Lo real

Me siento absolutamente inmersa en una encrucijada gopeguiana. Me cuesta hablar de ella sin desvelar mi vida personal («¡ah!, ¿pero no se trataba de eso?», oigo decir al caballero del fondo a la derecha) y en cambio siento la necesidad de poner orden en el propio The Last Dance a este nudo con varios cabos de los que no sé si tirar o aflojar. Trabajo en una empresa que defiende un sistema en el que no creo. Pero durante las horas del día me olvido de ello, cuelgo mi nombre y me apellido en el perchero de la entrada, junto a la chaqueta y el becario de recursos humanos. Ocho o diez horas después me lo pongo de nuevo mientras bajo en el ascensor y veo mi cara algo grisácea y cansada. Tarareo alguna canción y pienso en la nómina a fin de mes. Piso a piso me voy recuperando y cuando llego al vestíbulo subo la barbilla si es que el polvo del flequillo no me pesa mucho. De reojo me miro en los espejos, y según cómo me vea afronto el viaje en el metro de una manera u otra. Nunca le he importado tanto a nadie como para que me acorrale contra la pared y evidencie mi contradicción. Yo no creo en la promoción, no creo en los intermediarios, pienso que la música -y la cultura en general- debe ser gratuita cuando se transmite en un soporte duradero, no creo en la propiedad intelectual, no acepto la autoridad de la sociedad que gestiona los derechos de autor en España ni tampoco en las editoriales musicales. Mi esfuerzo por comunicar este evangelio es mucho menor que el que invierto en lanzar mensajes del tipo «¡compra este dvd ya!», «¡conoce a Melocos en persona!», «¡adéntrate con nosotros en la mitología de Enrique Iglesias!». ¿Realmente estoy, como me ha dicho ****** en un email, a años luz de la que fui y la que pensó que seguiría siendo? Una vieja amiga reaparece con una oferta bajo el brazo que saca de mí la que fui, la que soy cuando salgo de la empresa y la que debería seguir siendo. Y es raro porque por un rato hablamos como si volviéramos a ser las de antes, pero mejores. Y algo me dice que ella no es real, sino un fantasma de las navidades pasadas que viene a darme una lección. Pero yo, en mi avaricia, he aceptado unas reglas del juego, y estoy jugando y no puedo abandonar la partida sin arrastrar a mi equipo conmigo. …Así que era esto de lo que hablaban y yo no lo sabía…