En las ?ltimas dos semanas vengo d?ndole vueltas a una idea que se avalanz? sobre m? en la calle, caminando aterida y contracturada bajo mi abrigo, por la acera de la calle Francisco Silvela, ya oscurecida. Llega un momento en el que empiezas a aceptar la muerte como algo que sucede a tu alrededor, y seg?n creces, con una mayor frecuencia. En los ?ltimos a?os se han ido yendo algunas personas y eso me ha ayudado a aceptar la p?rdida con cierta naturalidad. Pero sobre todo a compender la pena de las personas que se quedan sin la compa??a de los que amaron o le dieron la vida. Por eso, en esos momentos, s? lo que debo hacer porque s? lo que quise para m?. Ayer pas? unas horas en un improvisado tanatorio en la planta s?tano de una residencia geri?trica. Quiz? no era una sala tan improvisada, probablemente llevaran tiempo d?ndole ese uso funeral pero, no obstante, no dejaba de desconcertarme el encontrar una ?nica habitaci?n fr?a y contigua al parking, sin ventilaci?n ni f?cil acceso. Ayer supe lo que deb?a hacer. He comprendido la muerte de los otros y, con mi vista corta, asum? que ya aceptaba la muerte. Ahora s? que me estaba equivocando: cuanto m?s admito que los otros pueden morirse, m?s niego que alg?n d?a yo tambi?n. El pavor a mi propia muerte est? m?s activo y presente que nunca. Cuanto m?s mayor me hago, menos motivos encuentro para irme de aqu?. Cuanta menos vida me queda, m?s larga es la lista de cosas por hacer. Pesa tanto todo lo que a?n no he conseguido quitarme de dentro, extirparme, que me aterra pensar que tuviera que hacer un tr?nsito as? con semejante equipaje.
La muerte de los otros y mi propia muerte
Escrito por
en