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  • Cuestionarios a los que lo hicieron posible (sobre la cancelación del periódico Fiber)

    1. Lo mejor y lo peor del Fiber

    2. ¿Cuál fue tu aportación al periódico?

    3. Vuestro recuerdo más bizarro de la redacción del Fiber.

    4. Un motivo por el que debería seguir existiendo.

    Aldo Linares

    1. Lo mejor, la sensación de urgencia y la confluencia de personajes que se daban cita. Lo peor, ver salir el sol faltando bastante para acabar el número correspondiente a esa fecha. 2. Escritos y souvenirs únicos. Supongo que algo de experiencia dentro del festival y algo de humor. 3. Compartir sondeos sociológicos con Ferrán Llauradó y Guillermo Z. Del Aguila. 4. Duró lo que tenía que durar, todo tiene su ciclo. Fue un periodo bonito en el que se juntó gente muy válida y que luego ha acabado haciendo cosas muy interesantes. Fue algo justo en el momento adecuado y con la gente necesaria.

    Álvaro Valiño

    1. La increíble capacidad de reacción de un medio puntual para poner en las manos de los asistentes una publicación tan cuidada con las crónicas de la pasada jornada e interesantes avances de a jornada del día. Además hecha por gente que compartía los mismo intereses que el lector. Lo peor: A veces se pasaba de modernete 😉 2. Ilustraciones de portada y algún interior. Recuerdo con cariño la de los Manic Street Preachers. 3. El año que tocó Pulp hice una ilustración para la portada del Fiber de ese día. Por la noche, tras la actuación, andaba nervioso por el backstage con un par de Fibers en la mano buscando con la mirada a Jarvis Cocker. Cuando lo vi salté a su encuentro y le pedí que me autografiase la portada. Torpe de mi no llevaba boli encima, Jarvis y sus acompañantes tampoco. Me respondión: «I’ll touch it». Y la tocó con una mano corva que parecía la garra de una rapaz. No comment. 4. Mantiene informado al público y diferencia al FIB de otros festivales ya que crea un interesante vínculo entre la organización, el festival y los asistentes. Además de promueve el trabajo de jóvenes comunicadores y creativos.

    Araceli Segura

    1. Lo mejor fue que conocí a Víctor Lenore en el Fiber. Ahora no puedo ir a un festival sin él. También, era una publicación tan bien hecha teniendo en cuenta las condiciones en las que se hacía… Y siendo -un poco- corporativista era aun divertida y un producto de super calidad. El año aquel que encargamos todas las portadas a ilustradores… qué bonito, por favor… Y las fotos de Ramiro e, todo un visionario… y aquello que hacía Borja Bas de seguir a alguien duante un día… ¡cómo fue el del Chinarro!!! Lo peor fue que dos años no puede ver ni un grupo de los que tocaron. También me salieron canas del estrés (realmente era MUY estresante, flipo que el primer año saliera cada ejemplar a su hora… llevando los zips en taxi a Castellón y esas cosas…)

    2. Yo intenté aportar profesionalidad, no sé si me salió muy bien. La gracia es que el periódico estaba hecho por gente de fanzines… era lo guai. Había que compensarlo un poco para que se cerrara a tiempo…

    3. Las cosas llegaban en disquetes y no había internet el primer año… Tengo un no-recuerdo, según Lucas Arraut nos conocimos allí porque yo le empujé -literalmente- por la redacción. Luego pasaban cosas todo el rato tipo subidas de tensión y se fundían las pantallas… Lo más extraño que hice fue el primer año, que entre otras cosas tuve que hacer (yo!!) la lista con el material técnico necesario para montar la redacción allí.

    4. Debería seguir existiendo para salvar el festival y ayudar a que Benicàssim no sea el nuevo Lloret de Mar, algo que me empieza a preocupar. En realidad debería seguir existiendo simplemente porque todo el mundo lo leía.

    Breixo Harguindey

    1. Creo que lo mejor del FIBER era el sentido de comunión con sus lectores, incluso en la crítica a sus defectos. Sus efectos secundarios sobre el cuerpo y la mente de sus redactores y, en singular, sobre Elena y Cristina a las que seguro el sueldo no hacía justicia. Y ya que lo reconocemos todos, no dejéis de mencionarlo.

    2. Más bien escasa
    3. Recuerdo a Job tarareando a mi lado: «words, don’t come easy to me»
    4. No se me ocurren motivos para cerrarlo a pesar del armagedon de la prensa en papel. Debería continuar, quizás en formato electrónico. Es una pérdida.

    Carlos Revillo

    1.- Lo mejor: Los malabares que teníamos que hacer algunos para darle palos a los grupos sin que se nos notase. Y Carmona y Caballero, claro. Lo peor: El no poder haberme quedado realmente agusto con mi opinión sobre algún concierto.

    2.- Ilusión, sobre todo el primer año.

    3.- Un fallo de coordinación con Carmona y Caballero hizo que me tuviese que dormir dos horas en una acera cercana al «hotel». no había recepcionistas y había que llevarse la llave al recinto.

    4.- Diego lo ha dicho. No se de otros festivales que lo hagan. Recuerdo amigos que me sacaban de la cama del «hotel» para que les guardase números…

    Cristina García

    1. Lo mejor, la gente, el equipo que se fue forjando y algunas amistades que, por lo intenso de lo vivido, y por que sí, son para siempre; el papel en blanco cada dia y la inmediatez, que con los años se ha ido perdiendo, y las censa de los lunes; lo peor, los horarios febriles, el ‘no salimos’, la autocrítica frenada cada dia, y no poder ver conciertos enteros.

    2. Intentar que todo cuadrara, sobre todo los tempos de una redacción que iba y venia, entraba y salía. Y los planillos, esas cada vez más grandes cuadrículas que había que llenar con elena.

    3. Los fantasmas de las 5, las cenas, algunos grandes días, personalizados pero que todos recordais –sobre todo tú, elena– en los que hacer de poli malo o poli peor, y trabajar un año, el 2007, con ‘otro’ equipo, que ni era equipo ni era nada.

    4. En ese formato, muy pocos. Creo que el papel, aunque para los periodistas de prensa es vital que siga existiendo, para este tipo de cosas tiene que ir a menos. Pero el fiber como tal no deberia perderse, en digital, en el movil, o buscar otro medio, aunque los más románticos prefiramos guardarlo cada año, y ya irían ¿10?

