Como dice el verso de la canción de Covenant, así se queda agarrado a mi memoria el viento frío de este fin de semana. En invierno salgo poco, me desagrada el frío aunque es reconfortante entrar a un bar o un club y despojarse de chaquetas y abrigos. Pero con este fin de semana he compensado muchas carencias de los dos últimos meses.
Ha sido largo, y comenzó el jueves en Valencia, donde fui a pinchar (de la mano de Catalina Isis), al festival Overbooking,que ha terminado hoy. Primero pasamos por el 47 Social Club donde el pequeño sello Minuendo estaba realizando un showcase. Y después cruzamos el Carmen para llegar al Picadilly, donde yo pincharía. Un ex puticlub que aún conserva en su distribución y parte de su decoración el antiguo uso que me llevó a pinchar (¿me poseyó?), al final de la noche, cuando sólo quedaban los restos, canciones tórridas al estilo del Touch me de Sara Montiel. Laura del Nasti (han abierto uno allí y para allá que se ha ido) hizo con mi cámara un reportaje fotográfico estupendo, en un ineludible tono fotolog, de la gente mientras yo pinchaba. Lo he subido a Flickr.
El viernes acudí a la llamada del concierto de Covenant y me lo pasé en grande, a pesar del frío glaciar que atormentaba la sala Heineken. Imagino que lo trajeron ellos de Suecia. Durante el concierto pensé que tenía que escribir un post con un top de escandinavos favoritos.
En la puerta, antes de entrar, sucedió un fenómeno paranormal que comentamos con Pedro: ¿qué hacían todas aquellas señoras, TEÑIDAS, en la puerta de la sala? Igual venían a ver a la Orquesta Cobenan, no sé. Eran muchísimas. Era perturbante, de verdad. Y el sábado fue una gran noche de turismo noctámbulo. Del concierto de la divina Róisín Murphy, al aftershow donde pinché. De ahí al Transmission, de ahí al Elastico, de ahí al Oui, de ahí al Low y de la gran vía en taxi a casa. Pero bueno, a ver, un poco más despacio.
Fotos en La Riviera de Manuel Bartual El backstage de La Riviera es un laberinto de estrechos pasillos. Cuando regresaba de guardar mis discos en la oficina de producción, antes del concierto, me dí cuenta de que no había memorizado bien el recorrido. Lo hice charlando con Lluis de Sinnamon y me pareció sencillo. Además, no era la primera vez que lo hacía. Pero vi todas las puertas cerradas y me despisté. No era la única, Róisín también se había perdido. Ella no encontraba el baño y yo no encontraba la salida. Faltaban diez minutos para que empezara el concierto, siempre es aconsejable un pis rápidos ante de subir al escenario. Empezamos a abrir puertas y nada. Le deseé la mayor suerte del mundo a la hora de encontrar el ansiado cuarto de baño mientras afrontaba mi destino de encontrar alguna puerta que me devolviera a la muchedumbre. Al poco me encontré a Miranda! sentados en la mesa de uno de los balcones. Qué ganas tenía de hablar con ellos, después de varias visitas a Madrid nunca pude coincidir. Hacía mucho tiempo que quería conocer a Juliana y resultó ser tal y como la esperaba, un encanto. Lo único malo es que yo quería pinchar una canción de Miranda! en mi sesión (como había hecho el jueves en Valencia) así que les invité a quedarse sabiendo que me moría de vergüenza si les pinchaba. No lo hice, me aguanté las ganas y disfruté mucho viéndoles bailar delante de la cabina. Y no sólo ellos… es tan tan cool ver bailar a la gente con las canciones que tú eliges. Por eso adoro pinchar, porque me encanta bailar mientras pongo canciones y ver como, delante, la gente disfruta, sonríe, canta, salta, sube los brazos, se miran, acarician, te miran y dicen «¡sí!». Es genial.
Hace años (pongamos 1999), cuando empecé a pinchar, creía que la mejor actitud era la del dj frío que, desapegado de la escena, está más allá de ella. Este concepto lo heredé de Aldo, que es un maestro en eso. Por eso nadie se mete con él, porque crea un muro de respeto entre la pista y la cabina. Y entre el resto del mundo y él. Yo quería ser así también. Pero hace tiempo descubrí que no es eso lo que me gusta, que no es ese el tipo de dj que quiero ser. Mi referente no es Chris Lowe. Tampoco una M.I.A., que es la antítesis que se me ocurre. No sé en realidad quién. Pero lo que me gusta es bailar igual que lo hago en el salón de casa y ver cómo los demás se contagian. Quizás no sea tan elegante…
Me gustó mucho la inauguración de la noche Transmission en sábado. Cuando llegó estaba pinchando Reyes aka Flove y había mucha gente, pero no ese público que rellena los jueves a las tres de la noche, sino las personas que tienen que estar. Ni góticos ni indies, sino ese mar de nadie al que yo también pertenezco. Gente que no encaja y que en algún sitio han de beber sus tragos de bourbon. Por cierto, me encantó ese brindis. (Aprovecho para decir: el Clan ha muerto, viva el Clan).
Quería ver algo del concierto de Humbert Humbert en Elastico así que nos fuimos para allá. Ahora sé que fue un error. Estuvo bien recorrer varios sitios y comprobar qué sucede en un lugar cuando tu estás en otro pero, experimentos de ubicuidad aparte, un rato más en el Transmission hubiera sido más agradable que la cola del Elastico, los empellones, el fatal concierto del grupo, las canciones que se pincharon después, el público elástico (básicamente ochoymedistas) y el agobio. Por otro lado me parece UN GRAVE ERROR que hayan abandonado los uniformes. ¡Y que estén haciendo baladas! Ya sola, puse rumbo al Oui, donde pinchaba Cocó, ya terminando. Todos los demás se habían ido salvo Juliana, que levantaba la fiesta bailando. Me uní a ella. Cocó pinchó Vuélvete underground y me pareció un momento precioso. Me tomé con La Rara -a quien hacía tiempo que no veía y me alegró el reencuentro- un excelente chupito de vodka con limón recién exprimido que me puso de un excelente buen humor. Estaba riquísimo, me sentó re-bien (por dejar que se me pegue un poco alguna expresión argentina) y expulsó de mí los últimos fríos. De allí fuimos al Low, que también estaba abarrotado. Pinchaban Hot Chip. Nos tomamos una copa, pero ya olía a final de la noche. Bailamos un rato, hablamos y pusimos rumbo a la hazaña más difícil de la noche (mucho más que conseguir entrar al Elastico o ubicarse en los camerinos de La Riviera): encontrar taxi en Gran Vía. Cazamos uno. Dejé a Juliana en su hotel y regresé a casa despejada, contenta, soñando con el alba y la llegada de milord. Así deberían ser todas las noches. Mínimo exigido o, con este frío, no asomo la nariz fuera de esta habitación.
Como susurros en lo oscuro
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