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  • Rodar en tiempos revueltos: los guionistas de series y películas reescriben la ficción postcoronavirus

    Rodar en tiempos revueltos: los guionistas de series y películas reescriben la ficción postcoronavirus

    Como en un engranaje, donde una pequeña rueda dentada transmite movimiento a una más grande, así podríamos ver el efecto del coronavirus en la escritura de la ficción audiovisual. La influencia de la pandemia salta a la vista en el piñón más pequeño de la maquinaria, que es el que consigue girar a mayor velocidad; lo vemos en las reescrituras urgente de guiones, los retrasos en los rodajes y estrenos, y en el encarecimiento en las producciones. Si seguimos fijándonos con detenimiento en cómo funciona este mecanismo, vemos que el movimiento se transmite a la corona motriz de esta industria, aunque se duda de si llegará con más fuerza, promoviendo un cambio de paradigma en los contenidos, o, en cambio, si esta crisis quedará amortiguada por la propia inercia comercial de la industria del cine y la televisión.

    Empecemos, pues, por el piñón pequeño. “Olvidaos de las palabras besos y abrazos” ha sido la primera consigna que ha llegado a los guionistas de la serie diaria Amar es para siempre, que emite Antena 3, según explica su guionista Julia Altares: sin contacto físico entre los personajes “es otra ficción la que se va a hacer”. ¿Pero cómo se escriben historias de amor sin besos ni abrazos? Pues con elipsis. “Lo puedes dejar en alto, que los personajes parezcan que están a punto de hacer algo, hacer que se insinúen o decírselo todo con las miradas, también puedes mostrarlo con lenguaje corporal o con metáforas de la imagen”, explica Eulàlia Carrillo, guionista de la serie diaria de Televisión Española Mercado central. Visualmente, “supone volver al cine de los años 40 y 50, donde no se podía mostrar explícitamente —añade Carrillo— lo cual es un reto artístico que exige agudizar el ingenio. Se parece a escribir tramas de época, donde hay un impedimento para mostrar las relaciones sexuales, ahora el impedimento no es la época sino las precauciones en temas de salud. Lo importante es que al espectador le parezca creíble”.

    Las series diarias han sido las primeras en trabajar bajo la sombra del virus: tienen más prisa por rodar y también son las más fáciles de adaptar a los protocolos. Los guiones que ya estaban escritos para Mercado central están ahora en manos del guionista de plató, la persona que se está encargando de modificarlos para que no haya contacto físico, ni más de dos o tres personajes por secuencia, ni grabaciones en exteriores. Por ejemplo: él llora, ella le abraza. Ahí el cambio es fácil: él se queda sin abrazo. Las escenas de acción sin contacto físico son mucho más complicadas de imaginar. Otro ejemplo: en tiempos del coronavirus, los puñetazos siempre fallan; o bien aciertan, pero no vemos el golpe, hay que dejar que el cerebro reconstruya lo que la distancia de seguridad escamotea.

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  • Diario del coronavirus (68): El miedo a caer sin red

