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  • Diario del coronavirus (77): Películas que nos montamos

    Diario del coronavirus (77): Películas que nos montamos

    Cada nueva hazaña en la desescalada, Eleonor y yo la vivimos como una aventura. “¡Y ahora, vamos a coger el metro!”, le digo, como si acabara de proponerle un viaje en globo, la vuelta al mundo en 80 días o bajar hasta el centro de la Tierra. Mi hija me mira con incredulidad y valora sus opciones. Me contesta: “Goya no está tan lejos, no me importa ir andando”. La miro atónita. Le ha dado canguelo. Nunca la había visto tan dispuesta a caminar dos kilómetros. Venga, le digo, llevamos mascarillas, intentaremos no tocar nada, he traído gel y son solo tres estaciones. Estoy intentando convencerla porque la llevo a unos grandes almacenes para comprarle un regalo de cumpleaños y me temo que, si se cansa por el camino, el Amanecer de los muertos de Zack Snyder va a ser una comedia ligera al lado de nuestra experiencia.

    Era la primera vez que bajábamos al subterráneo y mirábamos a nuestro alrededor con asombro y aprensión. Noté que habían eliminado objetos y obstáculos, que las escaleras y el vestíbulo se veían más limpias y despejadas. Contribuía a ello la ausencia de gente, de eso Eleonor se dio cuenta enseguida y no paraba de señalar a la nada: “mira, mamá, no hay NADIE”. Nos llamó la atención, como siempre en esta pandemia, la comunicación de la emergencia: los carteles con medidas de seguridad, las indicaciones en el suelo para marcar la distancia de seguridad, los carteles recordando la obligatoriedad de las mascarillas y los mensajes por megafonía. Cuando llegamos al andén, acabábamos de perder un tren y hubo que esperar más de diez minutos por el siguiente. El Metro de Madrid anterior al coronavirus no se caracterizaba por su gran frecuencia. Era lógico que ahora, con los viajeros a medio gas, tampoco. Al menos y a diferencia de un sábado primaveral sin pandemia, había tan poca gente que se podía pillar asiento. Pasamos los diez minutos observando a la gente con descaro. Ya me había dado cuenta, paseando por la calle, que vamos con la mascarilla como si nos tapara la cara entera, en lugar de solo media. A veces dan ganas de decirle al otro: oiga, deje usted de mirarme, si no fuera porque yo también lo estoy haciendo, fijamente. Frente a nosotras, en el andén contrario, dos amigas se sientan juntas en un banco. Eleonor, pequeña gestapillo, emite un informe: “mira, mamá, esa lleva la mascarilla en el cuello y la otra colgando de la oreja”. Pues sí, le contesto, bajándole con discreción el dedo que había levantado. “¿Se puede hacer eso?”, me preguntó. No recuerdo qué le contesté, espero que algo cabal, porque estaba más atenta a una penosa escena de ligoteo que sucedía en torno a las chicas y que estaba pasando bajo el radar de Eleonor. Un chico se había acercado a su banco y les decía “qué pena que no nos podamos sentar tres”. Eleonor seguía diciéndome cosas pero a mí se me fue la cabeza pensando en que el coronavirus era como el tiempo o como cualquier otra cosa: una buena excusa para entablar conversación. Las chicas ni le miraron, sin levantar la cabeza del móvil que sostenían entre ambas, riéndose no se sabe de qué. El chaval, humillado, se fue a sentar al siguiente banco.

    Eleonor había pedido un puf para su noveno cumpleaños y sacrifiqué la sorpresa del regalo por la posibilidad de que ella misma lo eligiera, lo cual le hizo sentir muy mayor. Nos pateamos arriba y abajo el edificio de estos grandes almacenes, al igual que mi madre lo hacía conmigo cuando yo tenía su edad. Recuerdo los atascos en la sección de perfumería y el mareo que sentía con la mezcla de olores. Recuerdo el amontonamiento en las escaleras mecánicas y como siempre alguien te daba con el pico de una bolsa voluminosa. Recuerdo, también, que a menudo me perdía y acababa dándole la mano a la señora que no era. Todas esas cosas no le podían suceder este sábado a Eleonor porque había pegatinas para marcar la distancia en las escaleras y, a pesar de que había muchísima gente —más que en la guerra diría mi madre, pero en esta ocasión yo diría que más que en el metro— también se creaban grandes huecos entre los núcleos familiares.

