El momento tequila que menciona Carolina en los últimos comentarios es precisamente anterior a este. Queríamos celebrar -otra vez- el cumpleaños de Carolina y brindar por los traumas del pasado y por los del futuro, así que llevé al Equipo T al mexicano que se ha ganado el título de favorito, incluso por encima de La Catrina. Esos nachos al frijol tienen la culpa. El mediodía me hizo sentir entusiasta y acabé encargando en la barra tres tequilas, cosa que no hago jamás. Pero quería brindar. Nos lo merecíamos, me decía y les decía yo, responidendo a sus caritas de «tenemos que trabajar». Los vasitos borraon rápidamente ese feo rictus de responsabilidad de sus caras y allí estábamos, sin limón ni sal ni mariconadas, tequila añejo hermoso en nuestros buches. En estos instantes, esa familia mitad sevillana mitad mitad chilena, a razón de una porción y media por equipo, están viendo a Dead Can Dance en el Teatro Lope de Vega. Pero no hablemos de ello. Mejor os enseño lo que duerme ahora mismo en mi salón, permitiéndose un sueño ligero antes de coger un avión a Santiago de Chile y digeriendo un pase de Pesadilla antes de Navidad en inglés:

