Mucho, me cuesta mucho. Entre lo gorda que está y lo floja que soy… Pero ¿cuánto costaría si estuviera en venta?:

My blog is worth $9,597.18.
How much is your blog worth?
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Sigo rescatando drafts de la alacena. Este es bastante antiguo, debería haberlo escrito en Barcelona. ¿Os acordáis cuando lo primero que hacía al viajar a otra ciudad era buscar un cibercafé? Pensé que esos tiempos terminarían al comprar el viejo iBook pero finalmente no fue un gran adelanto en cuanto a movilidad. Ahora soy una posteadora burguesa que le da pereza escribir en un teclado que no sea propio o pagar Internet al minuto. Pero ideóloga, más que nada, porque ni siquiera dispongo del equipo necesario. La viaje concha (la zorra de mi iBook, era llamada) pesa, corre con el os 9, es más lenta que una cara B de Bedhead y no le funciona el adaptador USB para wi-fi. Bonita es un rato, eso sí. En fin, me desvío. El título de este post estaba escrito mucho antes que su contenido. Así sucede cuando tienes las palabras claves (o generalmente robas la referencia) y sientes que encaja tan bien con tu vida, con el propósito del escrito, que publicarlo se convierte en una de las prioridades. Pero en mi caso suele suceder que la perfección del titular me impone demasiado respeto y amenaza desafiante: «A que no te escribes un post a mi misma altura ¿eh?». Y los campos, los recuadros de las entrañas de WordPress son campos minados que no te atreves a conquistar, son primeras planas de periódicos compitiendo ferozmente entre ellos. Por ello, y estando yo débil, me apeo de esta locura y ahí se quedan los borradores, un -Title- y apenas tres frases o tres palabras en pending, quizás el link a alguna foto y un apunte mal escrito de algo que no quiero olvidar, una idea mágica para salvar The Last Dance y que, está comprobado, pierde fuelle con el tiempo.


Supongo que sí, que algún día este log volverá a tener imagen y me gustará tanto que escribiré posts tontos sólo para arrastraros, vosotros usuarios únicos, a esta página y lucirla, como quien invita al té a sus amistades para presumir de casa bonita. No dejan de suceder cosas y de golpe ya no soy cronista de ninguna. Como si no me interesaran los nuevos MacBooks, ya no fuera a conciertos, no saliera por la noche (ni me encontrase a mis amigos armados con objetivos). Fui a ver a Current 93 en Barcelona y si tuviéramos que medir la importancia de los conciertos por las líneas dedicadas éste tendría menos trascendencia que la Orquesta Yakarta en las Fiestas de Canillejas. En cambio, entró directo a alguna posición indeterminada (me llevaría tiempo reordenar el chart) de mi Top 10 de Esos Grandes Conciertos de Mi Vida. También fui a ver a Nitzer Ebb el 9 de junio y no les fue difícil pegar un par de codazos para hacerse un hueco en esa lista tan elitista.
Foto es de dgeral encontrada en Flickr.

He salido a la calle a las nueve de la noche para hacer un recado y comprobar qué tipo de gente sale fuera mientras se juega un partido de fútbol de interés general. Un recuento acelerado: viejas, pringados que les ha tocado bajar al chino en el último momento para comprar ganchitos, parejas que se resisten a creer más en el Mundial que en el Amor (o, lo más probablemente, están en esa fase de la conquista en el que se sacrifica todo), madres que pasean a sus bebés en carritos (sin duda aprovechando que a la sillita le van a tocar los metros cuadrados necesarios para no golpetear a nadie) y un puñado de Elenas Cabreras (individuos despistados que tienen que preguntar a qué hora es el partido para poder planificar las relaciones sociales y familiares antes y después). Pasan cosas. Hoy he visto el cartel de Control, la película de Anton Corbijn basada en el libro Touching From A Distance de la viudísima Debeorah Curtis. El poster me parece fabuloso.