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  • Diario del coronavirus (76): Invitados en casa en la segunda fase

    Diario del coronavirus (76): Invitados en casa en la segunda fase

    Tengo una teoría sobre la percepción del contagio. Pienso que creemos que los desconocidos infectan más fácilmente que los conocidos. Es extraño porque, en un principio, los desconocidos guardan más la distancia personal, por el sencillo hecho de que es de mala educación acercarse mucho. En cambio, la intimidad que tenemos con los familiares y amigos hace que confiemos en que vienen limpios de virus y, por tanto, no haya nada que temer. Por eso no me extraña nada que la gente se esté contagiando mucho en las fiestas de cumpleaños (que se está comprobando que son bastante multitudinarias, en parte porque hay quien tiene muchos amigos y también porque se han acumulado varios festejos que se celebran de golpe, colectivamente) y muy poco en el transporte público. Vamos a montarnos en el metro y en el autobús casi con el EPI puesto, cargados de miedo. Hacemos todo lo posible por evitar “meterse ahí” pero, en cambio, nos quitamos la mascarilla en las casas de la familia. Nos acompaña esa idea irracional de que el miedo está fuera y no dentro. Que el miedo es el otro, el extraño.

    Cada día se detectan en torno a un centenar y medio de personas que se han metido el coronavirus para el cuerpo y, de ellos, la mitad suelen estar en Madrid, que sigue siendo la comunidad autónoma más afectada, pero si no te quitas la mascarilla en una cena familiar, eres un paranoico; aunque si vas a trabajar a una oficina con tres personas, te juegas la vida. Se ve que con la fase 2 venían de regalo los juicios a pie de calle y los expertos en virología sin fronteras. A los que se nos dan mal las interacciones sociales nos vino bien el aislamiento: al fin no había que inventar ninguna excusa para no acudir a eventos con mucha gente, para no besar, para quedarse en casa. Nunca me ha gustado saludar con dos besos a los desconocidos pero lo hago para no generar tensión. Cuando, en contextos formales, tiendo la mano, suelo generar una primera impresión de borde. Me gustaría que una de las características de la nueva normalidad sea saludar como quiera sin ser juzgada por ello.Desde que entramos en fase 2 hemos tenido una comida en casa y una cena en otra. En nuestro salón, me sentí extraña acomodando la mesa para siete. Incluso saqué un mantel de tela y retiré el socorrido plástico —pero de elegante estampado toile de jouy que tantas veces se ha visto en las fotografías que acompañan este diario— para celebrarlo. Venían los tíos y el primo de Eleonor nada menos que desde Parla, que es uno de los sitios más lejos de los que puedes venir en fase 2. Era todo un acontecimiento. Los primos, acostumbrados a jugar cada día online a su videojuego favorito, hablándose por un micro mientras construyen cosas, hicieron exactamente lo mismo pero en persona. Su primo se puso contento, no solo por la momentánea desvirtualización, sino porque Eleonor llevaba varios días castigada sin jugar debido a una creciente desidia por las tareas escolares. Quitarle las pantallas ha funcionado, sino para que recobrara el interés por el estudio, al menos para dirigir su imaginación hacia otros lugares que siempre quedan relegados cuando hay YouTube y consola. Como poco, lee más, lo cual ya es un avance.

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  • Diario del coronavirus (75): Visita nostálgica al colegio

    Este rarísimo curso escolar, basado en la improvisación y la experimentación, está llegando a su fin. A nadie se le había ocurrido pensar cómo sería la educación si unas circunstancias excepcionales nos mantuvieran encerrados en casa, como si algo así no pudiera sucedernos jamás. Ahora que los márgenes de las probabilidades se nos han expandido, incorporamos todo tipo de tramas a nuestro futuro y no lo vemos tan imposible: atmósferas contaminadas que desaconsejan que la infancia y los vulnerables salgan de casa, escapes químicos en la industria, o bien inundaciones, deshielos, nevadas o incendios que aíslan a una comunidad. Ahora tenemos dos cosas claras: que la educación tiene que seguir sucediendo y que no sabemos cómo hacerlo.

