Ha sido la mirada de José Palazón la que nos ha permitido quitarnos la venda de los ojos que nos impedía ver la situación de Melilla. Sin su cabezonería, seguiríamos mirando hacia otro lado. Sin los dardos afilados de sus declaraciones públicas, no entenderíamos nada. Sin su activismo por los derechos de la infancia, los niños que viven en las calles de Melilla seguirían sin importarle a nadie. Sin su foto, sin su famosa foto, el mundo no habría entendido la valla de Melilla como el gran símbolo de la desigualdad que es. Esa valla no es solo un obstáculo arquitectónico, es la línea divisoria entre ricos y pobres, norte y sur, poderosos contra vulnerables. (más…)
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«La frivolidad puede ser un escudo protector para el alma»
Le robo la cita a Tino Casal para titular este texto porque, me digo en voz baja, ojalá lo hubiera dicho yo así de bien. El otro día me puse mis zapatos de tacón de aguja de piel falsa de animal salvaje, estrené un bolso macabro y pasé el día así, en la oficina. Al terminar la jornada bajé a la calle y esperé en la esquina. Al poco, un motorista se detuvo a mi lado, giró la llave y me ofreció el asiento trasero.
Apoyé los pies en los estribos, me agarré fuerte y me dejé llevar. Cogimos la Gran Vía en Cibeles y seguimos recto, esquivando los coches, hasta plaza de España y aún más allá, bajando toda la calle Princesa hasta Moncloa. Al llegar, al fin, a Ciudad Universitaria, vi a los estudiantes de la Complutense fluir hacia fuera de los caminos del campus, regueros de hormigas expandiéndose hacia el centro, subiendo a autobuses y bajando a bocas de metro. Les miré, despreocupada de la conducción y reconocí mi pasado en ellos. Me tranquiliza que haya escenarios que no cambian.
Al finalizar las clases, me gustaba ir al Museo de Arte Contemporáneo y no pocas veces quedé en su cafetería con otras personas (amigos, novios, otros estudiantes). En aquel entonces, volver al Museo me recordaba la primera vez que lo visité, con el colegio. Se había agarrado a mi memoria el Equipo Crónica, el arte abstracto, Juan Gris. Ese sitio de aspecto industrial me fascinaba. Asocié para siempre que el arte contemporáneo se expone en edificios horizontales (fríos y con abundancia de cemento y aluminio) y el arte clásico en vertical, en palacios de techos altos y elegancia neoclásica.
Hace mucho tiempo que ese edificio ya no es Museo de Arte, sino del Traje. Es uno de los espacios expositivos menos conocidos y frecuentados de Madrid, o esa es la impresión que tengo. En estos días alberga «Arte por exceso», una exposición dedicada a Tino Casal a través de su vestuario.
Tampoco Tino Casal es un artista conocido y frecuentado, por lo que he podido obtener de una encuesta informal realiza entre mis allegados menores de 30. En cambio, en los 80 fue muy popular y en los 90 muy ridiculizado por el público general. Pero el público general se equivoca, Tino Casal no podía ser ni popular ni ridículo.
Para mí siempre fue alguien fascinante a quien adorar, y sentí mucho su muerte en el año 91.
El folleto que acompaña la exposición contiene un texto que supongo estará escrito por los comisarios, Juan Rodríguez y Rodrigo de la Fuente. En él, dicen de Casal que fue «un dandy posmoderno, cruce de Bowie y Sandokán, capaz de hacer de una manta zamorana un accesorio con puntazo o de vestir guantes de encaje con sombrero vaquero».
Fue cantante, compositor, diseñador gráfico y también de moda, de su propia moda y la de su grupo. Diseñaba sus chaquetas, customizaba las de otros y creaba sus looks superponiendo piezas y combinando con fantasía. Esa deshinibición unida a la teatralidad y aplicada a la música es lo que me ha gustado tanto de él.
Sigo con el catálogo: «en ocasiones le insultaban por las calles de Madrid, le escupieron en aquel concierto punk de Londres en el que llevaba la chupa roja que luego vestiría Imanol Arias en Laberinto de pasiones. Pero si al salir de su casa la gente no se daba la vuelta para mirarle, volvía para poner solución a esa indiferencia».
Como a Casal, me produce tedio lo cotidiano y, a veces, siento el deseo de volver a casa para poner solución a la indiferencia, no tanto de ellos hacia mí sino de mí hacia ellos. Me entristece la sociedad gris y conservadora en la que nos estamos conviertiendo, en la calle y en el arte. Pero cuando veo destellos de exceso, me emociono.
