Circular en bici por Madrid es siempre una sorpresa impredecible. ¿Moriré hoy?, es la pregunta que me hago cada día al darle el primer empujón al pedal.
Podría morir arrollada por un coche que se cambia de carril sin mirar. Estampada contra el suelo por la puerta que un viajero de un VTC abre sin mirar. Estrujada contra el maletero de un taxista que para de golpe para atender un llamado desde la acera. Podría morir comiéndome el pico de un autobús porque no funcionan los frenos de la bicimad. Podría entregar mi vida a la muerte antes de atropellar a un peatón que ha decidido cruzar una calle por cualquier lado. Podría acabar a los pies de un cacharro con sirenas de los cientos que se aproximan sin saber por dónde te vienen: policías, bomberos, ambulancias, uvis móviles, samur, escoltas de coches oficiales, policías secretas. Podría estamparme contra un tuktuk despistado. Podría morir a los pies de un caballo desbocado de la policía nacional, o resbalarme con una de sus boñigas abandonadas a su paso por la Gran Vía.
O podría no morir hoy sino dentro de unos meses, a causa de un cáncer de pulmón producido por las inhalaciones de CO2 que consumo cada día. O quizá necesite un trasplante de hígado porque el mío se quedó en la cuesta de San Bernardo cuando cogí una bicimad a la que de pronto se le agotó su empuje eléctrico.
Madrid no ha cambiado mucho desde mi primera experiencia en biciloca (cuando eran blancas), en 2016. Ni mucho menos desde esta crónica sobre el paso a las bicimad azules en 2023 (que van más lentas y te cobran 0,50 si han desanclado una y resulta que las marchas no se cambian o no frena).
Sigue sin haber carriles bici seguros para llegar al centro y básicamente ir en bicicleta consiste en intentar que los coches y demás vehículos te respeten en los carriles que tienen un 30 y una bicicleta pintada (muchos conductores no saben qué significa esto). Pero hay muchas calles importantes que no tienen ni eso (como María de Molina o López de Hoyos), en ellas, eres un escarabajo gordo y lento que estorba.