    Cuando la pandemia de la COVID-19 llegó a España, dí por hecho que en algún momento me enfermaría. Veía acercarse las piezas de dominó, utilizadas para crear un mosaico de esparcimiento a gran velocidad del virus y tomé todas las precauciones posibles, aún sabiendo que serían en vano: alguna pieza cercana a mí acabaría golpeándome en la cabeza, yo caería y haría tambalearse a la siguiente. No ha sido así (todavía no lo descarto) pero sí he estado aquejada de otra enfermedad durante el confinamiento. Con el sistema de salud pública volcado en la lucha contra la COVID, nunca me había sentido tan desamparada. Primero, la duda: los mensajes advertían no acudir a los centros de salud si no era por algo grave pero, ¿cómo saber si lo es? ¿Es el dolor un indicador suficiente? ¿Cuándo es mucho dolor? Después, la dificultad para conseguir cita: la app que utilizamos para ello fue deshabilitada y no respondían el teléfono en el centro de salud. Con mi primera cita, la culpabilidad. ¿Había hecho bien? ¿Me estaba poniendo en peligro? ¿Era mi problema lo suficientemente importante como para acudir a un sistema congestionado? Me voy de la consulta con una receta en la mano. Me tomo las medicinas pero no mejoro. De nuevo la duda y la dificultad para conseguir cita me acompañan durante varias semanas. Navego por páginas de internet buscando un autodiagnóstico. Consulto con el farmacéutico. Me comunico con un voluntarioso especialista por email. Nada me resuelve. Hablo con el centro de salud y me dicen que mi médico de cabecera me llamará por teléfono. Lo hace. Le explico lo que me pasa y me indica que vaya a verle ese misma tarde. El centro de salud está parapetado: en el mostrador les parece extraño que mi doctor me haya hecho ir y son reacios a dejarme entrar. Una vez en el interior, me extraña verlo desierto de pacientes, tan solo médicos hablando por teléfono desde sus respectivas consultas, con las puertas abiertas. Una vez dentro de la que me corresponde, el médico me explora, comprueba que efectivamente no he mejorado de mi problema digestivo, el cual arrastro desde el 29 de febrero (recuerdo exactamente el día que me puse mal) y me solicita por vía preferente una prueba. De eso hace un mes y cuatro días. A pesar de la urgencia, no solo no me la han hecho todavía sino que ni tan siquiera he conseguido que me llamen para darme cita. Dos veces he llamado yo al número indicado y siempre acabo grabando un mensaje en una máquina, solicitando que se pongan en contacto conmigo en un número de teléfono. En la Comunidad de Madrid llevamos padeciendo hiperbólicos retrasos en las citas con las especialidades desde hace años (cuatro meses para un ginecólogo, cinco para un psicólogo, seis para un fisio) y unas listas de espera bochornosas para las operaciones. Aunque la historia principal es la de cómo nuestro sistema ha podido responder al coronavirus, hay otra trama secundaria que es finalmente la que me ha tocado vivir: la soledad y la orfandad ante la dolencia que ni siquiera ha podido ser diagnosticada. Y, acompañándolas a ambas, el miedo.

    Me dan ganas de pasar de los aplausos en mi casa a la manifestación frente a la casa de quien tenga que meter más dinero y contratación en los servicios sanitarios.

    Eleonor tampoco se encontraba bien de salud este sábado a la hora de la comida. Decía que le dolía la tripa pero no le creí, poco antes pegaba volteretas y no había comido nada: pensé que se estaba rebelando contra mi empeño de echar guisantes en la paella (pido perdón a aquellos a los que esto le parece una aberración y admito quejas en los comentarios, pero mi madre la hacía así). No quiso comer. Por la tarde dijo encontrarse recuperada, se comió la paella (le aparté los guisantes, salvo dos que le colé) y salimos al parque, donde coincidimos con sus amigos. Mi dolor digestivo hacía que me costara estar de pie y busqué un banco en el que sentarme. Me di cuenta de que no sabía si podía o no sentarme en él. El padre de una amiga de Eleonor me advirtió de que hacía solo un par de días que la policía pedía a las personas que se levantaran de los bancos del parque. Me dio igual, ese día tocaba desacato a la autoridad. Necesitaba sentarme. En ese momento llegó Eleonor con la cara mustia a decirme muy bajito que le dolía la tripa de nuevo. Y otra vez sentí el miedo. Se me pasó de todo por la cabeza: y si es grave, ¿qué? Eleonor no es una niña que enferme con frecuencia ni yo una madre que abuse del pediatra: quitando las revisiones, en nueve años habremos ido cuatro o cinco veces. Pero sentí una anticipación del desvalimiento. Nos levantamos para volver a casa y, mientras lo hacíamos, Eleonor vomitó la paella en un árbol. Enseguida me advirtieron de que le tomara la temperatura, por si acaso. “A los niños el coronavirus les afecta con vómitos”, me dijeron.