El resto de fotos de la exposición, aquí.
La exposición, en el Museo del Traje de Madrid, ha sido prorrogada un mes, por loq ue puede visitarse hasta el 19 de marzo de 2017. Es gratuita. Más info.
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Soy una valla
Hola, ¿qué tal? Soy una valla. En concreto, soy una valla española. Me clavaron al suelo de Melilla en 1990, así que tengo 26 años. Aún soy joven, pero ya no soy una niña.
Me han contado que, antes de mí, pasar de Marruecos a esa pequeña ciudad que es parte de España en África era algo más sencillo. A mí no me lo parece así. Antes de que España entrara en la Unión Europea en 1986, la gente se movía con demasiada facilidad. Un descontrol. Pero llegué yo y ahora está todo más controlado: tú sí pasas, tú no pasas. ¿Ves? Mucho más sencillo.
Yo era apenas un bebé de alambres y, en cambio, recuerdo que las personas marroquíes que querían entrar a España debían enseñar, además de ese librito con foto y sellos que llamáis pasaporte, un documento nuevo llamado visado. Desde mi posición más elevada puedo ver el puesto fronterizo de Beni Enzar y el tremendo jaleo que se forma en mi puerta grande con gente enseñando papeles.
Una cosa interesante que tengo es que mi portal es la puerta de Europa. Tela. Cuidadosamente vigilado por funcionarios, subcontratas de seguridad, agentes de las Fuerzas Auxiliares marroquíes, Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía, si me cruzas, estás en la mismísima Europa. Una vez dentro, ya no hay vallas, me han dicho.
Yo tenía apenas seis años cuando se acabó la tranquilidad de la niñez. Ya no eran solo personas marroquíes las que se agolpaban en mi gran puerta de entrada. No es que yo haya viajado mucho, pero aprendí a identificar su origen por sus rasgos, su color de piel, su manera de hablar. Es fácil, cuando pasas parada en el mismo sitio mucho rato.
El caso es que comenzaron a llegar señores y señoras de uniforme a cascoporro. No paraban de mirarme. Era una sensación inquietante.
Un día de aquel 1996 me levantaron una segunda piel. Mi estructura consistía en una doble valla de tres metros de altura. No sabéis lo agradable que es tener alguien con quien conversar durante las largas horas del día y de la noche. Me llegaron noticias sobre una hermana mía en Ceuta. Era la comidilla, pasábamos las horas comentando cómo sería, cuántos millones de pesetas habría costado, si estaría mejor construida que yo y si causaría tanta expectación como esta servidora de ustedes.
No quedarían ahí las mejoras. No sé si habéis visto una peli llamada Robots. Es para niños, pero está bien. (No me hagáis contaros cómo es que yo la he visto). Llega un momento en el que el pequeño robot protagonista recibe lo que llaman una mejora: piezas nuevas para crecer. Pues a mí me hicieron lo mismo en 2002 y en más célebres ocasiones posteriormente. Cierto es que en la película al chico le dan piezas de segunda mano y a mí me tratan como una reina, pero esa es otra historia. Cámaras de video fijas y móviles, sensores de movimiento enterrados bajo mi suelo, infrarrojos, radares… Más que Robots lo mío es una mezcla entre Matrix, Terminator y Minority Report. Pues sí, veo mucho cine. Es que paso mucho tiempo despierta. ¿Habéis visto 1984? Me encanta.
Los ‘alis’, como cariñosamente llamamos por aquí a las Fuerzas Auxiliares marroquíes, llamaban a determinadas personas “los clandestinos”. Era 2005. Yo era ya una jovencita, ya sabía bastante de la vida. Los clandestinos se escurrían por la noche desde territorio marroquí y se aproximaban en grupos enormes hacia mí. Podéis imaginar cómo temblaba, pero mi determinación era fuerte. Debía permanecer erguida y estable. Chica, haz el trabajo para el que te han construido, me decía.
Corrían hacia mí en grupos de cientos de personas y zumbaban las balas. No, no eran los migrantes los que disparaban. Eran los ‘alis’. Vi caer al suelo a muchos clandestinos, abatidos por los tiros, en especial en la parte de mí que linda con el Barrio Chino.
Ver morir a la gente que viene a abrazarme es, probablemente, lo más horrible de mi trabajo.
Frente a mí, según miras hacia África, hay un monte tupido y hermoso. El Gurugú. A menudo, veo columnillas de humo que deben desprenderse de esporádicas fogatas. Me hacen sentir acompañada. Si el viento sopla hacia mí, trae consigo el eco de canciones y tambores. No sé qué dicen, pero me entretienen en mis horas muertas.
El objetivo de todas esas personas que vienen hacia mí cuando nadie les ve no es mirarme de cerca, sino saltarme. Al principio me parecía algo muy escabroso. ¿Por qué se agarran a mis alambres cuando tengo unas hermosas puertas por las que entrar y salir? Luego, me acostumbré. Es raro tener a una persona encaramada encima de ti durante horas, pero aprecias la compañía. Además, cuando consiguen caer del lado español, se ponen muy contentos y gritan “¡boza!, ¡boza!, ¡boza!”. Sinceramente, no sé qué significa, pero se les ve muy alegres.
Una mañana llegaron los operarios y me instalaron más mejoras. Una tercera piel mucho más alta que las dos primeras, inclinada del lado marroquí. Seis metros de alto que me proporcionan unas vistas maravillosas.
Soy una privilegiada. Han gastado en mí 40 millones de euros. ¿Pueden otras vallas famosas decir lo mismo? Pocas. El remate final en mi actualización fueron unas pequeñas cuchillas que son la envidia de Europa entera. Se llaman concertinas y cortan de fábula. Lo sé porque he visto manos, brazos y piernas rasgarse con limpieza y profundidad. La sangre caliente de los heridos se escurre sobre mi piel metalizada.
Un par de años después me las quitaron. Dijeron que hacían daño. Me instalaron una maraña de hilos de metal a baja altura, entre las dos vallas de tres metros. Si te caes ahí se te quedan las piernas enredadas y te desgarras. No te lo aconsejo. Seguro que también duele. En 2013 me devolvieron las concertinas que me habían quitado. Es una decisión rara ya que si habían decidido quitarlas porque hacían daño, ¿ahora ya no lo hacen? Por los gritos de dolor que escucho cuando me trepan yo diría que sí. Pero quién soy yo para juzgarlo, solo soy una valla.
A veces vienen a mí viejos amigos. Rostros que recuerdo de otras ocasiones. Colocan escaleras sobre mi chepa y suben todo lo rápido que pueden. Los primeros suelen tener más suerte. Los que suben al final se llevan lo peor: los ‘alis’ les cogen de las piernas, tiran de ellos para abajo y no les tratan con educación, la verdad.
Del lado español, cuando caen atrapados entre mis alambradas, los guardias civiles agarran sus cuerpos, abren una de mis múltiples puertas —puertas que yo también llamo clandestinas— y los arrojan a territorio marroquí, como si jamás hubieran entrado en Europa. Aunque ellos y yo, en realidad, sabemos que lo hicieron. Pero qué voy a saber yo si solo soy una valla.
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En la expo de Hitchcock
En la expo de Alfred Hitchcock de la Fundación Telefónica está el storyboard de Saul Bass de la escena de la ducha de Psicosis.
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La materia negra avanza

Dark Matter es toda aquella información que existe en internet y que un motor de búsqueda como Google no puede encontrar ni indexar. Toneladas de información cautivas en apps, servicios de mensajería, visuales sin metadatos o grandes estructuras blindadas como Facebook son los albergues de esta materia negra.
No se sabe cuánta cantidad de materia negra hay en internet (¿90 por ciento?, ¿85 por ciento?, ) pero podemos hacer una proyección sabiendo que en un minuto se publican 4 millones de piezas de contenido en Facebook, Twitter e Instagram. En esos mismos 60 segundos, YouTube recibe una ingesta de 400 horas de video. Durante este tiempo, Google ha procesado 3 millones de búsquedas.
Hay una única persona en la Tierra, llamada Mark Zuckerberg, que puede decidir cuánta materia negra quiere que haya en el mundo, abriendo o cerrando las redes sociales de las que es dueño: Facebook, Instagram y WhastApp. El 31 por ciento de la humanidad tiene un perfil en alguna red social.
Para mí, Facebook es mi Leviatán. Simboliza el reverso tenebroso de lo mejor que tiene internet. Es un clásico ejemplo de apropiación de la libertad ajena para el enriquecimiento personal aderazado con la devolución de una fantasía, una ilusión, de libertad de sus usuarios.
