Comenzó como una batalla perdida de antemano. Enferma (yo), insoportable (la semana). Sacar un pie de la cama me parecía una declaración de guerra. Fui avanzando, como pude, agotada (yo), entera (la semana). Es raro cuando ves a alguien que avanza con una cara extraña hacia un grupo de personas entre las que te encuentras y, aunque no te mire, sabes que tiene un mensaje para ti; esa cara es por ti. Es una premonición parecida al sonido del teléfono cuando trae malas noticias, ya las conoces antes de descolgar. (Yo aún recuerdo el estruendo agudo de aquella llamada de teléfono, en casa, hace muchos años). La sala en la que estábamos haciendo la reunión de previsiones es una caja de cristal, como todos los despachos. Cuando vi a la secretaria acercarse hacia nosotros no dejé de observarla ni un segundo. Irrumpió en la reunión y me miró, dijo que tenía una llamada urgente. Ese tipo de llamadas sólo significan un tipo de cosas. Añadió un nombre, el nombre de la persona que me llamaba. Y eso sí fue tremendamente impactante. Escuchar su nombre (tu nombre), que yo oí con cierto eco, en el silencio de la conversación interrumpida de mis compañeros de trabajo que dictan sus futuribles, sus esperanzas de día, sus titulares. Su nombre (tu nombre), algo tan propio, tan íntimo, sonó como un desgarro en el cielo, algo parecido a como cuando Superman coge al vuelo a Lois Lane. Las horas de urgencia dieron paso a los días y las noches de sanatorio. Un The Kingdom regido por la Virgen de los Milagros, la madera noble, los tapices y las lámparas de cristal. Los secretos de las habitaciones de puertas tan anchas, la pegatina raída de Radiocadena del Water La Voz de la Experiencia en el ascensor. El cuadrado circular de cada planta, el café para llevar de la cafetería. Después, fue el tiempo de las infecciones atacando mi cuerpo y las botellas de agua, una tras otra. En un plano paralelo seguían sucediendo cosas. Dos cosas. Familias tambaleadas y equipos golpeados. Me pregunto, ¿qué siente uno cuando le dejan? Rencor. Y, no sé porqué, un poco de humillación, como si fuera víctima de una broma en público. Este abandono, del que no entendemos porqué nadie habla, nos deja en shock, por sentir que nos deja en algún lado. Pero en realidad nos deja solos y en tierra de nadie. El shock, al menos, hace compañía. Qué arma tan poderosa la cobardía, cómo destruye de un soplido castillos de confianza que antes fueron sillares y ahora son como naipes. Ser cobarde es, además, contagioso, porque uno se escuda en lo que hizo aquel; si lo hizo aquel, tan mal no estaba. Y así, poco a poco, rebajamos el nivel de lo digno y nos tragamos cualquier cosa. La expresión «proyecto personal» se ha devaluado hasta no significar nada. Peor, hasta la categoría de eufemismo. Como ha dicho hoy mi madre, en un acto lejano al homenaje y próximo a la destrucción: «¡a la mierda!».
Semana negra
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