    David Hernández

    1. Lo mejor… El enfoque y tono de la mayoría de artículos, el diseño, las portadas, las fotos (qué pedazo de fotos la mayoría…) y que fuera de edición diaria durante el festival: su utilidad de cara al público para ubicar a determinados grupos y actividades extramusicales, para saber quién estaba de picos pardos en la piscina del backstage. Ver a la gente que lo llevaba doblado en el bolsillo de atrás del pantalón. A nivel personal, permitirme conocer el festival por dentro, el lujo de poder hablar con ídolos como William Reid o Norman Blake y de trabajar con gente que me encanta cómo escribe y fotografía. Que Paulete (Fib Art), Rafa (Fib Actúa), algún artista, algún lector e incluso algún compañero piropease alguno de mis artículos. Y, visto lo visto, el mismo hecho de que existiera. …y lo peor del Fiber. El «¿ya lo tienes, verdad?» de Elena o Cristina cuando todavía iba por mitad de artículo. Los cuelgues con 35 grados a la sombra de algunos actores del Festival de Cortos. La poca comunicación entre nosotros que permitía el ritmo desenfrenado de la redacción. Ver al día siguiente que un artículo de extramusicales había caído a última hora. Encontrar alguna crítica favorable o aséptica de un concierto que a todas luces había sido malo de narices. Ver el Fiber de días atrasados en fardos amontonados por la zona de prensa, en campings y accesos al recinto. El aire acondicionado a todo trapo en la redacción a partir de ciertas horas.

    2.  Dedicación, ilusión y el poco oficio que tenía entonces. Darle toda la bola que podía a la programación de extramusicales. Para mí fue un privilegio trabajar en el periódico de mi festival preferido, al que había acudido a todas las ediciones desde el primer año como público. 3. En general, los momentos delirantes en la redacción a partir de las 4.00-5.00 de la madrugada: Cristina colocando una especie de iconos puramente decorativos en la cabecera de las páginas cuando ya era de día, llegar bolinga a la redacción para recoger mis cosas cuando el recinto estaba a punto de chapar y encontrarme a Cristina y Elena currando acurrucadas debajo de unas toallas, con su tez blanco nuclear y el pantallazo en toda la cara, personal pegando cabezadas sentado delante del ordenador, otros mirando hipnotizados la retransmisión de algún concierto o comiendo a deshoras…

    3. Uno no, tres. Por la información de servicio que ofrecía a los asistentes al festival: entrevistas, crónicas, reportajes, cambios de horarios y/o escenarios… Algo que, teniendo en cuenta que la mayoría duerme en campings y no tiene internet en el móvil, todavía no puede sustituir una web durante los días del festival. Aunque quizás en un par de ediciones sí que sería ya prescindible la edición de papel a esos efectos. También por lo que han dicho algunos compañeros: por el fetichismo y la singularidad. Y un último motivo: por no ser tan previsible de cargarse un servicio útil y económicamente asumible -en comparación con otros gastos del festival -con la puta excusa de la crisis.

    Diego Ríos

    1. Lo mejor: vivirlo. Compartir la experiencia y aprender de todos. Las prisas, los nervios, las risas, las entrevistas de última hora, Elena, Cristina, el concierto de Low, el «hoy no entregamos, no nos da tiempo» 🙂

    Lo peor: la mezcla de agotamiento y vacío mientras amanecía el último día, con el escenario verde a medio desmontar… Y el plantón de Morrissey, claro.

    2. Mi aportación, principalmente, ilusión y muchas horas sin dormir.

    3. Tengo demasiados recuerdos bizarros. Los «fantasmas» de la redacción que se nos aparecían con sus sábanas todas las noches sobre las 5, la llegada diaria de la cena, las cabezadas de todos, Carmona y Caballero bizarros ellos, la presentadora de MTV preguntándome quiénes eran Mercury Rev,…

    4. Debería seguir existiendo por los fibers haciendo cola en el camping para coger el último número, por la ilusión de la gente que guarda todos los números, por los abuelos leyendo la crítica de The Cure en la playa, y porque es un elemento diferencial con otros festivales que hacía al FIB especial.

    Ferran Llauradó

    1. Lo mejor: lo variado y talentoso de los colaboradores. Lo peor: y lo digo en serio, que siempre te desmayabas el domingo, se sufría mucho. 2. Críticas de grupos de tarde del Fiberfib y sobre todo artículos bizarros con Aldo. 3. Cuando nos ponñiamos las sábanas, jugar a fútbol con Stuart Murdoch, escribir con Aldo, verte leer las críticas de Toni con cara de susto, conocer a Sonali… 4. Porque cuando te estás comiendo la pizza al día siguiente mola leerlo, además entre conciertos etc también. Y si quieres porque es guay que haya un medio que cuente lo que sucede entre bambalinas etc…

