El fragor de la cilindrada

Cuando los observo me siento igual que las mujeres que veían partir hacia las cruzadas a los mejores hombres de su generación, los de más talento y arrojo. Montados en sus caballos, resplandeciendo la armadura a primera hora de la mañana, sabiéndose valientes y solos. Así veo las carreras de motos y así despido a mis héroes, demasiado jóvenes para morir abrasados por el asfalto, aplastados por el cadenado, atropellados por un rival pero, en cambio, expuestos a ese fatal destino en cada Gran Premio. Tres de ellos se llevarán la gloria, y regarán de cava a las hermosas vestales que les acompañen en el podio. Ser el primero, que no siempre quiere decir ser el más rápido, bien merece correr los extremados riesgos de la batalla. Van en grupo, pero están solos. El ruido es inmenso pero están aislados. Sus cuerpos de músculo tenso y mirada concentrada quieren domar su extensión biónica de motor, gas y caucho pero hay algo salvaje en la moto que lo impide y por eso la guerra no se hace sólo contra los demás pilotos sino también contra el potro que atenazan entre sus muslos. Ser tumbado por el contrario es un fallo, es la vida. Ser escupido por la moto es triste como el amante que te desprecia, por eso sólo los perversos triunfan, porque son los que nunca se rinden. Sus esbeltas figuras de efebos corren a velocidades endiabladas, oscilan su cuerpo en la chicane, rozan la rodilla sobre el firme ardiendo, hunden el cuello en mor de la aerodinámica. Y no son en absoluto libres, lo hacen enjaulados en un circuito que recorren una y otra vez, como ratas de laboratorio. Y yo les observo, con máxima pena y adoración. Esclavos de su misión, subyugados a mi obsesión tanto como yo a la de ellos. estoril.jpg