Cuando estás en la cabina a veces se acercan a pedirte canciones. Unas veces son disparatadas y te callas y les miras con cara de zombie (¿lleva una hora escuchando mi sesión y ahora me pide Nirvana?), otras veces te piden algo que ya has puesto («a ver, es que YA he puesto tres veces a Depeche Mode» y contestan «no, pero una conocida«), otras te alegras de que los sordos vengan a escucharte («es que She Wants Revenge ES lo que está sonando«) y en algunas ocasiones, las que más me gustan, te piden algo que pega perfectamente pero no lo has traído, golpeas tu cabeza contra el plato y con cara de pena, admites: «ya, me encantaría poner Butterfly Child o esa canción de Siouxsie pero es que no lo traje«. Y miras tu maleta y piensas ¡si es que no he traído nada de nada!, ¡no tengo nada que poner! ¡todo es un rollo! Así que para aquellos que el próximo jueves en el Transmission vayan a traerse peticiones de esas para pillar, aquí tienen la posibilidad de no ser tan malos y hacerlo por adelantado, como si fuera una carta a Flor de Pasión. Sólo hay que dejar el título y el grupo en las notas del evento.
Blog
-
Power, transmission and lies
Una nueva sesión de post-punk, synthpop y spanking new music en el Transmission (Sala Y-asta, Valverde, 10. Madrid). La noche del concierto de Baby Dee. El mes del primer aniversario del Transmission.
-
Caer mal
No es habitual en mi vida tener al enemigo en casa salvo cuando mi contrincante soy yo misma. Tradicionalmente mis enemigos (por hacer un poco de drama respecto a la gente a la que caigo mal) son personajes más bien ridículos (ya empezamos) que sólo tropiezo en actos sociales. No puedo concebir lo que sería tener un diablo malo en la familia, por ejemplo. Por tanto, pese a que soy consciente de no ser un encanto para todo el mundo, me descoloca la animadversión cercana y constante. Hace años estuve recibiendo unos emails anónimos donde se alababa (es un decir) mi pericia bucal para con un amplio colectivo masculino. Y, bueno, nos echamos muchas risas a costa de tanto insulto sexual. Este tipo de ataques se han vuelto a repetir (con poca frecuencia) y de nuevo anónimamente en los comentarios del blog o por correo electrónico. Pero como dije, me parece una cosa divertida. Aunque cargo con estas experiencias en el bolso, aún me afecta el desdén y la antipatía cuando es próxima, por eso me han alegrado las siguientes declaraciones de Pepo Pérez -con las que me identifico en cierta forma- entresacadas de las respuestas a las preguntas de mi entrevista para el número 2 de El Manglar: Tiendo a desconfiar de las personas, o artistas, que gustan a todo el mundo. No entiendo esta competencia absurda por caerle bien a todo el mundo, algo que además es imposible. Hoy existe una tendencia a preocuparse demasiado por lo que los demás piensan de ti, debe ser por nuestro culto al ego y por el alto nivel de autoconsciencia del hombre de hoy. (…) Soy muy guerrero, muy protestón y criticón, supongo que demasiado. Me ha pasado siempre desde chaval: de entrada puedo caer fatal a la gente, pero luego… ah, luego…. ja, ja. No, en serio. Un poco de crítica no le sienta mal a nadie, te ennoblece, te pone en tu sitio, te hace humilde, te hace mejorar como persona. O como autor. (…) Creo que el hombre occidental de hoy tiene una fuerte sensación de fealdad hacia sí mismo, de no gustarse, tiene un gran vacío, un deseo de recuperar la «armonía perdida», de volver a ser «uno con el mundo». De todo esto puede venir esta nueva «necesidad de surrealismo». (…) La gente verdaderamente brillante e inteligente es en el fondo humilde, y además no se enemista contigo porque le hagas una crítica razonada. Le podrá doler, no digo que no, porque a todos nos puede doler una crítica, pero luego se lo pensará, no se lo tomará personalmente, y al final aprovechará de esa crítica lo que considere conveniente. Pero no se enemistará contigo por eso.

-
Pepo Pérez. Un amigo en el infierno
Una vez soñó que estaba al borde del mar charlando con Will Eisner y Frank Miller como si fueran amigos de toda la vida. Y ¿por qué no? Pepo podría mantener una conversación de tú a tú con cualquiera, comentando con desenvoltura la obra de un mismísimo Alan Moore en su cara, “a veces también critico incluso a mis amigos, no lo puedo evitar, soy un desastre”. Ser amigo de Pepo Pérez debe ser duro pues no será complaciente contigo: “Mis amigos son… digamos que procuro acercarme a gente inteligente y brillante, de las que pueda aprender. Ésos son mis amigos. La gente mediocre, la de los lugares comunes, me aburre, tanto que a veces soy incapaz de disimularlo por simple educación. Pero es que en momentos puntuales puedo ser muy maleducado. Luego me siento fatal, claro”.
Su doble oficio como ilustrador y autor de tebeos –El Vecino es su obra más destacada- y el de crítico –principalmente en Rockdelux- fuerzan su polaridad, “tengo bastante genio, a veces soy muy visceral y emocional, supongo que eso ni quiero ni puedo ocultarlo en mis dibujos. Pero para escribir me pongo otro traje, el cerebral o analítico. Lo hago porque quiero demostrar a los tebeos el respeto que me merecen, y por eso no me gusta hablar de ellos de manera paternalista. Lo cual significa no tratarlos como unos hijos a los que mimar, proteger y elogiar desmedidamente. Ese estilo me parece vacuo y anticuado. Lo emocional tiene su sitio, pero creo que en su justa medida. Además, hay que dejar sitio a las emociones de cada lector en lugar de machacarle con las tuyas”.