    Guillermo Z. del Águila

    Realmente del Fiber recuerdo poco, porque estuve allí. No, en serio, mi memoria es frágil y a Benicàssim no solía llevarla. Siempre vi el Fiber como algo que daba más de lo que debería y a la vez menos de lo que podría. Su justificación estaba clara, al menos para mí. Se trataba de informar de los horarios de los conciertos y servir de alfombrilla. Todo lo demás era un regalo. Siempre lo imaginé más bajo culos que frente a caras, lo cual tenía presente a la hora de escribir y me despreocupaba ante posibles errores y esas críticas necesariamente apresuradas. La realidad no siempre era esa, claro, y acababa abrumado cuando la tarde siguiente más gente de la cuenta comentaba algo escrito la noche anterior y ya ni recordado. Afortunadamente, he de decir que con el tiempo ha aprendido a valorar lo que en su día me parecía bastante pobre. En una reorganización de casa acabé leyendo cosas que por supuesto no recordaba haber escrito (y ni siquiera presenciado) y me divertí mucho. Aquello era mágico. Cómo nos adaptábamos a la consigna de la benevolencia con bastante perversión escribiendo entre líneas, cómo ensayábamos nuevos métodos de escritura creativa ante una pantalla cuyos destellos en más de una ocasión reverberaban con la psicodelia, y cómo algunos se atrevían a pasárselo en grande explotando los tópicos y colando bromas. Siempre pensé que ya puestos podíamos hacer algo mejor, con más información que crítica, más contenido, con los textos hechos de antemano, más extensos y rigurosos, y me quedé con las ganas de ver cómo funcionaría una sección donde la gente pudiera participar y dejarse mensajes (hoy en día tal vez haya otros medios para eso). ¿Qué aporté? Imagino que evitar los tópicos porque casi siempre me tocaban las críticas del escenario grande. Afortunadamente, era el que mejor se veía y escuchaba desde el backstage, así que en ocasiones se podía cubrir de manera muy digna sentado en la hierba (en algunos casos era la única manera, recuerdo la aglomeración con Radiohead). Claro que había que tener luego cuidado con rectificar izquierda-derecha, pero realmente en contadas ocasiones el bajista a la izquierda del cantante se bajó los pantalones. Recuerdo (mejor dicho, he descubierto a posteriori) bastantes atrevimientos, tanto formales como descriptivos. El Fiber es uno de las pocas maneras que todavía le quedaban al FIB de conectar con su pasado y con su espíritu original. Además, aunque el último año fuera bilingüe, se trataba de un producto eminentemente hispano, en concepto y contenido. Sin él, el festival es mucho más inglés (ya digo, preparaos para el NME…) Recuerdos bizarros… la primera vez que llegó una super-promocionera de una multi (siendo de provincias, las he tratado poco) con sus formas usuales: me dijo cariñín e incluso me acarició la espalda en zonas inusuales, no sabía si llevármela al sofá (erm… esa es otra historia) o regalarle una piruleta. Al final me dio la risa y se me ocurrió parodiarla sin recordar que las paredes oían. También tenía risa espiar al del NME, un pardillo que se pasaba el día comiéndose los mocos (figuradamente) pero luego cuando escribía sus «andanzas» se pintaba como el rey del mambo. Algo surreal generé yo intentando salir al paso del marrón de escribir un previo de Muse (tan indiferentes me resultaban entonces como ahora): me había topado con una fan (de ellos) con pase de prensa que me abordó camino del backstage porque quería volver a verlos. Como su historia olía a jugo, le di voz. Al final era cierto que los conocía, pero el jugo no tenía el olor a hormonas que parecía (ni para ellos ni para mí). Siguiendo con el jugo, tuvo risa cuando ya cumplida la faena en el momento de la retirada (o sea, consciencia como mínimo agotada y probablemente alterada) me dio por ofrecerle la oportunidad de retratarse a una colaboradora algo lenguaraz y provocadora que se había pasado el festival presumiendo de sexual y ya había insinuado varias veces que los fibbers eran asexuados y ese rollo. Menos mal que reculó ante mi farol «out of the blue» (por copiarle el estilo a la susodicha) y se hizo la sueca colorada porque a mí ya me esperaban… Pero para bizarro, los bizarros. Y no hace falta decir más.

    Íñigo de Amescua

    1. Lo mejor fue el punto de locura y la libertad casi total de la que disfruté, el rollo que había entre todos los que trabajábamos y el producto en si, tan divertido. Lo peor los nervios, las prisas y el poco dormir.

    2. Escribir y hacer fotos… y ocuparme de los contenidos de la web.

    3. Uf… tantos… periodistas desaparecidos en medio de la noche, conciertos que se pierden…

    4. Por que es consustancial al FIB, es un rasgo personal, un valor único y por que es vital para enterarse de lo que pasa alrededor del Festival.

    Joan Vich

    1. Lo mejor: la información puntual cada mañana. Lo peor: las prisas.

    2. Alguna crítica (¡de teatro!) y el soplo del partido informal que derivó en el partido oficial que desde entonces se celebra cada año.

    3. ¿Gente trabajando a las ocho de la mañana?

    4. Porque lo echaré de menos cada mañana en el hall del hotel

    Job Ledesma

    1) Lo mejor: la posibilidad de vivir el festival desde dentro y de ser parte de esa estructura, o sea, de hacer el FIB con nuestra pequeña aportación. Lo peor: que tardaran un par de años en tratarnos a los que lo hacíamos con un pelo de cariño, pero es algo muy común en la península eso de tratar a la gente al trancazo.

    2) Simpatía, desparpajo y algo de léxico canario en las crónicas.

    3) Estar hasta las cejas e intentar hacer una crónica coherente del último concierto de la noche en el escenario verde, que siempre me tocaba a mí. Y cuando apareció Hedi Slimane por la Redacción que, poco cool de mí, no sabía quién era y me vacilé de él hasta que vi que Íñigo de Amescua empezaba a bizquear. Bueno, y luego está el affaire Irene Tremblay, pero eso que lo cuenten Carmona y Caballero que tienen más gracia (qué año aquel, chicos). Sin contar cuando los Morán me quisieron asesinar por la crónica de Keane, que insisto en que es un grupo que encima me gusta.

    4) Primero porque existía, segundo porque los fibers se están empezando a cansar de que el FIB pierda elementos de valor añadido, tercero porque era un recuerdo para todos los que acudían al festival y se llevaban sus fotos y sus crónicas, cuarto porque era un verdadero logro logístico y periodístico, quinto por vernos, sexto porque me permitía ir al FIB como un señor (egoísta que soy), séptimo porque dejar de hacer cosas bonitas que hacías es de vagos y de aburridos, octavo porque es más fácil buscar soluciones que borrar por borrar, noveno porque me permitió conocer a tanta gente graciosa y a tanto bicho raro.

    Juan Antonio Álvarez

    1. lo mejor, informar en el auténtico sentido de la palabra viviendo el festival desde dentro (cosa de privilegiados); y lo peor… creo que nada, al fin y al cabo era lo que era, con todo lo bueno y malo que tenía, te gustase o no. era el fiber.

    2. la de intentar meter toda esa información en unas pocas páginas, contrareloj y… contranatura.

    3. ¿acaso hay recuerdos que no lo sean?

    4. por la música y sus autores, los músicos.

    Juan Manuel Freire

    1. Lo mejor, el entusiasmo de todos los involucrados; ni un solo redactor, creo, usó la expresión «poner toda la carne en el asador». Lo peor, que siendo del Fiber tampoco se ligaba tanto.

