Un rato de descanso en un fin de semana de guarida. Ha comenzado a llover y escucho Onomatopeia, de Butterfly Child. Jorge Palomar siempre ha sido mi proveedor de este disco. Me dejó el CD, cuya portada está archivada en mi memoria como preciosa y esotérica. Lo grabé en una cinta, lo escuché mucho cuando adoraba el post-pop, luego pasó a ese extraño saco de cintas para el coche, donde todo se oye con un poco más de ruido del que fue producido; sea el disco que fuere. Pero ahora voy por la pista dos y no me gusta, porque me suena indie y un poco folkie, y eso no se parece nada a mis recuerdos. Así que paso de pista pero todo me suena excesivamente orgánico y cristalino. En aquel momento Butterfly Child nos parecía raro e incontenible. Y hoy se me queda a medio camino de todo. Así que detengo la reproducción y vuelvo a mi banda sonora de estas últimas tardes, compuesta por Cinema Strange, Killing Joke, Camerata Mediolanense (tu camiseta), A Place to Bury Strangers, Collection D-arnell Andrea, Cranes, The Durutti Column, Black Happy Day y, por supuesto, Ordo Rosarius Equilibrio, emocionada cada día más con el concierto que se avecina en abril. Qué obsesiva-compulsiva que soy, con esto de la música y los caprichos. Esta semana será fuerte. El martes vienen Editors y el viernes Laibach. También estrenan la película de Julian Temple sobre Joe Strummer. Capeo los días como puedo y me manejo entre las sombras, rogando por dar un golpe de efecto a la mañana siguiente. Y, si esto no sucede, esperando que sea el efecto quien me golpee a mí. Tengo algunas ideas, pero no consigo ordenarlas y, al final del día, o al madrugar muy temprano, confío en que sea mi esteticismo innato quien domine la situación. Algo, lo que sea, que sin dejar que me lo piense, se haga cargo de las circunstancias.
Proverbio circunstancial
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