    En una agrupación de asociaciones de madres y padres de ocho colegios del distrito (más de 2.000 familias en total) en el que vivo, ha habido una puesta en común sobre cómo se han adaptado los centros públicos a la educación a distancia. De la evaluación se extrae que hay disparidad en los colegios porque no ha habido criterios comunes de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Como siempre, eso fomenta la desigualdad, porque mientras en el colegio al que va mi hija Eleonor se ha hecho un gran esfuerzo por iniciativa del profesorado, los niños y niñas de otros del mismo barrio no han tenido esa suerte y se han encontrado carentes de apoyo y faltos de comunicación. Lo que ha ocurrido ha evidenciado que no hay coordinación (¡sálvase quien pueda!), que la escuela pública no está diseñada para trabajar a distancia (la evaluación y las tareas han fracasado como eje del aprendizaje, en la soledad de los cuartos de los niños y las niñas) y que las tecnologías online (tanto educativas como de comunicación entre el centro y las familias) son desconocidas, funcionan mal o no cumplen los objetivos necesarios. Esto es lo que sucede en Madrid, ojalá en otros lugares os haya ido mejor. 

    Las profesoras de mi hija en tercero de Primaria se han inventado de todo para atrapar su atención y canalizar su aprendizaje, casi siempre utilizando el juego como mediador. Otra cosa es que Eleonor haya tenido la disposición, las ganas, la cabeza o la mejor de las actitudes. Pero en fin, ¡estábamos en una pandemia global, asolados por el miedo y la muerte, no sé si le puedo exigir mucho más! 

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  • Diario del coronavirus (74): Un hospital para cada historia

    La Comunidad de Madrid nos ha regalado a todos una segunda mascarilla. La diferencia con la anterior es que esta es de mejor calidad que la primera que recibimos y algo más llamativo: no viene envuelta en un sobre rojo con la bandera de la comunidad autónoma acompañada de un hashtag. Seguro que no es la intención de los gobernantes pero daría la impresión de que hay una relación inversamente proporcional entre el marketing y la seguridad. No quiero ser mala, solo digo que podría dar esa impresión. Pensaba retirarla y donarla, como hice con la anterior, pero en esta ocasión la necesitaba para ir al hospital con mayor tranquilidad. Como ya somos todos y todas expertas todos en este tema, puedo aclarar que se trata de la KN95, que son FFP2 o, como las denomina Eleonor: mascarillas de pato. Cuando la abrí, Eleonor sufrió un ataque de risa porque solo había visto mascarillas de pato en las caras de otras personas, nunca en la mía. “¡Te han dado la de pato!”, decía señalándome, sin poder para de reír. Y añadió: “¡Ayuso te ha dado de pato!”. Aunque intenté aclararle que estas filtran mejor que las higiénicas o las quirúrgicas, ella no escuchaba, solo decía: “¡¡de pato!!”.

    Como tantas otras cosas, toda mi explicación sobre el tema de las mascarillas se fue al garete cuando llegó el miedo. Le había dicho a Eleonor que nos basta con nuestras mascarillas de tela porque no tratamos con enfermos de coronavirus y estamos sanas, al menos en apariencia. Pero, cuando me dieron cita para ir a hacer una prueba médica que requería sedación y pasar un par de horas en el hospital, pensé que podría ser más oportuno llevar la del pato. Antes de hacerme la prueba me hicieron varias preguntas sobre la COVID-19: si me habían hecho una PCR (me hubiera encantado decir que sí para hablarle del colodrillo, pero la verdad es que no), si había tenido síntomas (tampoco) o si había estado en contacto con algún enfermo (no). Satisfecha con mis respuestas, la enfermera me tomó la temperatura y, habiendo pasado el examen con éxito, me puse la bata, las calzas y el gorillo y me alegré de que no hubiera ningún espejo cerca.