    2. Textillos, fotazas y, si no recuerdo mal, algo parecido a un blog sobre los días previos al festival. No se llamaba blog, por eso; se llamaba diario, así que no lo leyó nadie.

    3. Cualquier recuerdo del Fiber tiene algo de bizarro.

    4. Porque desayunar sin Fiber estando en el FIB es un poco fiasco, digo yo. Además, luego sirve para no mancharse el pantalón si uno se sienta en la hierba o en la tierra.

    Marcelo Panozzo

    1. Lo conocí poco, a ese Fiber; poco al menos en el terreno donde mejor juega, que es el campo de batalla propiamente dicho, el cada día del festival. Fui al FIB sólo un año, y ese año me tocó Fiber, lo que se dice suerte de principiante. O sea que el panorama para juzgar mejor/peor se reduce notablemente. Nevertheless, la idea de «lo mejor» se ramifica: lo mejor era tenerlo cada día, o ver a muchas personas leyéndolo, o consultarlo uno mismo, o preferir leerlo antes que ver el show de Franz Ferdinand, o estar, simplemente, en el cierre, cada noche. Lo peor, y diré esto con cuidado, casi con vergüenza, que no soy quién: el modelo de crítico musical (o como se llame eso) que no entiende del todo bien de qué se trata el periódico de un festival.

    2. Una columna de opinión, en la edición 2004. Escasa aportación.

    3. Me dicen que en el momento en el que me encontraba en estado de altísimo autismo, escribiendo sobre Pet Shop Boys, el señor Neil Tennant espiaba la pantalla con el artículo por encima de mi hombro. No puedo decir que sea cierto; estaba de espaldas.

    4. Sólo algún tipo de estrechez (o varios tipos funcionando a la vez) puede determinar su cierre. Iba a decir que «no hay motivo» para cancelarlo, pero sí lo hay, cogonmimanto, siempre lo hay.

    Octavio Botana

    1. Lo mejor: la libre opinión de sus redactores. Durante los años que he estado no ha habido ningún tipo de sugerencia de cambio de reseña, ni por supuesto censura ni nada parecido. Lo peor: quizá la falta de reconocimiento por parte de la organización y medios. El curro es importante y parece que sea «el periodicucho ese del festi».

    2. Entré como coordinador de redacción y allí he estado 3 años. Creo que intentamos aportar un puntito simpático con los editoriales, el falso blog y las páginas de fotos de Fibers «en plan Glastonbury».

    3. No tengo muchos, realmente. Quizá Doherty escribiendo algo ininteligible en la pizarra vileda gigante que tuvimos el primer año (y buscando red bulls en nuestra nevera). Quizá Amy Winehouse asustada en el set de fotografía mientras le explicábamos que su foto saldría en el editorial del día siguiente. Miró a su mánager, éste le dijo «OK», y ella me miró y dijo «Ok, wicked». Poco más, no ha habido locuras extremas, sí mucha diversión, muchos cubatas a últimas horas, algún que otro grito…lo habitual, vamos.

    4. Por mantener unido a un equipo de redacción consolidado y cachondo. No, en serio, porque los Fibers lo merecen, porque el Fiber es algo tan natural como el Hotel Orange, como dormir en la playa, como quemarse la espalda, como comerse un choripán a la salida, como brincar en primera fila del Escenario Verde. A veces ocurre que uno no sabe hasta qué punto su trabajo es válido; y luego estás por ahí y escuchas a dos chavalitas algo sobre la crítica que han leído en el Fiber (…que si tal, que si cual…) y entonces eres feliz durante unos segundos. Sólo por eso (y sé que es topicazo del periodismo) ya vale la pena. Bueno, y que te envuelvan el bocata de chopped con el diario. Eso también mola 🙂

    Óscar L. Tejeda

    1. Lo mejor: que existiera algo así, tan «único». – Lo peor: trabajar en unas condiciones no tan ventajosas respecto a otros medios cuando debería ser desde una posición de «privilegio».  Ver las fotos de uno y las ajenas hechas un desastre por culpa de las tintas y el papel…

    2. Caminar y caminar, dolores de espalda y algunas imágenes.

    3.  Cristina García Rodero (a sus pies!!) preguntando cómo se utilizaba el flash que llevaba… Anterior a esta época: el reparto de comida… y es que las necesidades básicas pueden con cualquiera.

    4. TODO EL MUNDO QUIERE UNO.

    Pablo Vinuesa

    1. Lo peor del Fiber fue el harón de horas que echamos allí, y lo mejor, el equipo: las dos hefas, los sufridos diseñatas y ese equipo plumilla donde se congregaban antológicos freaks de la talla de Aldo, Diego, el Astur Enrremoniao, Sr. Don Iñigo o el gran fans de Keane… ¡Qué decir, qué!
    Ramiro e

    1. Lo mejor era la energía de hacer algo tan inmediato, ver por las mañanas tu trabajo del día anterior en manos de todos los fibers. En mi caso podía constatar las reacciones de la gente que yo había retratado. A día de hoy aun me sigo encontrando con gente que me recuerda como aquel fotógrafo-cazadador del FIB. Yo he conocido y he descubierto a mucha gente a partir de aquella experiencia. Lo peor era la poca cabida a comentarios críticos, sobre todo en las crónicas de conciertos.

    2. Durante varios años, desde el nacimiento del periódico hasta el año 2003, me encargaba de la sección «gente», en la que retrataba a mi antojo al público del festival. Era una tarea muy grata y muy divertida.

    3. En las primeras ediciones, todo era muy primitivo y bastante bizarro. Especialmente recuerdo como se montó un laboratorio fotográfico de blanco y negro en la primera edición del Fiber, aun no usabamos digital!! muy fuerte…

    4. Porque al publico de un festival de música le interesa leer las crónicas del festival, contrastar las críticas, ver las fotos…

    Roger Roca

    1. Lo mejor: veros a todos tan entregados, tan entusiasmados con el diario. Conocer en persona a algunos de los colaboradores, salir del círculo de la prensa de mi ciudad y ver que en este trabajo no todo el mundo es tan estirado. Lo peor: ¿no entregarme lo suficiente?