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  • Diario del coronavirus (67): Los primeros turistas en la ciudad

    Cada día, expandimos un poco más los límites del confinamiento. En concreto, hoy los hemos expandido hasta Goya. Para los que no conocen Madrid, me refiero a una zona comercial en el barrio de Salamanca, no al pintor. Son dos kilómetros los que separan nuestra casa de esas calles y los hemos cubierto caminando. las bochornosas imágenes de la irónicamente denominada “revolución de los cayetanos” sucedían en este barrio. Hemos ido Alberto y yo con nuestra hija Eleonor, montada en el patinete, corriendo riesgos extremos, zigzagueando entre las clásicas señoras que caminan en grupo (lo siguen haciendo agarradas del brazo, como lo hacían antes, pero ahora ataviadas con mascarillas), otra familias con otros niños suicidas en patinete, las mesas de las terrazas, las colas para conseguir mesa en las terrazas y las colas para entrar a los comercios. Al desandar los mismos dos kilómetros de vuelta a casa, no veía la hora de llegar y encerrarnos como si todavía estuviéramos trepando angustiosamente por la curva de contagio.

    Nos dirigíamos a una pequeña tienda de cómics llamada Atom. A medio camino, en la señorial calle Ortega y Gasset, escuché mi nombre a gritos, proveniente de entre los coches. Miré y no ví nada. Al poco, se abrió paso montada en su bicicleta mi amiga C., que regresaba de su trabajo en un librería del centro. Dice que no sabe cómo nos ha reconocido, si vamos los tres con gafas de sol y mascarilla. Es ironía, claro, la verdad es que los tapabocas no enmascaran a nadie, más bien al contrario: Eleonor lleva tiburones; Alberto, camuflaje; yo, negro luto y las señoras del barrio de Salamanca, banderas de España. Imagino que cada uno pone por delante sus miedos. Lo de mi hija con los tiburones tiene categoría de trauma, me imagino que a los demás nos pasa lo mismo.

    La pregunto a C. cómo va la cosa por la librería. Nos cuenta que le ha llamado la atención que los clientes que entran van a comprar, lo cual hace el trabajo mucho más efectivo. Cuando había turismo en el centro de Madrid, la mayoría entraban para darse una vuelta. Visto como estaba hoy la ciudad, en un barrio que no podríamos considerar el centro pero sí bastante céntrico, lo único que falta por volver a la calle es el turismo. Y eso a pesar de que muchos de nosotros parecíamos turistas en nuestra propia ciudad. Alberto y yo, que somos ya un par de viejos nostálgicos, caminamos por la calle Conde de Peñalver mirando con pena los comercios y señalándolos diciendo: mira, aquí había un cine; mira, allí había una juguetería. “¿Te acuerdas de cuando estuvimos en ese bar?”, le pregunto. Me dice que sí y la verdad es que es un milagro porque hace al menos quince años. El asombro por algunas de las cosas que vemos barre con la melancolía. Por ejemplo: hay colas para todo pero las más largas están en las tiendas de ropa. No me refiero a las añejas corseterías o las boutiques de ropa fea y cara propias de esta zona. No, ya sabéis a qué tiendas de ropa me refiero. Hay al menos quince personas haciendo una fila que avanza muy lentamente. “Puede entrar una persona”, dice una chica en la puerta, armada con un dispensador de gel y unas toallas de papel. El problema es que son dos amigas y quieren entrar juntas. No me detengo a esperar el desenlace y seguimos nuestro camino.

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  • Bunbury, en estado de emergencia: “la mirada del pánico no ayuda”

    Bunbury, en estado de emergencia: “la mirada del pánico no ayuda”

    Una palabra paradigmática de las letras que escribe Enrique Bunbury es “quizás”. Aparece fundacionalmente en la canción Hace tiempo del primer disco de Héroes del Silencio, El mar no cesa, de 1988. La duda se filtra en toda la obra del artista zaragozano hasta llegar de una manera poderosa al presente, con un nuevo disco que habla de las opciones, las decisiones, lo que podría haber sido y no fue, los diferentes futuros. Un álbum titulado Posible cuyo lanzamiento estaba previsto para el 17 de abril, en pleno impacto del coronavirus pero fue empujado al 29 de mayo, en tiempos ya de desescalada en España.

