Escribir sobre las muertes me hace dejar de creer en ellas. Se convierten en un titular irreal, en muertes aún más ajenas. Antes, abrir el periódico y conocer que Carmen Martín Gaite había muerto era un acontecimiento devastador. A cada línea de reportaje el hígado se encogía aún más. Ahora una muerte es un urgente, un darse prisa, una ampliación, un titular. Una muerte es decidir si la foto de viejo o de joven. La muerte es la vida contada en orden cronológico con títulos de obras o películas seguidos de años entre paréntesis. Sus muertes son la llegada de reacciones, las condolencias, las valoraciones. Una muerte es quedarse sin comer y volver tarde a casa. También es despertarse a las seis de la mañana con un sms. La muerte es el tanatorio, el velatorio, el crematorio, el cementerio. La vacante y la viuda. La muerte es el día siguiente, cuando ya no importa tanto, el titular cae y cambia y el cuerpo se enfría.
Muere, fallece, desaparece
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