A Pepo le gusta la polémica e incluso, en momentos puntuales, alude al gamberrismo de niñato travieso, como él mismo dice porque le gusta que “la gente, yo incluido, pongamos en cuestión las ideas que damos por establecidas. En un mundillo como el nuestro, tan anquilosado en muchos aspectos, hace falta más crítica pública, a todos los niveles”. Es guerrero y protestón pero es que “un poco de crítica no le sienta mal a nadie, te ennoblece, te pone en tu sitio, te hace humilde, te hace mejorar como persona o como autor”.
En su weblog Con C de Arte mantiene todas estas premisas. Hace poco comentaba en él que hay indicios de una vuelta al Surrealismo. “Me pregunto qué hay en común entre nuestro hoy y el momento en que surge el Surrealismo tras la I Guerra Mundial. La respuesta no es muy atractiva, ¿verdad? ¿Vientos de guerra, quizá? Creo que la gente occidental, que vive en un entorno pacífico que dura ya muchas décadas, nota esos porque, aunque soplen desde latitudes lejanas, el Afganistán o el Irak de turno, sabemos que tienen que ver con nosotros. Luego está el tema del cambio climático, que se ha convertido en uno de esos miedos apocalípticos al fin de la civilización que el hombre de todas las épocas ha tenido periódicamente. Aunque esta vez me parece que no es un miedo exagerado, ni infundado ni supersticioso. Y luego está el interés por nuestro inconsciente, que ha vuelto a ponerse de moda. Creo que el hombre occidental de hoy tiene una fuerte sensación de fealdad hacia sí mismo, de no gustarse, tiene un gran vacío, un deseo de recuperar la ‘armonía perdida’, de volver a ser ‘uno con el mundo’. De todo esto puede venir esta nueva ‘necesidad de surrealismo’”.
Aunque lleva dos años con un libro –“no será un cómic convencional”- realizado en solitario, su carrera se ha desarrollado con guionistas porque le gusta “trabajar en equipo y con gente que sabe hacer determinadas cosas mejor que yo. Escribir guiones no es lo mío, creo que hay personas que lo hacen mucho mejor que yo, y desde luego Santiago es una de ellos”. Santiago García es el autor de El Vecino, la historia que cualquier estudiante de oposiciones desearía para sí. Ahora se publica el segundo volumen de los cinco que forman la serie. Con Santiago comparte un imaginario y un bagaje común, “aunque le conozco sólo desde hace diez años tenemos cantidad de gustos de la infancia y juventud compartidos, a ambos nos fascinan los superhéroes, determinados autores europeos o el indie norteamericano. Es un tipo listísimo, de talento y hasta clarividente para determinados aspectos”.
Con Juanjo Sáez, protagonista de la última hoja del anterior número de El Manglar también prevé hacer algo a medias nuestro autor malagueño, a iniciativa de aquel, “y yo encantado” recalca.Elena Cabrera. Publicado en El Manglar.
-
Parálisis
Tiene que ver con el éxtasis y con el arrebato pero en su oposición negativa. Al igual que éstos, ese tipo de parálisis es difícil de explicar, definir, mucho menos analizar. El otro día alguien me dijo que la elocuencia que me falta en persona la despliego en el weblog. Y es cierto que no soy una de esas personas que disfrutan escuchándose a sí mismas en una conversación. A mí me gusta observar, hacer preguntas, dar respuestas y conversar, a ser posible con concisión, agilidad y brillantez, con ironía, humor y sorna, con hábito de curiosidad y capacidad de sorpresa. En cambio, sí soy de esas que disfrutan leyéndose a sí mismas. Supongo que es así porque me da la oportunidad de pasar sobre las cosas dos veces. Si tan sólo tuviera la oportunidad, con mayor frecuencia, de pensar dos veces antes de hablar, quizás mi skill de elocuencia crecería. Mi silencio influye también en la caracterización de la parálisis, ahondándola, sumiéndola en un vacío denso donde falta comunicación. Eso que enquista el arrebato y lo convierte en parálisis es otra de las aristas de esto que no sabemos cómo describir. Bajo definición de Zulueta, comulgo con ese estado extático que yo quisiera transformar en apocalipsis pero perversamente pasa de ese estado al estático. El vocabulario que vengo usando en las últimas semanas se conjuga con el verbo enquistar, que es muy visual, pero no nos arroja información sobre la composición de las células malignas y los motivos por las que éstas se tornan y mutan. Cuanta mayor es la expectación por el éxtasis, más inmensa es la catástrofe. Me pregunto si un análisis patológico ayudaría a determinar las causas y, por tanto, saber qué hemos de inyectar para combatirlo. Y también es síntoma, pero no causa, algo que dijo él el otro día refiriéndose a otra cosa (que en realidad no es TAN otra cosa, probablemente es la misma cosa): no tienes huevos, dijo. Así, vulgar y bruto pero acertado y lacerante como una flecha de plata que acierta de lleno en un órgano vital. En otros tiempos esto se curaba con sexo poco amable, cinco rayas y un corte de pelo. La poca efectividad de este tratamiento en el largo plazo nos demuestra que la cura sólo ocultó el síntoma. Podríamos seguir tirando (de momento el lunes tengo al fin cita en Juan Por Dios) pero, yo qué sé, ahora yo ya quiero que todo sea de verdad. Real.