    Yo estaba muy nerviosa y la delicadeza y el buen humor con el que me trataron los sanitarios del hospital de La Princesa fue tan maravilloso que pensé que no les estaba aplaudiendo lo suficiente. El enfermero que me colocó la vía por la que estaba a punto de entrar el sedante, me preguntó: “¿traes pensado algo bonito para soñar?”.

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  • Diario del coronavirus (73): Todas las fiestas del mañana

    En la clase de mi hija Eleonor, que este año ha cursado un atropellado tercero de Primaria, existe la costumbre desde el primer curso de Infantil de celebrar los cumpleaños en grupo, repartidos por trimestre. A medida que han ido creciendo, los grupos iban perdiendo densidad, pues se establecían diferentes alianzas o, lo cual he vivido con mucha frustración, los niños querían celebrar cumpleaños solo de niños, y las niñas solo de niñas. A pesar de ello, el grupo de compañeros y compañeras del tercer trimestre, con los que Eleonor viene celebrando conjuntamente el cumpleaños, desde que tenía 5 años, se ha mantenido bastante unido, convocando una fiesta siempre memorable en el Parque de Berlín, con juegos, merendola casera y un Darth Vader persiguiendo a un porrón de niños con una pistola de agua. La guerra la ganaban siempre los cadetes de la Alianza Rebelde.

    El coronavirus se ha llevado por delante esta celebración y me da miedo pensar que, por su fragilidad, sea una de estas cosas que cuesta retomar cuando pierdes la inercia. Lo cierto es que había tantas cosas de las que preocuparse que no nos habíamos dado cuenta de que este curso no tendríamos la gran fiesta de cumpleaños conjuntos de la primavera. Los niños y las niñas han ido cumpliendo los 9 años en la soledad de sus confinamientos familiares, en un mundo de retorno al nido, en el que los amigos han estado bastante ausentes. Sé, porque los conozco, que hay niños y niñas de esta edad que todavía no han tenido la oportunidad de ver a nadie de su edad salvo por videollamada. A mí me gustaría decirles que puede haber un término medio entre lo que Eleonor llama “fiesta del coronavirus” (el despiporre) y la vida entre algodones, pero hay ciertas decisiones familiares en las que no te puedes meter.

    Este sábado, una de las amigas de Eleonor, habitual compañera de festejos, ha celebrado su cumpleaños en el mismo parque, con una lista de invitados necesariamente restringida. Ha sido una fiesta reducida a la mínima expresión: la merienda fue sustituida por la compra de unos helados para llevar en un lugar cercano y la gran guerra de agua contra el villano de la galaxia, por el lanzamiento de globos de agua a larga distancia. A pesar de los chorrazos de agua, las mascarillas aguantaron bastante bien en las caras de los pequeños. Los mayores, en cambio, la descolgaban de una oreja o la ponían en modo papada para darle unos tragos furtivos a unas cervezas clandestinas. En un momento dado, apareció un coche de policía. Los agentes se quedaron mirándonos, claramente haciendo recuento (yo volví a hacer lo mismo: éramos siete) y con maestría las latas de cerveza desaparecieron de la vista y no hubo mascarilla que no tapara por completo las vías respiratorias. Somos madrileños y madrileñas curtidas en el arte del botellón y sabemos cómo adaptarlo a las circunstancias, por muy extraordinarias que sean. He de decir que, en verdad, la idea de los padres anfitriones no era esta. El plan incluía tomarnos esa cerveza en una terraza que visitamos con cierta frecuencia, no lejos del parque. Está situada en una plaza y nuestros hijos e hijas corretean por ella con alegría. Ya habíamos hecho eso en otro momento de la fase uno. Pero estaba mal hecho, como otras muchas cosas que hemos realizado sin pensarlas demasiado en estos tiempos de desescalada. Los dueños del bar también recibieron una visita de la policía y no fue agradable. Quedaron advertidos de que los niños no podían andar “sueltos” y que pertenecían a la unidad de consumo a la que estuvieran adscritos. Es decir, que siete adultos y cinco niños que no se sentaban a la mesa, formaban en realidad un grupo de doce, algo fuera de los márgenes de la fase uno. La madre de la amiga de Eleonor insistió en que los niños no iba a tomar cerveza. El dueño insistió en que lo que ellos bebieran o no le daba igual, pero que tenían que quedarse sentados en la misma mesa, escuchando las tediosas conversaciones de los padres y las madres. Nada de andar “sueltos”. Es más, para que no sucediera lo inevitable, que los chavalitos a la mínima distracción se escaparan de sus asientos, el bar había instalado unas mamparas para separar el estar en la plaza del estar en la terraza. “Ah, pues así no”, dijo o me decía a mí que pensó la madre de la cumpleañera.

