Los hijos del Luke

Los hijos del Luke se reunieron ayer en el bar que un chileno montó en el pasillo de acceso a un cuarto de baño. El bar se cerró sin resolver ninguno de sus misterios: ¿Son los huevos de la barra crudos o cocidos?, ¿son las radiografías de un hombre o de una mujer?, ¿qué cara tiene ese esqueleto?, ¿cuántas veces alguien le ha tocado el paquete a Andy Warhol y, de ellas, cuántas han sido inocentes?, ¿por qué el CD de la izquierda no reproduce el primer corte de cualquier disco?, ¿por qué hasta ayer no me di cuenta de que el rótulo del bar esta hecho sobre una caja de frutas? No sólo no habrá respuestas sino que ya nadie se hará estas preguntas. El bar cierra porque su dueño de vuelve a Chile. Motivos personales, de mucho peso, incuestionables. No es que haya ido mucho últimamente por allí pero me gustaba del Luke que estuviera ahí, esperándome. Como el Radar o el Gris. Aunque no vaya, necesito que existan. Luke soy tu padre triunfó, en un primer momento, por el nombre (no vamos a ocultar la evidencia). Incluso el EP3 lo destaco, cuando aún era un secreto a voces, en una guía de lo más cool de Madrid. Virgen santísima, alguien se estaba volviendo loco, no sé si lo cool o el EP3, no sé. Pero merecía la pena ser destacado, y recalcar que si en Madrid ha existido un bar shoegaze, ese era el bar de Mariano. Monográficos 4AD, Manchester, Insides, Sianspheric o marañas de guitarras, todo estaba permitido y aconsejado. Aunque, a decir verdad, el sonido era tan malo que cualquier canción sonaba a maraña de guitarras. Hasta La Buena Vida podían sonar psicodélicos con el sonido rebotando en los azulejos blancos. Ayer hubo miniconcierto, al fondo, a la entrada a los baños sin rótulo en las puertas (es posible que haya meado mil veces en el baño de hombres) y con Mariano a la batería. Nervioso, quería concentrarse para no perder el ritmo pero los clientes tenían que cruzar por en medio del grupo para ir al servicio y eso le distraía. Ayer las copas eran self service pero pronto empezó a escasear la bebida y los vasos, lo que obligó a empleados y clientes a hacer visitas frecuentes al chino de la vuelta de la esquina. Pero todos tan contentos. Había morcilla sobre la barra, y nubes en un vaso de mini. Yo debí comerme seis o siete. Mariano recibió nuestros regalos, muerto de vergüenza. En fin, larga vida al rock-n-roll. Goo!