    2. Poca. Algunas crónicas de conciertos y diría que bastantes más de sesiones de DJs, en la época en la que aún se creía que los DJs tenían tanta talla artística como cualquier banda. Yo lo creía.

    3. Los fotógrafos que hacían fotos a gente guai que corría por el festival. Nunca entendí cuál era el criterio y siempre me hicieron sentir inadecuado. A todo eso, nunca hablé con ninguno de ellos. (O no: ¿Paco y Manolo estaban en el Fiber? Porque entonces sí que hablé con alguno).

    4. Que lo queráis seguir haciendo. Con eso basta.

    Tori Alimbau

    1. Lo peor, lo malo y barato que era el papel, no era de periódico, era de marketing directo. Lo mejor, conocer a Lucas Arraut en la estación de Benicàssim, negándose a subir a ningún tren que no tuviera primera clase, entonces supe que siempre estaría en el centro de mi vida.

    2. Cerrarlo cada amanecer.

    3. Poner laxante en la comida de ciertos periodistas.

    4. Si aún existiera nadie tendría nostalgia.

    Víctor Lenore

    1. Lo mejor esa sección que hizo Borja Bas llamada «Do you remember the first time?», donde los artistas recordaban su primer paso por el festival. Las respuestas de Antonio Luque son de lo más divertido que he leído nunca. Lo peor eran las crónicas de conciertos. Al ser el «Fiber» un medio corporativo los redactores no podían ser honestos en sus valoraciones, algo que notaban todos los lectore

    2. Escasa y frustrante. Enseguida me di cuenta  de que no era el tipo de proyecto donde encajo bien. Tenía que haberme ido el segundo día en vez de al segundo año.

    3. Un día llevé bombones  (no recuerdo bien por qué). Mientras estaba repartiendo, entró Miguel Morán (director del festival) con otra persona a hacer algo. Una de las jefas, Cristina, me regañó por no haberle ofrecid

    4. Me cuesta aceptar la premisa de la pregunta. Veo más sensato pensar al revés. El papel sale de un ser vivo tan bonito cómo las árboles.  Deberíamos usar otro enfoque: ¿ tan útil es este medio como para recortar un bosque?

    Vidal Romero

    1. Lo mejor. Que constituía por un lado un recuerdo para los asistentes al festival (sobre todo en la época previa a la fotografía digital), y por otro una guía acerca de lo que se podía ver cada día. Lo peor. Aunque el Fiber era el medio oficial del festival, algo más de libertad crítica hubiera sido deseable. No pasa nada porque una banda de un mal concierto y se reconozca: después de todo, eso es algo que el festival no puede llegar a controlar, y la capacidad de autocrítica es una virtud, no un defecto.

    2. Mi aportación más importante consistió en dar visibilidad a las propuestas más experimentales y minoritarias del festival. En los años que participé todavía existía la carpa Chil Out (esa que Tomás Fernando Flores abría todos los años con especiales de Björk, sí) y por allí pasaron muchos artistas y sellos que era muy difícil (o directamente imposible) ver en directo en España. Creo que tener la posibilidad de convencer a alguien del público de que fuera a ver a aquel músico cuyo nombre le sonaba a chino, o de que se interesara por sus discos a posteriori, ya justifica la existencia del Fiber. Además (y a pesar de lo que he dicho más arriba), el hecho de escribir sobre artistas de segunda fila dentro de la programación del festival, me permitía establecer una cierta distancia crítica. Todos los días, cuando me cruzaba con Joan Vich, me recordaba que él SÍ leía todas las crónicas de los conciertos, y que el día que los Morán se decidieran a leer algo más que las crónicas de los cabezas de cartel, me pondrían de patitas en la calle. Yo prefiero pensar que sí se las leían y se echaban unas risas, aunque esto no me lo ha confirmado ni desmentido nadie nunca… ¿Elena?

    3. Posiblemente aquella vez que Thomas Morr me persiguió alrededor de la mesa de la redacción con un Fiber enrrollado en la mano, tras haber escrito en el número anterior que sus pintas eran clavadas a las del abuelito de Heidi. O cuando entrevisté al dueño de Staubgold y a sus artistas, mientras tomaban un baño en pelotas en la piscina del backstage. O aquella vez que, a cuenta de una desbandada general en la redacción, me tocó cubrir tres escenarios a la vez. Menos mal que me tropecé con Pepe Verde. Ejem. También todo lo relacionado con Carmona y Caballero, claro. Y mi charla diaria con Joan Vich.

    4. Hace tres años que no voy por el festival (una mezcla de pereza, fechas complicadas y desinterés por el cartel), pero la última vez el público extranjero ya superaba con creces al español, así que no sé hasta qué punto tiene sentido que el Fiber siga existiendo. El Fiber pertenece a una época en la que el indie en España era (o pretendía ser) más inocente, en la que el FIB era EL festival, y en la que internet no tenía tanta potencia como ahora mismo (¿o es que alguien recuerda blogs con descarga directa en 2005?). Hoy la realidad es otra: cualquier indie de a pie va por el recinto con un iPhone, saca una foto o un vídeo del concierto que le está gustando, se informa en cualquier blog del artista desconocido que está sonando en tal o cual escenario y sube toda esta información sobre la marcha a su flickr, su Twitter o su Facebook. Además, el público también tiene una mayor cultura musical (sustentada sobre pies de barro, de acuerdo, pero más amplia) y tiene menos necesidad de una guía de uso y disfrute del festival. Así que, de seguir existiendo, debería de convertirse en algo más abierto y relacionado con la web: por ejemplo, un site que se actualizara con entrevistas grabadas sobre la marcha, con contenidos exclusivos, realizados durante el festival, y que dispusiera de foros para que el público expresara su opinión. El papel, por mucho que nos pese, ha dejado de tener sentido.

  • Soy vuestra crisis

    No lo conté. Porque con tanto ir y venir y el trabajo que estoy haciendo en MTV, que no se acaba nunca, no tuve tiempo. Pero quería comentar algo sobre los cines Luna y su flamante ocupación por el colectivo Rompamos el Silencio durante la Semana de la Lucha Social, del que algo comenté en un post anterior.

    Gracias a uno de sus miembros pude realizar, como él la llamó, una visita guiada por las entrañas de este edificio abandonado que, por una semana, fue un lugar social, colectivo y común. Me sentía orgullosa de que algo así sucediera, precisamente ahora, cuando es más evidente mi desengaño con Madrid y los madrileños.