Me emociona mucho encontrar gente trabajando no ya en tirar torpeditos a Facebook (causa perdida) como hago yo, sino pensar a lo grande: cambiemos la estructura de internet para que Facebook deje de ser necesario.
Me gustaría llamar vuestra atención sobre G, The Universal Database.
G es una potente plataforma social media que permite a la gente usar de manera sencilla graph databases para construir repositorios colaborativos de conocimiento.
G mostrará al momento el contexto y el impacto de las noticias en sistemas complejos. Cada granito de información contribuirá a un marco general.
G proveé una herramienta que hemos perdido en el ecossitema de los social media. Es todo un logro para el mapeo de la información y los entornos colaborativos, desde los proyectos escolares al análisis de datos de las grandes empresas.
G es el wiki del futuro y una nueva manera de usar los social media.
Forma parte de los impulsores de este proyecto la activista Heather Marsh, a quien he tenido la suerte de conocer hace poco. Explicar lo que está haciendo a una chica de letras un poco berzotas como yo no es fácil, pero con estos dibujos me hice una buena idea. No se trata de crear un nuevo Twitter ni un nuevo Facebook sino de abrir un agujero en lo que tenemos que permita acceder a información confiable saltándonos la materia oscura. Darle a internet una estructura alternativa. Subvertir el sistema.
Imagina un cubo. Internet es el agua, es el cubo y es todo lo que hay dentro. Las plataformas que usamos para comunicarnos son pequeños cubos introducidos dentro de ese cubo. Es como un viejo bar de Madrid al que iban los universitarios en los 90. La especialidad eran los submarinos: una buen ajarra de cerveza con un chupito de whisky en su interior. Cojamos ese cubo y hagámosle un agujero en su base. Eso es G.
El siguiente esquema es menos poético. Arriba a la izquierda vemos dos cuadrados. El primero, en la esquina, es una página web con información. La www se crea cuando subios a un servidor otra página que enlaza a la primera. Que la indexa, quizá. Esto funcionaba muy bien. Pero llegaron las grandes plataformas y construyeron un muro de información (ese largo pie que vemos dibujado bajo cada una de esas páginas). Son paredes estancas y la comunicación es puramente vertical. A la derecha del boceto vemos la propuesta de Heather Marsh. Abajo del todo tenemos una capa de información de bases de datos y networks confiables («Data» en el dibujo) . ¿Cómo accedemos a ella? La mejor manera es saltarnos las plataformas, el spam, la propaganda, los social media y todas aquellas vías de entrada estancas y mediatizadas, apoyandonos en una red de fuentes cofniables, que se configuran como constelaciones o redes de confianza. Serán nuestras redes de confianza (cada uno tiene las suyas, no siempre son las mismas) las que decidan cuándo algo es importante, en lugar de Facebook o Google.
Aquí una imagen de cómo sería el interfaz de G, tomada del blog de Marsh:
Es más complicado de lo que yo torpemente he conseguido explicar. Para una aproximación al detalle, he aquí este texto. Digo que es complicado, pero en realidad la idea es muy sencilla y por eso es tan brutal. Este proyecto necesita manos y donaciones. Ambas contribuciones pueden canalizarse desde aquí.
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Para qué sirve el periodismo

Hay adolescentes de 14 años que no están interesados en las noticias que dan los medios y solo confían en lo que les cuentan sus amigos vía Instagram. En realidad sus amigos sacan las noticias de los medios pero ellos no lo ven así. Ellos entienden las noticias como un (no usarán jamás esta palabra) procomún. Es la realidad, está en el aire y es de todos. El amigo la caza de ese mar común, la transmite y se convierte en fuente confiable. El medio no solo no es amigo sino que es sospechoso de mentir pero sobre todo de aburrir.
Me dan miedo.
Algo estamos haciendo muy mal cuando los adolescentes desconfían de esta manera en el periodismo. Para la comunidad, los periodistas deberíamos ser como los pediatras: cuidadores, imprescindibles, tranquilizadores; un servicio público.
Comporto con ellos la idea de la información como un procomún y no como una mercancía. Creo que haberla convertido en mercanía es lo que ha propiciado que lo vean como un mercado. Y, ante él, se convierten en ultraliberales. Piensan que se autorregula, que no hay que intervenir, que las noticias fluyen solas.
Cualquiera que alguna vez haya tenido el encargo de practicar periodismo sabrá que no, radicalmente no, no es así. La verdad es difícil de extraer y aún más de distribuir. Solo fluye la información a la que se le inyecta dinero, produce diversión o es de naturaleza impactante.