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  • La alternativa a SGAE quiere llegar volando pero le falta la licencia del Ministerio de Cultura

    La alternativa a SGAE quiere llegar volando pero le falta la licencia del Ministerio de Cultura

    El primer comunicado público de SEDA, la nueva sociedad de gestión de derechos de autores musicales que se presenta como alternativa a la SGAE, comenzó con un traspiés. “Estaba mal redactado”, admite Patacho Recio, exguitarrista de Glutamato YeYé y primer presidente de la Sociedad Española de Derechos de Autor (SEDA). No todo, claro, pero sí un detalle muy importante: el comunicado expresaba literalmente que SEDA había sido aceptada “como miembro provisional de la CISAC”, la confederación internacional de organizaciones de gestión colectiva de derechos, cuyo respaldo es una garantía de transparencia en todo el mundo. De hecho, CISAC ha decidido prolongar durante otro año la expulsión de la SGAE debido a las irregularidades que la entidad aún no ha conseguido subsanar, lo cual es un golpe a la reputación de la entidad.

    Un portavoz de la CISAC ha desmentido que SEDA hubiera sido admitida, ya que todavía no cuenta con la licencia para operar que debe otorgarle el Ministerio de Cultura. La sociedad está legalmente constituida pero, sin licencia, no va a ningún lado. la crisis del coronavirus y el consiguiente estado de alarma le han pasado por encima como una apisonadora, paralizando los planes y congelando los plazos que habían previsto.

    El Ministerio de Cultura ha informado a este diario que la fecha en la que SEDA solicitó la consesión de autorización para operar, en los márgenes estipulados por la Ley de Propiedad Intelectual, es del 19 de mayo. Pero para SEDA el proceso empezó mucho antes: con una solicitud en diciembre de 2019, unas subsanaciones en enero, una nueva petición el 12 de marzo y una subsanación final de un asunto importante: cómo se van a gestionar los derechos de los socios en el extranjero, algo que han solventado con un acuerdo con la sociedad francesa SACEM. 

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  • Diario del coronavirus (72): Hasta el colodrillo y más allá

    En mi ignorancia sin límites, desconocía que existía el colodrillo. Si os digo la verdad, pensé que era algo que se había inventado mi amiga Me., que a veces se saca de la manga maravillosas expresiones que no oía desde el año 1993. El asunto del colodrillo, que resulta ser sinónimo de occipucio (esto ya me suena más, pero no palabra que maneje habitualmente), llegó a nuestro grupo de WhatsApp, Acción Mojitos (acción, mucha; mojitos, cero), porque tenía mucha curiosidad por saber cómo son las pruebas PCR para el diagnóstico del coronavirus.

    PCR, que son las siglas en inglés para Reacción en Cadena de la Polimerasa. Son muy comunes en los laboratorios de microbiología pero el vulgo no nos hemos enterado de su existencia hasta este romance letal del virus SARS-CoV-2 con el ser humano. Expertos y expertas nos han informado ampliamente en qué consiste: se toma una muestra de las vías respiratorias del paciente sospechoso de estar infectado y si detecta en el laboratorio ARN (ácido ribonucleico) del bicho, el resultado, que se obtiene en unas horas, es positivo. Todo esto me recuerda mucho a que ayer por la noche vimos en casa Alien: Resurrección y que es muy divertida, la recomiendo para la desescalada. 

    Toda esta información está muy bien pero a mí no me sirve. Yo quería saber qué se siente de verdad. Es como si le preguntas a la Teniente Ripley clonada en esa película cómo son las pruebas a las que la sometieron en el laboratorio para determinar si llevaba o no el alien dentro y ella te empieza a hablar del ácido ribonucleico de su huésped. No. Yo lo que quiero que Ripley me cuenta es qué se siente de verdad.