    Gracias al Centro de Medios tanto la okupación como las acciones de los diferentes ejes sobre los que se construía la Semana están bien documentados.

    Que el lugar elegido como centro de operaciones de la Semana fueran los Luna me pareció un acierto, tan simbólico y preciso, que calaba en ese saco de nuestro inconsciente donde los madrileños guardamos los fracasos, las ilusiones imperfectas, los sueños efímeros. Por eso escribí este texto (lo tenéis también en Nodo50 🙂 ) sobre los cines Luna, conmovida tras la visita y deseosa de contar la parte de la historia que me sabía. Y me sé más, pero no la he podido contrastar. El lenguaje es contenido, que no es de blog sino de teletipo, pero de teletipo a mí manera…

    La chapa de los cines Luna bajó, precisamente, en el mes de julio de hace cuatro años. Ocurrió ante la perplejidad de los clientes y vecinos, así como del silencio de los propietarios que rehusaron hacer declaraciones a los medios de comunicación que quisieron conocer los motivos.

    Los Luna se convertían en el undécimo cine en cerrar en la ciudad de Madrid en el año 2005. Agravaba la situación el tratarse de unos cines en versión original de carácter independiente, no pertenecientes a ninguna cadena. Situados al pie de Malasaña, en una zona conflictiva, difícil y reivindicada incansablemente por los vecinos como es la plaza de Sta. María Soledad Torres-Acosta.

    La modificación del Plan General Urbano del Ayuntamiento de Madrid permitió que las salas se conviertan en viviendas o locales comerciales, como está sucediendo en la Gran Vía. Pero para eso había que echar el cierre rápidamente y colgar el cartel de se vende o se alquila, algo que no iba a resultar tan sencillo, como han demostrado los cuatro años de abandono del inmueble.

    El negocio de los cines Luna nunca fue bien a pesar de tratarse del último gran sueño de Emiliano Piedra, quien los construyó a mediados de los 80 después de haber estado a punto de arruinarse en otras ocasiones.

    Emiliano Piedra comenzó a trabajar a los 17 años en el negocio de la distribución de películas y se decía de él que amaba el cine hasta los tuétanos. Fue proyeccionista ambulante durante la posguerra, por los pueblos y en coche de línea. Después fabricó y vendió proyectores. Después, fundó una distribuidora (Brepi Films) y más tarde creó su propia productora (Internacional Films Española). Se hizo amigo de Orson Welles, a quien produjo en 1965 la película Campanadas a medianoche pero, acabado el presupuesto y el plan de rodaje, el director no había terminado la obra. Piedra se endeudó para conseguir una financiación extra donde no la había, para que Welles terminara su película tal y como la deseaba.

    El productor, fallecido en 1991, se había casado con la actriz Emma Penella. Ella fue la dueña de la parte superior del edificio, destinado a las oficinas de Internacional Films Española. Y allí quedaron, abandonados al polvo y al tiempo, al desorden y al olvido, documentos como el que concedía la Espiga de Oro del Festival de Cine de Valladolid, fotografías de rodaje, pósters y kilómetros de metraje, como pudieron comprobar los miembros de Rompamos el Silencio que okuparon el edificio durante la Semana de la Lucha Social.

    La parte baja y el sótano eran propiedad de la familia Soler, inversores valencianos que también poseían los cines Palacio de la Música y Avenida en la Gran Vía y actualmente son propietarios del Valencia CF. Esta parte del edificio fue vendida en septiembre de 2007.

    Eduardo Moreno, presidente de la Asociación de Comerciantes Triball, declaró al diario El Mundo en enero de 2008 que la inmobiliaria Triball, responsable del proceso de gentrificación de la zona, consideraba la transformación de los cines Luna como «origen del proyecto y la base del cambio» aunque habían tenido que abandonar esta idea en espera de que «sus propietarios se unan a la propuesta».

    Pero el barrio quiere un cine donde había un cine, no una discoteca -como estuvo a punto de ocurrir tras el intento de compra del bajo por Smgroup- ni una tienda de ropa. El colectivo Left Hand Rotation ha venido haciendo intervenciones en las carteleras. Para denunciar la instalación de cámaras de vigilancia en la plaza, seleccionaron una serie de películas sobre control social, drogas y prostitución, imprimieron sus carteles y los pegaron en los huecos que antes ocupaban los carteles de las películas que se exhibían. Así, afirmaron que «Lef Hand Rotation reabre los Cines Luna».

    Un aficionado al cine, Álex, recuerda como «emblemático» este cine y no se olvida del ciclo de Monty Phyton que pudo ver allí. Vicente Molina Foix, lloraba a los cines en un artículo de despedida en el diario El País, recordando que allí fue, una tarde, a ver El intéprete, de Sydney Pollack, con la viuda y el cuñado de Kubrick.

    Los cines Luna fueron los elegidos por Rompamos el Silencio para su campaña de visibilización y no podría haber estado más inspirada la elección, ya que permanece en el inconsciente de los que patean la ciudad de Madrid como un abandono injusto, un arrebato en mala hora. A pesar de su mala suerte hay un legado que ese edificio deja, más allá del cine, pero igualmente ligado a la cultura popular: ¿quién recuerda el nombre real de la plaza? Muy poca gente, para los madrileños, haya o no cine, esa plaza se llama la de los cines Luna.

    Centro de Medios.

  • Las hermanas Martín Gaite

    Obras completas: Novelas II y mis notas de la presentaciónAyer tuve la suerte de escuchar a Ana Martín Gaite hablar sobre su hermana. Qué sonrisa y qué mirada contagiosa tiene. Cuánta generosidad y amabilidad. Éramos unos pocos periodistas alrededor de una mesa de banquete pero nos hizo sentir que nos habían sentado en la intimidad de una mesa camilla.

