Feria do Libro da Coruña. Voy a la presentación de Eume de César Antonio Molina para descubrir cómo se defiende un ministro cuando se quita la gorra de ministro y lo que descubro, finalmente, es otro tipo de cosas. Entre ellas, que si a uno le invitan para escudar a un amigo, o al menos conocido, o sino sencillamente colega, resulta desagradable ocupar la palabra durante el 95% del tiempo. La impresión con la que me fui a tomar mi café sólo con hielo al Copacabana cuando temrinó el acto fue: para lamer calcetines, mejor hacerlo en privado. Deberían haberme advertido de que tras escuchar impacientemente los análisis, confesiones y predicciones del director, del ilustrador, del fotógrafo y del filósofo, me esperaban apenas cinco minutos de discurso de agradecimiento en un gallego rudo y sin acento del protagonista de la convocatoria. Que todo aquello era un homenaje al fluir, fue lo único que saqué en claro. Pero no sólo el poemario y su título, sino también el acto en sí, y yo en él, y la memoria en ello y este verano en mi vida.
Un segundo descubrimiento, más importante, fue la voz de la poeta gallega Estíbaliz Espinosa, cuyo nombre me resonaba de la antología de mujeres poetas As Sonoras de Cordas. Le pidieron que leyera unos poemas de Molina y en sus labios fluyeron espumosos. Me emocioné siendo consciente de que su lectura en papel me habría traspasado como agua siendo, en realidad, los matices de un idioma bello en su voz vibrante y sus ojos hipnóticos lo que me sedujo de un plumazo. Su atuendo y maquillaje -la de una gótica en horario diurno, agosto y acto oficial- ridiculizaba en cierta medida el deplorable sport mimético de los invitados, el plástico blanco de la carpa, la moqueta falsa, la sonrisa del coruñés ocioso en temporada de festejos. Y eso sí que lo celebré.
Cuerdas bocales
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