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  • Diario del coronavirus (71): ‘Relaxing’ medidas de seguridad ‘y ‘stressing’ en las terrazas

    Le preguntaban a una señora con un micro a pie de calle, delante de unos comercios que acababan de abrir después de días criando polvo y telarañas, que qué había salido a comprar. Pijamas, dijo ella. Nos dio risa porque pensábamos que después del confinamiento nos esperaban fiestas sofisticadas con trajes elegantes y zapatos de tacón de aguja. Salir a comprar pijamas, para seguir estando en casa de esa guisa, no es la desescalada más glamourosa del mundo. “Es que los tenemos todos raídos de tanto usarlos”, explicó la señora, resumiendo el confinamiento en pocas palabras.

    Este año nos hemos comido la ropa de entretiempo. Me lo decía con tristeza mi amiga I. cuando fuimos a su portal para felicitar el cumpleaños de N., su compañera de piso. En Madrid es que no tenemos entretiempo, pasamos de la lana al tirante en cuestión de tres días. Yo tengo un vestido liviano de manga larga que solo me puedo poner si me dan la oportunidad de salir de casa en uno de esos tres días. Pues este año, ni eso. Todavía hace un par de semanas que he guardado los jerseys de lana (los de Eleonor ya desaparecieron a finales de abril). Ayer, mientras observaba el chaparrón que nos caía en la ciudad, propio de una furia de dioses mitológicos, me arrepentía de haberlos guardado ya. Hay que estar preparada para lo que venga y hay que confiarse menos, me decía a mí misma, un poco hartita de no aprender las enseñanzas de este sorprendente año 2020. Qué risa el día que nos acordamos de que Madrid quería celebrar los juegos olímpicos este año con una relaxing cup of café con leche in Plaza de Mayor. Yo no sé si se han hecho suficientes memes sobre este asunto.Hay muchas terrazas ahora mismo que de relaxing tienen bien poco. Stressing caña de cerveza en los bares de la Guindalera, el barrio contiguo al mío, según me cuenta mi amigo H., un periodista capaz de sacar una historia de un alcuza y de inmediato explicarte la historia del origen de la palabra alcuza. Hay un bar (voy a omitir los nombres para no levantar suspicacias) que se ha puesto de moda. Dice mi amigo que podría estar en la Malasaña de hace quince años o en el Lavapiés de hace diez, pero que ha surgido en la Guindalera de hoy en día quien sabe si como una amenaza de futura gentrificación. Para hacer uso de la terraza hay que reservar y solo se puede estar un tiempo cronometrado. Mi amigo fue educadamente desalojado a los 20 minutos; menos mal que las vacía rápido. La misma fuente, sin duda una de mis mejores conexiones con los bajos fondos de la ciudad, me informa de que en el mismo barrio la policía está haciendo una intensa labor de marcaje a la expansión de los bares por las aceras. Un restaurante añadió una mesa más a su despliegue callejero, con la esperanza de que nadie se diera cuenta; les hicieron retirarla. Un bar sin terraza improvisó con picaresca unas banquetas en la acera, sin mesas, rollo pub de los 90; no coló. En un bar de viejos de toda la vida sacaron todo su arsenal interior y lo desplegaron por la acera, quizás pensando que su titulación “bar de viejos de toda la vida” le daría privilegios sobre el resto, como las señoras y señores de cierta edad que se cuelan en la cola del súper; y no fue así. La desescalada está llena de estas historias y es un tema de conversación recurrente cuando te sientas en una terraza a tomar algo.

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  • Diario del coronavirus (70): Abraza tu hospital

    Hace tres años, durante las movilizaciones en defensa de la sanidad pública, cuando podíamos rozarnos, aproximarnos, tocarnos sin temor al contagio, fuimos a abrazar, no a otro ser querido sino a un hospital. En Madrid, el hospital que me corresponde por domicilio, el llamado de La Princesa en Diego de León, sintió el cariño de muchas personas que le rodearon en una serie de manifestaciones convocadas por la Mesa en Defensa de la Sanidad Pública. Era emocionante ver a la gente de la mano, los gritos, las pancartas y la firmeza de las reclamaciones. Se temía, como se teme todavía, el desmantelamiento de la sanidad pública. Se sufre, como se sufre hoy, la precariedad laboral. Se denunciaba, como hemos constatado trágicamente en estas semanas, la reducción de camas. Se alertaba, como hoy, del peligro de la privatización del sector.