    Hace tres años, en su anterior disco, Expectativas, había una canción llamada En bandeja de plata en la que Bunbury generaba otra de sus clásicas dudas, con aterradora premonición: “¿será una suave brisa nuclear que nos dejará en los huesos o una bacteria que se expandirá y contagiará sin darnos cuenta?”. Bunbury ha sido un artista introspectivo y tradicionalista durante muchos discos que en los últimos años ha sentido la necesidad de girar la cabeza y hablar del presente. Para él, el cambio comienza en Palosanto (2013), cuya primera canción se titula Despierta. Prosigue en Expectativas y cierra un tríptico con Posible. “He querido mirar al presente” escribe respondiendo a un cuestionario desde su residencia en Los Ángeles, donde vive desde hace diez años. Si la información del documento de texto no miente, y a falta de mayor información de contexto, el músico se tomó una hora y cuarto para contestar con detenimiento las diez preguntas que recibió de este medio, sin dejar ni una en blanco.

    En el tema Mis posibilidades, uno de los que no han sido anticipados en los cinco singles previos que han ido compensado con su presencia la ausencia del disco completo, habla de los universos paralelos en los que él podría existir y piensa que no están muy alejados los unos de los otros, que de alguna forma se puede ir y volver. “Creo que todos hemos fantaseado en algún momento con tener diferentes vidas”, dice. “Poder ser algo distinto. Estudiar algo distinto. Trabajar en un taller mecánico. Casarte a los dieciocho. Tener muchos hijos. No tener ninguno. Irte a vivir a Tailandia. Ser del sexo contrario… Hoy pienso que algunas opciones importantes ya las tomé, pero también pienso que tomamos cada día infinitas microdecisiones que siguen definiendo nuestras vidas y que podrían encauzar nuestro futuro de manera distinta”.

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  • Diario del coronavirus (66): Vete tú a saber

    Empecemos rebobinando. Cuando estalló la pandemia, Alberto y yo solo teníamos entradas compradas para dos conciertos. Hablé de ello en la primera entrada de este diario: unos 20 días después del decreto del estado de alarma estaba prevista la actuación de uno de los grupos más importantes del rock gótico: The Sisters of Mercy. Escribí “me temo lo peor”. No tenía ni idea de lo que estaba por venir y además equivoqué mucho el tiro al pensar que, en lo que a mi egoístas aspiraciones musicales concernía, lo peor que podía pasar es que el concierto se suspendiera. Una semana después, lo compartí con vosotros, llegó la buena noticia del aplazamiento hasta septiembre. “Vete tú a saber cómo estamos en septiembre”, opinó mi pareja muy cabalmente. Eso también os lo conté, en una página especial que además venía titulada con un verso de una canción del grupo. Lo mismo que Alberto debieron pensar los promotores de la gira, o la propia banda, al volver a cancelar de nuevo los conciertos de septiembre y aplazarlos, esta vez a una más prudente fecha en marzo de 2021. Un año después. Y ahora viene la gracia. Las otras entradas que nos habíamos comprado nos abrían las puertas de un festival de reciente creación llamado Dark Mad, cuya segunda edición debía celebrarse en octubre de 2021 en Pinto, un pueblo a las afueras de Madrid. “Vete tú a saber cómo estaremos en octubre”, debió decir Alberto en algún momento. ¿Cuál es el trágico desenlace de esta dramática historia? Que ambas citas, tanto el concierto de The Sisters of Mercy como el festival Dark Mad han sido reprogramados para el mismo día: el 24 de marzo. Ni qué decir tiene que hablamos del mismo público: son las mismas 3.000 personas que irían al concierto y al Dark Mad. De hecho, el grupo bien podría ser el cabeza de cartel del festival. Este tiro en el pie es incomprensible y uno, o quizás los dos promotores, van a salir perdiendo. El público, desde luego. ¿Qué haremos nosotros? Ni idea por ahora. Pero lo cierto es que, ya que no podemos estar en dos sitios a la vez, habrá que tomar una decisión cuanto antes porque los promotores están anunciando unos plazos cortos para tomar la decisión de devolver la entrada. 

