Hay unos días en agosto -y esto sucede milagrosamente cada año de igual manera- en los que el verano ya puede darse por perdido. Lo dejas morir a la desesperada, aún hace calor pero ya da igual, las calles todavía se ofrecen a la noche templada pero total para lo que queda. Y así, con esta perra idiota, desperdiciado y ninguneado, el estío se hace ajeno, la temporada añicos y las esperanzas de unas vacaciones como las de antaño se evaporan, una vez más. En la boca un sabor amargo, a adrenalina cuajada.
Soundtrack for the blinds
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