    Lo primero que nos dijo sobre Carmen Martín Gaite fue: «francamente, estoy muy emocionada. Los años van pasando y me parece inaudito que siga viva». Estaba emocionada, y no era la única. Se presentaba el segundo volumen de sus obras completas, la segunda parte de las novelas. «Estaría muy contenta ahora, porque era muy infantil, madura y reflexiva pero también infantil». Nos explicó que le emocionaban los actos, las presentaciones, las fiestas (y por supuesto la feria). «Se compraba ropa y me decía ¿estoy bien? La literatura para ella era una fiesta y una sorpresa, y hoy la sorpresa sería fenomenal, se quedaría con los ojos como platos». Y a mí que aquello me parecía que no le estaba haciendo honor, que había poca prensa, que eran migajas de la atención cultural; algunos se fueron incluso antes de acabar, mientras ella hablaba, y yo sentía que debía pedir disculpas en nombre de mis compañeros que se iban, y que no conozco. Siempre está feo irse ventilando la urgencia de volver a la redacción, o de marchar a otra presentación. Y ahí están siempre esos desfiles.

    «Cuando éramos pequeñas y dormíamos en dos camas en la misma habitación, ella me decía de una cama a otra ‘¿te cuento un cuento?’ y me lo contaba y al acabar me decía que ahora le contase yo un cuento a ella, pero yo no quería, porque tenía sueño y prefería dormirme envuelta en el cuento que me acababa de contar». Y también dice que siempre, desde niña, «iba con un lapicero y un bloc en la mano. ¡Y la gorra! El sombrerito desde niña. Ella siempre con el gorrito, le hacían unos gorritos de punto y se los ponía siempre, en Salamanca hacía mucho frío. Nació con ella puesta».

    A José Teruel le molesta que se hable tanto de Martín Gaite como un personaje y menos de su obra. Pero Ana insiste: «Rafael Sánchez Ferlosio y Carmen Martín Gaite nacieron así. Nacieron personajes. Y Rafael Sánchez Ferlosio morirá siendo personaje».

    También dijo que se habla poco de su talante universitario. «Era una estudiante nata. Una universitaria nata. La universidad era para ella muy importante. Antes de morir ella estaba preparando un curso de verano para dar en Santander. El mismo día de su muerte habló por teléfono, desde le hospital, con la Universidad Menéndez Pelayo y les dijo ‘si me mandáis un taxi voy’. Por eso me dolió cuando la Universidad de Salamanca no quiso su legado [no tenían espacio, le dijeron] y ahora está en el Archivo de Valladolid y ahí está bien, porque está con sus amigos». Al hilo de los lugares de estudio, fue divertido cuando contó que su hermana «escribía más en las bibliotecas, en casa poco. En la Biblioteca Nacional, en el Ateneo o en el Archivo Histórico. Tenías que hacer la ronda de esos tres sitios para encontrarla, hasta que aparecía la gorra. Mira, ahí está».

    Los entrecomillados están sacados de las notas que tomé durante la presentación.

  • Soy una palabra literalmente traducida

    Pienso mucho en las palabras. Soy una pésima traductora. Cuando me encargan adaptar al castellano un, digamos, email de confirmación tras el registro en una página web, soy incapaz de encontrar las frases naturales que harían más humana la relación de la persona con la web, «el sitio», como se le denomina legalmente e intento siempre evitar decir.

    Sí que soy mala. Menos mal que no se me ocurrió tirar por ahí. «Verifica tu dirección de email», he escrito hoy. ¿Suena natural? Supongo que sí, pero más que nada porque nos hemos acostumbrado a las traducciones literales del inglés al usar las webs. No sé qué es lo que habría que decir para ser puristas del castellano. Quizás habría que echarle imaginación, algo de interpretación, lo que diríamos en una conversación natural… «asegúranos que tú eres tú», por ejemplo, se me ocurre.

    Estoy segura de que alguien en MTV prefiere la traducción literal a la libre, que alguien, en algún país, con algún cargo extravagante, no me dejará decir «dime que tú eres tú». Claro, no lo he dicho aún: estoy trabajando por unos días, de nuevo, en MTV España. Ha sido peculiar volver después de dos años y dos meses de mi abandono. Pero todo sigue igual, casi todas las mismas caras (excepto mi viejo webteam, ¡cuánto extraño a Antonio Velasco, Olivier Arson, Óscar Palmer, Emi Salvador y nuestro capitán Víctor Puig! Sólo queda Marta Pinilla, al menos con ella allí siento más seguridad, la de un lejano regusto familiar). Me doy cuenta de que Digital Media es, probablemente, el departamento más cambiado de todos los de este canal con el que una vez soñé, luego trabajé y después, desilusionada, dejé.

    En MTV estoy trabajando para el lanzamiento de una web que se hará en estos días. Ayer recibí un encargo inesperado que califiqué, le dije a Marta, como la petición más grotesca que jamás había recibido. Va sobre palabras. Me enviaron tres documentos con listas de palabras presuntamente obscenas que debía traducir del inglés al español y de algún español latinoamericano al que se habla en el estado español o, al menos, al que se habla más generalizadamente. Esas palabras formarán parte de una lista negra de vocablos a censurar, no sé de qué manera, en una web de aportaciones de usuarios. No me gustaba el trabajo y me vi desbordada. ¿Cuántas maneras de decir ‘polla’ conozco?, me preguntaba para poder enumerar la lista. Y, luego, me quejaba, ¿por qué censurar la palabra ‘pene’, ‘escroto’ o ‘masturbación’? (Por acudir a las más finas de la lista). ¿Cuántas palabras para decir ‘gay’ o ‘lesbiana’? Todas ellas censuradas: bujarrón, trucha, truchón, julandrón, afeminado… hay alguien en esa empresa que no quiere que se usen para insultar. Pero, ¿y si se usan para describir, o para autodefinirse? ¿Qué tienen de malo? ¿Por qué son perniciosas las palabras inglesas 69, clit, cunnilingus, cunt, ejaculate, erect, homo, lesbo, queer o pussy? ¿Hay que mantener a los menores alejados de la existencia de un pussy, de la posibilidad de un homo, de la naturalidad de una erect, de la inevitabilidad de una ejaculate?

    Paralelamente, me di cuenta de lo finolis que soy, qué poco vocabulario procaz conozco y, también, me asombró la cantidad de palabras inglesas que existen para llamar despectivamente a personas de otros países. Nosotros no tenemos eso, más allá de ‘negrata’ o ‘sudaca’. Así que de las interminables listas no pude traducir -afortunadamente- el slang peyorativo para los italianos, los indios y otras muchas nacionalidades que ya no recuerdo.