    El hospital infantil al que llevo a mi hija Eleonor, a ver a su dermatólogo o a su oftalmóloga, que por cierto y por pura casualidad es la madre de un compañero de su clase, qué pequeño es Madrid y qué ilusión hacen estas cosas (otro día cuento la cara que puso mi hija cuando se abrió la consulta y reconoció a la doctora de bata blanca que la esperaba), se llama Hospital Niño Jesús y no está lejos de La Princesa. La misma Mesa defensora de aquellos tiempos, lo que conocemos como Marea Blanca, es la que nos alerta hoy de una “privatización encubierta” de ese hospital, que ya había ido constatando la reducción de camas y personal. Es cierto que, cuando vamos allí a las consultas, como ocurría hace años con La Princesa, el lugar se ve viejo (porque lo es), desconchado y anticuado. Pero un hospital no son sus apariencias sino su capacidad para curarnos. Con la excusa de construir un nuevo pabellón y un aparcamiento subterráneo, la comunidad autónoma ha buscado la colaboración privada para financiar la inversión, por lo que será una empresa la que explote las plazas de parking. Y lo ha hecho con Madrid aún en fase 1, lo cual es un momento particular. Lo de aparcar el coche en los hospitales es como lo de comer en un aeropuerto, uno siente que financia la estancia propia, o del familiar visitado, con elevadísimas tarifas de aparcamiento, botellas de agua a precio de champán y monedas para el televisor. Hay circunstancias en las que te da igual pagar lo que sea, así que no es de extrañar que haya quien vea negocio ahí. La Marea Blanca viene luchando desde 2012, en la resaca del 15-M, contra el cambio de modelo, y parece que ahora truena de nuevo. Como si fuera la típica reacción hacia (ejem) un cantante que amas, primero lo aplaudes y luego te dan ganas de salir a abrazarlo. Pues con el hospital, igual.

    Últimamente me sentía desamparada al confrontar el miedo a la enfermedad con el sistema de salud. Lo he contado por aquí. Después de enfrentarme en diversas ocasiones a lo largo de un mes con el diabólico y burocrático laberinto de la atención telefónica robotizada, así como con la barrera administrativa de mi ambulatorio, no me quedó otra que personarme en el hospital de La Princesa, donde tendría que hacerme una prueba que había pedido mi médico de cabecera. Cuando hablas con médicos, médicas, enfermeros y enfermeras así como con el personal auxiliar, incluso con el vigilante de la puerta que contestó mis preguntas, sientes que la sanidad no es ese contestador automático en el que dejas varias veces un número identificador y nadie te llama nunca, que tampoco es la soledad de los cuatro meses de lista de espera, que no es un logo, un tarjeta de plástico en la cartera, unas declaraciones de un consejero de sanidad. La medicina son los ojos de una auxiliar de enfermería en la secretaría de endoscopias que se arrugan en un gesto de sonrisa y una inclinación de la cabeza, porque su boca está tapada con una mascarilla azul y no sabes lo que pasa debajo. La medicina es que se lea tus papeles, se salte el sistema informático, donde tu cita ha desaparecido misteriosamente, se los lleve prestados y se vaya a buscar un médico para contarle tu caso. Es medicina que su compañera pruebe desde su teléfono a llamar a esa trampa telefónica de opciones y mensajes pregrabados que no te lleva a ningún sitio y que diga “¡pero si esto no funciona!” y la sientas en el mismo barco. La medicina es que vuelva la primera enfermera y te diga que no te preocupes, que está todo solucionado y te entregue una cita para una semana después. De verdad que quería saltarme todos los protocolos y pegarle un abrazo tan fuerte que casi no pudiera ni respirar.

