Olor a hierro metálico

Algunos días no bajaba nadie a los columpios. Es posible que fuera demasiado tarde, o demasiado pronto, o demasiado domingo. Pero también es posible que la culpa fuera mía. Ahora me importa más que entonces. Hoy sufro de rabia y venganza, en aquellos tiempos lo que me dominaba era la melancolía. Hacía viento. Frío de fin de semana invernal a esa hora en la que los padres juegan partidas de cartas inacabables encerrados en caravanas aturdidas de humo y calor eléctrico. Me pregunto dónde están los niños. Porque allí no están. Yo allí estoy a solas con el ruido del anorak mientras el abrigo y yo trepamos a lo alto del tobogán, que es verdaderamente alto. Amarillo, como los columpios que no tienen que aparentar ser divertidos antes de montarte en ellos. Desconchados de la pintura que se descama en sus barrotes, huelen a hierro y riesgo. Sentada en lo más alto no me tiro. Apoyo la cabeza en esas agarraderas que usamos para no perder el equilibrio y atardece sin prisa ahí enfrente, en un Campo de los Toros sin límite hasta donde alcanza la vista, que desde mi almena es un poco más allá.