    En relación, también, con las palabras, estoy muy asombrada con el libro que estoy leyendo ahora mismo, Soy una caja, de Natalia Carrero. Me lo prestó Carolina porque tiene que ver con Clarice Lispector. Es el libro más bonito que nunca haya leído que sepa conjugar dos biografías al mismo tiempo, la de Natalia Carrero y la de Clarice Lispector, que a menudo parecen sólo una. Ayer me dormí pensando en muchas de las cosas que leí. Parece que no leí con los pies, ayer noche.

    Últimamente he leído cosas estupendas, como los relatos de Ignacio Aldecoa y Las ninfas, de Francisco Umbral, que me gustó tantísimo, como quedó claro, o no, en el post anterior. Todo me lleva a recordar que tengo que cuidar más la palabra. Aunque mi mala memoria me deje con pocas pero, las que me queden, que sean propias, adecuadas, precisas, que las mime y las alimente. Que sean mías y no prestadas, como dice Morrissey en la siempre presente Cemetery Gates.

  • Sublime con interrupción

    Se le va apagando la luz al fin de semana, con solemnidad y apatía, a la luz de farolas amarillas forradas con casquitos para no molestar a los vecinos. Pero los vecinos están molestos a pesar de la consideración de las farolas, y se suben los perros a casa con tirones de cuello, mandan callar, de malas maneras, a los niños que aún no han comprendido lo que es un domingo que se muere y dejan caer con fuerza, para hacer notar el enfado, la tapa del contenedor de la basura. Cucarachas y ratas salen espantadas. No son las únicas que sienten el impulso de huir.
    El barrio huele a fritanga, a sobras y a melón. Los coches buscan aparcamiento con desesperación tras haber pasado el fin de semana en el chalet de la sierra. A los madrileños les gusta tener un chalet en la sierra y, si no les alcanza, pues una caravana en un camping de la sierra. Y los domingos por la noche se vuelven cabreados por los atascos de las nacionales, por los partidos de fútbol perdidos por el Real Madrid, por el calor que hace en la ciudad y, sobre todo, por llegar demasiado tarde, cuando las plazas de aparcamiento ya se han repartido entre los demás vecinos.

    Hoy he terminado un maravilloso libro de Umbral titulado Las ninfas. En sus páginas se recuerda una y otra vez la frase de Baudelaire, «hay que ser sublime sin interrupción». En él, el joven Umbral se hace con unos guantes amarillos que consiguen transformar sus penurias provincianas en momentos danunzianos, tal y como el propio autor adjetiva en algún momento de la novela. Yo soy muy de eso, de ser una pobre diabla que saca, en algún que otro momento, sus guantes amarillos; a veces, en ocasiones muy inapropiadas… aunque estrictamente necesarias. O eso, o la muerte. Para ser sublime sin interrupción habría que vestir siempre los guantes amarillos, saber cuándo llevarlos puestos, saber cuándo llevarlos en la mano, cuándo dejarlos suavemente sobre una mesa.

    Para ser sublime sin interrupción uno debería de escribir como Umbral sin interrupción. O al menos escribir sin interrupción.

    Hoy me parece sublime, perfecto, tan valiente, necesario e inevitable que Rompamos el Silencio okupara ayer los cines Luna como denuncia de la especulación durante la Semana de la Lucha Social:

    Fotos: www.centrodemedios.org

  • Casas libertarias de mujeres anarquistas

    Mi sección de Poco Común de hoy va sobre un tema que quería hacer para Radioactivos pero me pilló de viaje y no pude, así que lo paso a Radio Círculo (mil perdones al podcast de ZEMOS98, ya me tendré que estrenar, supongo que después del verano, con otro asunto). Jueves, a las 16h en Radio Círculo (100.4 FM o streaming).
    Como siempre, dejo aquí algunos links e información complementaria para los que escuchen el programa.

    Aquí se puede ver el documental O resplandor das Atochas, realizado por la Comisión pola Recuperación da Memoria Histórica da Coruña.

    La portada:

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    La escritora Carmen Blanco realizó una conferencia titulada El corazón anárquico de Coruña. Casas libertarias de mulleres das Atochas:
    cartazpalestra

    Y tiene este libro que todavía no he encontrado, editado por CNT en 2007:
    Carmen Blanco Casas libertarias

    Y, sobre los centros sociales, estos son los tres que comento en el programa: el Gomes Gaioso en la rua Marconi (tengo que llevarles de vuelta un libro que me prestaron, no me olvido!), el C. S. Atreu! en la calle san xosé (estos están más hacktivizados) y la Casa Das Atochas, que es uno de los edificios de las Atochas y que ha sido okupado. Y más información sobre Galiza Libertaria aquí.

  • Así se abre un Sónar

    Me ha gustado muchísimo este vídeo de Adriano sufriendo, por llamarlo de alguna manera, las horas previas a la actuación en el Sónar de Néboa, que abría el festival:

    Todo volverá a ser diferente, el Sónar de Néboa from Lainformacioncom on Vimeo.

  • Qué horrible ciudad esta, o igual todas son así

    Qué decepción de mundo, qué horrible ciudad esta, gobernada por tarugos y, lo que es peor, poblada por tarugos gobernados.
    Qué triste, qué aburrida. Qué decepción de lugar en el que vivo en el que nadie quiere que pase nada, donde todos prefieren dedicarse a leer sus libros, a mirar sus series de televisión, a tomar sus Coca-Colas e irse a casa, o a comprar los muebles a Ikea o a comprar la ropa a Zara, que se les hace tarde.
    La gente sufre de atracción por parecerse los unos a los otros. Destacar da pereza, o es imposible. Hacer lo imprevisto está penalizado.

  • ¡Me llaman al país de las maravillas!

    Me he quedado sin respiración:

    Las primeras fotos de Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, que se estrenará el 5 de marzo de 2010, las ha sacado USA Today.

  • Domingo de bucear en la memoria

    Tres momentos históricos frente al micro (¡y también 3 cortes de pelo!):

    Radio Carcoma en Canillejas (1993 o 1994).

    Los viejos días de Radio Carcoma

    Radio Carcoma en Hermanos García Noblejas (2005):

    Radio Círculo (2009):