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  • Diario del coronavirus (69): Nosotros somos la herencia

    Ir de compras por el barrio es como hacer una cata de geles hidroalcóholicos y guantes. Hoy he probado cuatro: el del supermercado de una gran cadena tenía un toque jabonoso, en el supermercado pequeño no había, el del comercio de productos a granel era azul, mientras que el de la tienda de discos era más oleoso. Cada uno tenía su aroma y su color. Y luego el tema de los guantes. Un par en cada sitio, de manera obligatoria. Los del súper grande eran de nitrilo mientras que los demás eran de plástico, del tipo que se usan en las fruterías. Para rematar, la receta: no vale con un ingrediente en solitario sino que en cada local te sugieren una combinación diferente: gel-guante-gel (en el súper), gel-guante (en la tienda a granel) o guante-gel, en la tienda de discos. Hago lo que me piden sin rechistar, pero sufro mucho al tirar a la basura un par de guantes usados durante apenas unos minutos. En el supermercado pequeño habían habilitado una caja solo para echar los guantes. El dependiente me dijo que al final del día tiraba el contenido en el contenedor de los envases. Eso nos llevó a un buen rato de conversación sobre si los guantes es material reciclable o no. Me temo que chafé toda su buena intención al indicarle que los guantes no deben tirarse al amarillo, sino al contenedor de “resto”. Es un sufrimiento ver todo ese plástico con destino al vertedero, pero si estuviera infectado, permitiría la propagación del virus en la planta de reciclaje. “Seguro que pueden hacer algo para desinfectar el material y que no acabe en el basurero”, me dijo. Ahí tenía toda la razón. Le respondo que yo prefería volver al sistema de retorno. Cuando era pequeña —como en todas las infancias de mi generación— mi madre me mandaba “a llevar los cascos al señor Ricardo”. El señor Ricardo tenía una tienda de ultramarinos en el barrio madrileño de Canillejas, donde crecí. Metíamos las botellas de gaseosa en una bolsa de malla verde e íbamos cargados hasta allí. Recuerdo el peso de los vidrios y el olor a humedad de la tienda de ultramarinos. Mi memoria del señor Ricardo se solapó con la imagen del dependiente, que estoy seguro de que sonreía bajo su mascarilla, apoyado con tranquilidad en la caja registradora, sin nadie más a quien cobrar en ese momento. No me dijo ni que sí ni que no, pero quizás no le apeteció imaginarse el trabajo extra que supondría recibir el retorno de las botellas. En lo que sí quedamos de acuerdo es en que hay que reordenar prioridades.

    En ese nuevo orden, el comercio de proximidad tiene que estar muy arriba, me parece a mí. Por eso he pasado por la tienda a granel para comprar un par de cosas, un comercio nuevo que tuvo la mala suerte de abrir poco antes del inicio de la pandemia y lo hizo cargando con la herencia de que la única tienda a granel que teníamos en el barrio tuvo que cerrar un año antes por falta de clientes. Mi ronda de recados tenía un objetivo suculento, mucho más que la soja texturizada que acababa de comprar a granel: la tienda de discos La Negra. Para los que amamos la música, tener una tienda de discos, esa especie en extinción, a una distancia salvable a pie, es un regalo, un lujo, un paraíso, un nirvana, un pecato di cardinale, un qué he hecho yo para merecer tanta cosa buena en la vida. En serio. Mi economía no me permite visitar La Negra todo lo que me gustaría, miedo me da rebuscar en sus cajones porque o me arruino o me deprimo. No es una tienda cara, soy yo, que no me controlo.

    Les mandé un correo para reservar el disco de un grupo madrileño que acaba de sacar su primer elepé, se llama Somos La Herencia. Era mi primera compra desde que han reabierto. Me cuenta Mario, copropietario junto a Paloma, que han notado el cariño del barrio y de su parroquia de fieles al comprobar que muchos han ido a comprar un disco, no tanto porque quisieran ese disco en concreto sino porque pensaron “vamos a comprarles un disco y luego ya veo cuál me llevo”. A mí se me han juntado las dos cosas. Sentía la responsabilidad de mostrar mi apoyo a esta pequeña pero genial tienda de música en el barrio y, cuando supe que Somos La Herencia publicaba disco en estos tiempos raros, decidí que ya sabía lo que quería.

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