    Lo inquietante es que no parece un caso aislado. Hacer encajar los eventos musicales del año 2020 en el año 2021, teniendo en cuenta que ya había conciertos anteriormente programados para esas fechas, está siendo un calvario para los profesionales de la industria. Algunos nos preguntamos qué tipo de tejido musical va a quedar después de esto. Muchos grupos, nos enteramos por sus redes sociales, han perdido dinero por las cancelaciones de sus giras. Hay pequeños promotores que puede que no se recuperen de las cancelaciones. Y nosotros, bueno, nosotros no nos recuperamos del susto.

    Hoy no hemos salido a nuestro balcón a aplaudir a las ocho. No había nadie en casa. Eso ya dice mucho de cómo va la desescalada. La Comunidad de Madrid ha ampliado los horarios de salida de los niños y, si los combinas con las ganas de los padres de tomar tintos de verano en las terrazas del barrio, diluye con tristeza el importante gesto de apoyo a la sanidad pública. Y, en verdad, también nos diluye un poco a todos como comunidad que se apoya mutuamente. A Alberto y a nuestra hija Eleonor les pilló en el parque. A mí, bajando por la calle Lavapiés, después de una segunda visita al fisioterapeuta. Aplaudí sorteando las terrazas, pobladas y ruidosas, mirando hacia los balcones, donde en lugar de alegría encontré medias sonrisas, algunas miradas serias y esquivas, en general gestos de resignación. Yo era la única persona que aplaudía en la calle. Las palmas fueron breves, apenas me dio tiempo a recorrer algunos portales, y a las ocho y tres minutos ya se había agotado.

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  • Diario del coronavirus (65): Vis-à-vis en la residencia

    Con la llegada de la fase 2 a gran parte de territorios, mis primos han podido ir a visitar a sus padres, que son mis tíos, a la residencia en la que viven en A Coruña. Mi prima Y. nos enviaba por un chat familiar la fotografía de la sala en la que había podido ver a su padre. Si no te advierten que es una residencia de ancianos, da la sensación de que ha sido tomada en una cárcel. Podríamos decir que es una prisión de alta seguridad no para evitar evasiones sino para impedir lo contrario: incursiones del virus. “Es como un vis-à-vis”, dijo Y. La imagen impresiona y es la que abre esta entrada del diario. Me provoca una gran sensación de soledad, incluso aunque no hay nadie en ella. De hecho, es un sentimiento similar al que experimento cuando visito la residencia. Cuando voy, me desarmo, no tengo callo ni coraje para afrontar la vejez como es debido, para acompañar como necesitan. Ya puedo ir espabilando, me dijo a mí misma. En cambio, la entereza y la energía de mi prima M., que acude con frecuencia no solo a ver a su madre, sino a sus tíos, que son también míos, a la resi, como dicen cariñosamente, tiene toda mi admiración y agradecimiento. La manera en que M. consigue empujar la tristeza para que no tenga cabida en esos momentos, para seguir adelante en los días más duros, es mi gran ejemplo.

    Las medidas de seguridad en la residencia son duras pero necesarias. No creo que nadie las cuestione. Hemos visto en Lleida un repunte de casos, algunos en una residencia geriátrica, y nadie se quiere arriesgar. En la de mis tíos no ha habido un solo caso; no es cuestión ahora, con todo lo que sabemos, de ir hacia atrás. Antes de entrar, hay que pisar en unas cubetas para desinfectar los zapatos. Ya en el locutorio que se ha establecido, las visitas ven a los internos a través de un cristal y se hablan mediante un micrófono, para amplificar la voz. Intento imaginar qué pensarán mis tíos, cómo será su extrañeza, ante estos protocolos que, estoy segura, no llegan a comprender.

