Te leo. Te leo y te leo y te leo. Y, a veces, me acuerdo del tono de tu voz y de tus palabras formando frases y me alegro de que no sean igual que tu escritura porque el otro día me dijo mi hermano, por teléfono, «espero que escribiendo seas mejor», porque sin duda hablando soy una torpe, una negada, una imprecisa. Me gusta que en persona no seas tan puto. Porque los hay al contrario y no se puede conversar con ellos.
Te leo.
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