Lo que propongo es que enseñemos a los adolescentes de 14 años a hacer periodismo. No a comunicar ni a comunicarse entre sí, que eso ya lo hacen muy bien, sino a levantar las noticias a contar una verdad cuando nadie antes la ha contado.
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Estallando burbujas
Recientemente vengo colaborando en los podcast Debate Directo que realiza el encomiable Colectivo Burbuja, un grupo crítico de analistas desde el pensamiento, la política y la acción de izquierdas.

Aquí os los dejo:
Los medios de comunicación alternativos III
Cómo los principales medios de comunicación oficiales son controlados por las grandes corporaciones vinculadas a los poderes políticos para generar opinión pública. Y el papel de los medios de comunicación alternativos como posible contrahegemonía de los grandes medios.
Mujeres trabajadoras: otro rostro de la precariedad laboral
Hablamos de las cifras de la precariedad femenina: a día de hoy el Estado español es el segundo país de la Unión Europea con mayor índice de paro femenino, por encima tan solo está Grecia.
¿Se puede trabajar menos y cobrar más?
Sobre las conclusiones que va arrojando el experimento sueco con el mercado laboral, en el que se han planteado reducir las jornadas laborales, sobre el papel de la Fiscalía en el procesamiento del PP por el borrado de los discos duros, sobre las nuevas filtraciones que revelan el apoyo de Hillary Clinton a los “rebeldes sirios” y, por último, sobre los presupuestos participativos en Madrid. -
Spirit
Hola, depecheras.Este par de pobres-chavales que somos Lord Monreal y la que os escribe somos capaces de no publicar un episodio del podcast en cinco meses y, después, parir un par de ellos en cinco días.
Así que nos hemos saltado la cronología, por la que hubiera tocado un episodio 13 dedicado al Songs of Faith and Devotion, y reaccionamos a la rueda de prensa milanesa del 13 de octubre en la que Depeche Mode presentó el Global Spirit Tour, correspondiente al nuevo disco Spirit, que se publicará en la primavera de 2017.
Alberto: «Global Spirit me suena a chicle de fresa».
Elena: «A mi me suena a los grupos de etnotrance que estaban de moda en los noventa». -
El madrigosto
Madrigosto. Dícese de la vivencia a resultas de pasar el mes de agosto en Madrid.
Qué quieres que te diga, a mí me gusta pasar agosto en Madrid.
El problema es que no soy la única y eso produce un madrigosto cada vez más descafeinado. Se ha convertido en tópico de las conversaciones ligeras de este mes el señalar que «agosto ya no es lo que era» a pesar de que «se va bastante gente fuera». Los mayores recuerdan que «en el agosto de antes» todas las tiendas cerraban por vacaciones y en las calles no se veía un alma. Los pocos que quedaban eso sí, eso sí, tomaban al asalto las terracitas de verano durante la noche. (Ese es mi recuerdo mítico de Madrid en los 80: terrazas en la Castellana, camisas blancas, nombres de bares escritos con neon, altavoces en la acera por los que se oye música rock).
Agosto ya no es lo que era. Desde que no se puede fumar en los bares, las terracitas nocturnas de verano están puestas todo el año a cualquier hora y son, de tamaño, tres o cuatro veces más grandes que el interior del bar.
Pero el madrigosto es más que calles desiertas, (más…)
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Medio año en un suspiro
Me gustaría muchísimo escribir con frecuencia aquí. Es más, me gustaría, muchísimo, escribir. Pero no tengo tiempo. Han pasado seis meses en un suspiro. Durante este tiempo he estado trabajando de una manera intensa en porCausa. Como ya dije aquí, he venido editando el site para Univision Desigualdad. Pero también, desde enero, entré a trabajar al núcleo duro de la fundación, coordinando el área de periodismo. Todo el que me conoce sabe lo feliz que estoy aquí. Necesitaba un proyecto, un equipo, una oficina. Y he encontrado eso y más.
En este tiempo, hemos rediseñado la web, lanzado el proyecto sobre migración, montado un peculiar encuentro en el CaixaForum. Tengo un equipo creciente y lleno de energía que me enseña a mirar el mundo con sus ojos; personas con las que me río y converso. Es una gozada. Y la oficina, en si misma, es un lugar genial, compartido con ISGlobal y la Fundación Carasso, confluyendo en la cocina, el baño o la terraza. Oh, la terraza. Merece un post solo para ella.