    Al otro extremo de la vida, en la misma línea genética, la niña Eleonor, todavía en fase 1 de la desescalada, asimila con rapidez los cambios pero tampoco creo que acabe de comprenderlos en profundidad. Me ha preguntado, una vez más, porqué no puede venir a dormir a casa su amiga. Acata, pero no acaba de ver qué pasa porque, finalmente, la amenaza ha sido invisible. Lo comentaba hoy con mi vecina M. de balcón a balcón, tras unos desaboríos aplausos en los que faltaban las vecinas más animada y acusábamos las manos que van causando baja; parece que el gesto en defensa de la sanidad pública se va diluyendo poco a poco, quizás justo cuando más respaldo necesitan. M. me decía que no acababa de acostumbrarse al enemigo invisible: el relato de lo que nos ha pasado sigue siendo asombroso. Si pudiera ir a la residencia e quisiera contárselo desde cero a uno de mis tíos, aquejados de alzheimer, pensaría que le estoy metiendo una trola.

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  • Diario del coronavirus (64): Fase abuelos

    Eleonor estaba tan nerviosa por ver a sus abuelos que no ha sido capaz de resolver un problema en toda la mañana. En lugar de eso, los ha creado: tenía a su padre mosqueado porque era incapaz de concentrarse. Los abuelos de mi hija han aprovechado una visita al dentista para pasar por nuestra casa y ver a su nieta en carne y hueso por primera vez en más de dos meses.

    Llevábamos días debatiendo sobre los protocolos que íbamos a establecer. La cosa había acabado en llanto en alguna de las sesiones de preparación. Nosotros, el partido en el Gobierno (de esta casa) propusimos que no hubiera contacto físico, que se mantuviera la distancia que permitieran los muebles del salón y que todos lleváramos mascarillas. La lideresa de la Oposición (Eleonor) esgrimió un argumento incontestable: “¿¿pero cómo no voy a abrazar a mis abuelos si son mis abuelos??”. El resto de grupos de la Oposición (los abuelos), con los que este Gobierno intentó entablar un pacto de coalición para sacar adelante este proyecto de visita, prefirieron abstenerse. En realidad, querían votar en contra de nuestra ley, pero se encontraban divididos entre el amor a la nieta y su responsabilidad como población de riesgo.

    Las negociaciones se prolongaron hasta muy entrada la noche (en verdad, durante el confinamiento, siempre ha habido alguna excusa para que lo que sea se prolongue hasta muy entrada la noche) y los equipos negociadores se fueron a la cama habiendo hecho concesiones por ambas partes: llevaríamos mascarillas, mantendríamos las distancias y evitaríamos los abrazos. En los corrillos del pasillo, la lideresa de la Oposición dejó caer a los periodistas congregados (yo) que una cosa es a lo que se hubiera comprometido y otra muy diferente lo que fuera capaz de evitar. La pareja de Gobierno dejó clara su postura: ellos no abrazarían, y en concreto sin duda no lo haría la que el día anterior había estado tomando un mosto en la terraza del bar del barrio, dejándose besar por imprudentes jóvenes sin mascarilla. Dejaron en manos de la geometría variable que la responsabilidad del grupo abuelo de la Oposición impusiera su mayoría y se respetaran las medidas de seguridad.

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  • Diario del coronavirus (63): No me beses, por favor

    Diario del coronavirus (63): No me beses, por favor

    Aunque se me pasó por la cabeza (un par de veces, tres a lo sumo) no tenía ninguna intención de bajar a la terraza del bar el primer día de la fase 1. En casa habíamos llegado ya al consenso de que arrojarse con los brazos abiertos a la socialización hostelera en el primer día permitido era temerario, a parte de poco elegante: podríamos parecer desesperados.

