me gustas que dice: «Hay que ser muy hijos de puta, para que la editorial Anagrama publique el libro del criminal José Bretón que quemó a sus dos hijos». Una cuenta que se identifica como «grupo de trabajo estatal de Podemos Feminismos» califica la decisión de Anagrama de no suspender la publicación del libro sine die de «victoria feminista» porque la novela «revictimizaba a la madre y glorificaba al asesino». «No volveré a comprar nada de Anagrama», dice Barbijaputa (mil likes). «Anagrama dice que está en su derecho a torturar a una madre dando publicidad y pasta al asesino amparándose en la libertad de expresión. Literatura de muerte y dolor hacia las víctimas». dice Zaida Cantera (89 likes). Estos son algunos de los comentarios con más reacciones.
Por otro lado, se han publicado unos cuantos artículos muy interesantes. En la línea de lo que yo pienso está Marina Perezagua con Mirar el abismo: cuando el dolor pide silencio y la libertad exige palabras (Jotdown). Los artículos son habitaciones de pensamiento algo más amplias que los tuits. No obstante, te pueden arrastrar al mismo barro social. Perezagua contó en el programa de radio que he mencionado antes, que ese artículo le ha valido insultos y pérdida de amistades.
Ninguna de las personas que escribió esos comentarios en redes han leído el libro ni lo quieren leer. No necesitan leerlo para tener una opinión al respecto. A mí me pasó lo mismo: no necesité leerlo para tener una opinión al respecto. Un derecho individual no está por encima de un derecho colectivo, al menos no mientras un juez no mueva esa línea y diga que este libro vulnera el derecho a la intimidad o al honor. (Hay otros peros jurídicos que no explicaré aquí, son complicados y nos desvían del tema, pero que también puedan ocasionar que el libro no se pueda leer). No obstante: he leído el libro.
Lo he leído con mucho interés porque quiero saber más sobre la maldad. Es parte del ser humano. ¿Qué se dicen a sí mismas las personas que cometen atrocidades? ¿Qué hacemos los demás con todo eso? ¿Miramos hacia otro lado, donde brille el sol y los cruasanes huelan a tierno? ¿O somos capaces (o soy capaz) de escuchar, reflexionar, pensar sobre el horror con cierta serenidad?
El libro me ha decepcionado. Es un libro fallido porque no responde a las preguntas que plantea. Sales de él igual que entraste, o quizá peor. Dice Luisgé Martín que desde el primer día que supo del asesinato, quiso escribir sobre ello (dice que iba a ser un libro a medias con Marta Sanz, pero luego no explica porqué ella se descuelga) y la obsesión le ha perseguido todos estos años. Dice que entiende el asesinato de una persona pero no del hijo propio. Por eso escribe el libro, para entenderlo.
Luisgé Martín es un novelista y lo que realiza aquí es una novela de no ficción. Toma sus decisiones (artísticas, que ineludiblemente son también morales) y se atiene a ellas. No crea un reportaje, un ensayo, una investigación ni mucho menos un acto de reparación. Crea su novela, en la que hay dos personajes principales: José Bretón y él mismo. Son sus decisiones artísticas.
En el pódcast de Un tema al día (en el que mis compañeros Juanlu, Marcos y Carmen fueron capaces de extraer de mí algo inteligible entre mis imprecisiones y anacolutos) ya comenté que he comparado mucho El odio con La ciudad de los vivos, de Nicola Lagioia. Esta última me parece una obra maestra. Parte también de la obsesión de un escritor con un crimen, pero sus ambiciones están muy lejos de las de Luisgé Martín. Este último (lo digo tras la lectura) me da la sensación de que se conforma con escribir un relato asequible.
Esta es quizá la máxima irresponsabilidad del autor y de Anagrama: haberse permitido ser asequible con una historia en la que hay tanto dolor vivo, que puso en shock a la sociedad entera, que es la historia de violencia vicaria más importante que hemos vivido este siglo. Una historia como esta merecía otras pretensiones para conseguir un libro mejor.
Uno de los aspectos en los que creo que el libro se queda corto es cuando Luisgé Martín sospecha que Bretón le está manipulando. Ojalá hubiera entrado a abordar ese peligro mucho más a fondo. Pero Martín lo gestiona preguntando a sus amigos.
