Cero y treintaiuno

He perdido la única hora disponible que le quedaba al día subiendo y bajando por el iTunes y, qué mierda, no he encontrado absolutamente nada que quisiera oír. He picoteado aquí y allá y nada me ha reconfortado. No quiero acabar el día así, quiero que una canción impresionante me mande a la cama.

He leído tres post antes de abrir el admin de The Last Dance. En el de Rubén afortunadamente había algo nuevo por leer. Luego he entrado al de Marta y al de David. Es probable que el 90% de mis compañeros de trabajo tengan blog. Sería curioso hacer algo al respecto: un anillo, o una máquina que entresacara palabras de los post escritos un mismo día, ver si hay coincidencias.

Me reafirmo en lo que he pensado esta mañana al abrir el blog de Juan, los comentaristas de blogs me dan grima. No digo alguien que deje un comentario (he detectado las caras de ofensa), digo esas personas cuya única actividad conocida es la de comentar. Ese género se subdivide en dos categorías: trolls y chupamedias.

Al lado de los chupamedias, siento simpatía por los trolls. Qué asco me dan los pelotas. Prefiero un insulto bien puesto, un icono de la Falange, un periodista del corazón.

Hay sentimientos que comienzo a entender mejor que nunca. Cuando no los había vivido, escribía sobre ellos. Ahora que los padezco, me cuesta entender cómo otros le han sacado tanto partido.

Me da tanto miedo el porvenir. Me aterra pensar que no dispongo de él. O que sí lo tendré y lo desperdicié envuelta en el terror a no tenerlo.

Y por eso arriba y abajo del iTunes, porque no me quiero ir a la cama con una canción mediocre. Mañana por la mañana me cito con la doctora y a ver qué le cuento. Me gustaría decirle algo sobre las comas, que últimamente se me dan mal. Sobre el cansancio, que comienza en los hombros y me debilita los dedos, anulados. Sobre los post en blanco, el manuscrito inútil, bobo, y cómo pierdo la batalla contra el tópico.

Fear, itself.