    De manera que estaba manteniendo el tipo bastante bien durante la hora del desayuno, la del vermú y la del café, hasta que vinieron dos niños a casa a llamarnos a gritos por el balcón  la hora de las cervezas. Aunque parece cosa de pueblo, que sepáis que estas maravillas siguen pasando en algunos barrios en Madrid. Me asomé. Les dije que Eleonor no estaba en casa. “Que dice nuestra madre que bajes a la terraza del bar”, me gritaron, igualmente. Quién le dice que no a un niño. 

    Me calcé las sandalias, cogí la mascarilla, las llaves, el móvil, un billete y bajé a la calle, acompañando de vuelta a los amigos de mi hija hasta la mesa en la que se había hecho fuerte su madre. A. me esperaba con una Estrella en la mano, dispuesta a brindar. El bar está situado en una plaza peatonal, en realidad un sitio de paso entre una calle y un pasaje. A pesar de que estaba concurrido, aún había algún sitio libre. Los dueños habían colocado menos mesas de lo habitual y se habían expandido hacia la calle. Ya he contado por aquí que lo llamamos la terraza sindical por su proximidad a la sede de la UGT. Es el centro de vida y reunión de estas calles. Si vas sola, es muy probable que encuentres a algún vecino conocido con el que tomarte algo y, si no, siempre estás a gusto allí dejando pasar la vida un rato. Los niños y las niñas juegan alrededor, se persiguen o corretean con patinetes entre las mesas. El lugar tiene sus típicos parroquianos, fieles y carismáticos, como todo bar de barrio. El verano pasado, su dueño durante años, un gallego de Baiona que hacía las mejores tortillas estilo Betanzos de Madrid, se jubiló y aún no nos hemos acostumbrado al cambio. Esta tarde, él y su esposa ocupaban la mesa junto a la que se había instalado A. Les pregunté si es que echaban de menos esto y el paisano no me acabó de decir si sí o si no, o no me acabé de enterar, pero me pareció que su presencia en el día de la inauguración lo decía todo. Pese al confinamiento y los achaques, José Luis tenía un gesto de relax maravilloso, del hombre trabajado que se sienta, como cliente, en la terraza del bar que fue suyo, a que le sirvan.

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  • Diario del coronavirus (62): En la víspera de la fase 1

    En Madrid, epicentro de la catástrofe (a muchos niveles), en la víspera de pasar a fase 1, no se habla de otra cosa. Hasta el punto de ser uno de los temas principales en las videollamadas de los niños. Impresiona ver a los micos mantener las mismas conversaciones que los mayores, o al menos muy similares:

    — ¡El lunes pasamos a fase 1!
    — ¿Cuándo vienes a dormir a mi casa?

    No sé otros niños, pero el objetivo principal de mi hija, para la fase 1 y para la vida en general, es mezclarse mucho con la gente. Le pirra la fiesta más que una bolsa de pipas. Y también las casas de los demás. Su idea de la felicidad es pasar la noche fuera de casa de manera espontánea, como yo con 20 años pero ella a los 8. Ha preguntado en varias ocasiones exactamente a qué hora del lunes comienza la fase 1.

    Eleonor está muy informada de todo lo que le interesa. Consume telediarios con un vicio que es posible que yo le haya contagiado. Si un día estoy saturada de noticias y cojo el mando para apagar la tele cuando termina uno, ella me lo arrebata de la mano y me mira como si estuviera haciendo una locura: “¡que ahora empieza el de la otra cadena!”. Durante el telediario pregunta cosas como “¿qué son anticuerpos?” o “¿quién es el malo?”. Pregunta por el malo en el telediario igual que lo hace en las películas. Lo que es el argumento (de la pandemia) yo diría que lo ha pillado bien, así como los arcos de sus personajes principales y la evolución de la trama. Puede ser que hasta le haya puesto un título: cuando ve un lugar donde no se están guardando las distancias de seguridad dice: “mira, mamá, fiesta del coronavirus”. He dicho que era una película pero no he aclarado de qué género. Tratándose de Eleonor, siempre es una comedia.