La sensación al acabar el libro es que sí, que Bretón está «entusiasmado» con el «proyecto» de este libro porque le permite seguir utilizando las vías que encuentra para seguir construyendo su «casa»: «En la calle soy un mierda pero en la casa mando yo».
He oído decir que el limite a la libertad de expresión está en el dolor de las víctimas. Creo que eso está muy errado. Me preocupa que el dolor sea la frontera de las cosas. Que nuestro límite sea no sentir dolor. Que hagamos con el dolor como con la fiebre: paracetamol y dejar de sentirla.
Pienso mucho en Ruth Ortiz estos días. Me pregunto cómo sigue una con su vida después de esta violencia extrema. El libro no da, ni por asomo, ninguna pista sobre eso. (Tampoco lo pretendía). Siento mucho que todo esto le haga revivir el trauma. Quiero creer que había otras maneras de gestionar esta publicación. En especial una que hubiera evitado que ella se enterara por la prensa de la existencia de este libro.
(*) Aunque el debate no ha ido muy lejos. Como dice Íñigo Domínguez en El País: «Perdí pronto la esperanza de que el debate sobre el libro de Luisgé Martín siguiera siendo interesante».
Ese lugar estrecho entre el horror y la fascinación lo descubrí la primera vez que vi Terciopelo azul. Y ya no he vuelto a salir de ahí.
Yo no sabía quién era David Lynch el 14 de noviembre de 1990 pero mi hermana (que era mayor que yo y estudiaba cine) advirtió de que, al día siguiente, pondrían en televisión algo que no debía perderse, que ese día se ponía Telecinco en casa. Luego me dijo: es una serie que ha revolucionado la televisión, quizá deberías verla. Yo tenía 15 años.
Yo tenía 15 años y 35 años después recuerdo en qué lugar del sofá estaba sentada, cómo era la luz que entraba por la ventaba del salón y qué sentí en mi cuerpo durante los títulos de crédito de Twin Peaks.
Después de ese día, intenté no perderme ningún capítulo, a pesar de que sufría una gran inquietud y, con frecuencia, miedo. Miedo real. Prefería no verlo a solas.
Aquella impactante experiencia como espectadora me alejó del lugar seguro en el que había sido, hasta ese momento y salvo excepciones furtivas, la pantalla del televisor.
No sé cuánto tiempo pasó entre ese día y el descubrimiento de Terciopelo azul. Supongo que uno o dos años. El día que di play al VHS de Terciopelo azul, dejé de ser una niña.
Durante sus tres primeros minutos fui abducida a un lugar estrecho entre el horror y la fascinación del que no he vuelto a salir. Desde entonces, existe ese lugar estrecho, y luego está todo lo demás, que apenas me interesa.
El horror y la fascinación. Me pregunto si son dos fuerzas que chocan o dos ingredientes que se mezclan. Si ellos ponen el horror y yo la fascinación. O si son dos emociones que coexisten y ninguna se impone a la otra.
Esos tres minutos en los que vemos la vida apacible y feliz (pero bajo una mirada tensa), interrumpida por la molestia que pasa indiferente del hombre -el padre de Jeffrey (Kyle MacLachlan)- que sufre un ataque y cae al suelo mientras la manguera sigue regando y el perro lo toma como un juego con el chorro de agua. El encuentro sin palabras de Jeffrey con un padre que es casi un cadáver viviente. El regreso a casa y el hallazgo entre la hierba de una oreja cubierta hormigas.
Como mi adultez recién estrenada, me pregunté qué tipo de mujer sería yo: si una Laura Dern o una Isabella Rossellini. Yo no quería ser como la limpia Laura Dern, con su ropa de color pastel, sus remilgos y sus irresponsables ganas de vivir aventuras. Yo sentía que quisiera o no, yo era la cantante turbia que interpreta Isabella Rossellini, con sus labios rojos, sus ojos oscuros y su miedo; violada, testigo y objeto de la maldad de los hombres.
De todas formas, había algo fascinante en Laura Dern que me atraía. Bajo su ausencia de voluptuosidad hay una rendija morbosa, una disposición a la corrupción.