El club del tomate bueno

Me toca bastante cerca la obra Los que hablan, escrita y dirigida por Pablo Rosal, que he visto hoy en el Teatro del Barrio. Malena Alterio y Luis Bermejo son dos personajes a los que les cuesta hablar. Van pillando cómo funciona la cosa y van haciendo lo que pueden. Su propia esencia como personajes les facilita la labor, de manera que usan a otros personajes para hablar por hablar.

Yo tengo grandes dificultades de habla. Tengo más de las que parecen porque me esfuerzo en esconderlas. Cuando parece que voy aprendiendo cómo funciona eso de hablar, es cuando más se nota que soy un personaje. Como personaje, solo voy bien engrasada cuando me escriben el guion.

He ido a una logopeda para consultar esto. Me ha dicho que no es tan raro lo que me pasa. Me ha puesto unos ejercicios que son como abdominales de la voz. Espero tener más éxito con la palabra que con la barriga.

Alterio y Bermejo llegan a decir bastantes cosas, pero se atascan si tienen que hablar sobre sí mismos. Es imposible, son personajes.

Al salir del teatro (sin salir del todo, en el bar), algunos miembros del Club del Tomate Bueno descubrimos que las mentiras —las palabras con truco— están ok, cuando son disparatadas. Ok a las trolas.

El viernes pasado, antes de la fiesta de mi periódico, conté una buena trola; estaba reciclada, en verdad, pero funcionó igual. Me hizo feliz.

Las trolas te curan la hipertensión y vienen con colesterol del bueno. Las trolas tienen Nutri-score A.

Me dice mi logopeda que respiro mal. Dice que cuando somos bebés lo hacemos con el diafragma y luego el estrés de la vida nos hace olvidarnos de eso, y ya solo respiramos con el cuello. Otra vez el estrés, mi palabra favorita. Yo me lo ato todo al cuello y por eso no me salen las palabras.

Los del Club del Tomate Bueno nos conocimos en un tren, luego comimos un tomate bueno, luego hablamos (qué paradoja) de la palabra, después calentamos aceite entre las manos y al final del día ocupamos la totalidad de un palacete en Úbeda.

Qué bonito es viajar, viajar es irse a otro lado, dice Luis Bermejo en la obra. Qué miedo da que te inviten a hablar a un sitio que no es el tuyo y vayas ahí solo para decir obviedades. Para eso, mejor no irse a otro lado. Para eso, mejor decir las obviedades en casa.

En las mesas redondas, siempre hay varios invitados (al menos uno) que son los que hablan. Quiero decir, que son los que saben hacerlo, los profesionales de esto, los personajes que cumplen magistralmente.

Y luego estamos los demás. Los que hablamos apenas. Los que hablamos con pena. Los que mendigamos al cerebro una palabra más, rogando para que no nos traiga una equivocada. Los que nos precipitamos a una frase sin saber cómo va a terminar, rodando despendoladas por el predicado sin asfaltar.

Los del Club del Tomate Bueno tienen un pacto. No puedo hablar mucho sobre ello en voz alta, pero puedo decir susurrando que en Jaén invocamos palabras que frenaron silencios. La conversación ha seguido en Madrid y Ana desbordó el silencio regalándonos esta belleza escénica que se pregunta si sabemos comunicarnos o no, si nos entendemos y nos escuchamos. Y yo prosigo el compromiso del Club regalándonos un nombre y un post, en tiempos de escribir corto y olvidar los nombres.