    Desde que Pedro Sánchez nos ha dicho a los españoles que podemos ir planificando nuestras vacaciones, la vida se ha vuelto más complicada. Yo, de verdad, vivía más a gusto al día, sin tener que planificar nada. Me hablaba el otro día un amigo, que ha pasado por la COVID-19, que lo de pasar una temporada en la cama le ha parecido tentador. Inevitablemente nos acordamos de un vecino de mi barrio, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, en cuya cama con vistas a la Avenida de América yació (y escribió) durante años. A mí ahora ahora mismo me tienta la opción de permanecer en estado de alarma permanente, como canta Bunbury en su último disco, y quitarme de la ansiedad de la planificación. He disfrutado del rigor horario del confinamiento y también de las medidas de alivio de la fase 0. Por eso estoy por plantarme, mostrar mis cartas y terminar aquí la partida.

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  • Diario del coronavirus (61): «Mamá, despiértame a tu hora»

    Estamos agotadas. Nunca había necesitado un verano en primavera pero este año sí. Al igual que tantos eventos se han aplazado en 2020, propongo que al menos haya uno que se anticipe: las vacaciones. Ya sé que no es plan venir con estas en mayo, que lo que piden los agentes externos es volverse superproductivos de nuevo, que justo ahora nos estamos desescalando con ganas (y hasta cortándonos el pelo y haciéndonos la cera) y que todavía queda mucho por hacer antes de tumbarse en la hamaca, pero de verdad, por una vez, al menos, que acabe el curso escolar ya.

    Mi hija, que está cerca de cumplir los 9 años, cada día se acuesta más tarde y se levanta cuando se lo pide el cuerpo. Todos los días me propongo despertarla pronto pero esas dos horas que le llevo de ventaja en la mañana son las dos únicas que puedo trabajar con plena concentración. No le caben en el día todas las tareas que tiene pendientes, no porque sean muchas (aunque se han acumulado de tal manera que empiezan a parecer un inabarcable trabajo de fin de carrera) sino porque hace tiempo que su cabeza se ha ido de vacaciones, en clase preferente. Me pide: “mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo”, pero es imposible, cuanto más se expande el día, más crece el poliespán de los ratos muertos, los intervalos que ocupan más tiempo que los actos en sí: por ejemplo, cinco o seis veces más de tiempo ocupan los gestos anteriores y posteriores al vestirse que el momento de ponerse las prendas encima. O lavarse los dientes: veinte segundos rodeados de diez minutos de poses frente al espejo, de un cuarto de hora probándose diademas e inventando coletas, media para hacerle una cuna al muñeco en el bidé con las toallas, contarle un cuento a su bebé y ponerle una canción en el móvil, que al final se convierte en otra media hora más porque buscando la canción de cuna acabó viendo un vídeo de Los Polinesios, no se sabe cómo. De repente, es la hora de acostarse, el cuarto de baño está hecho unos zorros y hoy tampoco se ha bañado. “Mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo”, me dice de nuevo.Uno de esos últimos días de lluvia que tuvimos, pasamos una mañana machadiana haciendo cada una nuestros deberes, en nuestras respectivas habitaciones, con los spotifies sonando bajito, mientras la melancolía mojaba los cristales. De vez en cuando iba a echarla un ojo. Ella estaba enfrascada en su ordenador, haciendo juegos matemáticos en una de las plataformas que sus profesoras están usando para avanzar materia. Me pregunto dónde estaban estas plataformas antes, cuando también las necesitábamos. Esa mañana sí que me cundió lo mío. Miré el reloj y era casi la una; me extrañó que llevara tanto tiempo sin llamarme o venir a curiosear lo que hago. Me dirigí a su habitación en cuclillas y, bueno, la pillada fue monumental, más o menos como la intensidad de mi enfado. Hacía largo rato que la pestaña de Matific del navegador estaba criando telarañas. En cambio, los videos de sus youtubers mexicanos de cabecera estaban en puro prime time. “¡Apaga el ordenador!”, grité, sonando exactamente igual a mi madre en 1988.

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